Mi envidia
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Paso por delante del gimnasio mientras paseo a mi perra: me cruzo con un tipo que conozco de verlo entrenar por allí. No sé su nombre, nos vemos casi cada día pero no me saluda. Con el mando a distancia abre su cochazo: se encienden las luces de un Mercedes negro, precioso. Lo envidio: tiene un cuerpazo, un cochazo, se nota que tiene un buen trabajo que le da una buena pasta cada mes. No como yo actualmente. Mira hacia los ventanales del gimnasio para ver si alguna chica del gym lo está mirando. Ninguna lo hace. Se nota que eligió ese modelo de coche para ligar. Se nota que entrena mucho para tener el cuerpazo que tiene. Y en su mirada veo que está solo. Que regresa a un hogar donde no le espera nadie.

Como yo. Pero sin coche ni cuerpazo.

A veces he envidiado a mi vecino. Tiene una hija preciosa, de 7 años. Me encantaría que fuera mi hija. Me encantaría ser él. Su esposa es preciosa. Pero luego, escucho gritos de su esposa ninguneándolo por el patio, y ya tampoco lo envidio ni quiero tener una hija preciosa de 7 años.

Otras veces envidio a mis amigos millonarios. Pero también me cuentan sus miserias y dejo de desear ser ellos. Nadie tiene una vida perfecta. Sólo hay que meterse en la casa de cualquier persona que envidies para saber que él también está pasando por su infierno personal. Por cosas de la vida, me metí en la casa de un señor de esos, que visten rebecas, que viven con orgullo su sobrepeso y amor por el alcohol, que tienen un trabajo muy respetable, que se creen dignos, rectos y católicos y he visto cómo torturan impunemente a sus hijos para dar placer a su nueva esposa, porque ella no los quiere a ellos y a la que tiene que ir comprando mes a mes, regalándole joyas para que ella le haga sentir digno de su presencia. He visto como son de clasistas y racistas.

Y, luego, el loco y el impresentable soy yo. O, luego, me pongo triste porque no tengo familia (en lugar de celebrarlo).

Mi vida tampoco es envidiable. No he hablado con nadie, cara a cara, desde hace 44 días. No quedo con chicas a pesar de que cada semana tengo propuestas de lectoras para venir a conocerme al pueblo. No tengo ganas. Si tengo que ser sincero sólo me apetecería que vinieran para follar un rato, me hicieran una compra en el supermercado, hablar de algo agradable durante 30-40 minutos antes de irnos a dormir y para poder dormir abrazado a ellas. Y claro, eso no es un buen plan ni nada respetuoso para ellas: que sean mi muñeca hinchable y me den dinero. No tengo dinero ni tiempo que dedicarles: tengo que trabajar para salir de mi patética situación económica. Estoy cansado de ser un arrastrado, no lo merezco y no tengo porque ser así. Tengo todo para triunfar. Sé que mi filosofía de vida es correcta. Mi ex esposa la siguió y ahora tiene su propio trabajo que le apasiona, en el que está triunfando, superorgullosa. Me volqué demasiado en ella, la ayudé por encima de mis posibilidades, sin dudarlo y, cuando decidí dejarla, me quedé sin nada y no me dio ni las gracias. Paso los días con mi perra Anais, escribiendo, encerrado en casa. De vez en cuando tengo “hambre” de ver gente. Entonces, bajo a la calle del pueblo y me doy una vuelta con mi perra por la avenida. O me meto en un supermercado a hora punta. Eso me cura. Ya no necesito que me abrace nadie. Cada día que pasa me estoy haciendo más fuerte y más duro.

Trabajo en una novela infantil. Si me miro desde fuera, me siento estúpido escribiéndola y dibujándola porque, a demás de que dibujo muy mal, no sé si me dará algo de dinero. Pero me encanta crearla: me encanta levantarme de la cama, en cuanto despierto, y zambullirme en su mundo. Mirad la cara de tonto-flipado que pongo mientras la escribo. Estoy como drogado:

En el Nirvana.

En el Nirvana.

Aunque sé que no me va a dar casi dinero, tengo que escribirla. Me encanta. Me transporta a un mundo que me hace bien. Escribo las cosas que le hubiera gustado al niño que fui que le leyeran en una tarde de domingo. Cuando escribo la novela, sólo cuando la escribo, me siento multimillonario. Me siento la persona más afortunada del mundo. Todos mis problemas desaparecen. Fluyo con ella. Es el momento perfecto. El momento en que soy el mejor del mundo. El campeón. No envidio a nadie. Pienso:

—Es cierto que no puedo comprarme unas lentillas nuevas o un Mercedes, como el del gimnasio. Es cierto que no puedo hacer un viaje, como me encantaría. Pero la gente, ahí fuera, está obligada a pasar cada día el 80% de su tiempo en una oficina o trabajando en algo que no les gusta y yo, tengo el 100% de mi tiempo para disfrutar y hacer lo que quiera. No tengo dinero pero cada segundo de mi vida, me pertenece. Tampoco tengo que aguantar a subhumanos. ¿Quién es el pobre? ¿Ellos o yo? No vivo relaciones hipócritas, no tengo amigos interesados, no tengo una mujer que me grita, no tengo familiares que me torturan…

…y quizás por eso estoy solo: sin familias ni amigos. Tan solo. Por ser exigente. Por no permitir rodearme de mediocridad cuando, la raza humana, es mediocre o por lo menos imperfecta. Cuando es imposible no estar con nadie mediocre o imperfecto, yo incluido…

… a no ser que sea un dios y lo descubra cuando, a los 300 años, vea que sigo joven y con pelo.

PD.- Mañana o pasado subo el adelanto de 40 páginas de mi nueva novela infantil.

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El día que me enfrenté a Stephen King
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Llevo más de un mes casi encerrado en casa, sin hablar con nadie cara a cara, escribiendo por fin. Si no recuerdo mal, la última persona con la que hablé fue con un joven del pueblo que, de vez en cuando, es tan amable de llevarme a jugar al fútbito al pueblo de al lado, ya que él va a jugar también y le viene de paso. Ese día me lesioné (joer, que tengo 45 años y me enfrento a chavales), he andado cojo una semana por un golpe que me dí yo mismo en el talón (contra el suelo) en un exceso de potencia y agilidad que no existe en mí pero que yo me empeño en tratar de sacar. Pero no me quejo, ¿eh? Encantado de la vida. Si hay que cojear una semana, se cojea. Para colmo el chaval, digo chaval porque tiene 19 ó 21 años, me pareció un gran tipo, me cayó super bien, me estuvo preguntado a qué me dedicaba, mientras nos contábamos algo de nuestra vida en una amigable y rutinaria charla en el coche. Así que le conté lo primero que le cuento a todo el mundo sobre mí en cuanto tengo oportunidad: estoy orgulloso y es lo que me define como ser humano:

—Soy escritor.

—¿Y vives de eso? —me preguntó.

