Hablar con un tío no me suele entretener.
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Se está haciendo de día mientras escribo esto.

Acabo de desayunar, estoy feliz. Ahora voy a escribir este post que estás leyendo, luego voy a dar un paseo a Anais y por fin, me voy a zambullir en el mundo que estoy creando.

Es lo que me faltaba en la vida para volver a sonreír del todo. Escribir da sentido a mi existencia. Permite que me mire al espejo, sin sentir vergüenza por existir. Creo que por eso estaba tan triste. Me había convertido en “nada” y estaba buscando a alguien, una mujer, que me ayudara a volver a ser lo que soy/fui. No encontré a nadie que me ayudara como sí que yo he ayudado de forma desinteresada, dos veces, en mi vida a alguien a levantarse y realizarse (al argentino de los “Diarios Secretos” y a mi ex esposa). Pero es normal que no encontrara a nadie como yo en el pasado, porque yo soy la leche, un héroe. Irrepetible.

Llevo ya casi un mes escribiendo mi nueva novela infantil. Me levanto de la cama entusiasmado, con una sonrisa. Me sienta bien crear ese mundo. He dejado de ir al gimnasio. En el mes que llevo escribiendo, he engordado unos dos kilos y medio. No me importa. Lo único que me apetece ahora es escribir/crear. Y esa es otra de las reglas que tenía olvidadas, y que me hacían infeliz: hacer lo que me dé la gana cada día. Si hago trabajos de subhumano, el Cosmos me castiga y me hace mediocre. Si creo en mí, el Cosmos me envía regalos increíbles. También he dejado de “desear” lo que no tengo y disfrutar de lo que sí.

He sacado el amor de la ecuación de mi vida. Ya no lo busco aunque sigo creyendo en él. Pensé que era lo que necesitaba para empezar a reconstruirme, pero estaba equivocado. Lo que necesitaba era escribir y creer en mí. A veces, pienso que eso del matrimonio, o tener pareja es un cuento de la antigüedad que nos seguimos creyendo como párvulos en la actualidad. Lo pienso cuando, cada día, tengo cero responsabilidades: ni hijos, ni pareja absorbente, ni trabajo al que no me guste ir. Pero luego, recuerdo, los años maravillosos de los que estuve casado o, hace poco, los buenos momentos que pasé con mi última novia y pienso que sí: que estar en pareja es lo ideal, lo malo es que no vale cualquiera: que conectar con cualquiera en ese plano, para que valga la pena tantos sacrificios, es muy, muy complicado.

Aún así trato de quedar con alguien, una vez a la semana. Tomar un café.

Una mujer, principalmente.

Hablar con un tío no me suele entretener. Los conozco a todos. Sé lo que van a decir incluso antes de que abran la boca.

Una mujer, sí que me entretiene. Son rompecabezas.

Me gusta mirarlas, me gusta intuir lo que tienen dentro de la cabeza. Me gusta ver de qué van, como se contradicen, qué es lo que desean.

Y, luego, está la tensión sexual en el ambiente. Es agradable sentirla.

Aunque no follo con ninguna porque a mí sólo me gusta follar sin condón y eso no puede hacerse con cualquiera, hasta que pasa mucho tiempo, se ve que no hay peligro y hay confianza.

No suelo quedar con la misma chica más de dos veces porque todas me parecen vacías: aprisionadas por el sistema, súbditas subhumanas de la hipocresía. No quiero reproducir un ser vivo con ellas. Sería una pesadilla. Me tendría que meter dentro del sistema que tanto critico.

Con esto no quiero decir que yo sea un antisitema. Pago mis impuestos y creo en los bancos. En lo que no quiero entrar es en el sistema de la “muerte del ser humano”. Convertirme en uno de esos zombies que van al trabajo cada mañana y luego, cuando salen, regresan a un hogar que también los anula.

No he encontrado a ninguna mujer que valga la pena.

Aunque sé que la encontraré y que, de aquí a 4 años, volveré a casarme con una mujer espectacular en todos los sentidos.

La veo.

De dinero, cada día estoy un poquito mejor. A medida que siga escribiendo y publicando, mejor estaré. Aún así, todavía estoy muy, muy justo: aunque no en situación precaria. No me puedo dar ni un gustito, sigo contando euros. Lo peor que llevo es que, para comer sano (y rico), hace falta más dinero que para comer “guarro”. Pero sé que a medida que siga escribiendo, volveré a llegar al cómodo lugar que estaba antes de divorciarme. Ya no me doy plazos ni me hago ilusiones. Cada día escribo y punto. Eso es todo lo que tengo que hacer para salir de mi crisis económica. Perder tiempo planeando, preocupándome, me restaba energía, es inservible pues luego, la vida, hace lo que le da la puta gana. Mi única carta, es crear cada día. Pelear con el teclado. Escribir mis 5 páginas diarias, como mínimo. Y, gracias a el Rey del Cosmos, mi cabeza vuelve a funcionar: mi imaginación está mejor que nunca. Ayer por la mañana, por ejemplo, se me ocurrió una idea para una novela absolutamente increíble. Tan buena es la idea, que estuve toda la mañana flotando por mi casa, llegué hasta el techo. Cuando tocaron el timbre de mi casa, no pude bajar hasta la manilla de la puerta, para abrirla. Me llamaban por teléfono, y tampoco podía bajar del techo hasta la cama, para responder. La escribiré después de “Doctor Mente”. Se titula (provisionalmente): “Un hombre blanco cualquiera”. Y va sobre un ginecólogo que descubre la magia de la vida. Tengo en mente cuatro novelas para este año. Es un reto complicadísimo cumplirlo. No prometo que lo consiga (aunque dos de ellas, son de sólo 150 páginas, asunto que me resuelvo en 2 meses, pues soy una máquina de escribir). Pero si sigo encerrado en casa, escribiendo, tan concentrado como ahora, 10 horas diarias, puede ser que ocurra el milagro. Sería la leche para mí. Cuantas más novelas increíbles tenga, más oportunidades tengo de conseguir el best sellar que estoy predestinado a escribir. Esa novela que será eterna.

