Otro tipo de idiota
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Me pinto la cara. Estoy en la casa de una chica que me gusta mucho. Me disfrazo de Yoyito: pretendo grabar unos videos de acompañamiento al increíble audiolibro que grabó una fan del libro que escribí hace años. La chica que me gusta mucho pensará que soy un idiota. Tengo 45 años, 56 euros en la cuenta y me disfrazo de espantapájaros como posible solución a mi crisis económica:

—Quizás —explico a la chica— los videos pillen millones de visitas y… —no termino la frase de lo idiota que me siento al revelar mi iluso plan.

Soy el único que se llama idiota. Nadie más me lo llama. Idiota, idiota, idiota, es lo único que mi cabeza me repite desde hace un año, cuando me separé y más tarde, me divorcié. Mis lectores me quieren, me cuidan. Idiota, idiota, los decepcionas. Ya no puedes escribir, dejas los libros a medias. Idiota. No sirvo para nada. Idiota. Soy un fracaso. Idiota. Aquí estoy, disfrazándome de Yoyito: siendo más idiota que nunca. Sin embargo, cuando escucho el audiolibro, narrado por la fan del libro, pienso que es un gran texto: que si yo fuera el autor de ese texto estaría super orgulloso: que ojalá yo escribiera así de bien:

—Rafa —me digo—. Eres el autor de ese texto… ¿eres idiota?

Sobre todo me encanta el capítulo 4. Al rato me escribe un email Basilis, de la revistaorsai.com. Pide permiso para publicar un texto de este blog en su web:

—¿Cómo? Si llevo un año muy triste, sólo he escrito mierdas —repongo— ¿Qué texto?

—Tienes muchos textos geniales ahí publicados. Nos gustaría publicar uno a la semana. Y que te grabaras leyéndolo.

—¿Con mi voz? (siempre he pensando que tengo voz de subnormal).

—Sí. Grábalo con tu iPhone. No le des más vueltas.

Manda el texto que seleccionó. Lo leo y, como Basilis dice que es genial y yo le tengo en gran estima, ahora a mí también me parece que es un buen texto. Me grabo leyéndolo, pensando que me lo va a mandar de vuelta. Le mando la primera grabación que hago, le pido instrucciones para mejorarla. Me dice que está muy bien así. Hernán Casciari, que vive de leer sus relatos en público, dice que “mejoro el texto con mi voz”. Yo flipo. Me tenía como un idiota, un sin talento, un gangoso. Y, de pronto, estoy publicando, con mi voz, con mis letras, en la web de la revista más querida y prestigiosa de latinoamérica.

Termino de pintarme la cara.

Me disfrazo de Yoyito. Hago los vídeos.

—No soy un idiota —me digo— Sólo tengo que volver a creer en mí. Como cuando era idiota de verdad. Como cuando no paraba de hacer cosas como un idiota. Como un inconsciente. Como cuando, idiota, pensaba que podía conseguir cualquier cosa que me propusiera. Cuando no tenía miedo a nada, de lo idiota que era. Cuando no me frenaba yo mismo, pensando que era un idiota. Como cuando ser idiota me abría todas las puertas del mundo. Como cuando ser idiota era ser inteligente, valiente e increíble.

Hago los videos.

La chica que me gusta mucho me acepta entre sus piernas.

Quizás no sea un idiota.

Quizás sólo sea la persona, en el mundo, que más veces se llama idiota a lo largo del día para evitar volver a escribir y ser feliz. Un idiota que no se atreve a seguir caminando hacia el éxito. Que se plantó, de pronto. Por idiota. Que decidió no seguir mejorando. Que decidió que era un idiota y punto.

Quizás sí que soy un idiota.

Pero otro tipo de idiota: un idiota que podría ser inmensamente feliz pero prefiere ser un idiota solitario, pobre e inútil.

Las aventuras de Yoyito se pueden “escuchar”  pinchando aquí.

Las aventuras de Yoyito se pueden “escuchar” pinchando aquí.

¡Gracias, FaceApp!
Yo. Hoy.

Yo. Hoy.

Tengo que dar las gracias a los rusos por haber creado FaceApp. Verme viejo me ha animado muchísimo. Primero, porque (ridículamente) ya me veía viejo a mis 45 años. Sentía que había llegado a mi final. Y qué va. Seré viejo cuando sea así:

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¡Todavía soy un chavalin! Recuerdo lo que me decía un viejo, hace tiempo en la sauna de un gimnasio, al que le acababa de contar mis problemas de recién divorciado. Él me decía que yo aún estaba en la flor de mi vida, que aún podía encontrar pareja, alguien que me amara, incluso tener una familia. Le miraba, pensando que me estaba mintiendo, por pena:

—¡Pero si ya tengo 45 años! ¡Soy un viejo! —pensaba.

La FaceApp me ha hecho ver la realidad. Por supuesto que ahora no soy un viejo. Pero sí, voy a ser un viejo… ¡un viejo super sexy!

Viejo XXX

Viejo XXX

La FaceApp me ha revelado mi posible futuro físico. ¡Estoy tremendo! A esa edad, sobre todo si soy millonario gracias a las superventas de mis libros, voy a ligar mucho más que ahora. Supongo que en esa época andaré con la santa viagra. Así que podré follarme a todo lo que se me ponga por delante, no cómo ahora, que sólo se me levanta si siento amor. Cuando empiece con la viagra, podré contentar a todas mis fans, me gusten o no. Porque si una fan ha comprado mis libros creo que merece mi polla, follarse a su ídolo, y me jode mucho no poderlas contentar por culpa de que no las desee por ser feas, cojas o viejas. Creo que todos los artistas increíbles y gente muy guapa tendría que dar sexo obligatoriamente a todo aquel que se lo pidiera y fuera buena persona. Todos tendríamos que tener el derecho de follar con Beyoncé o con Leonardo DiCaprio… Joer… ¡tengo ganas ya de ser ese anciano! ¿Qué escribiré por ese entonces? Me imagino escribiendo novelones que detengan el mundo. No sé por qué diablos pensaba que ya estaba en el final de mi vida, que lo había dado todo literariamente, que mi carrera había terminado… supongo que por culpa de la tristeza de mi divorcio. Miro esa foto en la que salgo viejo de verdad y veo todos los años que tengo por delante, todas las cosas que puedo conseguir. Ya no tengo 45 años, ahora es “sólo tengo 45 años”… Mi abuelo murió a los 96 años. Hasta esa edad aún le funcionaba la cabeza perfectamente para publicar cada semana en el periódico de la ciudad en la que vivía. ¿Conseguiré yo eso? ¡Lo voy a intentar! No fumo, no bebo alcohol (salvo cuando quedo con una chica del Tinder para no parecer un flojo). Voy a hacer más deporte, a tratar de fortalecer mi cuerpo más: mi abuelo murió porque, desafortunadamente, se cayó, tropezó, se rompió un hueso, lo tuvieron que operar y se infectó. Su sistema inmunitario no lo resistió. Mi abuelo era antideporte y, que yo recuerde, no cuidaba su alimentación. Bebía. Los 8 libros que tengo publicados hasta la fecha, no serán nada con los ¿50? que publicaré en los 35 años siguientes… ¡Ya lo veréis! Nunca voy a dejar internet, incluso cuando muera encontraré la forma de seguir actualizando desde el Infierno. ¡Aún tengo mucha carrera por delante! ¡Aún no he llegado al final de nada! ¡Aún puedo llegar mucho, mucho, mucho más lejos! ¡Hasta donde yo quiera! Soy mi único límite.

