La chica peligrosa y extraña del fin de semana que empezó el jueves (primera parte)
Yo.

Yo.

Una querida lectora (me lee desde hace 12 años) quiere hacer de celestina, presentarme a su amiga:

—No sé —me chatea por el wassap— de pronto he tenido como un flash. Eso que piensas…: “conozco a dos personas maravillosas, qué tal si las junto a ver qué pasa”.

Me envía fotos de su amiga. Es psicóloga, 37 años, tiene su propia consulta. En caso de que sea verdad que es una persona maravillosa hay que añadir que está toda buena. Sin embargo, el recuerdo de lo que pasó la última vez que viví “eso” me hace cerrarme a querer conocerla. No quiero quedarme sin esa lectora. Que deje de hablarme. Perderla.

“Eso”: en septiembre del año pasado, una lectora me presentó a su amiga, una profesora de aerobic, que vino desde Navarra para conocerme. No me gustó: comencé a pillarle odio cuando me contó que tiene un perro al que hubo que amputarle la cola porque ella no se fijó en el momento en que la puerta del ascensor se cerró, aprisionando su cola… ya que ella estaba mirándose al espejo. El perro chillaba y sangraba mientras el ascensor le hacía un daño terrible: cortándole, desgarrándole la cola. Menudo ser repugnante, pensé, jamás podría tener como compañera de vida a alguien tan egocéntrico y descuidado: por eso sólo le permití que, durante su visita de 2 días, me hiciera una mamada y que se lo tragara.

Por culpa de mi justicia perruna, me quedé sin lectora. La profesora de aerobic se fue echando pestes de mí: llorándole a su amiga porque no quise volver a verla: porque la había utilizado.

No obstante, su perrito sufrió más. Ella merecía ese castigo por hija de puta. Por fin había sido juzgada y cumplido su condena. Bastante leve fue. Debería de haberle llenado la boca de mierda y no de semen. Nuestras mascotas nos tienen únicamente a nosotros. Confían en nosotros ciegamente. Por Dios… ¿Tan complejo es mantenerlas a salvo en el ascensor? ¿No te da la cabeza para eso?

La querida lectora me invita a que, los tres, hagamos una videoconferencia. Acepto. Cuando veo en directo a su amiga me gusta más que en las fotos. Es uno de esas personas que sabe añadirse encanto utilizando un sexy lenguaje corporal. Además, es elegante a la hora de hablar, culta… bastante pija. Mierda. Tiene pinta de ser una de esas mujeres que sólo buscan relacionarse con ejecutivos de éxito. No estoy seguro pero apostaría a que se ha operado la nariz y los labios. Eso ya es nivel de pijería extrema. Hablamos los tres durante un rato agradable hasta que comenzamos a hablar por hablar: no soporto hablar sin rumbo o sin construir algo: invento una excusa para salir por patas. Además: me he puesto nervioso: me he acomplejado. Sí, claro que me gustaría conocerla más. Estoy tan solo en este pueblo que, si tuviera bicicleta, me pondría ahora mismo a pedalear hasta Bilbao (desde allí me hacen la videollamada). Pero estoy semiarruinado. Llevo un par de meses viviendo con lo justo para comer y pagar las facturas. Últimamente no puedo ni ir a hacer la compra al supermercado hasta que alguien me compra un libro (gracias a El rey del Cosmos, no suelo esperar mucho tiempo, no os preocupéis). Pero por lo que realmente estoy acomplejado es porque, hace poco más de un mes, tuve una novia y su enfermizo padre la humillaba a ella utilizando el argumento de que yo no tenía dinero. No quiero volver a vivir el desprecio del clasismo. No porque me hicieran demasiado daño, sí porque me sentí asqueado: arcadas interminables. Estar entre gente casposa y mala daña el aura. Decidí que no voy a volver a intentar conocer a nadie hasta que me recupere económicamente. La vida es así de mierda. Hace muchas décadas que los subhumanos ganaron la partida. Si no tienes pasta, no puedes tener una chica. Los hipócritas con dinero se han adueñado del mundo. El amor sincero y desinteresado, el placer, los buenos momentos, las charlas profundas, las risas, la confianza, el compañerismo, los paseos sin rumbo, ser fiel, respetuoso y sincero te lo puedes meter por el culo que es una mierda ridícula hoy en día. Le mando este wassap a mi querida lectora:

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Mi plan es encerrarme a terminar mi nueva novela: cuando la publique tendré dinero y volveré al mercado para buscar esposa. Enciendo mi iMac, me concentro, trato de terminar de escribir mi novena novela. Pero la sesión de escritura va fatal, no consigo hacer real las palabras que tecleo: que se transformen en imágenes tras escribirlas. No consigo escribir nada adictivo. Tras dos horas de trabajo, sigo sin lograrlo. Tiro mi trabajo a la papelera de reciclaje. Seguiré más tarde, ahora necesito que mis ojos descansen. Tengo que conseguir terminarla. Trato de tranquilizarme: me digo: “con mis anteriores novelas lo conseguí, lo volveré a conseguir con esta, tarde o temprano, sólo estás desentrenado”. Me tumbo en el sofá, tomo mi tablet: busco por el Facebook a la amiga psicóloga de mi querida lectora. La encuentro. Desde que se fue la bendita chica de Francia que acabó con mis complejos sobre mi vejez, llevo 12 días sin follar. Me masturbo mirando a una de las fotos de la psicóloga. Menudas tetazas que tiene la cabrona. Eyaculo. Como señal de agradecimiento le doy un “me gusta” a la foto que me ha hecho feliz.

La psicóloga pija está online. Ve el like. Me escribe. ¿Le contesto? Pienso: “puedo charlar un rato con ella al menos. Puedo imaginar que tengo dinero y que puedo charlar con ella de tú a tú”. Charlamos. La charla es muy larga, fluida, natural, cercana, interesante. No me parece que ella esté excesivamente dañada. Últimamente todas las mujeres que se me acercan lo hacen para que les salve de algo o alejarse de alguna relación tóxica, acostándose conmigo. Me utilizan (de la forma más agradable que se puede utilizar a un hombre) como para escapar, como para ver que hay un mundo mejor esperándolas: un buen chico que podrían tener de compañero para toda la vida. Hago lo que puedo, pero la situación es bastante patética. Se parece a esto:

El que está destrozado bajo la piedra soy yo. La serpiente suele ser un hombre tóxico que les está haciendo mucho daño. Y la mujer a la que trato de ayudar, suele ser una lectora.

El que está destrozado bajo la piedra soy yo. La serpiente suele ser un hombre tóxico que les está haciendo mucho daño. Y la mujer a la que trato de ayudar, suele ser una lectora.

A esta psicóloga creo que le gusto un poquito. Creo que, si le propongo que nos veamos, dirá que sí. Mejor pinchar el globo ya. Me he pasado. He sido cruel. He hablado demasiado tiempo con ella cuando no la merezco. Le escribo por el Messenger esto para que se ría de mí, me desprecie y se vaya aliviada, sin ser dañada:

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Doce horas después la psicologa sexy pija está en Valencia. Ha venido a conocerme:

Ella, tras salir del tren.

Ella, tras salir del tren.

Mi relación “enfermiza” con mis lectores
Yo, en la casa de Ramón.

Yo, en la casa de Ramón.

El otro día, cuando hice el video sobre cómo vencí a mis ataques de pánico, se me olvidó decir una cosa que voy a desarrollar hoy en este post porque anoche pensé que es super injusto que no lo haya incluido.

Vosotros también me ayudasteis a acabar con ellos. Fuisteis clave.

Los ataques de pánico me daban porque, entre otros motivos, me sentía solo, desamparado ante la vida. No tengo familia, pareja y me paso el día solo, encerrado en una casa, escribiendo novelas, sin amigos. Si tengo un mal mes, una mala racha, si enfermo, no tengo a nadie en quién apoyarme o que me preste una cama o cuidados por unos días.