Ya lo veréis, es inevitable. Pasará cuando menos lo esperemos.

Y vuestro nombre, aparecerá dentro. Espero. Si no sois unos subhumanos egocéntricos y aún tenéis algo de olfato para apreciar la magia de la vida.

Por lo pronto, mi segunda novela infantil: “El fantasma… ¡con una pierna viva!” se va a imprenta el día 15 de abril. Si te apetece leer el adelanto gratuito de 44 páginas, pinchas aquí. Si te apetece convertirte en mecenas de la novela y que tu nombre, o el de tu hijo o sobrino, aparezca en los agradecimientos, pincha aquí y cómprala en preventa. Si ya la compraste y quieres ver si el nombre que me diste aparece correctamente dentro de la novela, chequea la imagen que aparece a continuación. Si no aparece el o tu nombre tal como deseas, escríbeme un email a ezcritor@gmail.com o chatéame por mi Facebook. Muchas gracias.

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Lo único que no entiendo de las reivindicaciones feministas
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Entro en la web de blablacar. Viajo a menudo por ahí, lo prefiero al bus o al tren: más cómodo, más barato y de paso hablo con alguien con quien no hubiera hablado nunca. Así puedo volver a hablar con alguien de mi tristeza, de la que no me canso de hablar como un pesado. Pillo un blablacar que me lleve de Valencia al pueblo en el que vivo actualmente, Requena. Llego al punto de recogida: una gasolinera, con 10 minutos de antelación. Son las 19:20.

Espero.

Espero.

Espero.

Es la primera vez que un blablacar me falla. Llamo por teléfono al conductor:

—Sí. Estoy cerca. En 10 minutos llego —me dice.

Pasan los 10 minutos. Espero que pasen 20 para hacer la segunda llamada. No me gusta ser exigente ni que lo sean conmigo. Relax en la vida para todos. Le llamo:

—Cuando puse en Blablacar que pasaría por ahí a las 19:30 me refería a una hora aproximada—contesta, hablando en mal tono—. Estoy cerca.

Y cuelga.

Me enfado. Pero ya no tengo opciones para regresar a mi pueblo que no sea ese blablacar. Al último bus no llego. Quizás haya un AVE, pero tendría que pagar unos 20 pavos y caminar una hora. En Taxi, me sacan 90 euros. Así que me lo tomo con filosofía, espero.

A las 20:15 vuelvo a llamar. Ahora mi tono de voz no es tranquilo. El conductor, me dice que me promete que llegará dentro de 15 minutos.

Aparece a las 21:00 horas. Suena mi teléfono.

—Estoy aquí —me recrimina— ¿Dónde estás que no te veo?

—Yo también estoy aquí. No le veo.

—Es un coche rojo. Voy a poner los intermitentes.

Miro. No lo veo. No llevo las gafas puestas. Ni las lentillas. Me cago: o se ha equivocado de gasolinera o aún no está y quiere seguir toreándome o yo no lo veo.

—¿Puedes salir del coche? —pido—. ¡No te veo!

—¿Salir? Hace frío.

—Ya. Y yo llevo una hora con este frío esperándote. ¡Oh! ¡Ya veo tu coche!

Es un coche del año 90. Rojo. Un Fiat con los intermitentes encendidos.

—Siento haberme retrasado 30 minutos —me dice el muy cabrón con una sonrisa.

No le replico ni mú. Es un tipo de casi 2 metros y de unos 150 kilos de peso. Su puño es del tamaño de mi cabeza. Lleva el cabello largo. Tendrá unos 50 años. Es andaluz o gitano.

—“Ya me vengaré de ti en la valoración de blablacar” —planeo cobardemente en mis pensamientos mientras me siento en el asiento del copiloto—. “Te daré la peor nota posible y contaré todo lo que me hiciste esperar. Ahora lo que me interesa es regresar de una puta vez a mi pueblo”.

El tipo arranca su coche. Se supone que tiene que ir a mi pueblo directamente, pero empieza a meterse por calles cada vez menos concurridas y oscuras. Pongo el gps de mi móvil. Compruebo que sí: está conduciendo en dirección contraria a mi pueblo.

—Vas mal, ¿eh? —le digo asustado.

—Que no, hombre. Soy conductor profesional. Sé lo que me hago.

Pienso: no debería de haberme subido a un coche de un tipo que no conozco por la noche. ¿Qué hago? Decido bajarme la próxima vez que el coche se detenga en un semáforo. Lo hace. Miro. Estoy en mitad de la nada. Aparecen dos tipos. Tienen una pinta terrible. No son más altos que yo, ni más corpulentos. Pero como saquen una navaja me cago. Abren el coche. Se sientan en los asientos de atrás. También son gitanos o andaluces.

—Hola, José Alberto —le dicen.

—¿Cómo estás, quillo?

Hago recuento. En la mochila llevo mi tablet Pro. La necesito para terminar de dibujar la novela infantil con la que estoy tratando de desatascar y reanudar mi carrera de escritor. En la cartera no llevo más de 7 euros. ¿Qué más de valor tengo? Mi culo. El agujero de mi culo. Pueden violarme. No debería de haber adelgazado tanto ni muscularme en el gimnasio. Bajé a Valencia para cortarme el cabello. Me he puesto guapísimo para ellos, incluso me puse colonia. Ahora la virginidad del agujero de mi culo es un valor añadido a las cosas que me pueden quitar. Me veo en un descampado, haciéndole mamadas a todos para que me dejen vivir. Luego, para tapar su vergüenza por ser gitanos maricones, me matarán. Pienso en las feministas. Pienso en ese adorable y achuchable señor que salió fotografiado en todos los medios de comunicación, en la última manifestación del día de la mujer:

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Si ese señor se mete en los garitos a los que van sus hijas por la noche (con un buen reloj, una buena cartera)… ¿podría regresar a casa caminando tranquilamente? ¿Por qué cree que la maldad humana puede arreglarse con el feminismo? Le entendería si el mensaje de ese cartel fuera dirigido a Dios. Quizas, si existe, podría resolver algo. Si yo voy caminando por un barrio chungo a las tantas de la madrugada, puede pasarme algo horrible. Da igual que no sea mujer. Es cierto que hay muchísimos más casos de mujeres violadas que de hombres violados. Pero en las manifestaciones lo que las feministas reivindican es que las mujeres puedan caminar a cualquier hora por cualquier sitio y no les ocurra nada. Eso es imposible: tanto si eres hombre como si eres mujer. Esta reivindicación es la única cosa que no entiendo del movimiento feminista actual: movimiento que aplaudo y que veo supernecesario. ¿Se acaba con la maldad humana con la educación? Por mucho que le razones o le repitas a una persona malvada: no hagas el mal, va a terminar haciéndolo.