El otro día me saqué esta foto en la playa y sentí vergüenza:

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Me vi flaco, flojo, inofensivo. Pensé:

—Bueno, Rafa. Es que ya tienes 45 años. Ya no puedes forzar mucho el cuerpo. Esto es lo que hay.

Pero, ahora, gracias a la FaceApp he visto que de viejo nada ¡Ya veréis el próximo verano como voy a estar! ¡Ya empecé a entrenar duro! Voy a conseguir un cuerpo fuerte, resistente, poderoso… ¡Voy a estar mejor que nunca! ¡Quiero brillar más cada año hasta que nadie pueda mirarme de la luz que desprendo! Quiero ser un viejo feliz, de éxito, que ayude a la gente, altruista, filántropo, quiero escribir libros aún más increíbles. Quiero que, cuando muera, el planeta Tierra, entero, llore a lágrima viva porque ha muerto el artista más querido de la historia de la humanidad, quiero que el planeta Tierra se pregunte cómo seguir girando.

También estuve divirtiéndome, pensando historias mientras iba al super a comprar una latita de comida para Anais… que por cierto, así está mientras escribo este post-chorra:

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Sabéis que con FaceApp, además de hacerte viejo, puedes hacerte joven. Estuve imaginando cuando, en el futuro, sólo apretando un botón del móvil, podamos transformar nuestro físico realmente, de forma instantánea, como en la aplicación. Parecer joven a los 80, ir a una discoteca si quieres:

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O jugar un partido de fútbol como si tuvieras 22 años. Nos doparíamos, de forma inofensiva para nuestra salud y tendríamos la velocidad y potencia de Cristiano Ronaldo durante unas horas. O, al revés, que un quinceañero, por morbo, vaya a una residencia de ancianos, reconvertido en viejo, para enamorar y follar a una de 90 y conseguir su herencia. O para conseguir un trabajo en la universidad o, para que en las reuniones de trabajo, a la hora de vender un producto a una compañía, lo tomen más en serio.

Cada mañana nos levantaríamos y pensaríamos:

—¿Qué edad me apetece tener hoy?

Ese día, sí que la edad, dejará de importar… hasta el día que muramos.

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A tomar por culo la bicicleta
el rey del cosmos escribiendo.jpg

En la playa quedo con chicas del Tinder. A pesar de mis tetas, a todas les gusto, todas quieren meterse en mi cama. Brillo mogollón, soy auténtico. Ya sé que suena a chulo pero esa es la realidad: no soy uno más del montón. No me he acostado con ninguna, las he dejado con las ganas porque aún estoy en shock por culpa de mi último fracaso amoroso. Actualmente no creo en el amor, creo que el único amor que existe es ese que los padres sienten por sus hijos. Veo que la gente sólo quiere utilizar. Fingen amor cuando realmente, por dentro, se mueren por follarse a otro/a. Ayer me escribió una madre de 4 niños, que pone los cuernos a su esposo, desde hace 5 años. Me pregunta si hace mal: que su esposo la adora pero es que ella le encanta el sexo y amar a otras personas. Por supuesto que no haces mal. Haces de puta madre. Vive tu vida al máximo. Eso de reprimirse es una mierda. Lo único que haces mal es mantener a tu marido engañado. Él merece la verdad. Saber qué realidad está pisando. Seguramente, él también tiene ganas de follarse a otras o irse de putas y no lo hace por respeto a ti, a vosotros. Posiblemente, se miente cada día, hace esfuerzos, para centrarse en su curro, para mantener su polla dentro de los calzoncillos, por no joderte y mantener la familia. O quizás también te la esté pegando. Habladlo porque la vida de él y de cualquiera se acaba. No es justo que nuestro tiempo acabe y vivamos en una mentira o en una pesadilla. La vida es o puede ser una fiesta. Yo he estado casado. Es una mierda. Siempre hay uno que aplasta, con crueldad, la vida del otro. Que es un parásito o miente. El único amor que existe es el de los padres con sus hijos. Es la naturaleza quien crea ese amor: para proteger a los indefensos niños. Y la sociedad lo refuerza con “tienes que cuidar de tus hijos o eres una persona terrible”. Entre las fuerzas de la naturaleza y la sociedad, pocas personas se atreven a salir de ese camino por miedo a ser juzgados… por personas que también desean salirse de ese camino y que tienen miedo a ser juzgados. El amor, entre adultos es una quimera. La naturaleza sólo nos da la droga del amor por unas semanas: para que follemos como locos y le demos niños. Tras las semanas esas, la naturaleza dice:

—Esto es todo.

Y nos quita la droga del amor. Nosotros seguimos fingiendo que existe: creamos relaciones, intereses, juegos, mentiras, lealtades que sustituyen al amor de puta madre que sentimos. Pero el amor se fue. No volverá nunca. Follarse a tu esposa o esposo supone un esfuerzo. Podría haberme tirado a 4 tías esta semana. Pero no soy un psicópata. Como habréis deducido al leer este post no estoy preparado, por ahora, para volver a estar íntimamente con nadie. Sólo una de las del Tinder me gustó un poco más allá del físico, sólo una no hablaba con frases hechas, con la lección bien aprendida del sistema, tenía discurso propio y estaba bien buena, sin embargo, me pareció que buscaba pareja para discutir, no para estar bien, no para disfrutar. Es una de esas feministas locas que buscan ser machistas: maltratar a su pareja. No tengo ganas de rollos malos. Y tampoco me la hubiera follado con gusto porque sigo dolido con mi última experiencia amorosa. Tras desahogarme con ella, la hubiera hecho daño porque ella buscaba pareja y yo no: sólo una follaamiga a quien poder utilizar de lunes a domingo a la hora de la siesta. No soy de los que hacen daño o mienten. No soy una mierda de esas. Yo no utilizo a nadie. Podría, pero soy un ángel comparado con todos vosotros, cabrones.

No voy a quedar con nadie más hasta septiembre. Voy a centrarme en las 3 novelas que dejé a medias. Hasta que las saque, voy a estar sin follar. Quiero volver a mirarme al espejo y volver a sentirme escritor. Quiero volver a vivir de escribir. Estoy volviéndome a enamorar de mi trabajo. Eso tiene prioridad en mi vida. Quiero superarme. Sé que he escrito grandes novelas que han cambiado, para mejor, la vida de mucha gente. Pero ahora quiero escribir el mejor libro de la historia de la humanidad. Ese es mi objetivo actual.