Hasta que me di cuenta que eso no es así. Desde que me hice escritor os tengo a vosotros. A mis lectores: mi familia.

Mucha gente que he conocido me ha dicho que mi relación con vosotros es enfermiza. Que os cuento “demasiado”, que os “muestro” cosas de mi interior y de mi vida que no debería mostrar. He perdido novias, trabajos y relaciones por vosotros. Mucho subhumano me ha mirado como si estuviera loco.

Nunca me ha importado.

Porque cuando he estado mal, sois vosotros los que me habéis levantado. Porque cuando he sacado un libro, sois vosotros los que lo habéis comprado. Porque cuando he necesitado ánimos, sois vosotros los que me habéis animado. Del otro lado, de la gente “sana y normal” sólo he recibido dolor, mierda y locura. Es como si esos subhumanos quisieran que dejara en cielo en el que vivo para arrastrarme a su vida mediocre e hipócrita. Nunca lo consiguen. Me confunden durante un mes o un ratito. Pero siempre termino alejándome de quien me hace mal. Porque es raro el día que no reciba un par de mensajes como este… y al final (si la cabeza te va bien) te quedas con quien te hace sentir de puta madre:

Desayuno y meriendo vuestras fuerzas. Dudo de mi supuesto talento y de pronto, como si me hubiérais escuchado dudar me escribís algo precioso.

Desayuno y meriendo vuestras fuerzas. Dudo de mi supuesto talento y de pronto, como si me hubiérais escuchado dudar me escribís algo precioso.

No sólo me animáis con palabras bonitas. También me apoyáis económicamente. No sólo para que escriba. Si no también para que me divierta. Anoche, por ejemplo, un lector de Suiza me mandó 250 euros de pronto, sin yo pedirle nada, sin escribirle un email. Abro mi email y me llega ese aviso de transferencia. Se acordó que el 15 de este mes es mi cumpleaños y que estoy fatal de pasta. En el concepto del ingreso escribió: “para que celebres tu cumpleaños”. Ese lector también me ha ayudado en más de una ocasión a imprimir libros que se me habían agotado… ¿Él qué sabe que me pasé la noche mirando mi cuenta bancaria con cierto nerviosismo de cómo lo haría este mes para seguir afrontando todos mis pagos?… Por supuesto no utilizaré ese dinero para divertirme, sino para que mi perra y yo comamos mientras sigo escribiendo mi novena novela:

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Sé que saldré adelante. Siempre salgo adelante. Si en 44 años de vida jamás he vivido en la calle, tampoco voy a empezar ahora que tengo 8 novelas publicadas que cada mes me dan dinero y que cuento con una red de contactos profesionales extraordinaria. Esta mala racha (en la que me metí yo mismo tras 3 años de bonanzas extraordinarias) terminará algún día. Pero anoche estaba mal. Extra mal. Me pasó algo injusto que me puso muy, muy triste. Lo conté en el Facebook. Enseguida, la lectora de Francia me escribió. Le conté. Sin dudarlo, se pilló un billete de avión y mañana viene a verme a Requena hasta el viernes. Joer… ¡cuánto necesito su cariño! ¿Qué familia es mejor que la mía? ¿Cuántos familiares pillarían un avión por ti? ¿Soy un desamparado o soy un tipo super cuidado y afortunado?

Así que gracias a vosotros, gracias a vuestras acciones desde que empecé a escribir aquel primer Diario Secreto, NUNCA he caído. NUNCA he estado desamparado. Mis miedos son absurdos. No tengo una familia de 20 personas. Tengo una familia de 2.000 lectores. Es increíble. La gente que me dice que mi relación con vosotros es “enfermiza” va y viene. Vosotros, siempre estáis ahí. No es una relación enfermiza. Sólo es una relación poco habitual. Vosotros me queréis y yo no dejo de escribir. Ese es el trato.