—“Si salgo con vida de esta —pienso— escribiré un post en mi blog sacando el tema para ver si alguna feminista me lo explica”.

Los gitanos (o andaluces) comienzan a hablar conmigo:

—¿Y a dónde vás?

—A Requena.

—Pero tú no eres de aquí, eres sudamericano.

—No. Soy canario. Tenemos una forma de hablar parecida a la de los caribeños. Hace siglos, los puertos del archipiélago canario eran escala obligada para las expediciones que iban a la conquista a América. Eso provocó que muchos canarios fueran y vinieran. Después, a partir de 1860, se dio un aumento importante de la migración canaria a Cuba y a Venezuela. Así que por eso tenemos más acento de allá que de acá.

—No diferencio tu acento al de un colombiano.

—Normal. Yo no diferencio el acento de un andaluz al de un gitano.

Los gitanos (o andaluces) ríen.

—¿Y cómo es que terminaste en Requena? —siguen preguntándome.

—Vivía en otro pueblo, decidí divorciarme de mi esposa y, como no tengo coche, me fui a vivir al pueblo de al lado, que la mudanza me salía barata.

—¿Y qué tal?

—Ahora estoy empezando otra vez de cero. Bueno, llevo 9 meses así y aún no levanto cabeza. Me fui de casa de mi ex sin nada. Y, joer, lo que me está costando a veces hasta poder comer. Por la tristeza y desilusión que siento me cuesta horrores ponerme a trabajar. Estoy en una mala racha que no sé cuando va a terminar.

—Pero por lo menos te la follaste —me dice un gitano.

—¿Cómo? –pregunto extrañado.

—Es lo que pienso siempre cuando termino una relación. Da igual que haya terminado bien para mí o mal. ¿Se va? ¿Me deja? Me da igual: porque por lo menos me la follé. Pienso en eso y así no me hundo ¡Por lo menos me la follé!

—¿Es lo único que te importa? —le pregunto.

—Es con lo que me consuelo —me dice— ¿Tú te has fijado? Las mujeres cuando terminan contigo, te bloquean de las redes sociales. ¿A qué sí?

—No siempre —contesto.

—Me refiero a las chicas con las que has estado mucho tiempo y tú las has dejado. No un rollo. Esas te dejan ahí por si un día surge la posibilidad de una segunda parte. Todavía no han perdido al 100% la esperanza contigo.

—Es verdad que casi todas las novias a las que yo he dejado me tienen bloqueado —contesto—. Sólo he tenido 5 novias en mi vida y sólo una me ha dejado **(aunque yo continuaba con ella por pena). Por mucho que trato de ser amigo de ellas, me bloquean de Facebook ***(sólo hay una que no me tiene bloqueado y que me sigue felicitando por mi cumpleaños… por si está leyendo esto, un abrazo P.)

—Nos bloquean a todos. ¿Sabes por qué?

—No.

—Porque no quieren verte. Eres un fracaso para ellas. Te estuvieron follando durante meses o años y te escapaste. Ese es el peor insulto que puedes hacerle a una mujer: que no te las quieras volver a follar jamás. Que elijas eso. Así que te bloquean para no verte el careto que les recuerda que su belleza es un anzuelo, pero el anzuelo no funciona eternamente. Eso les jode muchísimo. Porque por muy buenas que estén, siempre terminamos cansándonos de ellas. Por eso todas las mujeres casadas son unas amargadas. Cuando son jóvenes, se ven con un superpoder. A medida que van creciendo, se van dando cuenta que el superpoder que tienen, lo tienen todas y que cada vez, el superpoder va menguando.

—A mi ex esposa no me cansé de follármela —digo, sincero—. Me gustaba la rutina con ella, el día a día. Es normal que la pasión (por los dos lados) va bajando pero, cuando surgía, era estupendo. Lo que pasa es que simplemente llegué a la conclusión de que no era una buena compañera para lo que me quedara de vida y tuve que ser valiente: aspiro a vivir feliz y en paz.

—Todas las tías tienen un lado puta—dice otro gitano—. Utilizan el sexo para capturarnos. Saben que es nuestra droga. Es el gran arma del que disponen. Y cuando no les funciona o les deja de funcionar, se suben por las paredes de la rabia. Sobre todo porque han estado follándote durante meses o años para al final, quedarse sin recibir la paga y los beneficios de tenerte capturado en casa.

Seguimos hablando. No sé si lo que dicen esos gitanos será verdad. Supongo que no. Yo tengo el sexo más normalizado. A mi no me “caza” con sexo nadie. Por eso de que soy un escritor algo conocido, no me cuesta casi nada conseguirlo. Realmente me cuesta mucho más que una lectora me compre un libro que acostarme con ella. Pero, por lo menos, estos gitanos o andaluces no son ni ladrones ni violadores de hombres. El conductor un poco caradura pero qué le vamos a hacer. Allá él con su forma de hacer las cosas. Tendrá que vivir, de por vida, con mi mala review en blablacar por impuntual. A la hora, llego a Requena. Con el culo intacto. Ellos siguen para Albacete.