Llevo 8 días en mi nuevo hogar. Me siento increíble. Acerté de pleno mudándome a Gijón. A pesar de lo que habéis creído leer en este post, estoy superfeliz. Anais Nin se ha adaptado genial a la casa. Me encanta mi barrio, la gente, la playa la tengo a sólo 5 minutos caminando. Cada día la visito durante una hora: me la recorro de lado a lado, por la orilla y me vuelvo a casa, a escribir.

No me importa nada estar solo en la vida. Vosotros os morís y dejáis traumatizados de por vida a vuestros hijos, padres, hermanos, etc. Yo me muero y no hago daño a nadie. Soy un privilegiado.

Aún no he podido apuntarme en un gimnasio, es lo único que me falta para estar de PM. Me quedé seco tras pagar todo un año de alquiler, por anticipado. Me alimento a base de ensaladas, pollo y cerezas hasta que las ventas de mis libros vuelvan a resurgir. Pero estoy bien. Soy un tipo superafortunado: ya no tengo que volver a pagar el alquier por un año. El lunes me instalan la fibra: podré volver a actualizar con frecuencia y retomar mi canal de YouTube que ya iba pillando visitas.

Saludos y abrazos.

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Os enseño mi nueva casa:
Os voy a contar mis cosas.

Os voy a contar mis cosas.

Recapitulemos. Conocí a una chica que me volvió loco. Me invitó a vivir con ella a Gijón. Dejé el pueblo de Valencia donde vivía en un ático sensacional. Estuvimos un mes juntos y la relación terminó. ¿Me arrepiento? Pues no.

1.-Prefiero vivir apasionadamente que con miedo y mil precauciones. Flipé con permitirme tomar la decisión de dejarlo todo por ella como si fuera un quinceañero. ¡Lo volvería a hacer! Además, viví otro lote de experiencias patéticas para mi siguiente libro de Sigmundo. Va a ser un libro muy, muy divertido.

2.-Desde que dejé Asturias en 2016 me propuse volver. Amo su clima para escribir. Amo la lluvia, el frío, el calor agradable en verano, sus gentes, la comida... Es cierto que mi plan soñado era volver a instalarme en el campo o “prau”, como dicen por aquí. No obstante, sin pareja, vivir en una aldea, o en mitad de la naturaleza, no es viable para mi salud mental. Pasaría demasiado tiempo solo, terminaría saliendo desnudo por el bosque para follar con jabalíes y para hablar con los árboles sobre Garcilaso de la Vega. Por ahora, vivir en el centro de Gijón es lo mejor para mí. A ver si hago un grupo de amigos.

Cuando empecé a buscar piso para irme de la casa de la chica de la que me enamoré me encontré que, en verano, alquilar algo en Gijón es complicado. Sobre todo si deseaba (como era mi propósito) vivir cerca de la playa de San Lorenzo, que está en plena ciudad y que me recuerda mucho a Las Canteras, la playa de la isla en la que nací:

Playa de San Lorenzo: ayer domingo estaba así de llena.

Playa de San Lorenzo: ayer domingo estaba así de llena.

playa san lorenzo gijon en verano 2019.jpg

Como no tengo coche, no puedo dejar demasiado tiempo sola a Anais (se pone histérica, con tanta mudanza, además de por su edad), vivir cerca de la playa me solucionaba el verano. Y en invierno, pasear y oler el mar me despejará y regenará la mente para escribir. Vivir cerca de la playa era mi objetivo número 1. El problema: que la mayoría de los caseros te lo alquilan sólo de septiembre a junio o, pagando, julio y agosto, a 1.500 euros, mes... ¡como mínimo! El resto del año, el alquiler suele estar comprendido entre 450 y 550 euros. Estoy hablando de minipisos de un dormitorio, con baño y salón-cocina… busqué y busqué, hasta que me cansé y tiré la toalla.

—¿Te importa que siga viviendo en tu casa hasta septiembre y te pago a ti una renta? —le propuse a la chica.

—¡Puedes quedarte el tiempo que quieras!

—Pues, ok…

Sabéis de sobra como es la vida: cuando dejas de buscar algo, aparece. Al día siguiente, a primera hora de la mañana, me llamaron de una agencia para enseñarme un piso. Les dije que ya no estaba interesado, insistieron. Era en el barrio que yo quería, una casa de 3 habitaciones. Alquiler: 525 euros al mes. Todo el año. La única pega: como no tengo nómina me pedían que pagara todo el año por adelantado. Lo fui a ver y… ¡me lo quedé! ¡Ahora estoy pelado!

Es el piso más pequeño en el que he vivido en mi vida. Pero me gusta mucho y me siento genial aquí. Bueno, lo único que no me gusta es el color de las paredes, los sofás y el mueble de la tele. El resto: justo lo que buscaba: funcional, pequeño, con buenas calidades y super bien situado. Estoy a 5 minutos (caminando) de la playa. ¡Y tengo un Alimerka debajo de mi casa! Os lo enseño:

La otra noche regresé un poco borracho a casa. Miré a ese escaparate, vi como una niña flotando, mirándome y me acojonó bastante.

La otra noche regresé un poco borracho a casa. Miré a ese escaparate, vi como una niña flotando, mirándome y me acojonó bastante.

El portal. Está reformado y me mola.

El portal. Está reformado y me mola.

El salón que no me gusta mucho. Parece el salón de un fumeta.

El salón que no me gusta mucho. Parece el salón de un fumeta.

Trataré de arreglarlo, más adelante, con unos forros marrones y elegantes para los sillones. Quizás una alfombra.

Trataré de arreglarlo, más adelante, con unos forros marrones y elegantes para los sillones. Quizás una alfombra.

Es colocar parte del stock de mis libros publicados en un lugar a la vista, y ya me siento como en casa.

Es colocar parte del stock de mis libros publicados en un lugar a la vista, y ya me siento como en casa.

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¡Pero a Anais Nin le encanta! ¡Es su lugar preferido de la casa!… Mi compañera ya ha superado los 15 años… supongo que no le quedará mucho, así que estoy tratando de darle toda la paz y felicidad que puedo.

¡Pero a Anais Nin le encanta! ¡Es su lugar preferido de la casa!… Mi compañera ya ha superado los 15 años… supongo que no le quedará mucho, así que estoy tratando de darle toda la paz y felicidad que puedo.

Mi dormitorio… aún es virgen. Aún no he follado aquí con nadie.

Mi dormitorio… aún es virgen. Aún no he follado aquí con nadie.

El resto de la casa sí que me gusta bastante.

El resto de la casa sí que me gusta bastante.

Mi nueva zona de escritura: aquí haré magia. Ya lo veréis.

Mi nueva zona de escritura: aquí haré magia. Ya lo veréis.

El material para mandaros mis libros. A ver si me compráis uno para leer en la piscina. Compradme  “Prostituto de extraterrestres”.

