Sigmundo, protagonista de esta historia.

Sigmundo, protagonista de esta historia.

1

Madrid. Hace unos años.

Salgo del apartamento en el que vivo. No tengo tiempo para esperar el ascensor: me acaban de llamar de la productora en la que trabajo: una reunión urgente. Bajo los pisos saltando los escalones. En la calle encuentro un taxi. Me meto dentro. Digo la dirección de destino y que tengo mucha prisa. El taxista dice que hará lo posible, arranca, comienzo a hablar con el taxista: primero del tiempo, luego como si fuéramos viejos amigos:

—Pues ahora en invierno es cuando menos me apetece follar con mi novia —le digo al taxista.

—¿Me lo estás diciendo en serio, tío? —responde el taxista con una sonrisa—. A mí, todo lo contrario. Me meto en la cama con mi mujer, me pego a ella y desde que la toco para entrar en calorcito pues…

El taxista me mira por el espejo retrovisor: sus ojos terminan la frase. Me hace sentir un mariquita que no folla con su novia porque dice que hace frío. El taxista, ni nadie, sabe la verdad. Si yo tuviera una mujer a la que amase, o por lo menos me gustase, también me apetecería follármela al entrar en contacto con su piel. Pero mi novia, Charito, está loca. Llevo tres meses sin follármela, evitándola, engordando, deprimido, esperando que explote y me diga:

—Quiero que lo dejemos. Ya no estoy enamorada de ti. Ya no te aguanto. Me das asco.

Reflexiono.

¿Por qué estoy siendo simpático con el taxista? Para que no sienta miedo. Porque soy un desconocido corpulento de metro ochenta y uno, cabello largo y no muy limpio, piel morena; tengo cara de que a veces paso hambre. Además, por culpa de lo que me está haciendo pasar Charito, tengo mirada de loco. En Madrid, cuando le digo a los taxistas la dirección de destino escuchan mi acento canario, que siempre confunden con el de un “panchito”. Soy español, como los madrileños, pero ellos piensan que soy un inmigrante peligroso. Soy empático: siento el terror de los taxistas cuando me siento detrás de ellos: leo sus cerebros: piensan que quizás me he subido al taxi con un cuchillo con el que rebanarle el cuello para quitarle el poco dinero que ha recaudado durante su jornada de trabajo.

Mi primera misión, siempre que entro en un taxi, es tranquilizar al taxista.

Llevo años tranquilizando a taxistas, sólo por bondad.

Me supone un esfuerzo tremendo: no me gusta hablar con ellos porque los desprecio. Me resultaría más placentero quedarme callado y relajado en el asiento de atrás. Me resultaría menos trabajoso robarles que hablar con ellos. Si en lugar de tratar de vivir de escribir me dedicara a asesinar taxistas me iría mejor en la vida. Os aseguro que la policía jamás me descubriría. Ni siquiera sería un sospechoso. Soy rematadamente listo y, un taxista muerto, realmente importa muy poco a las autoridades.

Me dan lástima y asco los taxistas.

Tienen una mierda de profesión y lo saben: siempre en la carretera, respirando mierda.

Están los basureros, luego los taxistas.

Siempre que entro en un taxi me salta a la cara la mala vida del conductor: putero, divorciado, arruinado pero con ínfulas de grandeza, chulo; y eso me apena el corazón. Tengo ganas de abrazarlos: de decirles:

—"Venga tío. Dame un abrazo. Llora sobre mi pecho. Sé lo que eres. Por lo que estás pasando. Conmigo puedes dejar de fingir. Voy a ayudarte a salir de esta profesión".

Nunca me convertiré en un asesino de taxistas.

Ya tienen bastante con lo suyo.

Mientras siga viviendo en Madrid seguiré concentrado en ser un “tranquilizador de taxistas”.