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Nota.- Sé que no es un buen post para anunciar mi segunda novela infantil (que mando a imprenta el 15 de abril). Pero qué le vamos a hacer: necesito llegar a 40 mecenas antes de que termine este mes. Si quieres leer 44 páginas gratis, pincha aquí. Si quieres hacerte mecenas y salir en los agradecimientos, cómprala en preventa pinchando aquí (te llegará en papel, a color, en abril). Si eres mecenas y quieres ver si tu nombre (o el de tu hijo) sale correctamente, a continuación tienes la lista. Si no sale correctamente, escríbeme un chat por Facebook o un email a ezcritor@gmail.com GRACIAS.

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La aventura de escribir un libro infantil para renacer y subsistir
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La bibliotecaria de mi pueblo pensará que soy un padre ideal: cada dos días saco un librito infantil para niños de “a partir de 7 años”. No sabe que vivo solo, que mis hijos son imaginarios o que mis hijos son todos los vuestros. Mi primer libro infantil lo escribí sin hacer un estudio primero. Simplemente traté de conectarme con mi niño interior. Fue bien, ya lo leen en las aulas de los colegios: a los profes les gusta porque normalizo cosas como el divorcio. No hay muchos libros que sean actuales, que hablen de las cosas a las que los niños se enfrentan hoy en día y que, además, les enganchen:

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El segundo libro que estoy escribiendo ahora es de fantasmas. Me preocupa, sobre todo, escribir algo inapropiado para un niño: algo que le haga daño dentro de su cabecita o le asuste demasiado. Por ejemplo, en la primera línea de uno de los libros que saqué de la biblioteca, leo la palabra “ahorquen”:

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Yo jamás escribiría esa palabra. No me apetece que un padre que esté leyendo un libro mío a su hijo, tenga que detener la lectura para aclararle la duda:

—¿Qué es ahorquen, papá?

Y se lo tenga que explicar con una sonrisa sádica:

—Pues hay gente mala a la que le ponen una cuerda por el cuello hasta que…o gente que se mete en un armario mientras se masturba y se ahorca con un cinturón para…

Cada día saco libros de la biblioteca para ver cómo los autores de los libros infantiles se enfrentan, en la narración, a momentos como un asesinato o la muerte de un ser querido. Mi conclusión es: con naturalidad y sin cuidado. Recordad el cuento de Caperucita Roja, por ejemplo. Allí se leen palabras como “devoró” a su abuela, se la “comió”. O, al lobo, le llenan el estómago de piedras y lo tiran al río hasta que se ahoga. Son imágenes e ideas impactantes, violentas, pero que, por lo visto, los niños aceptan sin necesidad de tener que ir al psicólogo.

En mi segundo libro infantil hay una parte en la que un fantasma tira a dos hombres lobos a las vías del tren, para que el tren pase por encima de ellos. Pensé mucho si escribir esa parte o no. ¿Demasiado bestia? Al final me dije:

—Lo subo en el adelanto del libro. Si es demasiado bestia, ya me tirará de las orejas algún padre.

Pues bien, hace un rato recibí este entrañable audio de uno de los padres que leyeron el adelanto de mi segundo libro infantil a su hijita:

¡Fue lo que más le gustó! ¿Os fijáis como dice la palabra “muchísimo”? ¡Viva! Su madre, además, me contó algo más que me alegró: los dibujos que estoy haciendo para ilustrar la novela le gustaron mucho a su hija:

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Me quitó otro peso de encima. Sé que no dibujo bien, que con un profesional de las artes, el libro quedaría mucho mejor. Pero como no tengo dinero para contratarlos y paso de estar pidiendo favores o aprovechándome de los artistas, me puse yo mismo a ilustrarlo. Tras ver las ilustraciones del libro que saqué ayer de la biblioteca y las palabras de la niña, se me quitaron los complejos.

Ilustrar más frío, soso y con menos vida, no es posible. Mis ilustraciones son mucho mejores y no me dedico a ello.

Ilustrar más frío, soso y con menos vida, no es posible. Mis ilustraciones son mucho mejores y no me dedico a ello.

Trato de fijarme en todos los detalles. Por ejemplo, cuando lo maqueto no justifico el texto a ambos márgenes. Eso es un handicap de lectura para los niños disléxicos.

Por cierto, antes de empezar a escribir mi segunda novela infantil: “El fantasma que tiene… ¡una pierna viva!” hice una exhaustiva búsqueda por internet para ver si alguien había escrito algo parecido sobre un fantasma así por si le estaba pisando la idea a algún autor infantil y me metía en líos legales. No encontré nada. Pero ayer, sí. Por lo visto, en la mitología tailandesa hay una leyenda que habla de un ser formado por una sola pierna, que salta mientras grita: “¡Gong Goi! ¡Gong Goi!”. Alguien lo grabó hace poco.

Por fortuna, no tiene nada que ver con lo que yo he imaginado.

¡Pues eso ha sido casi todo lo que tengo que contarte por hoy! Si te apetece leer el adelanto de 44 páginas de mi segunda novela infantil te aseguro que, aunque seas un adulto, te hará pasar un buen rato. Estas 44 páginas han sido mejoradas, un poquito, respecto a las que subí el otro día:

1.-Situé los Jardines de Sabatini dentro de la acción.

2.-El moco Juanillo hace una breve aparición antes de que Pilar entre en la Estación del Príncipe que Pía en busca de su hermana.

3.-Corregí algunas erratas y mejoré un poco algunos párrafos. Ya sabéis que hasta el día 15 de abril estaré mejorándolo todo para que llegue a manos de vuestros hijos (o a las vuestras) de forma sobrasaliente.

4.-Borré la palabra “Cielo”. No quiero que mis libros infantiles tengan referencias a ninguna religión. La educación religiosa que le déis a vustros hijos, es asunto vuestro. Yo hubiera preferido criarme sin ir a misa ni saber nada de los sacerdotes. Los “cuentos” de la Biblia son maravillosos. Sin embargo, algunos curas los utilizan para culpabilizarnos, limitarnos y amaestrarnos.