El material para mandaros mis libros. A ver si me compráis uno para leer en la piscina. Compradme “Prostituto de extraterrestres”.

Dentro de ese armario, más stock de  mis libros .

Dentro de ese armario, más stock de mis libros.

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El cuadro que le compré a  Rocío Galindo  (que además de vender cuadros increíbles, vende muñecas, todo lo hace ella).

El cuadro que le compré a Rocío Galindo (que además de vender cuadros increíbles, vende muñecas, todo lo hace ella).

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¡Pues eso es todo! Cerca de la playa de San Lorenzo, hay una playa en la que se permiten perros:

¡Esta!

¡Esta!

Y trato de ir cada día, un ratito.

Y trato de ir cada día, un ratito.

¡Comienza mi etapa en Gijón! ¡Espero quedarme aquí, si no muchos años, toda la vida! Espero volver a centrarme en mi literatura y volver a vivir de ella, como he estado haciendo durante 13 años… hasta que me separé, me hundí y dejé de trabajar y de publicar.

¡A ver si resurjo de una puta vez!

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A partir de ahora me llamo Falo
¡Qué guapo y lindo que soy! ¡Como brillo!

¡Qué guapo y lindo que soy! ¡Como brillo!

La historia de amor que me trajo a Gijón terminó para siempre. Sin embargo, ahora comienza mi historia de amor con esta ciudad. Me quedo a vivir aquí un año como mínimo: mañana o pasado os enseñaré mi nuevo hogar (ya firmé el contrato de alquiler). Estoy super feliz por el cambio. Requena era un pueblo maravilloso, con gente increíble que vivirá para siempre en mi corazón, sin embargo, en esta época de mi vida necesito vivir en una ciudad muy poblada. Tengo que relacionarme más. Gijón tiene una gran movida cultural, una playa increíble en plena ciudad, la gente es super maja, las temperaturas en verano no son extremas (odio el sudor para escribir, amo la lluvia) y, el invierno no es tan frío como el que viví en Paredes o en Requena, que muchas tardes estábamos a -3 grados y, por las noches, era como estar con John Snow custodiando el muro. Cuando viví en Asturias, hace años, vine un par de veces a Gijón y la verdad es que no me gustó demasiado. Mi error fue no visitar el barrio en el que ahora voy a vivir: la arena. Cada día doy un paseo con Anais por la playa, hasta la iglesia y luego me pierdo por las calles de Cimadevilla. Otros días, caminamos hasta el enorme parque Isabel la Católica y nos tumbamos en una toalla a tomar sol y a leer un libro mientras escuchamos a las gallinas, los patos, etc. Con cositas así de simples, soy feliz.

El paseo maritimo tiene casi 3 kilometros.

El paseo maritimo tiene casi 3 kilometros.

Como hasta ahora he estado viviendo en la casa de la chica por la que vine, no he quedado con nadie aún. No tengo ni amigos por aquí. Pero ya me bajé otra vez el Tinder y en breve comenzaré a quedar con gente. La relación con la chica terminó hace semanas pero me parecía feo quedar con una chica, siquiera para tomar un café, mientras siguiera viviendo bajo el mismo techo que ella. No estoy tan desesperado y también necesitaba unas semanas para reponerme del desengaño amoroso. Ya soy un especialista en el tema de recomponer mi corazón. Ahora me digo:

—”Que una historia de amor termine sólo significa que viene la siguiente”.

Y, cada vez, mis historias de amor son mucho mejores. Hago scroll por las fotos de mi iPhone y alucino con todo lo que he vivido en el año que llevo divorciado. Valencia, Zaragoza, Jaca, Albacete, Bilbao, Barcelona, Madrid, Gijón… En mi corazón siento que he tenido un año de mierda pero mis ojos ven otra cosa. Un año repleto de VIDA. Cuando estaba casado me pasaba el día encerrado en casa, cuidando a mi ex esposa. Por cierto, en Gijón voy a llamarme Falo. ¿Por qué?

Mi Tinder. Podéis reíros de mí.

Mi Tinder. Podéis reíros de mí.

la descripcion de mi tinder.jpg

¡Porque fue mi primer nombre! No sé si sabéis que mi padre era asturiano. Me puso su nombre: Rafael. En Asturias a los rafaeles se les llama Falo. No sé porqué. Sin embargo, yo vivía en Canarias:

—¿Sabes lo que significa Falo? —me preguntó uno de mis tíos canarios, cuando yo tenía 5 años.

—No.

—Pene. Tu nombre es eso que agarras para hacer pis.

—¿El pipí? —pregunté, completamente horrorizado.

—Sí —contestó riéndose de mí.

Me puse a llorar. A partir de entonces, dejé de responder cuando me llamaban Falo. Recuerdo que mi madre se enfadó con ese tío, por decirme eso. A ella le gustaba llamarme así. Y joder… viendo en lo que me he convertido… ¿No hubiera sido maravilloso que me hubiera seguido llamando así? Ahora escribo libros semipornográficos, bestiales… Falo Fernández, Pene Fernández… hubiera sido un nombre genial para firmarlos… ¿A qué sí?

Es tarde ya: he sacado ocho libros. Pero, mientras viva en Asturias y como empiezo de cero, cuando la gente me pregunte cómo me llamo, diré:

—Falo.

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Una película de miedo en nuestro interior
Foto de Kate Smuraga.

Foto de Kate Smuraga.

El otro día, tras hacerte el amor por primera y última vez, en aquella habitación de hotel, te pedí que me dejaras escuchar tu corazón. 

No sé por qué te pedí eso. El amor, si es que existe, es una droga que me deja tonto. Quizás te pedí que me dejaras escuchar el latir de tu corazón por si no eras humana (nadie me ha follado como tú). O sólo por volver a tocarte las tetas. No creo que fuera por aburrimiento. Pero puse mi oreja entre tus dos tetazas. Escuché el latir de tu corazón, toc-toc-toc y me asustó. Me dio un mal rollo que te cagas. Disimulé, sonreí, no te dije nada. Pero quedé tan impactado, que te pedí que también escucharas mi corazón. Al hacerlo, abriste los ojos, con miedo: deduje que estabas pensando lo mismo que yo. Te pregunté:

—¿Te dio miedo?

—Sí.

Ambos sentimos y nos asustó lo mismo. Era el sonido de la muerte. Sus pasos. Sus nudillos tocando en la puerta de nuestro pecho: para entrar y para matarnos. Somos una máquina que, en cualquier momento, puede parar de funcionar. Detenerse. Ahora mismo, por fuera, parecemos eternos: rebosantes de vida: mirándonos a los ojos repletos de deseo, felicidad, sin parar de charlar hasta las tantas de la madrugada tras conocernos en un bar, nuestros cuerpos morenos por la playa de San Lorenzo, parecemos últimos modelos, relucientes como cochazos, impresionantes, viva el verano. Las expectativas ilusas de los recién conocidos (hasta que nos bloqueemos por el wassap). VIDA. Pero, por dentro, tenemos ese enfermizo reloj que un día, sin avisar, va a dejar de funcionar. Sin opciones a volver, si quiera, a echar una sonrisa de despedida, por última vez.

