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 Sigmundo, probando una de las cámaras de Mongolito.

Sigmundo, probando una de las cámaras de Mongolito.

Charito, cuando tiene una excusa para gritarme lo hace durante toda la noche y toda la madrugada. No deja de gritar hasta que los vecinos la amenazan con llamar a la policía. No deja de gritar hasta conseguir hacerme llorar de pena y sufrimiento verdadero.

Se lo cuento a Mongolito:

—¿Y por qué, simplemente no te vas de esa casa? —pregunta— Puedes quedarte en la mía. Yo te cobraría 300 euros por el alquiler.

—No puedo dejarla sola. Quizás se suicidara.

—Pues que se suicide por mala persona.

—Ella necesita pagar su ira y lo que hizo, conmigo. Lo fácil es irse. Pero si me quedo, va a superar y a razonar lo que ha hecho: sólo soy un bulto recibiendo sus hostias. Tarde o temprano entrará en razón: podrá pasar página, aprender y tener una nueva vida junto a una nueva persona. Yo he aprendido un montón de esta situación. Además, creo que ya se ha empezado a ver con alguien a mis espaldas. Si esa nueva relación va en serio, mi libertad está cerca.

—No te entiendo. No estás bien de la cabeza... Si me sobrara el dinero, te ayudaría. Pero ya sabes mi situación.

Lo que más me desestabiliza es cuando Charito espera a que me quede dormido, profundamente, para comenzar a gritarme. Me despierta gritando a eso de las 3 de la madrugada, con lágrimas en los ojos, soltando reproches y hablándome de nuestro hijo abortado. Me pone de los nervios irme a dormir: tanto que a veces me han entrado ganas de saltar por la ventana. Pero resisto. No sé de dónde saco las fuerzas pero resisto.

Camino angustiado por Madrid. Tengo 4 horas por delante para llegar a casa y 2 euros en el bolsillo. En cuanto Charito vea que no tengo dinero para pagar la compra de la semana se va a poner a gritarme, a insultarme y a humillarme. Si no fuera porque voy a llorar luego, lloraría ahora.

Miro la gente con la que me cruzo mientras camino ¿Cómo hacen ellos para sobrevivir? ¿Por qué la gente rica no me da algo de dinero? ¿Tanto les cuesta solucionar la vida a alguien? Si yo fuera rico, le daría 12.000 euros a la gente que viera sufrir. 12.000 putos euros supondrían un año de felicidad y tranquilidad para mí.

Todo ha salido mal.

No debí de haber abandonado mi trabajo en el periódico.

Lo dejé para lanzarme al mundo audiovisual.

Con otra productora (no la de Mongolito) hice dos pilotos para la tele. Los escribí y dirigí. El primero (“No ligo”) lo quiso comprar “Neox” pero por muy poco dinero y el productor les dijo que no. Gilipollas. Si hubiera tenido esa oportunidad habría demostrado a “Neox” lo que valía. Ahora no sería un muerto de hambre, no estaría trabajando para un negro con las orejas llenas de cerumen. No estaría caminando por la calle queriendo morirme. El segundo proyecto (“Planeta White”) que escribí y dirigí para esa productora no lo pude terminar yo. Empezó a tener muy buena pinta y el productor me echó de la productora para quedarse con el proyecto y ser su único dueño. Una vez que me dejó en la calle, no supo que hacer con el material y lo editó sin pies ni cabeza. Ningún canal se interesó por el resultado.

Charito me va a gritar. Se olvida de los viajes a los que le invité cuando yo trabajaba para el periódico, a los cruceros por el Pacífico, el año que estuve ayudándole a pagar parte del alquiler de su casa, los restaurantes y la comida preparada que le compraba en la tienda de abajo de casa, para que comiera rico cuando llegaba del trabajo, al mediodía. Cuando necesitaba dinero para lo que fuera, yo la ayudaba sin rechistar. Cuando he tenido dinero, siempre he sido una persona generosa, siempre he buscado a gente a quien ayudar. Una vez, hasta doné 3.000 euros a una asociación que cuida de niñas violadas. Ahora que me va mal a mí, ella me grita, me humilla. No me echa una mano ni me da un respiro. Ni ella ni las niñas violadas. Me arrepiento de haberla tratado bien. Se merece lo que le hice. No hay nadie en el mundo que me quiera. No hay nadie en el mundo que me ayude.

Pido ayuda a mi madre muerta.

Mi madre muerta no está en el cielo ni en el infierno. Está a mi lado. Escapó de los ángeles policías que la querían llevar al cielo para dedicarse a cuidarme hasta el día que yo muera. Es un ángel fugitiva:

—Mamá, por favor. Ayúdame. No quiero pasar otra noche entre lágrimas, gritos y quejas de los vecinos. Estoy haciendo todo lo que está en mi mano. Haz que ella me deje pronto.

Llego a casa. He llegado todo lo tarde que he podido. Charito me está esperando para ir al supermercado. Me mira:

—¿Vamos?

No tengo valor para contestar.

—Primero voy a pasear a la perra, que se está cagando —le digo.

Le pongo la cadena a Anais, la saco a pasear. Se ha hecho de noche. Es una bonita noche de Madrid. Ni mucho frío ni mucho calor. Ojalá tuviera una pareja normal con la que disfrutarla. Una pareja a la que amar. Dentro de poco, esta noche va a convertirse en un infierno para mí.

En la calle hay un desconocido mirándome.

Viste un chandal. Es un proyecto de running. Está en un banco, sentado, recobrándose de la carrera que se ha pegado, sudando.

Es calvo.

Me mira con ojos serenos. Me está diciendo algo con la mirada, pero no sé el qué.

Se levanta del banco y sigue haciendo footing.

Se ha dejado algo en el banco.

Es un monedero.

Me abalanzo hacia él.

Lo abro.

Dentro hay dos billetes de 50 euros yunas cuantas monedas.

Lloro de felicidad.

—Gracias, mamá —razono.

Por cosas como esta no dejo de creer en mis sueños. Por sucesos como estos creo que la vida ayuda a los valientes. Yo no quiero pudrirme en una oficina gris de mierda. Yo no quiero ser reponedor un supermercado. Yo voy a ver cada uno de mis sueños cumplidos. Me va a costar, porque soy un subnormal. Pero lo voy a conseguir porque soy insitente y porque tengo la ayuda de mi madre muerta.

Subo corriendo a casa.

Charito me mira.

Está deseando gritarme. Desea más montarme una bronca que ir al super a comprar comida:

—Vamos al VIPS a comer algo y luego al super. Yo invito —le digo— Disfrutemos de esta noche madrileña.

Ella me mira, sin entender nada.

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