¡IMPORTANTE! Recordad que busco mecenas para esta novela que saldrá el día 15 de abril. Por ahora sólo tengo 13 mecenas. La lista, actualizada, sale al final del pdf. Si piensas hacerte mecenas, hazte ahora por favor. Te necesito. Ojalá llegue a 40 mecenas antes de que termine el mes para poder enfrentarme a todos mis gastos el día 1 de abril y pueda seguir creando tranquilo sin tener que endeudarme. Si eres mecenas, baja el pdf y mira, en la última página, si tu nombre o el de tu hijo, sale como me has indicado. Si no es así, escríbeme a ezcritor@gmail.com o chateame por Facebook.

Puedes hacerte mecenas de mi segunda novela infantil, pinchando aquí.

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¡Lee mi nuevo libro infantil!
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Hoy es un día especial. ¡Empiezo a renacer como escritor! ¿O estaré acabado como escritor? Tras dos años sin sacar un libro, hoy os ofrezco… (qué nervioso estoy) leer gratis las primeras 43 páginas de mi segunda novela infantil: “El fantasma que tiene… ¡un pie vivo!”. Es una novela infantil de “miedo” que gustará mucho también a los adultos, pues es tan infantil como adulta. Dadle una oportunidad esta noche antes de meteros en la cama o si estáis en el metro. Os va a encantar y a entretener.

Sólo tenéis que pinchar aquí para leerla gratis, en pdf.

“El fantasma que tiene… ¡un pie vivo!” es la novela que he creado para cuidar y divertir, actualmente, al niño que vive dentro de mí… y para los que vosotros cuidáis (en vuestra casa o en vuestro interior). Os aconsejo leérsela en voz alta a vuestros niños, para reíros juntos y para que tengáis profundas conversaciones que les ayuden a enfrentarse a la vida. La novela comienza con mucha acción y humor escatológico para engancharlos. Pero seguid leyendo: ya veréis que toca temas muy profundos y los prepara para que los ayudéis a caminar por la vida actual: desde superar una muerte, el acoso escolar, los problemas de suplantación de identidad por internet, el clasismo y más temas que toca la novela de forma desanfadada, humorística y directa.

Por si me había pasado con algo (ya sabéis que soy muy bestia escribiendo), le pedí a una profesora de infantil que me supervisara. Esta fue su crítica tras leer el adelanto… ¡está entusiasmada!:

Ella, junto a un matrimonio de Argentina, me animaron a escribir otra novela infantil, pues la primera: “Yoyito” fue un super éxito en sus casas y en la escuela. A los niños les encanta, dibujan las cosas que pasan en el libro y ejercitan su imaginación… pues mis novelas son muy, muy imaginativas.

Uno de los dibujos que hicieron de Yoyito, en esa escuela de México.

Uno de los dibujos que hicieron de Yoyito, en esa escuela de México.

Me animaron a escribir la segunda parte de Yoyito. Pero yo tenía ganas de crear un nuevo personaje que fuera aún más mítico. Y así nació “El fantasma que tiene… ¡una pierna viva!”.

Si te apetece, pincha aquí para comprarla en preventa en papel impreso. Os prometo, por mi difunta madre, que la tendréis en casa a finales de abril de 2019. Si no la saco en abril: os devuelvo el dinero. Si la compráis en preventa ahora, saldréis en los “Agradecimientos” del libro impreso, para siempre: en todas las ediciones que se hagan. La primera tirada será de 200 ejemplares. Limitada y numerada. Con muchas páginas en color (más de 30, no menos de 60). Vive para siempre dentro de esta novela. O dime que ponga el nombre de tu hijo en los “Agradecimientos” y así le das una sorpresa cuando aprenda a leer. Mi email, para cualquier duda es ezcritor@gmail.com o escríbeme un chat por mi Facebook.

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Mi otra novela en preventa, “Doctor Mente”, saldrá antes del verano. Os lo prometo. Siento haber metido esta novela infantil por medio, de repente. Sabéis que me divorcié: eso me puso muy triste y me anuló como escritor. Estuve 9 meses sin poder escribir (sin ganas ni fuerzas) hasta que una noche, llegó a mi cabeza la idea de “El fantasma que tiene… ¡un pie vivo!”… que me arrojó otra vez sobre el teclado. Esta divertida novela infantil me ha ayudado a desatascarme. Disculpad.

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Si cuando termines de leer el adelanto de 40 páginas de “El fantasma que tiene… ¡un pie vivo!”, lo valoras en demasía y te apetece apoyarme en este proyecto con algo más que la preventa, te lo agradeceré mucho pues sabes que soy escritor, no banquero. Este es mi PayPal. GRACIAS.

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Si te lees el adelanto, te agradecería mucho me dejaras, en los comentarios, tu opinión sincera. Puedes ayudarme a mejorarla. GRACIAS.

Mi envidia
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Paso por delante del gimnasio mientras paseo a mi perra: me cruzo con un tipo que conozco de verlo entrenar por allí. No sé su nombre, nos vemos casi cada día pero no me saluda. Con el mando a distancia abre su cochazo: se encienden las luces de un Mercedes negro, precioso. Lo envidio: tiene un cuerpazo, un cochazo, se nota que tiene un buen trabajo que le da una buena pasta cada mes. No como yo actualmente. Mira hacia los ventanales del gimnasio para ver si alguna chica del gym lo está mirando. Ninguna lo hace. Se nota que eligió ese modelo de coche para ligar. Se nota que entrena mucho para tener el cuerpazo que tiene. Y en su mirada veo que está solo. Que regresa a un hogar donde no le espera nadie.

Como yo. Pero sin coche ni cuerpazo.

A veces he envidiado a mi vecino. Tiene una hija preciosa, de 7 años. Me encantaría que fuera mi hija. Me encantaría ser él. Su esposa es preciosa. Pero luego, escucho gritos de su esposa ninguneándolo por el patio, y ya tampoco lo envidio ni quiero tener una hija preciosa de 7 años.