—Bueno, ahora mismo bastante justo. Pero porque ando casi sin trabajar, bastante triste a causa del fracaso de mi matrimonio. No consigo salir de ahí. Los lectores que más me aprecian, hasta me ingresan limosnas. Estoy en la peor época económica (y más patética) de mi vida (pero sé que saldré de esta). Hace dos años que no saco ningún libro y eso es un suicidio para un escritor como yo, que vive de la autoedición. Cuando escribía todos los días no me faltaba de nada, era feliz y me sentía realizado y todas esas mierdas que se leen en los libros de autoayuda.

—A mí me encanta leer. Soy un lector increíble de Stephen King —me decía en el coche—. Me gusta mucho su literatura, aunque es muy fuerte.

Y claro, yo me revolví en el asiento del pasajero, pensando que él no sabía que era la literatura “fuerte”. Me refiero a esa literatura que te produce tanta rabia que te gustaría ir a buscar al autor a su casa para matarlo a patadas. Que te enfada tanto, y a la vez te horroriza tanto, que lees el libro a escondidas, pensando si lo que estás leyendo es legal. O que provoca que abras los ojos mucho y no pares de repetirte: “¿Cómo se ha atrevido a escribir algo así?”.

—A mí también me encanta Stephen —le dije—. He leído muchísimos libros suyos. El que más me gustó fue “Los ojos del dragón”. Un cuento de dragones y princesas. Es una novela encantadora.

—¡Ese lo tengo! Lo dejé aparcado por ahora. Aún tengo muchos libros en mi casa de él sin leer. Pero estoy estudiando y no tengo tiempo.

Ahí fue cuando vi la oportunidad de picarme con Stephen King. Pensé:

—“A este chico le gusta leer mucho. Y tiene libros de Stephen King, su autor preferido, en casa, aún sin leer. Alguno lo ha dejado a medias… ¿Qué pasará si se lee un libro mío? ¿Lo dejará a medias también?”

Cuando me dejó en el portal de casa, le dije que ya que me había llevado y traído un par de veces, iba a regalarle un ejemplar de alguno de mis libros…a pesar del miedo que me daba por si me juzgaba por su contenido, dejaba de hablarme y de llevarme a jugar al fútbol. Pero me pudo más el pique que yo mismo me creé en mi cabeza con Stephen King. Pensé qué libro regalarle. Los de Sigmundo son los más terribles. Quizás demasiado por el realismo que le dan las fotos pornográficas. Si le dejo “Diarios secretos”, “20 Polvos” o “El comedor de coños” quizá me retire la palabra. Recordé que él estaba estudiando criminología. Decidí regalarle “Prostituto de extraterrestres”. Tiene bastante de novela negra y también tiene ese punto de hijoputismo que tanto gusta a mis lectores… ¿Podría “Prostituto de Extraterrestre” contra los libros que él tiene apilados de Stephen King en casa? ¿Podría contra sus estudios de criminología?

Por supuesto que pude. Yo puedo contra cualquier escritor o ser humano. Estos son algunos de los mensajes que recibí del joven. Se lo leyó en 48 horas:

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Tengo claro que si mis libros los hubiera escrito Houllebecq o me los publicara Anagrama yo sería super ventas mundial. Y sería apedreado por la calle y por el Twitter. No porque lo merezca, sino porque mis libros son verdaderamente valientes, sinceros y la gente gilipollas e inculta. El arte, la recreación del mundo oscuro que detesto, ante todo. No cedo ante lo políticamente correcto, nunca. Pero como me autoedito y sólo tengo este blog para publicitarme, llego a poquísima gente y nadie me apedrea por la calle.

No hay mal que por bien no venga.

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El padre y la profesora
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Nueve meses desde que me fui de casa. Dejar un hogar, una vida, romper una promesa de amor es algo tan duro, tan egoísta, tan traicionero que ojalá yo no existiera. Muchas veces preferí morir que decir adiós. Dejar un hogar es como lanzarte de cabeza a un triturador de basuras con la estúpida esperanza de que, tras ser triturado, volverás a renacer y tener una vida mejor. No va a pasar. Siempre te llegará al olfato el hedor de cómo sigue descomponiéndose la vida que decidiste matar. Aunque tengas buenos momentos.

Sin embargo, la vida, mi arrojo, mi inconsciencia, mi esperanza me animó a dar el paso.

No me arrepiento. Aunque sufro pensando que no estén bien.

Ella y el gato.

Han pasado nueve meses, casi todos los días he pensado en la muerte. He llenado mi cama de mujeres, de vivencias, de risas, de desilusiones, de soledad, de hambre y hasta de momentos de terror. Sí, estoy mejor que antes pero aún no hay día en qué piense que preferiría estar muerto que haber roto mi promesa de amor.

Para colmo, mi perra Anais cada vez más vieja, más débil, más cariñosa. Diría que la cuido yo a ella pero es ella la que me obliga a despertarme a las 11 como muy tarde. La que me hace ir al supermercado. La que me hace pasear por la calle. La que no se queda quieta hasta que me siento delante del ordenador.

Ella cree que escribo, que vuelvo a escribir novelas.

Pero no escribo.

Bloqueado, inservible. Sólo sirvo para escribir.

Muchas veces miro con deseo mi balcón. Me imagino saltando. Disfrutaría del salto pero del golpe: definitivamente no.

Dejé el único hogar que he tenido de verdad desde que mi madre murió. A cambio de nada. Ni siquiera de una promesa. No había otra persona, no había nada. Sólo necesitaba escapar de una vida en la que me sentía solo y no querido por otra vida en la que me iba a sentir más solo y menos querido. Porque tomar un café con alguien es fácil, incluso follarse a ese café. Pero conectar, no sentirse solo, ilusionarse, querer, caminar junto a alguien: no es nada fácil.

Es imposible.

Empecé a dejar de pensar en el suicidio cuando un padre me contó, emocionado, lo bien que se lo pasó, él y su hija, leyendo mi primer libro infantil. Ellos viven en Argentina.

A los pocos días, me llegó otro abrazo. Desde México. Una maestra me mandó un video de lo bien que se lo pasan los niños de su escuela con mi primer libro infantil. Vi a los niños y sus caras interesadas, vi los dibujos que hacían con ilusión. Tanto Argentina como México me contaron lo mismo:

—Tú libro es el que más les ha capturado de todos los que les he leído. Y eso que les he leído grandes clásicos. Gracias.

Me gustaría poner sus caras repletas de interés, pero no puedo.

Me gustaría poner sus caras repletas de interés, pero no puedo.

De pronto, todo lo que quise es que esa profesora o ese padre tuvieran otro cuento que leerle a su hija o alumnos.

—”Es una mala idea que escribas otro libro infantil —me dijo mi parte oscura—. Vendiste muy pocos. Menos de 140. Escribe mejor otro de Sigmundo (más de 1.600 ejemplares por título) o termina “Doctor Mente” para que te lo conviertan en serie en Francia, que es una gran oportunidad. Necesitas un buen ingreso de pasta, ya”.