¿Cuándo?

¿Ya? ¿Mañana? ¿Dentro de tres años?

—¿Sabes? —me cuentas—. Cuando mi abuelo estaba muriendo, no me moví de su lado hasta que cerró los ojos para siempre. Todo el mundo que me veía allí se emocionaba: pensaban que estaba allí por amor. No era verdad. Fue por morbo. Yo quería ver cómo él moría. No porque hubiera sido malo conmigo ni nada de eso. Sólo por ver cómo era ese momento.

Tras el buen sexo que disfrutamos, tras esa exaltación alucinante a la vida, escuchar nuestro corazón nos dio un bajón de la hostia... Fue como vivir la película de terror más espantosa de la historia.

Nos abrazamos y lloramos.

Al rato, la marihuana bajó. Y cada uno se fue para su casa.

Cuando llegué a casa, me dio la impresión de que me había acostado con la Muerte.

No te voy a volver a llamar.

Deja un comentario si te da la puta gana.

Un mes vegano
Este super modelo soy yo.

Este super modelo soy yo.

Empezaré por el dato que más interesará a los que andan en dieta eterna (como yo). He adelgazado 5 kilos en 3 semanas sin esfuerzo. Por fin estoy en mi peso ideal. Antes, para adelgazar 5 kilos, me tenía que pegar un machaque físico increíble durante un mes. Que si running, que si pesas, natación, horas de deporte y, como premio, comida insípida. Pilla sólo comida vegana y verás que vas a empezar a adelgazar rápidamente.

No es comida aburrida. Cada día como hamburguesas que imitan la carne a base de proteína de guisantes o qué se yo. Pollo hecho con lentejas. Tortilla sin huevos. Arroz caldoso a la mar, sin pescado o marisco. Salchichas que no son salchichas. Picadillo sin picadillo. Pizzas a la barbacoa. Chorizo a la sidra en el que no hay ni rastro de chorizo. Pasta. Mayonesa. Me alimento como si fuera un vivalavirgen pero todo lo que como es de origen vegetal. Buscad un restaurante o bar vegano en vuestra ciudad. O aprended a cocinar esa comida si queréis. Además es super barata. Si tienes más de 40 años, como yo, sabes que tienes que cuidarte, que todo lo que comes te engorda cantidad y que le pasa factura a tu corazón. Vivir la experiencia de un infarto no debe ser una experiencia agradable. Hace mucho que había dejado toda la comida “bestia”. Con el veganismo, toda esa comida ha vuelto a mi vida. Pero me adelgaza, me estoy librando de toda mi grasa sobrante y no pongo en peligro mi vida. Es como un sueño hecho realidad. Me levanto de la mesa, super saciado, como si me hubiera ido a celebrar mi cumpleaños en un VIPS, con mis amigos: pero sin sentirme hinchado y pesado como un cerdo. Me siento más ligero pero, a la vez, más fuerte.

La hamburguesa que comí ayer.

La hamburguesa que comí ayer.

Sí. Es cierto. Si te haces vegano has de tomar algunos complementos vitamínicos... ok. Si ese es el precio para dejar de usar a los animales como mercancía, hacerlos sufrir, acepto esa sencilla condena... os lo dice una persona que hace 4 años criaba pollos para el autoconsumo. Les daba una vida de puta madre: vivían al aíre libre, sueltos en un jardín, entre gallinas, con toda la hierba que deseaban. Era un Edén para ellos. Pero luego tocaba matarlos. Eso era horroroso. La noche antes de hacerlo dormía fatal, solía tener pesadillas. Al día siguiente los mataba enseguida, de un hachazo en el cuello. Era una absoluta mierda. Se me revolvía el estómago. Siempre sentí que no tenía el derecho a matarlos. Siempre sentí que estaba haciendo algo que estaba mal. Por mucho que intenté normalizarlo y mentirme. Si miras a los ojos de un animal, sabes que comérselos es de asesinos. De prehistóricos. He decidido no contribuir a tratarlos como mercancía. A dejarlos en paz. Y, el premio, a cambio es que me siento de puta madre por dentro y por fuera.

No deseo convenceros. Señalaros. Decir que soy mejor que vosotros. Sería ridículo. Vosotros comed lo que os salga de los huevos. Sólo os recomiendo que probéis un tiempo porque os vais a sentir mucho mejor y, si no conocéis esa comida, os estáis perdiendo algo grande y que quizás sea la solución a algunos de vuestros problemas. Antes, mi comida preferida era la italiana. Ahora, es la vegana.

Mis ex gallinas con mis libros y mis gatos.

Mis ex gallinas con mis libros y mis gatos.

La chica tarta (2 y final)
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En el coche, rumbo a Bilbao, con la chica tarta, todo va maravillosamente bien: me cuenta una cosa de su infancia que me conecta con ella:

—Cuando era pequeñita —me dice— y estaba triste, me animaba pensando “que de aquí a unas semanas, en los 40 Principales, iba a sonar una canción que iba a ser un temazo y que me iba a ser super feliz”. Y así era siempre. Aparecía una canción que me daba la vida.

Noto que le molo mucho... ¿Y si es la chica de mi vida? Soy un yonki del amor. No me enamoro enseguida, pero finjo, me miento, quiero enamorarme enseguida. El amor es la mejor droga del mundo. La busco siempre. Es la única razón por la que no me suicidé. No sé por qué, pero las mujeres, al principio, nada más conocerme, se ilusionan conmigo mogollón, superpronto, les encanto y les “pone” lo que escribo. Enseguida se ponen a planear bodas y a querer tener hijos conmigo. ¡Es genial sentirme tan amado! Les sigo el juego: me voy a vivir a sus nubes, sin dudar. Disfruto, con sinceridad, del amor, del placer, de la ilusión si se les retrasa la regla, de sus planes. Hasta que luego, su entorno lee los adelantos de algunos de mis libros, como paletos confunden la ficción con la realidad, comienzan a hablarles mal de mí, a sembrarles dudas: a decirles que está mal que escriba sobre ellas: empiezan a verme como un monstruo (cuando siempre me comporto como un caballero), a desconfiar de mí, cuando lo único malo que he hecho en mi vida es tratar de enamorarme de ellas, hacer real lo que planean, expresar mis sentimientos y escribir los libros más terribles del mundo. Algunas veces deseo no haberlos escrito.

La chica tarta es dietista. Tiene una consulta online. Dice que le va bien, por el coche que tiene me lo creo. Está separada, sin hijos, desde hace dos años:

—¿Y por qué no os divorciáis? —le pregunto.

—Ninguno de los dos tenemos prisa.

—Pero ya han pasado dos años... ¿Vais a volver?

—No...

—Si no os habéis divorciado, será por algo.

—Cuando se lo dije, que quería divorciarme, intentó tirarse por la ventana.