Otras veces envidio a mis amigos millonarios. Pero también me cuentan sus miserias y dejo de desear ser ellos. Nadie tiene una vida perfecta. Sólo hay que meterse en la casa de cualquier persona que envidies para saber que él también está pasando por su infierno personal. Por cosas de la vida, me metí en la casa de un señor de esos, que visten rebecas, que viven con orgullo su sobrepeso y amor por el alcohol, que tienen un trabajo muy respetable, que se creen dignos, rectos y católicos y he visto cómo torturan impunemente a sus hijos para dar placer a su nueva esposa, porque ella no los quiere a ellos y a la que tiene que ir comprando mes a mes, regalándole joyas para que ella le haga sentir digno de su presencia. He visto como son de clasistas y racistas.

Y, luego, el loco y el impresentable soy yo. O, luego, me pongo triste porque no tengo familia (en lugar de celebrarlo).

Mi vida tampoco es envidiable. No he hablado con nadie, cara a cara, desde hace 44 días. No quedo con chicas a pesar de que cada semana tengo propuestas de lectoras para venir a conocerme al pueblo. No tengo ganas. Si tengo que ser sincero sólo me apetecería que vinieran para follar un rato, me hicieran una compra en el supermercado, hablar de algo agradable durante 30-40 minutos antes de irnos a dormir y para poder dormir abrazado a ellas. Y claro, eso no es un buen plan ni nada respetuoso para ellas: que sean mi muñeca hinchable y me den dinero. No tengo dinero ni tiempo que dedicarles: tengo que trabajar para salir de mi patética situación económica. Estoy cansado de ser un arrastrado, no lo merezco y no tengo porque ser así. Tengo todo para triunfar. Sé que mi filosofía de vida es correcta. Mi ex esposa la siguió y ahora tiene su propio trabajo que le apasiona, en el que está triunfando, superorgullosa. Me volqué demasiado en ella, la ayudé por encima de mis posibilidades, sin dudarlo y, cuando decidí dejarla, me quedé sin nada y no me dio ni las gracias. Paso los días con mi perra Anais, escribiendo, encerrado en casa. De vez en cuando tengo “hambre” de ver gente. Entonces, bajo a la calle del pueblo y me doy una vuelta con mi perra por la avenida. O me meto en un supermercado a hora punta. Eso me cura. Ya no necesito que me abrace nadie. Cada día que pasa me estoy haciendo más fuerte y más duro.

Trabajo en una novela infantil. Si me miro desde fuera, me siento estúpido escribiéndola y dibujándola porque, a demás de que dibujo muy mal, no sé si me dará algo de dinero. Pero me encanta crearla: me encanta levantarme de la cama, en cuanto despierto, y zambullirme en su mundo. Mirad la cara de tonto-flipado que pongo mientras la escribo. Estoy como drogado:

En el Nirvana.

En el Nirvana.

Aunque sé que no me va a dar casi dinero, tengo que escribirla. Me encanta. Me transporta a un mundo que me hace bien. Escribo las cosas que le hubiera gustado al niño que fui que le leyeran en una tarde de domingo. Cuando escribo la novela, sólo cuando la escribo, me siento multimillonario. Me siento la persona más afortunada del mundo. Todos mis problemas desaparecen. Fluyo con ella. Es el momento perfecto. El momento en que soy el mejor del mundo. El campeón. No envidio a nadie. Pienso:

—Es cierto que no puedo comprarme unas lentillas nuevas o un Mercedes, como el del gimnasio. Es cierto que no puedo hacer un viaje, como me encantaría. Pero la gente, ahí fuera, está obligada a pasar cada día el 80% de su tiempo en una oficina o trabajando en algo que no les gusta y yo, tengo el 100% de mi tiempo para disfrutar y hacer lo que quiera. No tengo dinero pero cada segundo de mi vida, me pertenece. Tampoco tengo que aguantar a subhumanos. ¿Quién es el pobre? ¿Ellos o yo? No vivo relaciones hipócritas, no tengo amigos interesados, no tengo una mujer que me grita, no tengo familiares que me torturan…

…y quizás por eso estoy solo: sin familias ni amigos. Tan solo. Por ser exigente. Por no permitir rodearme de mediocridad cuando, la raza humana, es mediocre o por lo menos imperfecta. Cuando es imposible no estar con nadie mediocre o imperfecto, yo incluido…

… a no ser que sea un dios y lo descubra cuando, a los 300 años, vea que sigo joven y con pelo.

PD.- Mañana o pasado subo el adelanto de 40 páginas de mi nueva novela infantil.

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El día que me enfrenté a Stephen King
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Llevo más de un mes casi encerrado en casa, sin hablar con nadie cara a cara, escribiendo por fin. Si no recuerdo mal, la última persona con la que hablé fue con un joven del pueblo que, de vez en cuando, es tan amable de llevarme a jugar al fútbito al pueblo de al lado, ya que él va a jugar también y le viene de paso. Ese día me lesioné (joer, que tengo 45 años y me enfrento a chavales), he andado cojo una semana por un golpe que me dí yo mismo en el talón (contra el suelo) en un exceso de potencia y agilidad que no existe en mí pero que yo me empeño en tratar de sacar. Pero no me quejo, ¿eh? Encantado de la vida. Si hay que cojear una semana, se cojea. Para colmo el chaval, digo chaval porque tiene 19 ó 21 años, me pareció un gran tipo, me cayó super bien, me estuvo preguntado a qué me dedicaba, mientras nos contábamos algo de nuestra vida en una amigable y rutinaria charla en el coche. Así que le conté lo primero que le cuento a todo el mundo sobre mí en cuanto tengo oportunidad: estoy orgulloso y es lo que me define como ser humano:

—Soy escritor.

—¿Y vives de eso? —me preguntó.

—Bueno, ahora mismo bastante justo. Pero porque ando casi sin trabajar, bastante triste a causa del fracaso de mi matrimonio. No consigo salir de ahí. Los lectores que más me aprecian, hasta me ingresan limosnas. Estoy en la peor época económica (y más patética) de mi vida (pero sé que saldré de esta). Hace dos años que no saco ningún libro y eso es un suicidio para un escritor como yo, que vive de la autoedición. Cuando escribía todos los días no me faltaba de nada, era feliz y me sentía realizado y todas esas mierdas que se leen en los libros de autoayuda.