Pero no. Lo único que quiero es que ese padre y esa profesora, tengan un nuevo libro que leer en voz alta. Recuerdo a Salinger. Hubo un momento en su vida en la que se retiró a una cabaña del bosque. Siguió escribiendo novelas, pero por gusto, no para venderlas. Y eso que le hubieran hecho ganar millones de dólares. No escribía por dinero. Escribía porque lo necesitaba. Eso es ser escritor.

Yo lo soy.

Esta novela me está salvando del suicidio:

¡Gané la guerra, subhumanos!
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Tuve graves problemas económicos el mes pasado pero finalmente se solucionaron, como siempre. Cuando sucedió, a parte de alegrarme muchísimo, me enfadé conmigo mismo: también muchísimo:

—¿Te das cuenta, Rafa? —me dije— ¿Te preocupas y angustias un montón y al final, NUNCA, nunca, te pasa nada malo? Al final siempre estás de puta madre.

Es verdad: nunca he dejado de pagar una factura a tiempo ni nunca he vivido en la calle. Pero cuando le veo las orejas al lobo dejo de vivir: sólo me preocupo y bloqueo. La verdad es que ya estoy cansado de preocuparme para que al final nunca me pase nada. Es como si de verdad viviéramos en un juego de simulación virtual. Pase lo que pase, nunca muero: me levanto de la cama como nuevo. Pase lo que pase, al final siempre se soluciona todo: por un nuevo libro que saco, por ventas, por grandes amigos, por encargos, por concursos, por lo que sea. Es como el oxígeno. A no ser que me meta en un lugar a posta donde no hay oxígeno, nunca voy a dejar de respirar. Si sigo escribiendo, trabajando, nunca, nunca, me va a faltar lo básico. Como siempre.

Me han pasado muchas cosas en la vida. He tenido suerte y mala suerte. Pero una cosa me ha salido bien. Una sola cosa. Y es incontestable:

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Hago cada día lo que me da la gana. Los lunes me dan igual. Los subhumanos perdieron. A este cabronazo no consiguieron meterlo en el redil. Es cierto que no soy rico, que no vivo en Hollywood, que no tengo un Oscar. Pero mi tiempo, cada día, es mío. No soy un esclavo. De nada ni de nadie.

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Estamos en el año 2019. Me lo repito cada día. Aún pienso que estoy en el 2018: entre todas las cosas malas que viví por mi divorcio:

—Rafa, y pronto vendrá el 2020. No vayas a perder otro año de tu vida. Escribe.

El Rey del Cosmos me puso para eso en la Tierra. Para escribir novelakas y hacer el amor. Llevo 25 días sin hablar con nadie, cara a cara. Desde que se fue la chica de Francia, no he vuelto a hacer el amor. Ella me escribe cada día, busca que seamos pareja, a mí me da miedo volver a tener pareja: para colmo quince años más joven y que vive tan lejos. Me paga los billetes a Francia: me apetece muchísimo porque me lo paso genial con ella, me hace sentir paz, amor, además nunca he estado en Francia y llevo mucho tiempo sin viajar fuera de España pero:

1.-Mi Anaïs Nin esta cada vez más débil de las piernas traseras. A veces la veo temblar. Ya tiene casi 15 años. Me da mucha pena dejarla 4 días sola… ¿y si le pasa algo? ¿y si me necesita? Conmigo está supertranquila. Ella es mi responsabilidad, soy su mundo y no puedo fallarle cuando me necesite.

2.-Por fin he vuelto a escribir. Como os conté, estoy recuperándome como escritor al fin. Cada día escribo un ratito más. Aún no consigo pasar 12 horas escribiendo al día, como antaño. Pero ya consigo estar 2 horas seguidas por la mañana y otras 2 por la tarde. Es como volver a aprender a caminar.

Llevo 25 días solo, cada vez me gusta más. No voy a caer en los extremos de “vivir solo es lo mejor del mundo” o “vivir en pareja es lo mejor del mundo”. Para nada. Las dos cosas son geniales y tienen sus momentos buenos y malísimos. Es indudable que, cuando aparece alguien, aparece y es absolutamente genial. Tampoco me apetece conocer a alguien y tener que estar explicándole que estoy muy justo de pasta, que no puedo, hasta que vuelva a publicar con regularidad, casi ni salir de casa o qu eme pague nada. Pero el avance es que ya no necesito estar con nadie simplemente porque sí, como un enfermo. Estoy tranquilo conmigo mismo, disfrutando: cada día me levanto a eso de las 10. Desayuno, le doy un paseo a Anaïs, hago ejercicio en la piscina del pueblo (he dejado las pesas por ahora porque empezaron a aburrirme mucho), me pongo a escribir 2 horas, almuerzo verduras al vapor, le doy otro paseo a Anais, me pego una siesta, trabajo otras dos- tres horas y sobre las nueve-diez de la noche, voy al super, leo, dibujo en la tablet, escucho música, me pongo una peli o a pensar sobre lo que estoy escribiendo. No me digáis que es mala vida. Es cierto que, por ahora, no voy a restaurantes, no me compro ropa, no voy al cine, no tomo cervecitas por ahí pero… estoy de puta madre y soy un privilegiado.

PD.- Si te apetece y lo tenías pensado, cómprame todos mis libros.

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He vencido mi bloqueo de escritor
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El otro día estuve hablando por Skype con un amigo, al que admiro y quiero muchísimo. Él andaba preocupado por mí (ando bloqueado ante la página en blanco, muy mal de ánimo: he perdido mis “superpoderes” de escritor) y quería hablar conmigo. Lloré y lloré, desahogándome como no había hecho hasta ahora y contándole, hasta el final, todas mis putas desgracias. Cuando terminé de contarle todo, me confesó, para mi gran sorpresa, que él también había estado muy mal hasta hace muy poco: cayó en una depresión durante casi dos años, incluso necesitó tratarse con un especialista y tomar medicación. ¡Me dejó de piedra! Para mí, él tenía una vida ideal. Tiene todo lo que yo no tengo y por lo que ando triste (familia, hijos, tranquilidad económica, una compañera de vida ideal, etc). Si yo fuera él, no dudo que sería la persona más feliz del planeta. También contacté con una ex, que me dejó hace muchos años por “pobre”. Le puse al día de mi vida (le conté que volvía a ser “pobre” tras muchos años de estar bien) y también me puso al tanto sobre su vida. Ella había estado viviendo en Londres con un tipo con mucho dinero que la había dejado y ahora, estaba un poco (cito sus palabras): “pirada”.