—¿En serio?

—Sí. Lo tuve que agarrar yo misma. No sé de dónde saqué la fuerza… Luego, el disgusto se le pasó. Pero no sé. Estamos bien así. Seguimos siendo amigos. No me atrevo a volver a sacar el tema. Además, él tiene novia y todo.

—¿Y por qué lo dejaste?

—Dejé de desearlo sexualmente.

—¿Por qué?

—No sé. Era sentirlo cerca de mí, con ganas, y que me entraran ganas de salir corriendo. Te juro que, cuando se me acercaba, hasta me parecía escuchar de fondo el tema central de la película Tiburón.

—Qué triste.

—Sí.

—¿Pero dejaste de desearlo por algo?

—No. No lo sé.

—Yo creo que los matrimonios terminan porque alguien decepciona mucho al otro. Tanto, y tan profundamente, que es imposible seguir caminando juntos. Sin asco y pena. Es como una alta traición. Algo te hizo, descubriste o viste que te hizo dejar de querer caminar a su lado…

—Quizás... ¿y tú por qué te divorciaste?

Decido inventar una historia, mentir: primero, porque ella no ha sido sincera conmigo… algo pasó en su matrimonio que lo reventó: a ver si más adelante consigo que me lo cuente… segundo, es una mentira piadosa hacia mí mismo: estoy cansado de contar, chica a chica que me follo, la verdaderas razones: que me ponen triste: no me apetece contarlo una vez más. O quizás sólo quiero mentir porque soy escritor y mi cabeza me invita a fantasear, a reírme de la vida y de lo que realmente pasó.

—Es que si te lo cuento, no me vas a creer —empiezo.

—Joer. ¿Es algo muy duro?

—Muchísimo —contesto aún sin saber qué voy a inventar.

—Claro que te voy a creer.

—Ok. Pues allá va —le digo mirándole fijamente... aún no sé qué me voy a inventar.

—¿Por qué no me lo cuentas?

Surge la idea. Recuerdo un artículo que leí en un periódico, hace unos días.

—Me divorcié porque trató de convencerme de comernos a mi perra.

—¡Anda! ¡Tú me estás tomando el pelo!

—De verdad que se la quería comer. Ella nació en Yulin, una ciudad de China. Allí comen perros.

—¿Pero me lo estás diciendo en serio? ¿Te estás quedando conmigo? ¿Tu ex esposa era China?

—Sí. Desde que la conocí miraba a mi perra super raro. Al principio pensaba que quizás estaba celosa de ella. Un día va y me suelta que en Yulin no paraba de comer carne de perro, que le encantaba, que lo echa mogollón de menos. Cuando me contó eso, ya empezó a tirarme para atrás. Pero cuando empezó a darme la tabarra, día sí y día también, con el rollo de que nos la comiéramos...

—¿Y qué te decía?

—Me decía que mi perra ya estaba vieja y que era mejor que nos la comiéramos nosotros que los gusanos. Que ella la cocinaría super bien.

—¿Y cómo la conociste?

—¿A ella? En un restaurante chino —contesto.

—¿Era camarera?

—No. Estaba allí como cliente.

—¿Comiendo perro?

—Pues no sé... Ya sabes como son los restaurantes chinos.

Ella asiente con la cabeza. Se crea un largo silencio. Empieza a entrarme sueño. Son las 2 de la madrugada. Miro en el GPS de su teléfono que aún falta una hora y media para llegar a su casa. Se me cierran los ojos. Ella dice:

—Yo no podría tener una relación con alguien que come perros.

Ignoro su comentario. Sigo con los ojos cerrados.

—Oye, no te duermas —me ordena con mala leche.

Abro los ojos.

—Tengo mucho sueño —le explico.

—Pues no te duermas.

—Si me dejas dormir ahora, luego estaré más descansado en la cama y te lo haré mejor.

—Estoy tan cansada de conducir que el polvo lo vamos a tener que dejar para cuando nos despertemos.

He aprendido que, si a una tía que le gustas no le muestras demasiado interés sexual, como que te da igual follártela o no, se pican y ellas mismas terminan buscando el polvo que tú quieres. Así que le digo:

—A mí me da igual follar o no. Ya te dije en el bar que con hablar un rato contigo, me daba por satisfecho.

—¿En serio?

—Totalmente. Voy a cerrar los ojos y dormirme. Si no te gusta, puedes abrir la puerta del coche y tirarme de él en marcha.

Inmediatamente, el coche se llena de energía sexual. Siento la electricidad que sale de ella. Cinco minutos después me pide que me saque la polla.

—¿Me dejas vértela? —pregunta.

Me gusta el plan.

—Si me dejas tocarte las tetas, sí. No me gusta enseñar mi polla en reposo.

—¿Por qué?

—Porque es muy bonita cuando se me pone grande.

—Pero estoy conduciendo.

Le toco las tetas mientras conduce. Le gusta, se ríe, nerviosa. Le meto la mano por dentro del sujetador. Le toco el coño: meto mi mano por debajo de su falda, le aparto las bragas, está muy mojada.

—Cabrón... para —me dice.

Mi polla despierta. Se la enseño. Cuando me la ve, tiesa, no sé si le parece chica o fea. Es mi eterna duda. Sé que mi polla no es impresionante. Mide 17 cm. Sé que por ahí hay millones de pollas mucho más grandes que la mía. Si ha dado con mayoría de tíos mejor dotados, mi polla le parecerá una mierda y se reirá de mí y me mirará con desprecio. Me encantaría que todos los tíos con una polla más larga que la mía murieran. Decido descubrir si le gusto mucho o poco:

—Quiero que te la metas en la boca.

—¿En serio?

—Sí.

—Estoy conduciendo.

—Pues para. Ahí.

—¿Ysi nos ven?

—Es de noche. No hay nadie.

Paramos en un descampado. En cuanto se quita el cinturón, le como las tetas. Ella me la agarra, me masturba, se la mete en la boca, tras escupir sobre ella. Le aparto el cabello para ver qué preciosa es con mi polla en su boca:

—Eres preciosa... ¿Te la meto?

—No. Quiero chupártela.

Estoy a punto de correrme. Se lo digo. Sigue chupándomela. Se lo repito porque, algunas veces, las chicas están tan excitadas conmigo, que se quedan sordas. Me ha pasado varias veces: les aviso que me voy a correr dentro y siguen. Luego, cuando me corro, aseguran que no me habían escuchado. Por fortuna, ninguna se me he enfadado por correrme dentro. Sinceramente, creo que sí que me escuchan, pero están tan cachondas, que quieren que me corra dentro. Luego, recapacitan y sueltan la excusa de la sordera.

Me corro dentro de su boca. Lo acoge todo en su boca, espera a que termine de eyacular del todo, luego lo escupe, fuera del coche, por la ventanilla. Me pone triste:

—¿Por qué lo escupes? —le pregunto.

—Se dice que es de putillas, tragárselo.