—A mí me encanta leer. Soy un lector increíble de Stephen King —me decía en el coche—. Me gusta mucho su literatura, aunque es muy fuerte.

Y claro, yo me revolví en el asiento del pasajero, pensando que él no sabía que era la literatura “fuerte”. Me refiero a esa literatura que te produce tanta rabia que te gustaría ir a buscar al autor a su casa para matarlo a patadas. Que te enfada tanto, y a la vez te horroriza tanto, que lees el libro a escondidas, pensando si lo que estás leyendo es legal. O que provoca que abras los ojos mucho y no pares de repetirte: “¿Cómo se ha atrevido a escribir algo así?”.

—A mí también me encanta Stephen —le dije—. He leído muchísimos libros suyos. El que más me gustó fue “Los ojos del dragón”. Un cuento de dragones y princesas. Es una novela encantadora.

—¡Ese lo tengo! Lo dejé aparcado por ahora. Aún tengo muchos libros en mi casa de él sin leer. Pero estoy estudiando y no tengo tiempo.

Ahí fue cuando vi la oportunidad de picarme con Stephen King. Pensé:

—“A este chico le gusta leer mucho. Y tiene libros de Stephen King, su autor preferido, en casa, aún sin leer. Alguno lo ha dejado a medias… ¿Qué pasará si se lee un libro mío? ¿Lo dejará a medias también?”

Cuando me dejó en el portal de casa, le dije que ya que me había llevado y traído un par de veces, iba a regalarle un ejemplar de alguno de mis libros…a pesar del miedo que me daba por si me juzgaba por su contenido, dejaba de hablarme y de llevarme a jugar al fútbol. Pero me pudo más el pique que yo mismo me creé en mi cabeza con Stephen King. Pensé qué libro regalarle. Los de Sigmundo son los más terribles. Quizás demasiado por el realismo que le dan las fotos pornográficas. Si le dejo “Diarios secretos”, “20 Polvos” o “El comedor de coños” quizá me retire la palabra. Recordé que él estaba estudiando criminología. Decidí regalarle “Prostituto de extraterrestres”. Tiene bastante de novela negra y también tiene ese punto de hijoputismo que tanto gusta a mis lectores… ¿Podría “Prostituto de Extraterrestre” contra los libros que él tiene apilados de Stephen King en casa? ¿Podría contra sus estudios de criminología?

Por supuesto que pude. Yo puedo contra cualquier escritor o ser humano. Estos son algunos de los mensajes que recibí del joven. Se lo leyó en 48 horas:

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Tengo claro que si mis libros los hubiera escrito Houllebecq o me los publicara Anagrama yo sería super ventas mundial. Y sería apedreado por la calle y por el Twitter. No porque lo merezca, sino porque mis libros son verdaderamente valientes, sinceros y la gente gilipollas e inculta. El arte, la recreación del mundo oscuro que detesto, ante todo. No cedo ante lo políticamente correcto, nunca. Pero como me autoedito y sólo tengo este blog para publicitarme, llego a poquísima gente y nadie me apedrea por la calle.

No hay mal que por bien no venga.

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El padre y la profesora
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Nueve meses desde que me fui de casa. Dejar un hogar, una vida, romper una promesa de amor es algo tan duro, tan egoísta, tan traicionero que ojalá yo no existiera. Muchas veces preferí morir que decir adiós. Dejar un hogar es como lanzarte de cabeza a un triturador de basuras con la estúpida esperanza de que, tras ser triturado, volverás a renacer y tener una vida mejor. No va a pasar. Siempre te llegará al olfato el hedor de cómo sigue descomponiéndose la vida que decidiste matar. Aunque tengas buenos momentos.

Sin embargo, la vida, mi arrojo, mi inconsciencia, mi esperanza me animó a dar el paso.

No me arrepiento. Aunque sufro pensando que no estén bien.

Ella y el gato.

Han pasado nueve meses, casi todos los días he pensado en la muerte. He llenado mi cama de mujeres, de vivencias, de risas, de desilusiones, de soledad, de hambre y hasta de momentos de terror. Sí, estoy mejor que antes pero aún no hay día en qué piense que preferiría estar muerto que haber roto mi promesa de amor.

Para colmo, mi perra Anais cada vez más vieja, más débil, más cariñosa. Diría que la cuido yo a ella pero es ella la que me obliga a despertarme a las 11 como muy tarde. La que me hace ir al supermercado. La que me hace pasear por la calle. La que no se queda quieta hasta que me siento delante del ordenador.

Ella cree que escribo, que vuelvo a escribir novelas.

Pero no escribo.

Bloqueado, inservible. Sólo sirvo para escribir.

Muchas veces miro con deseo mi balcón. Me imagino saltando. Disfrutaría del salto pero del golpe: definitivamente no.

Dejé el único hogar que he tenido de verdad desde que mi madre murió. A cambio de nada. Ni siquiera de una promesa. No había otra persona, no había nada. Sólo necesitaba escapar de una vida en la que me sentía solo y no querido por otra vida en la que me iba a sentir más solo y menos querido. Porque tomar un café con alguien es fácil, incluso follarse a ese café. Pero conectar, no sentirse solo, ilusionarse, querer, caminar junto a alguien: no es nada fácil.

Es imposible.

Empecé a dejar de pensar en el suicidio cuando un padre me contó, emocionado, lo bien que se lo pasó, él y su hija, leyendo mi primer libro infantil. Ellos viven en Argentina.

A los pocos días, me llegó otro abrazo. Desde México. Una maestra me mandó un video de lo bien que se lo pasan los niños de su escuela con mi primer libro infantil. Vi a los niños y sus caras interesadas, vi los dibujos que hacían con ilusión. Tanto Argentina como México me contaron lo mismo:

—Tú libro es el que más les ha capturado de todos los que les he leído. Y eso que les he leído grandes clásicos. Gracias.