Estos dos recientes encuentros, con personas a las que considero “superiores” a mí, me hicieron darme cuenta de algo lógico y básico: que nadie se salva en esta vida de los palos. Da igual lo guapa que seas, lo maravilloso que eres, que trates y consigas hacer todo a la perfección. Las decepciones y los golpes duros te van a llegar. Da igual que seas un niño huérfano o un pijo de Salamanca. Prepárate a sufrir a lo bestia si has bajado, desde las estrellas, al club terráqueo. A medida que van pasando los años, a todos, por muy perfectos que seamos o por muy bien que hagamos las cosas, nos van pasando desgracias que van a dejarnos más o menos “pirados”. Pero por lo menos… está en nuestra mano el grado del daño que permitamos nos hagan.

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Mi bloqueo de escritor nació al separarme de mi ex esposa. Ahí dejé de escribir novelas. ¿Por qué? Como cuento en “El peor amigo del mundo” (el libro autobiográfico-ficcional sobre mi infancia) me di cuenta que cuando escribía, la gente me quería. Yo soy un yonki del amor. Es el oro que busco en mi vida. Cuando me divorcié, perdí la esperanza de ser amado y, por lo tanto, el deseo de escribir. Me centré en buscar sólo mi autosatisfacción: empecé a quedar con chicas y chicas. A follar sin parar. Estos meses he estado follando mucho y, la verdad, es que no me ha dado la paz que pensé que creía iba a darme. Incluso dejé de disfrutar del sexo. Lo que quiero es amar y tener una familia. El único camino que tengo para conseguir eso, es volver a escribir. Así que… he vuelto a escribir.

¿Cómo lo hice?

1.-Primero empecé a actualizar este blog casi todos los días. Para ir calentando y creando el hábito. Una cosa que nunca he perdido (incluso creo que me ha aumentado) es la imaginación. Tengo cientos de historias que quiero contar pero que no “podía” escribir.

2.-Puse, por algunos escalones de mi casa, dos ejemplares de cada uno de los 8 libros que he sacado. Así, cada vez que subía o bajaba por allí, los veía y me decía: “escribiste todo eso en 7 años, Rafa. Volver a escribir novelas es algo superfácil para ti. Lo llevas dentro. Lo difícil es que no las escribas. Deja de resistirte”.

Mi perra Anaïs Nin, deseando que vuelva el escritor loco que conoció y que cuidaba de ella.

Mi perra Anaïs Nin, deseando que vuelva el escritor loco que conoció y que cuidaba de ella.

3.-Cuando me vi preparado para escribir 4 horas al día, dejé de quedar con chicas. No he hablado con seres humanos, cara a cara, desde hace 18 días. Estoy encerrado en mi casa. Cada día que pasa, puedo escribir durante más tiempo (sólo salgo a hacer una hora de ejercicio, pasear a Anaïs y al super). Mi poder de concentración va aumentando.

4.-Estoy escribiendo e ilustrando mi segunda novela infantil: “El fantasma que tiene un pie vivo”. Me está entusiasmando el resultado. Sé que debería terminar primero “Doctor Mente” pero esa novela (que tengo a medias, ya os he enseñado las 200 primeras páginas), tal como tengo la cabeza ahora, es una empresa demasiado inmensa para mí. “Doctor Mente” tiene demasiadas tramas, me exige demasiada concentración, es demasiado ambiciosa. Así que opté por volver a empezar a construir poco a poco. En lugar de terminar esa catedral, decidí hacer una linda casita en la playa. Una novela infantil es mucho más relajado. Además me pone de muy buen humor y de ánimo. Cada día imagino que tengo un hijo de 6 años y que, antes de irme a dormir, le leo un capítulo de esa nueva novela infantil y le enseño los dibujos que le he hecho. Como no tengo hijos, he decidido imaginármelo y amar a un espiritu sin forma. Así, vuelvo a escribir por amor. Supongo que cualquiera que lea este post va a pensar que estoy loco… y tendrá razón… ¿pero qué genio no lo ha estado? :P

Espero publicar “El fantasma que tiene un pie vivo” en marzo. No sé si podré publicarla en papel, como el resto, o irá directamente a Amazon.

5.-Tenía pensando, cuando empecé a escribir este post, enseñaros los dos primeros capítulos de “El fantasma que tiene un pie vivo”, es más, lo estaba deseando porque me muro por compartir lo que estoy creando y porque creo que os va a encantar… pero soy consciente de que, aún no estoy recuperado animicamente del todo, y una mala crítica podría hacerme mucho daño y quizás, volver a boquearme.

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Nota.- Si deseas apoyarme para que siga concentrado, escribiendo pero comiendo y pagando mis facturas, haz un donativo. Gracias. De verdad que me vendría genial un poquito de apoyo este mes que termina. Ya me falta menos para salir del pozo. Mi email es ezcritor@gmail.com

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
Comida para divorciados 1: "Calamares con patatas"
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Pues este domingo me lo pasé grabando y editando este video. No sé si haré más, pero es una idea que tenía desde hace tiempo: ¿por qué no enseñar algo que realmente hago muy, muy mal pero que a mí me encanta hacer?. La última vez que cociné para una chica os prometo que estuvo toda una tarde en la cama, quejándose y tratando de traer otra vez a la vida a su estómago.

Pues allá va: así me hago yo los calamares:


Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
MI CUMPLE: 45 AÑOS
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Hoy cumplo 45 años. Ayer estaba recogiendo la casa por si, de pronto, tenía alguna visita sorpresa. A veces me ilusiono yo solo. Me imagino que me van a dar un Oscar o que alguien que me quiere va a tocar en mi puerta con una sonrisa. La dejé de recoger cuando comprendí que no iba a tener ninguna visita hoy… ¡Mejor! ¡Así no tengo que querer a nadie!

Dejé de recoger, apagué la luz del salón, vi Creed II en mi tele (no me gustó tanto como pensaba que me iba a gustar) y me quedé dormido con Anais en el sofá.

Hoy no voy a hacer nada más que escribir. Voy a seguir luchando contra mí mismo, tratando de derrotar al subhumano interior que me boicotea y evita que llegue a donde quiero llegar.

Si por casualidad eres lector de mi blog y te apetece tener un detalle conmigo por mi cumpleaños o apoyarme en mi trabajo, este es mi PayPal o este es mi numero de cuenta. Me harías muy feliz:

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No estoy en la mejor época de mi vida, ya lo sabes. Estoy en plan víctima, en modo tontorrón, me siento estafado ante la vida. Aunque gracias a El rey del Cosmos, no siento rabia ni odio. No tengo fuerzas para odiar a nadie: sé que el principal causante de todos mis males soy yo mismo. No sé aún cómo salir de esta espiral de tristeza. Me gustaría poder tener dos meses de paz económica para terminar de reconstruirme mentalmente, para terminar de escribir los dos libros que tengo a medias y actualizar más el blog. Así que, por si sois tan amables, ese es el milagro que os pido por mi cumpleaños: paz para pensar, reconstruirme y para escribir. Mi email es ezcritor@gmail.com

Gracias de corazón.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
La chica peligrosa y extraña del fin de semana que empezó el jueves (cuarta y última parte)
Yo.