—Pues eres la primera chica de mi vida que lo escupe y no se lo traga. Y yo jamás he estado con putillas.

—¿Todas se lo han tragado?

—Sí.

—¿Te molesta que yo no me lo haya tragado?

—La verdad es que lo he sentido como una falta de respeto.

—¿En serio?

—Sí. Como que me desprecias. Pero vamos, que por supuesto, es tu decisión.

Hablamos un rato. No sé por qué empezamos a hablar del “Un, dos, tres”. Ese programa de los 80. Lo guay de estar con gente de tu edad y nacionalidad es que puedes hablar en un idioma que otras edades y nacionalidades no entienden:

—¿Nos alabamos? –le pregunto.

—Nos alabavenimos —responde.

Arranca su Porsche. De pronto, su teléfono, que tiene el GPS  abierto, se cae hacia mis pies.

—¡Ay! ¡Cógelo! ¡Rápido! –grita muy, muy nerviosa.

Tan nerviosa que me pone super nervioso a mí. Agarro su teléfono, torpe, se me cae de las manos.

—¡No! ¡No! —gime asustada.

—¿Qué te pasa?

—¡Pon el GPS del teléfono, por favor!

Comienza a llorar. Encuentro el teléfono. Lo pongo en su sitio: la pantalla de Google se ha cerrado.

—¡No! ¡No! ¡No! —gime— ¡No! ¡Pon la pantalla!

Me mira muy decepcionada. Como si le hubiera fallado, traicionado. Sigue llorando. 

—¡Pon el GPS del teléfono, por favor! —grita, fuera de sí.

Lo consigo. No he tardado más de 30 segundos. Pero en estos 30 segundos he decidido que ya no quiero estar con ella ni un minuto más. Si se pone tan nerviosa, le angustia tanto una chorrada así... ¿Cómo será cuando nos tengamos que enfrentar juntos a un problema de verdad? Además: odio a las chicas que gritan.

Se crea un silencio incómodo. Ninguno de los dos lo rompe.

Al rato, nos detenemos en una gasolinera. Son las 3 de la mañana. Estamos ya en Bilbao. Es mi oportunidad. Ella sale a pagar al minimarket... cuando llega al interior, a la caja, yo también salgo del coche: corro: en dirección a la oscuridad de la noche.

En la oscuridad me envuelvo, me hago invisible, desaparezco. Ella llega al coche, me busca, grita mi nombre… la veo desde un lugar desde el que ella no me ve: espera un rato, habla con los empleados, me busca por los baños, por la sección de chocolate del minimarket… finalmente monta en su coche y se va: pienso que qué rara es la vida: yo huyo de una chica por la que otro se suicidaría.

Busco en Google un lugar en el que quedarme. Duermo en un hostal (40 euros).

A la mañana siguiente, regreso a Gijón en un Blablacar (35 euros).

Hago cálculos: la mamada me ha costado 75 euros.

—“Me lo tengo que montar mejor” —pienso.

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La chica tarta
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Camino por el paseo de la playa de San Lorenzo. Estoy con Anais, mi perra. Una mano toca la parte de atrás de mi espalda. Son una pareja de lectores. Me incomodo un poco. Es duro enfrentarme a la mirada de las personas que me conocieron cuando vivía en Paredes, un pueblo de Asturias, hace años, cuando estaba felizmente casado. A veces, me siento mala persona por haber dejado esa vida, por no haber seguido “aguantando”, como hace casi todo el mundo. Normalmente estoy seguro de haber hecho lo correcto... sin embargo, la duda, la tristeza y el dolor, siempre aparece cuando menos lo espero: es como un ladrón con navaja que te la clava en una esquina sin siquiera darte una oportunidad, sin siquiera amenazarte primero, no lo viste ni venir y te deja temblando en el suelo, desangrándote, mientras se larga con lo que, orgulloso, llevabas en la cartera: tu estabilidad mental. La pareja de lectores siguen juntos, no lo han dejado, me sonríen, felices:

—¡Te reconocimos por Anais! —me dicen—. ¡Has cambiado mucho!

—Más viejo, claro.

—Qué va. Más joven y flaco. Pareces un treintañero. ¿Cómo has adelgazado tanto?

Les contesto la verdad: cerrar la puta boca, hacerme vegano al 90% y pegarme una hora de deporte al día sí o sí.

Hablamos un rato más, me despido y seguimos caminando. Me encuentro con otro lector. También lo conocí en Asturias. También cuando yo estaba felizmente casado. También nos visitó en el hogar feliz que explotó. Esto es terrible: hoy recibo navajazo tras navajazo. Me dice lo mismo: que qué flaco y qué joven. 

—Cuando leí que te habías divorciado, no me lo creí. Os vi juntos. Y esa unión parecía que era perfecta y para siempre —dice.

Me entran ganas de llorar. Me aguanto. El lector me cuenta que ha tenido un hija hace dos años. Con la mujer con la que le conocí en su momento. Tampoco lo han dejado. En Asturias todo el mundo ha seguido adelante, a pesar de las dificultades. Está super feliz. Dice que cuando tuvo a su niña en brazos comprendió que eso era lo mejor de la vida. No para de enseñarme fotos y videos de su hija, en su móvil. Yo jamás tendré un hijo. Soy viejo y no me gustan las jovencitas: no me voy a dedicar a fecundarlas. Me gustan las cuarentonas.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —me pregunta.

—Emborracharme –contesto sin dudar.

…..

Estoy en un bar irlandés, escribiendo. He pedido un par de cervezas, un café con whisky o qué se yo qué tiene esto. El alcohol me ha subido con rapidez a la cabeza: no estoy acostumbrado a beber. Ya no sé ni lo que estoy escribiendo. Una chica va al baño, pasa por delante de mi mesa: me mira mal. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Me conoce por el blog? ¿Me ha mirado mal por algo que ha leído? A veces, la gente se enfada por lo que escribo en el blog: me condenan según lo que interpretan a raíz de sus experiencias pasadas, reflejando sus propias limitaciones mentales, miedos y carencias emocionales. ¿Qué culpa tengo yo de tratar de capturar vida en mis escritos? ¿O de pensar? ¿Acaso yo he inventado las mierdas de la vida? ¿O me ha mirado mal porque se me ha escapado mi mirada a sus tetas durante un microsegundo? Me apetece entrarle.

Es su culpa. 

Está buena, me gustan sus ojos, sus tetas. Cruje de lo buena que está.

Me encantaría abrazarla, charlar con ella en la cama hasta conocerla bien. Ir directamente a la cama, desnudos por completo, a conocernos. Nada de hablar primero en el bar o paseando. Eso es de maricones o propio de la E.G.B. Entonces, en la cama, agarrarla de pronto, en mitad de la conversación, meterme sus tetas dentro de mi boca, sujetarle el culo mientras se la meto. Que se ponga sobre mí. Que se mueva con ganas, tragando mi polla con su coño, hasta el fondo, como si tuviera una boca allí, mandando ella. Que me haga correrme tras escuchar, en mi oído, como gime, como se corre primero ella. Quiero sentir sus espasmos de placer sobre mi pubis. Mirarnos, asombrados, tras el orgasmo.

