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 Sigmundo, paseando por la calle.

Sigmundo, paseando por la calle.

¿Por qué diablos empecé una relación con Charito?

Porque yo, antes, era subnormal como ella. Observándome, atentamente, me he dado cuenta que cada año, mi inteligencia aumenta de forma increíble. Mi mente va camino de convertirse en un árbol milenario, indestructible.

En cambio, Charito sigue siendo tan inteligente como el primer día que la conocí.

No avanza.

Es como si hubiera llegado a su límite cuando cumplió los 20 años.

Esta es la única explicación que puedo dar a porqué, al principio de mis relaciones, creo que he pillado a una gran mujer y, a mitad de la relación, comienzo a darme cuenta de que estoy junto a una estúpida con la inteligencia justa para no cagarse encima.

Pago, bajo del taxi y corro hasta las oficinas de la “productora” para la que trabajo. La productora tiene sólo dos empleados: Mongolito (así es como lo llama Charito, él realmente se llama Julián), que es el jefe de la productora y yo, que soy el creativo, director, editor, guionista y lo que haga falta.

Mongolito es venezolano, tiene casi 50 años, es bastante obeso. Antes tenía un buen puesto de trabajo como economista en Colgate. Pero, influenciado por uno de mis libros, dejó ese trabajo que no le gustaba y se divorció de su aburrida esposa.

—¡Yo quiero vivir los "Diarios secretos de sexo y libertad" —me decía a menudo.

Recuerdo el primer día que quedé con él. Me invitó a almorzar. Yo estaba a pocos minutos del restaurante en el que habíamos quedado cuando recibí este mensaje en mi móvil:

“Tengo que avisarte que tengo un exceso de melanina en la pigmentación de mi piel. Espero que no sea problema. Si quieres no quedamos. Estoy muy nervioso por tener este exceso de melanina porque yo no soy negro.”

No daba crédito a lo que leía. Con menudo imbécil había quedado.

Al llegar, lo ví: Mongolito es negro.

Para la gente de color hay varios tipos de negros. Mongolito se cree que dentro de los negros, él es blanco pero con un exceso de melanina.

No. Es negro. ¡Como Baltasar!

Así de loco está Mongolito.

—¿Qué tal te fue con la chica anoche? —le pregunto a Mongolito al llegar a la productora.

Mongolito quedó con una amiga de su exesposa anoche. Me contó que mientras estaba casado esa amiga le miraba con deseo. La invitó a cenar anoche y ella aceptó. Él estaba nervioso ante la cita y posible primera relación sexual tras su divorcio.

Estábamos trabajando, tartamudeando, me pidió consejo:

—Sigmundo... ¿me podrías dar un consejo para que la cita salga bien? Cuando estaba casado pensaba que si estuviera soltero no iba a parar de follar con todas las amigas de mi mujer y con muchas de las que me rodeaban en el trabajo. Pero la realidad es que, desde que me separé, no he vuelto a estar con nadie. Nadie quiere estar conmigo. Y han pasado 7 meses. Todas las mujeres que antes me miraban con deseo han dejado de hacerlo.

Recordé sus orejas. Las paredes de sus conductos auditivos estaban cubiertos de cerumen: aquello parecía un panal. Cuando lo veías, daban ganas de vomitar. Mi consejo tendría que haber sido “límpiate las orejas por dentro”, pero me dio vergüenza decírselo, así que le dije:

—“Sé tú mismo”

Acabo de mirarle los conductos auditivos. Los sigue teniendo llenas de cerumen. O sea, que fue a la cita apestando a cerumen. Dios mío.

—Nada. No quiso hacer nada conmigo —contesta.

—"Normal" —pienso.

Llevo trabajando para Mongolito un mes. Sólo cobro 600 euros al mes. Una miseria. Me dijo que, a parte de esos 600 euros, me iba a dar 50 euros para pagar el bono del Metro. Pero esos 50 euros nunca llegaron. Me da vergüenza pedírselos. Los 600 euros que gano me dan justo para pagar mi parte de alquiler y los gastos de la casa (electricidad, gas y supermercado). No me sobra ni un euro para poder comprar ni un chicle. No entiendo porqué Mongolito me hace venir cada mañana a su oficina. El trabajo que me manda lo podría hacer desde casa, así no gastaría dinero ni tiempo en el Metro. De mi casa a su oficina hay una hora y media. Pierdo tres horas al día en el Metro. No sé porqué. Creo que me hace ir a la oficina para sentir que él está trabajando. O porque quiere ser mi amigo. O porque le gusta verme.

—Oye –le digo— he venido en taxi como me pediste: el taxista me ha cobrado 18 euros.

—Sí, te pedí que vinieras en un taxi porque de pronto surgió esta reunión con un cliente, y quiero que estés aquí conmigo.

—¿Pero me los das luego, no?

—¿Pero tú te crees que el dinero crece de los árboles?

Quedo helado. Pagué esos 18 euros con mi último billete de 20 euros. Esta noche me toca pagar la compra del supermercado. Cada semana Charito y yo nos turnamos con la factura del supermercado. 20 euros a la semana, no podemos gastar más. Ella trabaja en una tienda de ropa, sólo gana un poco más que yo. Esta noche no podré pagar la compra semanal: eso significa gritos y reproches sin fin de la Charito.