Una persona cualquiera que me vea caminando por la calle piensa que soy una persona normal. Nunca sabría que soy la persona más buena del planeta. Lo único que me apetece, cada día que me levanto de la cama, es salir a la calle a dar abrazos “de verdad” a la gente, a decirles “te quiero”: darles besos, ayudarlos en lo que sea, darme al 100%.  No puedo hacerlo y sufro por ello. Nadie me creería si yo dijera que amo a todo el mundo. Si el mundo funcionara de otro modo, si la gente pudiera ver, a simple vista, la energía mágica y sanadora que desprendo, yo trabajaría en un lugar en el que no dejarían de entrar hombres y mujeres para que yo los sanara con mis abrazos. Hablo de sanarles la tristeza. De la tristeza de no ser nada. Esta sociedad ha “apagado” a todo el mundo. Lo han montado de tal modo que todos vivimos obsesionados con el dinero.

No con sacar lo mejor de nuestro interior.

No en convertirnos en personas memorables.

No con hacer el amor.

No con reír.

La gente no da abrazos de verdad. Un abrazo de verdad no dura 5 segundos. Dura una hora. Se separan los unos de los otros, enseguida, con miedo de seguir abrazados, como si el otro le fuera a escupir ácido sulfúrico. Así les han enseñado. Fingen los abrazos. Los graban en video, lo editan, les ponen una música emocionante y lo suben al “YouTube” para ganar dinero con los anuncios. Siempre el puto dinero como fondo de todo. Yo sí sé abrazar de verdad. Sé dar un abrazo y que la gente se sienta repletos de energía: listos para conquistar Inglaterra o Rusia. Quizás, por la energía que desprenden los abrazos de verdad, están prohibidos y nadie se atreve a recibirlos. Yo doy abrazos “de verdad” pero no tengo a nadie a quien dárselos.

A los únicos que no puedo sanar con mis abrazos son a los subhumanos.

Charito es una subhumana.

 Charito: al principio de la relación no paraba de mandarme fotos desnuda, a todas horas.

Charito: al principio de la relación no paraba de mandarme fotos desnuda, a todas horas.

Ella ha hecho algo terrible.

Se quedó embarazada de otro mientras era mi novia. Me era infiel. No me importa, no la culpo: yo también lo era. Yo lo reconocí. Ella, no. Ella dice que abortó ese niño porque yo le había sido infiel.

¡Mentira!

Abortó porque no sabía de quién era el padre. Sólo había un 50%, o quizás un 25%, de que yo lo fuera.

Un lío.

Apoyada por su familia pensó que lo mejor era abortarlo y echarme la culpa a mí: cada día, cada noche, a cada momento: con gritos, insultos y lágrimas de rabia.

Yo le hago creer que creo su mentira.

Le hago creer que no sé que ella me era infiel.

Le hago creer que creo que toda la culpa es mía.

Es la única forma que hay de que sane: que deje de estar obsesionada conmigo. Que se dé cuenta que así no podemos seguir toda la vida. Que me deje. Que lo nuestro nunca debió haber comenzado. Yo no la puedo dejar porque, cuando se lo he dicho, me ha amenazado con que va a suicidarse.

—Tendrás que cargar, en tu conciencia si es que la tienes, con la muerte de tu hijo y con la mía. CERDO —me dice.

Ella es capaz de suicidarse. Me lo ha dicho la columna de respuestas de la vida. Tú te preguntas algo y la vida te responde: de cualquier forma: una conversación que de pronto escuchas en el Metro, un artículo en un periódico que lees de pronto, un comentario que te hace un amigo que no sabe nada de lo que te preocupa...

Pregunté a la vida si era verdad que Charito se suicidaría y, al abrir el Facebook, leí la noticia de una pobre chica que se había ahorcado porque su novio le había dejado. La pobrecita, logró subir una foto al Facebook, antes de fallecer:

email4.jpg
email5.jpg

Creo que el amor es un sueño que sólo existe en la cabeza de unos pocos. El amor no existe en la vida real. Pero la posibilidad del amor es lo que a algunos nos mantiene con vida.

¿Quieres seguir leyendo este relato? Pincha aquí.