Yo.

Nota importante: Este relato-vivencia consta de cuatro partes. Aquí la primera, aquí la segunda, aquí la tercera y, a continuación, la cuarta:

 

Aquí estoy. En el aeropuerto. Está lleno de niñitas vírgenes de 16 años, con banderas de España. Sé que son vírgenes porque tienen ese color rojo, infantil e inocente, sobre sus mejillas. Y esas miradas de huevos fritos en la mirada. Hay como 80, esperando en la misma entrada en la que yo espero a la chica de Francia. Pregunto a los dos únicos chicos que veo que van con ellas:

—¿Viene algún famoso? ¿Por qué tanta bandera de España? ¿Vais a linchar a algún independentista?

—¡Ja, ja, ja! No. Son estudiantes de intercambio. Están esperando a sus nuevas compañeras, que vienen de Italia.

La chica que viene de Francia aparece. Me sonríe, repleta de felicidad. Está guapísima: a pesar del frío que hace, creo que para lucirse, se ha puesto un traje con falda muy corta que le deja la espalda al descubierto. Nada más verme, se tira sobre mis brazos. Todas las adolescentes aplauden, emocionadas. Nos besamos. Las adolescentes nos ovacionan. ¿Qué saben ellas de la vida? ¿Por qué aplauden? ¿Saben que, hace menos de 48 horas, yo estaba acostándome con otra? ¿No saben que soy un cobarde cabrón?

Dos días después de estar con la psicóloga voy a acostarme con la chica que viene de Francia. Doblete. Antes de casarme (hace 8 años) era un golfo y no me salía esto: que las chicas recorrieran cientos de kilómetros, tomaran aviones y trenes, para estar conmigo.

En la misma semana.

Y sin decirles ni una mentira. Ellas saben todo lo que ha pasado: primero vino la de Francia, follamos, se fue, a los 12 días vino la psicóloga, la poseyó un demonio, me aterró y se fue. Ahora vuelve la de Francia. Me siento mal: lo que quiero es ser un señor: deseo volverme a casar, ser fiel como lo fui durante 8 años, tener hijos por fin. Pues nada: voy a hacer doblete como si fuera un sucio sinvergüenza: pasar dos días con una jovencita.

No es lo que quería.

No pensaba volver a ver a la chica que viene de Francia, jamás. No porque ella no me guste, sino porque es muy joven para mí: tiene 30 años. Nos llevamos 15 años. Le iría mejor con un tipo de su edad. Vivir junto a alguien de su edad las tonterías que pensamos a los 30 años: que todo va a salir bien, que se va a casar con alguien para toda la vida. Que se van a comer el mundo juntos. Que sus hijos no van a ser hijos de padres divorciados o de padres que se ponen los cuernos sin parar y que se desprecian en silencio. Que la vida es algo más que carne y dinero. Yo podría vivir todo eso por segunda vez, junto a ella, fingir en una burbuja el tiempo que necesitara hasta que lo aprendiera ¿Para qué? ¿Para volver a estar solo dentro de otros 8 años? Me tocaría empezar otra vez a los 53 años. Soy una mierda. No soy una mierda. Desde hace meses la depresión quiere entrar dentro de mí. Quiere que me tire por la ventana. Cada mañana, al desperar, salgo al balcón y lo pienso durante unos minutos. No lo hago. Cuando me vienen pensamientos negativos les digo que no hay espacio para ellos: que se vayan: que no quiero terminar suicidándome.

—Déjame elegir a mí la vida que quiero tener —me dice la chica de Francia—. No me digas lo que tengo que hacer… no se lo permito ni a mi madre.

—Soy muy viejo para ti. Mira… canas por la barba y el cabello. Cada vez más.

—Me gustan. Yo me casaría contigo. Me gustaría tener hijos contigo.

—Te estás conformando. No te cases por casarte, nunca. Cásate sólo si encuentras a alguien que te vuelva loca de verdad. Esa es la única razón válida para casarte.

—Puedo enamorarme de ti, locamente.

—No creo. Soy un puto gilipollas. Y, encima, escritor.

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En taxi, llegamos a la estación de autobuses. Tomamos un bus de 55 mínutos rumbo a mi ático en el pueblo. No quiere quedarse en casa de Ramón:

—Ese picadero donde te follas a tus putitas —dice.

Me duele que diga eso. En casa de Ramón sólo he estado con dos personas. Ella y la psicóloga. Con la psicóloga todo salió mal. Cuando todo iba genial, se levantó en mitad de la noche y me hizo mucho daño. Dio con las palabras más terribles que alguien puede decirme nunca. Por eso estoy ahora con la chica de Francia. Porque la psicóloga me horrorizó. Porque necesito que me abracen: que me sane de lo que la psicóloga me hizo. Soy muy débil. Hipersensible. Un pobre niñito de casi 45 años que tiembla sin parar. No he hecho bien en decirle que venga. La estoy utilizando. No veo futuro con ella. No me atrevo ni a pensarlo. A su lado, siempre seré un viejo. Al lado de una mujer de mi edad, seré un tipo normal. Pero la chica que viene de Francia estaba deseando regresar. No paraba de escribirme. Día y noche. No hay forma más fácil de engatusarme que estar todo el rato escribiéndome, preocupándose por mí. No estoy acostumbrado que nadie haga eso por mí. Es demasiado bello para mí. Ser importante para alguien, no ser lo segundo o tercero de la lista.

Ella es gallega. Me hace mucha gracia que le guste vestir un poco choni y presumir de lo quinqui que es, de que ama comprar en Primark. Antes de divorciarme veía a esas chicas caminando por la calle y pensaba cómo sería estar con una de ellas. No sé cómo serán las demás. Pero ella tiene a una madre en su interior, deseando salir. Quiere casarse, asentarse. Está harta de novios que no conducen a nada. Y es culta, tiene estudios universitarios. En Francia tiene un curro muy bien pagado. Importante. Parece una geisha. Me da todo lo que necesito un segundo antes de que yo sepa que lo quiero. La primera noche la pasamos en mi sofá. Hablando y dándonos amor. Me ha traído chocolate. Comemos pizza. Sabe todo a lo que no puedo decir “no”. Intentamos ver una película pero la contraprogramación de las cosas que podemos hacer con nuestros cuerpos convierte, el visionado de la película, en misión imposible. Le doy dos orgasmos. Cuando me corro dentro de ella me da por pensar que me engaña cuando afirma que toma anticonceptivos. Creo que me quiere cazar: ha venido a eso… ¿Tan terrible sería, Rafa? ¿Y si es ella justo lo que necesitas? ¿Por qué siempre la cagas para estar solo? ¿Por que es tu zona de confort? ¿Por qué no simplemente das las gracias, Rafa, y aceptas la felicidad de una puta vez?

Lo único que no me gusta de ella es que fuma mucho. Dice que no quiere llegar a vieja.