Me gustaría poner sus caras repletas de interés, pero no puedo.

Me gustaría poner sus caras repletas de interés, pero no puedo.

De pronto, todo lo que quise es que esa profesora o ese padre tuvieran otro cuento que leerle a su hija o alumnos.

—”Es una mala idea que escribas otro libro infantil —me dijo mi parte oscura—. Vendiste muy pocos. Menos de 140. Escribe mejor otro de Sigmundo (más de 1.600 ejemplares por título) o termina “Doctor Mente” para que te lo conviertan en serie en Francia, que es una gran oportunidad. Necesitas un buen ingreso de pasta, ya”.

Pero no. Lo único que quiero es que ese padre y esa profesora, tengan un nuevo libro que leer en voz alta. Recuerdo a Salinger. Hubo un momento en su vida en la que se retiró a una cabaña del bosque. Siguió escribiendo novelas, pero por gusto, no para venderlas. Y eso que le hubieran hecho ganar millones de dólares. No escribía por dinero. Escribía porque lo necesitaba. Eso es ser escritor.

Yo lo soy.

Esta novela me está salvando del suicidio:

¡Gané la guerra, subhumanos!
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Tuve graves problemas económicos el mes pasado pero finalmente se solucionaron, como siempre. Cuando sucedió, a parte de alegrarme muchísimo, me enfadé conmigo mismo: también muchísimo:

—¿Te das cuenta, Rafa? —me dije— ¿Te preocupas y angustias un montón y al final, NUNCA, nunca, te pasa nada malo? Al final siempre estás de puta madre.

Es verdad: nunca he dejado de pagar una factura a tiempo ni nunca he vivido en la calle. Pero cuando le veo las orejas al lobo dejo de vivir: sólo me preocupo y bloqueo. La verdad es que ya estoy cansado de preocuparme para que al final nunca me pase nada. Es como si de verdad viviéramos en un juego de simulación virtual. Pase lo que pase, nunca muero: me levanto de la cama como nuevo. Pase lo que pase, al final siempre se soluciona todo: por un nuevo libro que saco, por ventas, por grandes amigos, por encargos, por concursos, por lo que sea. Es como el oxígeno. A no ser que me meta en un lugar a posta donde no hay oxígeno, nunca voy a dejar de respirar. Si sigo escribiendo, trabajando, nunca, nunca, me va a faltar lo básico. Como siempre.

Me han pasado muchas cosas en la vida. He tenido suerte y mala suerte. Pero una cosa me ha salido bien. Una sola cosa. Y es incontestable:

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Hago cada día lo que me da la gana. Los lunes me dan igual. Los subhumanos perdieron. A este cabronazo no consiguieron meterlo en el redil. Es cierto que no soy rico, que no vivo en Hollywood, que no tengo un Oscar. Pero mi tiempo, cada día, es mío. No soy un esclavo. De nada ni de nadie.

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Estamos en el año 2019. Me lo repito cada día. Aún pienso que estoy en el 2018: entre todas las cosas malas que viví por mi divorcio:

—Rafa, y pronto vendrá el 2020. No vayas a perder otro año de tu vida. Escribe.

El Rey del Cosmos me puso para eso en la Tierra. Para escribir novelakas y hacer el amor. Llevo 25 días sin hablar con nadie, cara a cara. Desde que se fue la chica de Francia, no he vuelto a hacer el amor. Ella me escribe cada día, busca que seamos pareja, a mí me da miedo volver a tener pareja: para colmo quince años más joven y que vive tan lejos. Me paga los billetes a Francia: me apetece muchísimo porque me lo paso genial con ella, me hace sentir paz, amor, además nunca he estado en Francia y llevo mucho tiempo sin viajar fuera de España pero:

1.-Mi Anaïs Nin esta cada vez más débil de las piernas traseras. A veces la veo temblar. Ya tiene casi 15 años. Me da mucha pena dejarla 4 días sola… ¿y si le pasa algo? ¿y si me necesita? Conmigo está supertranquila. Ella es mi responsabilidad, soy su mundo y no puedo fallarle cuando me necesite.

2.-Por fin he vuelto a escribir. Como os conté, estoy recuperándome como escritor al fin. Cada día escribo un ratito más. Aún no consigo pasar 12 horas escribiendo al día, como antaño. Pero ya consigo estar 2 horas seguidas por la mañana y otras 2 por la tarde. Es como volver a aprender a caminar.

Llevo 25 días solo, cada vez me gusta más. No voy a caer en los extremos de “vivir solo es lo mejor del mundo” o “vivir en pareja es lo mejor del mundo”. Para nada. Las dos cosas son geniales y tienen sus momentos buenos y malísimos. Es indudable que, cuando aparece alguien, aparece y es absolutamente genial. Tampoco me apetece conocer a alguien y tener que estar explicándole que estoy muy justo de pasta, que no puedo, hasta que vuelva a publicar con regularidad, casi ni salir de casa o qu eme pague nada. Pero el avance es que ya no necesito estar con nadie simplemente porque sí, como un enfermo. Estoy tranquilo conmigo mismo, disfrutando: cada día me levanto a eso de las 10. Desayuno, le doy un paseo a Anaïs, hago ejercicio en la piscina del pueblo (he dejado las pesas por ahora porque empezaron a aburrirme mucho), me pongo a escribir 2 horas, almuerzo verduras al vapor, le doy otro paseo a Anais, me pego una siesta, trabajo otras dos- tres horas y sobre las nueve-diez de la noche, voy al super, leo, dibujo en la tablet, escucho música, me pongo una peli o a pensar sobre lo que estoy escribiendo. No me digáis que es mala vida. Es cierto que, por ahora, no voy a restaurantes, no me compro ropa, no voy al cine, no tomo cervecitas por ahí pero… estoy de puta madre y soy un privilegiado.

PD.- Si te apetece y lo tenías pensado, cómprame todos mis libros.

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