Mongolito y yo entramos en el despacho del cliente.

Mongolito ha creado una productora audiovisual. Su sueño. Se ha comprado un montón de equipo Canon: para pagarlo tuvo que pedir un crédito al banco. Ahora, nadie le contrata. Normal: ni tiene contactos, ni experiencia, tampoco sabe utilizar profesionalmente el equipo. Es un amateur tremendo. Me pide que escriba cartas de venta a posibles clientes y me encargó un guión para una serie de documentales que terminé de escribirle la semana pasada. Él cree que va a venderle esos guiones a TeleMadrid.

—Le caigo bien a uno que tiene un amigo que trabaja ahí —me dijo Mongolito— Él fue quien me consiguió la oficina.

La oficina de su productora está en un edificio social que pertenece al Ayuntamiento de Madrid, en un barrio triste de mala muerte. El Ayuntamiento cede gratuitamente esas oficinas a “emprendedores”. Si todos los emprendedores a los que apoya el Ayuntamiento de Madrid son como Mongolito creo que están tirando un montón de dinero a la basura: lo emplearían mejor contratando a unos matones para que le pegaran una paliza y le despertaran de sus sueños imposibles. Los sueños se alcanzan sólo si te has preparado, estudiado el terreno y llenado de conocimientos. Los sueños se alcanzan si te empeñas durante mucho tiempo. He estudiado a la gente a la que admiro y he comprobado que el camino para ver un sueño cumplido suele ser de 10 años. Mongolito quiere cumplir su sueño en un meses. Si fuera tan fácil cumplir un sueño, todo el mundo los cumpliría a todas horas: la gente no huiría de los sueños como de la peste.

Aparece el cliente. Es otro empresario, con aspecto de pobre hombre. Al igual que Mongolito tiene toda la pinta de estar a punto de caer para siempre en una espiral del alcoholismo. Me da mala espina. No veo que tenga dinero en sus ojos.

—¿De qué lo conoces? —le pregunto.

—Lo conocí esta tarde, en el ascensor. También tiene una oficina gratuita en el edificio. En el piso de arriba al nuestro.

—¿Y no podríamos haber hecho la entrevista mañana? ¿Tenía que ser esta tarde y tenía que coger un taxi?

—Las oportunidades se presentan. Las coges o las pierdes. Tienes que aprender eso, Sigmundo.

El cliente nos invita a pasar a su oficina: comienza a hablar, con su voz deprimente, durantes largos y aburridos minutos. Quiere encargarnos una serie de videos de cinco minutos que le sirvan como apoyo para explicar a sus futuros clientes cómo llevar la contabilidad de su empresa y generar facturas.

—Aceptamos el encargo —dice Mongolito— Te haremos el trabajo a un precio superespecial. Tres mil euros por vídeo.

—Oh... —contesta el empresario— Dinero no tenemos para esto. Pensaba pagarles dándoles un curso gratuito para generar facturas.

Mongolito entra en cólera:

—¡Para aprender a generar facturas nos hace falta primero tener clientes que nos paguen por nuestro trabajo con dinero!

Mongolito pega un puñetazo sobre la mesa del despacho. El cliente ni se inmuta. Está muerto. Hace tiempo que está muerto. Camina, habla. Pero está muerto. Le da igual todo. Trabaja en un despacho gratuito cedido por el ayuntamiento. Sabe perfectamente cual es la siguiente parada: vivir bajo un puente.

—¿Qué te pasa? —le pregunto saliendo también del despacho— ¿No le podrías decir que no te interesa de forma educada y ya?

—El tiempo se me agota —responde Mongolito, angustiado—. Se me está acabando el dinero. Como no consigamos un cliente, el próximo mes no podré pagarte como te dije.

—Entiendo.

Cierro los ojos: preocupado.

No tengo dinero para hacer la compra esta noche.

No tendré dinero para pagar el alquiler el próximo mes.

No tengo ningún trabajo a la vista.

—¡NO SIRVES PARA NADA! —dentro de mi cabeza ya escucho gritar a Charito— ¡ERES UNA BASURA! ¡NO TIENES DONDE CAERTE MUERTO! ¡ME DAS ASCO! ¡MENOS MAL QUE ABORTÉ TU BEBÉ PORQUE SI NO... ¿QUE COMERÍA ÉL ESTA NOCHE?! ¡ERES MALVADO! ¡ME PUSISTE LOS CUERNOS CON ESA PELANDRUSCA NORUEGA! ¡BUSCA UN TRABAJO EN UN SUPERMERCADO DE REPONEDOR! ¡ESO ES TODO A LO QUE PUEDES ASPIRAR! ¿ESCRITOR? ¡TÚ NUNCA SERÁS ESCRITOR! ¡NO SIRVES PARA NADA! ¡NI SIQUIERA LO HACEMOS! ¡NO VALES PARA NADA!

Lo que no sabe Charito es que ya busqué trabajo de reponedor en un supermercado, cercano de casa.

Y pasaron de mí.

¡Ni siquiera me dan trabajo de reponedor en un supermercado! Con esta crisis, toman de reponedores a los que tienen una carrera universitaria: como ingeniería o arquitectura.

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