Lo único que no me gusta de ella es que fuma mucho. Dice que no quiere llegar a vieja.

Es la primera chica que, estando conmigo, no tiene nada de interés sobre mi pasado. No pregunta por qué me divorcié, ni por qué me convertí en escritor. Nada. Sólo quiere estar conmigo. Ahora. Por un lado, eso me gusta, me alivia. Pero por otro lado me hace pensar que no sabe con quién está. O que no le intereso en realidad. Yo sí que le pregunto sobre todo lo que se me ocurre de su vida. Mi conclusión es que es una mujer fuerte y muy experimentada para su edad que quiere casarse y punto.

—Tú eres un loquito —me dice—. Tengo experiencia. No me asustas nada.

Sexualmente, funcionamos. Cada vez que tenemos sexo, tiene dos o tres orgasmos. Cuando sale el tema de que he tenido sexo hace poco, con otra, se pica, se lo noto en la cara, pero no me hace ni un reproche. Está agradecida porque volvemos a estar juntos. Nos quedamos dormidos, no le molestan mis ronquidos. Esa es la prueba definitiva. Si una chica resiste mis ronquidos (de verdad, sin hacer esfuerzos, sin mirarme mal ni un segundo) es que me ama de verdad. Sólo una persona que me ama de verdad puede resistir mis ronquidos. Duermo estupendamente a su lado. Cuando abro los ojos descubro que, en algún momento de la noche, puso su mano sobre mi corazón. Y ahí la dejó. Su mano sobre mi corazón me tranquiliza. Nunca nadie me había hecho eso. Su mano estuvo transmitiendo energía sobre mi corazón toda la noche. Lo curó de todo lo malo.

—¡Pero es demasiado joven, Rafa! —me digo— No seas patético. Le llevas 15 putos años. Trátala bien estos días, sé agradecido y luego olvídate de ella.

De todas las cosas que podemos hacer, en este nuevo día, elige ir al supermercado. Quiere que la vea cocinar.

—Pillamos unas cervezas y me haces compañía en la cocina, ¿vale? —propone.

—¿Eso es lo que quieres hacer hoy?

—Me encantan cocinar. Pero como vivo sola, hace mucho que no cocino. Odio cocinar sólo para mí.

Vamos al Consum.

Ella es la del jersey rosa (que compró en Primark).

Ella es la del jersey rosa (que compró en Primark).

Al entrar en el super, todos nos miran. Pienso que los empleados me miran porque están acostumbrados a verme siempre solo… pero… ¿y los clientes? ¿Me miran porque ella es demasiado joven para mí? ¿Quizás la miran porque piensan que la tengo bajo los efectos de la burundanga? Me he convertido en un pervertido que va con jovencitas. En un enajenado. En un inmaduro. Me faltan tatuajes, pendientes y teñirme el cabello de amarillo. Mientras esperamos turno, en la pescadería, me miro al espejo. Me veo mayor para ella… esas canas que tengo en la barba, hoy las veo más blancas que nunca… No debo utilizar a las mujeres. No debería de haberle dicho que viniera. Ilusionarla. Hacerle perder su tiempo en la vida. Pero la necesitaba. Necesito que alguien me quiera. Es lo único que le pido a la vida y no me lo da. Estoy demasiado solo. Anoche me la follé con ganas, con rabia: como vengándome de todas las mujeres que me han hecho daño últimamente: mi ex esposa, mi ex novia y su vomitiva familia, la psicóloga. Anoche, mientras me la follaba, imaginaba que ellas nos miraban, con deseo y envidia: yo les decía:

—¡Os gustaría estar aquí y no podéis! ¡Por haberme hecho daño! ¡Por no tratarme bien! ¡A las tres os dejé por ser malvadas conmigo! ¡Mirad cómo se corre esta! ¡Es mucho más joven que todas vosotras! ¡Mirad que feliz es! ¿Y vosotras? ¿Qué tal os va? ¿Tan difícil era tratarme como yo os trataba a vosotras? ¿Acaso os di otra cosa que no fuera amor? Me di al 100% y no tuvisteis la elegancia ni la decencia de tratarme bien. Por eso os dejé. Ahora id a follar con subhumanos. ¡Sabéis de sobra que no hay nadie mejor que yo!

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En casa, me pide una camiseta para cocinar. Le doy mi camisa de mi equipo, la U.D. Las Palmas, porque me da mucho morbo vérsela puesta. También se pone mis zapatillas de señor mayor.

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Entra en mi cocina. Dice que da asco. Que los muebles están pegajosos. Me manda al super a comprar una lista de cosas para limpiarla. Le hago caso, con vergüenza. Pero también me excita que me mande como si fuera mi esposa.

—Eres un poco guarro y un pervertido.

—Puedo ser más limpio.

—Ok, pero lo de pervertido no lo cambies. Me gusta.

Cuando terminamos de limpiar la cocina, saca unos guantes para picar la cebolla. Cocina a la vez que me va enseñando, en el YouTube, la música que le gusta. Veo que está disfrutando. Cocinar, beber cerveza, besos, no necesita más. Ni yo. Es preciosa: sabe disfrutar de las cosas sencillas de la vida, cocina de puta madre. Me hace el arroz gallego más rico que he comido en mi vida… ¡Hace tanto tiempo que no disfruto de comida hecha con amor! Tiene pinta de ser una de esas mujeres todoterreno: que pueden con todo. Que tiene las cosas super claras desde que nació. Fuera, hace un maravilloso día de sol. Preparo la mesa en la terraza. Cuando terminamos de comer, empieza a hacerme una mamada:

—¿Sabes que tienes un poco de fimosis?

—Sí.

—Veo que no te da problemas, que baja del todo, pero con la edad, puede dártelos.

—Quizás me opere más adelante. Pero no ahora. Una vez miré y el postoperatorio dura casi un mes. ¡Un mes sin poder follar! ¿Cómo se puede sobrevivir a eso?

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—Eres mío. Lo sé —me dice tras hacerme eyacular—. Y cuando tus lectoras lean todo esto, no se va a atrever a venir a tu ático… ninguna más. He dejado el nivel demasiado alto.

Menos mal que se va. Si se quedara, no tendría huevos para decirle que no a nada que me propusiera. Sin duda, me enamoraría de ella y, en algún momento de los 8 años siguientes, ella dejaría de estar enamorada de mí, como le pasó a mi exesposa, y comenzaría a tratarme fatal, porque no tendría los huevos de dejarme. Tendría que ser yo el valiente que reuniera el valor, el cabrón que se plantara, el que se enfrentara a la vida y dedujera, con dolor, que mejor es separarnos que vivir juntos sin amor: ser yo el que rompe nuestro matrimonio mientras se siente un gusano repugnante. Eso es demasiado cruel y duro. No quiero volver a vivir eso jamás. Ese proceso me ha dejado al borde de la locura. No merezco a nadie. El amor no es eterno. No soy más que un pobre escritor que nunca llegará a nada. No quiero cagarle la vida a nadie. Ya tengo bastante con ser un esclavo de las letras.