GRACIAS

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El director de orquesta
Este no es el director de orquesta del que hablo en este post.

Este no es el director de orquesta del que hablo en este post.

La maravillosa chica de Francia (que realmente no vive en Francia, vive en uno de los países más caros del mundo… siempre cambio datos para que nadie sepa sobre quien escribo en este blog) me cuenta que, al trabajar de enfermera, ha visto morir a pacientes en varias ocasiones.

—Recuerdo, por ejemplo, a un director de orquesta —me cuenta—. Sólo tenía 62 años. Era gay. Ingresó en la residencia de ancianos en la que yo trabajaba por aquel entonces. Normalmente no tenemos gente de esa edad en la residencia. Pero él sabía que iba a morir. Tenía sida y un montón de cosas más. A veces, él salía por la noche. Lo llevaba y traía un chofer. Era la única persona con quien lo vi. Era su empleado. De esas juergas siempre llegaba superborracho. Nos llevábamos bien. Cuando ya estaba postrado en la cama, esperando la muerte, le preguntamos si quería que avisáramos a alguien. Nos dijo: “No, no tengo a nadie”. “¿Algún amigo, quizás?”, le preguntamos. “No, tampoco”, contestó. Una mañana, mientras le inyectaba su morfina, me miró como un perro que pide una caricia. Me dijo que no me marchara aún, que si me podía sentar a su lado un rato. Hice caso. A los pocos minutos, murió.

Por algo así he roto con la chica de Francia (que no vive en Francia). No puedo irme a vivir a su país por seguir conociéndola. Vivo de las ventas de mis libros en papel. Gano entre 10 y 12 euros por libro vendido. Si los mandara por Correos desde su país, no ganaría absolutamente nada. O tendría que subir tanto el precio de mis libros que no me los compraría casi nadie. Me vais a hablar de Amazon o de otras plataformas de ventas de libros. Recordad que ya las he probado: a través de ellos gano 5 veces menos (aún tengo libros a la venta por allí). Mis lectores quieren mis libros firmados por mí, en papel, para conservarlos. Para mí es un grandísimo honor.

La chica de Francia propone vernos un par de veces al mes, o que me vaya a vivir con ella y ya nos buscaremos la vida. Sólo la conozco de 24 horas maravillosas. Sé que ella es increíble: tiene un corazón valiente y está llena de amor puro por mí. Pero no me conoce de verdad, es demasiado pronto para dejar todo aquí por ella: demasiados gastos mudarme a su país. No estoy nada bien de pasta en la actualidad, tengo que ser responsable con mi perra y con los contratos que he firmado. Nunca he permitido que ninguna mujer me mantenga, no por machismo, sino porque yo no soy así. No me gusta detener el paso ni bajar la calidad de vida de nadie. Tampoco puedo estar solo tanto tiempo. No tengo ni idea sobre qué fecha mi economía mejorará, cuándo volverá a ser como antes. En el pueblo en el que vivo no tengo a nadie: ni amigos, ni familia. Desde que la chica de no-Francia se marchó, hace casi 15 días, no he hablado con nadie cara a cara. Estar tanto tiempo solo no es bueno para mí. Me gusta estar solo, vivir en mi mundo, escribir, pero no todo el día. Echo de menso alguien con quien reír, tomar un té, ver una película, ir al gimnasio o pasear a Anais. Quiero formar una familia. Quiero dormir acurrucado a alguien a quien ame cada noche. He vivido la vida promiscua y la vida de casado. Me quedo con la de casado. Quiero cuidar y sentir que alguien me ama.

—“Espera. Danos tiempo” —me dice.