Los orgasmos, siempre me asombran. Siempre que me corro es como si fuera por primera vez.

Dormir y, al día siguiente, despertarnos juntos.

Ella, por fuera, es como una tarta. Quiero rellenarla, por dentro, con la mejor nata del mundo.

Mis huevos han empezado a batirla.

Quiero ir hasta su mesa y decirle que es una chica tarta. Que tengo nata fresca para ella. Quiero decirle guarradas. Estoy super salido.

No debo. Se asustará o llamará a la policía. 

Me mudé a Gijón por una historia de amor que al final me estalló en la cara. Por ahora, me estoy  quedando en casa de un lector. Hoy tengo ganas de follar. He decidido que no voy a masturbarme nunca más. De mis 45 años llevaré unos 32 años masturbándome. El resto de lo que me queda de vida me lo voy a pasar follando o nada. O me pongo sobre una tía que se abra de piernas, me reciba con gusto, que me abrace, me bese y quiera que me corra dentro de ella o nada de nada. Adiós a las pajas. Les he dicho adiós a las pajas para siempre. La última paja me la hice en Requena, Valencia. El día 2 de junio de 2019. RIP.

—Me gustaría hablar un rato contigo —le digo.

Todas sus amigas me miran. He ido hasta la mesa en la que todas están sentadas. Me llené de valor recordando lo que me aseguraron hoy mis lectores: soy joven y delgado.

—¿Por qué? —me pregunta, con cara chunga.

—Me apetecería conocerte.

—¿Estás salido?

—Sí. Mucho. Pero con hablar un rato contigo tengo para seguir viviendo.

—No. Gracias.

—Ok. Si cambias de opinión o quieres fumar un piti ahí fuera me avisas. Estaré en esa mesa, escribiendo sobre ti.

—¿Sobre mí?

—Sí.

Me voy. Las chicas miran como marcho. La barman, tras la barra, también, alerta por si las molesto más. No voy a volver a mirarlas. No soy ni un obsesivo ni un puto chalado. Abro un documento en blanco en mi iPad Pro, comienzo a teclear. Al rato, ella y una de sus amigas se acercan a mi mesa.

—¿Qué escribes? —me pregunta.

—Sólo me ha dado tiempo de escribir hasta aquí.

Giro mi tablet. Le ofrezco leer el texto que tú acabas de leer.

La chica tarta y su amiga lo leen.

—¿Chica tarta? —pregunta con una sonrisa.

—Sí.

Las dos ríen. El resto de sus amigas se aproximan a la mesa. También leen el texto que tú acabas de leer.

—¿Eres escritor?

—Sí. Bueno. Últimamente no estoy vendiendo ni una puta novela. Pero sé que es la calma que precede la tempestad. Siento que algo grande va a pasar pronto.

La chica tarta me mira.

—Te miré mal porque me miraste las tetas. No te cortaste nada.

—Es porque las tienes perfectas. 

—Eres un guarro.

—No. Si te encantaran los coches y vieras un cochazo por la calle tú tampoco podrías evitar míralo un segundo con ganas de subirte, que fuera tuyo. Además, han pasado más chicas por delante de mi mesa y sólo te he mirado a ti.

—¿De verdad que quieres dormir conmigo y hacerme todas esas cosas?

—Sí.

—Pues te vas a quedar con las ganas. Vivo en Bilbao. Salgo ahora. He venido a pasar unos días con mis amigas. Unos días que ya acabaron.

—¿Cómo vas hasta allí? —le pregunto—. ¿En tu coche?

—Sí.

—¿Me llevas?

—¿Vendrías?

—Si es a tu casa, por supuesto.

—¿Estás loco?

—Loco estaría si no me subiera a tu coche.

La chica me mira con sus preciosos ojos azules.

—Vale —accede—. Tú y yo lo vamos a pasar muy bien.

Me subo a su coche, nos vamos a Bilbao. Ella conduce a 120, pone buena música, disfruto de su sonrisa y charla, pienso que esta noche le he ganado la partida al Dios de los Días de Mierda. He sido yo el que lo ha esperado en una esquina, le ha clavado la navaja sin avisar y lo he dejado medio muerto: marchándome con el botín.

Poso mi mano sobre el muslo de la chica tarta.

La chica tarta recibe mi mano con placer, sonríe.

—“Todo está bien, Rafa” —pienso—. “Todo está bien”.

—“No” —me replico– “Todo va fatal”.

—“Que no. Que estás haciendo bien”.

—“Que no”.

—“Que sí”.

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¡Viviendo en Gijón!
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Como os conté en el post anterior, he dejado Requena (que para mí ha sido como vivir en un hospital en el que he estado restableciéndome) y me he marchado a Gijón. En principio, iba a irme a vivir con una chica pero al final, mejor no, y ahora vivo solo.

Hay dos tipos de personas: los que van a algún lado y los que no van a ninguno, afirman en una de mis canciones preferidas. Finalmente, me he dado cuenta, de que pertenezco al segundo grupo. No tengo “hogar”. Me veo el resto de mi vida vagando por España, con mis libros a cuestas. Por cosas que me pasaron en la infancia desprecié a mi familia y seguí mi camino solo. De adulto, todas mis relaciones amorosas han terminado: en cuanto he dejado de sentirme querido he tomado la puerta pues, la única razón por la que puedo soportar la vida de “casado” es por amor. Si no hay amor, prefiero estar solo. El amor, quizás sea una quimera, pero es lo único que me interesa. A la mierda el oro y la fama. El amor es mi droga, mi meta. Quizás ese sentimiento sea una ilusión, o algo que no perdura para siempre, pero prefiero vivir buscando esa ilusión, viviendo en la pasión, que conformarme con una vida mediocre y reprimida.

O quizás yo no merezca que me amen… Y ya me da igual. Lo he aceptado y me descojono del infierno. Aprovecho los momentos buenos y listo.

Gijón me flipa. Vivo cerca de la playa, que me recuerda (salvo por el frío del agua) a mis Las Canteras, de mi Gran Canaria natal. Cada día me la recorro un par de veces, con Anaïs.

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Ella se ha adaptado genial al cambio. Cuando alguien me dijo por Facebook que Gijón era una ciudad en la que los perros son muy bienvenidos, pensé que exageraba. No es así. Puedo entrar en casi todos los comercios con ella y la gente no para de sonreírla por la calle, pararme para preguntarme por ella. Aquí casi todo el mundo tiene un perro. Esto esta lleno de perros felices. Me paso el día con ella.

Más adelante, volveré al campo porque vivir en la naturaleza es la segunda cosa que más me flipa. Pero este año y quizás el próximo, Gijón centro, será mi base de operaciones. Asturias me da paz, la gente me cae genial, siento que encajo, el clima me maravilla y, en esta “tierrina”, siempre tengo ganas de escribir.

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