En el aeropuerto, nos despedimos. Le digo a la chica que vino de Francia que se busque a un chico de su edad. Que me olvide. Que lo haga por los dos. Llora. Se va. Otra vez he hecho daño. No quiero hacer daño. Pero no paro de hacerlo. A todas las hago llorar.

Por la noche, me llama por teléfono la psicóloga. Me cuenta que ha visto fotos en mi Facebook: que sabe que he estado con otra:

—Claro —dice con voz muy firme—. Yo soy la mala porque te puse en tu lugar. Y ella es la buena, porque es sumisa y hace todo lo que quieres, ¿verdad? ¡Típico de hombres machistas!

Me preocupa lo que dice. La psicóloga me acusó de cosas horribles que no son verdad. ¿En qué lugar me puso? En uno que no merecía. Me provocó un ataque de ansiedad, gratuitamente. Por eso huí de su lado. Si no, lo hubiera intentado con ella. Trato de explicarle. Al rato, se echa a llorar:

—Estoy rota, Rafa. De niña me pasaron cosas horribles —confiesa—. No te las puedo contar… ¡No se las he contado a nadie! Siento mucho lo que te dije esa noche. Estoy arrepentida. Me pasé tres pueblos. Tú siempre fuiste bueno conmigo. No sé porqué quise hacerte tanto daño. Creo que es porque me gustas mucho y eso me ha jodido.

Tras llorar, comienza a reir. Está loca. Pero la adoro. Me invita a Bilbao, a su casa. Si la vuelvo a ver, si me meto en su casa, puede ser que me denuncie falsamente y yo termine en la cárcel. Me da igual. Quiero ayudarla. Sé que puedo ayudar a que sane. Estar en la cárcel sería bueno para mi “yo” escritor. Además, ahora me excita más que antes. Quiero estar con ella. Y con la chica de Francia. Y con mi ex esposa. Y con mi ex novia. Quiero estar con todas las mujeres del mundo. Con todas mis lectoras. Y con todas mis no lectoras. Quiero hacerlas felices a todas.

Pienso en qué maravillosa son las mujeres. Deberíamos de reverenciarlas más. Ser sus esclavos. ¡Qué bien nos hacen sentir! Esa magia que desprenden y que sólo ellas nos pueden dar. Esa paz, esa tranquilidad con la que llenan nuestras almas. Ponen la mano sobre nuestro corazón y lo sanan. Una vida, sin compañera, no es una vida digna de ser vivida. Son tan amables, que hasta se quedan embarazadas por nosotros. Ellas sufren todo el rollo ese de tener el niño dentro durante 9 meses y sacarlo entre gritos y sangre. Nosotros, mientras tanto, podríamos estar en el sofá, bebiendo cerveza. Todo lo que nos hacen hacer es follarlas, tener un orgasmo y ya. Lo mejor. No quiero hacer daño a ninguna mujer. Cada día estoy más seguro de que voy a suicidarme. No pertenezco a este mundo. Aquí no hay sitio para mí. Lo único que me gusta del mundo es que una mujer me ame. Y tener hijos. Y escribir un best seller. Pero no puedo. No merezco a ninguna mujer. Son demasiado grandes para mí y para cualquiera. No me van a amar para siempre. Si las amo, les hago daño. Si no las amo, también les hago daño. Dios debería de haberlas hecho insensibles ante los hombres. Espero reencarnarme en mujer. Me gustaría sentir ese poder de dar a luz. Los hombres no vivimos realmente. Nosotros sólo somos las mochilas que cargan las mujeres. Nosotros sólo somos los que os hacemos daño. Vosotras sois las únicas que tenéis algo que decir aquí, en la vida. Las únicas que lo sentís todo, las que hacéis el viaje completo. Nosotros somos unos niños protegidos y consentidas por vosotras.

—¡No! ¡No! —grito— ¡No ire a tu casa! ¡No iré a la casa de nadie! ¡Es mi polla! ¡Es mi polla! ¡Dejadme en paz, todas!

Estoy loco. Es por culpa de mi polla. Ella es la que me obliga a estar con todas. La que me hace querer amarlas, cuidarlas en masa. Tengo que librarme de mi polla. Me susurra, día y noche. Tengo que librarme de ella, temporalmente. Si me libro de mi polla, me libro de las mujeres. Recuerdo lo que dijo la chica que viene de Francia cuando se la metió en la boca. Tengo algo de fimosis. Si me operan, estaré casi un mes sin poder follar. Cada vez que me excite me dolerá, perderé la erección. Es la única forma de librarme de la maldición que es tener polla. Mañana, iré al médico a pedir hora.

Necesito unas vacaciones de polla.

FIN

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
La chica peligrosa y extraña del fin de semana que empezó el jueves (tercera parte)
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La primera parte de esta vivencia-relato pinchando aquí.

La segunda parte de esta vivencia-vivencia-relato pinchando aquí.

1

Cuando empiezo a conocer a alguien siempre hay algo fingido, mecánico que odio: es ese camino tedioso que he recorrido mil veces con cada chica con la que he estado en mi vida: las mismas preguntas, las mismas dudas, los mismos momentos repetidos: escuchar el coñazo del daño que le han hecho los otros chicos con los que han estado: me miran con ojos asustados como si yo fuera ellos y les quisiera hacer lo mismo:

—Yo nunca te voy a hacer daño ni decirte una sola mentira —le aclaro a la psicóloga mientras nos besamos en la cama—. Yo estoy buscando a mi futura esposa, no engordar mi ego follándome a una tía buena más. Tengo casi 45 años. Nunca digo mentiras. Tampoco piadosas. Eso es de débiles e hipócritas. Quiero amor de verdad, pasión, estabilidad para escribir y momentos de calidad en mi día a día. No soy un subhumano. Quiero crear una familia…

—¿Una familia? ¿De verdad? —pregunta extrañada—. Una de las cosas que me atrajo de ti fue justamente que no tienes hijos y que contaste en tu blog que tienes no sé qué cosa en los cojones que te impide tenerlos a no ser que vayas a un hospital… ¿eso es verdad?

—Sí.

—A esta edad, no paro de conocer el lado malo de haber tenido hijos. Quedas con amigas, con hombres por el Tinder y todo el mundo está como desgraciado y atado a sus exs o maridos de los que les gustaría divorciarse o dejar de ver para siempre. Pero no pueden por haber tenido hijos con ellos… que ahora les llenan la vida de problemas y limitaciones.

—Es verdad —asiento.

—¿Aún así te gustaría tener hijos?

—Sí. Sé que, que no lleguen, también tiene su lado maravilloso. Pero daría mis dos brazos por tener un hijo junto a una buena mujer. Creo que sería un buen padre y que, la experiencia, me haría crecer como persona. Quiero vivir toda la vida, no sólo una parte.

2

Mi desayuno.

Mi desayuno.

Llevo 8 meses cuidando mi cuerpo al máximo. Como 4 ensaladas al día de lunes a viernes. Pescado y carne una vez a la semana. Fruta cada mañana. Me machaco en el gimnasio 5 días a la semana. Cada día corro 40 minutos. Perdí los 12 kilos que me sobraban en 4 meses, y ahora estoy tratando de abandonar para siempre mi cuerpo fofo de escritor para conseguir un cuerpo fuerte y potente. Sin embargo, la psicóloga, desayuna cada día como un camionero. Ama los fritos por la mañana. Jamás toma café o un té durante el desayuno. Odia las bebidas calientes. Desayuna Coca-Cola o Redbull. Fuma. Toma cerveza, porros y vino blanco. No entiendo cómo tiene un cuerpo tan atlético y perfecto. Cómo tiene un porte tan elegante. Ella podría pasar por profesora de aerobic. Es totalmente opuesta a las chicas que he conocido últímamente: todas veganas, amantes de la yoga y de la naturaleza.

Cada mañana desayunamos en un Vips que está a 8 minutos caminando de la casa de Ramón. Me sentiría ridículo, ante los ojos de ella, pidiendo una ensalada y un zumo de naranja, así que me salto mi régimen. Son sólo tres días los que pasaremos juntos. Quiero que estemos cómodos. Pido lo mismo que ella: tortitas con beicon, huevos y patatas fritas. Ya que estoy, le pongo chocolate a mis huevos fritos y patatas.

Ella me mira con asco.

—Amo el chocolate —trato de exlicarle.

—Pero es asqueroso.

—A mí me gusta mucho… ¿Tú no haces nada asqueroso?

—Sí. Soy adicta a ver videos en YouTube de granos expulsando pus —confiesa.

Tras el Vips nos desnudamos y metemos en la cama. Hacemos el amor. Nos pasamos el día y la noche mirando hacia la profundidad de nuestros ojos, abriendo nuestro corazón, contándonos nuestros secretos y miedos más profundos. Le cuento cosas que nunca le he contado a nadie. Le hablo de mi ex novia, del daño que me hizo ella y su familia:

—Algunas veces, aún sueño y espero que regresemos —le confieso.

—¿Quieres ser novio de alguien que no te ame?

—No.

—Pues has de aprender algo. Si alguien te ama, si alguien quiere estar contigo, lo está o lo intenta. Si alguien te ama, no desaparece y se aleja. Por lo que me contaste de ella, además de tener un poco de síndrome de Electra y ser muy egocéntrica viene de una pérdida: por eso le costó tener lealtad a ti, a su nueva pareja/familia. La gente suele quedarse en lo conocido. En su zona de confort. Tú, también. Tú buscas estar solo y abandonado porque eso es lo que conoces, ¿verdad?

—Sí. En la soledad me siento como en casa. Se nota que eres psicóloga.

—Soy muy buena. Si quisiera, podría conseguir que alguien se suicidara. A veces creo que estudié psicología para tener ese poder.

Que sea retorcida me provoca una punzada de placer en la polla.

Me excito.

Nos besamos.

Me hace una mamada.

Acabo en su boca.

Y sigo contándole mis más oscuros secretos. Mientras lo hago, pienso que he encontrado a la mujer de mi vida. Aún no estoy enamorado de ella pero, sin duda, lo estaré pronto porque lo tiene todo… ¡Ojalá que ella se enamore también de mí!

3

Ella.

Ella.

La última noche, a eso de las 5 de la mañana, la psicóloga me despierta. Está vestida. De píe, frente la cama. Ha hecho su maleta. Incluso lleva su abrigo puesto. Me está mirando de forma extraña. Me sorprendo bastante. Pensaba que estaba a mi lado. Dormida. Desnuda, en paz, tranquila, como yo.

—¿Qué pasa? —pregunto, asustado.

Ella comienza a hablar. Las palabras más horribles y espantosas que me han dicho nunca. Habla y habla, cada vez con más dureza. Mis oídos comienzan a sangrar. Cuando voy a reponerle, a defenderme, me grita con autoridad:

—¡CALLA! ¡NO HABLES! ¡NO TE ATREVAS!

Me asusta. No me atrevo a no hacerle caso. Saca los peores miedos de mi mente. No voy a contaros qué me dijo. Es demasiado espantoso. No quiero que nadie me lo vuelva a repetir jamás. La psicóloga lleva tres días estudiándome. Me he abierto demasiado con ella. Sabe qué teclas tocar en mi mente para que mi corazón esté a mil, para que mi cabeza se llene de agua hirviendo. Dudo de mí… ¿Realmente soy el ser repugnante que ella está describiendo? Ella tiene estudios, yo no… yo sólo soy un estúpido que se cree escritor y no tiene ni donde caerse muerto ¿Si miro al interior de mis ojos sólo hay un psicópata monstruoso capaz de hacer los horrores que ella narra? ¿Soy responsable de lo que me culpa? Me quiero morir. Comienzo a tener un ataque de ansiedad. Hace 5 meses que no tenía uno. Comienzo a temblar, como un loco. Es entonces cuando tiene piedad de mí: detiene su discurso:

—Esto te lo mereces por haber sido encantador conmigo —me dice—. No tenías ningún derecho de tratar de enamorarme. ¡No tenías derecho a hacerme el amor así!

Y, dando un portazo, se marcha de la casa de Ramón.

Combato mi ataque post traumático. “Soy mi mejor compañero”, me digo. “Estoy aquí contigo, Rafa”. “Juntos hemos sobrevivido y superado todo”. “No eres culpable de nada”. Me digo las palabras que necesito escuchar. Al rato dejo de temblar. Me calmo. No obstante, estoy aterrado. Cierro la puerta de la casa de Ramón con llave. No quiero volver a verla jamás. Esto me pasa por estar quedando con desconocidas. Encerrarme en una casa durante tres días con una mujer que no conozco de nada. Nunca más lo haré. En mi wassap tengo un mensaje de la chica de Francia. No ha parado de escribirme cariñosos mensajes desde que se fue. Quiere que nos volvamos a ver. Viajar otra vez hasta Valencia, para verme. Yo le he estado dando largas, pero recuerdo las palabras que me dijo la psicóloga por la tarde:

“Tienes que aprender algo. Si alguien te ama, si alguien quiere estar contigo, lo está o lo intenta”.

Contesto a la chica de Francia: por eso y porque necesito urgentemente abrazar a alguien. La llamo, con lágrimas en los ojos:

—Ven, por favor —le pido.

Y le cuento lo que acaba de pasarme.

—Mañana estaré allí —contesta—. Pero yo no vuelvo a casa de Ramón. Donde has estado con “esa”. Yo quiero ir a tu ático del pueblo. Donde tú vives.

—Sí. Lo que quieras.

—Ahora mismo compro los billetes.

CONTINUARÁ

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