Pienso en mi ex esposa. Los dos últimos años los pasé esperando a que cambiara. Ella me decía que lo iba a hacer. Me lo prometía una y otra vez para que no la dejara. Yo esperaba. Nunca cambió. Incluso al final me echó en cara que yo le pidiera que cambiara ¿?. Supongo tendrá razón pero “el malentendido”, me hizo perder dos años de mi vida. Si no llega a ser por sus promesas, me hubiera largado de ese matrimonio hace dos años. Tengo 44 años, el próximo día 15 de febrero cumplo 45 años. No me siento un viejo. Me miro en el espejo y me veo más o menos bien para la edad que tengo. ¿Quizás aparento 38 ó 40?. Además, estar con esa enfermera de 29 años, me ha rejuvenecido. Bebí su sangre, me alimenté de su alma. La novia que tuve, por dos meses, en Navarra, tenía 35 años. Con ninguna de las dos me sentí viejo. A las dos les mantuve el ritmo en la cama o caminando por el monte. Bebiendo, es cierto que no. No quiero estar esperando otros dos años a que una situación cambie. Mi matrimonio ya me hizo dejar de vivir muchísima vida. Vivir el futuro en lugar del presente, es una mierda. Una mentira. Una falta de respeto al presente. Quiero vivir ahora. No puedo estar esperando un tiempo infinito por nadie. Un “ya veremos”. Quiero vivir el presente. Construir. Tengo que seguir buscando el amor. Ahora. No voy a esperar que simplemente aparezca en mi vida o que las estrellas se pongan en posición y me señalen con el dedo para darme ese gran regalo.

Mi amor. No sé quién eres. Pero voy a salir ahí fuera a buscarte. Como un guerrero.

Conozco, por medio de una lectora que hace de celestina, a una amiga suya. Es de Bilbao. Cree que podemos funcionar juntos. Habló con su amiga. Nos caemos bien. Mañana toma un tren desde Bilbao-Madrid-Valencia. Mañana nos encontraremos en mi pueblo. Por mis muertos, no voy a morir como ese director de orquesta. Voy a darlo todo. Hasta el último aliento.

P.D.- Y a las 2:45 de la madrugada me pasó esta magía.

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Perro García
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García no sabe bien qué le llevó a querer adoptar un perro. La decisión fue consensuada con su esposa e hijos pero, desde luego, la idea salió únicamente de su cabeza.

—Haz lo que quieras —le dijo su esposa—. Pero si lo traes, lo cuidas tú.

—Sí, me gustaría muchísimo.

Sus hijos lo miraron como quién mira a un loco.

García fue solo a la perrera. Nada más llegar, sus ojos se clavaron en un chucho viejo y grande.

—Este es el que quiero —pensó—. No puede ser otro.

—¿Cómo lo va a llamar, señor?

—Aún no lo sé.

La perrera le puso una condición: castrarlo. A García le pareció cruel, sin embargo, era el único camino para que permitieran llevárselo. Necesitaba ese chucho. No sabía porqué. Esa misma tarde lo llevó al veterinario: que le cortaran las pelotas al chucho le unió más a él. De pronto eran como dos amigos que habían hecho un pacto de sangre:

—Tú les das tus pelotas y yo a cambio… pues no sé. Te cuido el tiempo que te quede.

—Tenemos trato —pensó García que pensó el perro.

Durante la semana, el chucho dio muchos problemas en casa. A causa de la medicación, vomitaba. Como sólo se sentía a salvo y querido en presencia de García, ladraba sin parar cuando él marchaba a trabajar por las mañanas. Una noche, al regresar al hogar, la esposa de García le habló, repleta de nervios:

—No soporto a ese chucho. Da muchos problemas. La casa huele mal por su culpa. Devuélvelo a la perrera.

—No —dijo García—. Jamás.

El matrimonio discutió. García dejó la ciudad, se fue de casa con el perro. A la casa de su difunto padre. Una casa destartalada que heredó en mitad del campo. Allí se refugiaba siempre cuando discutía con su esposa. Cada año, discutían más.

Esa noche, mientras García dormía, su difunto padre se le apareció en sueños:

—El planeta Tierra es un lugar mágico para los que tienen valor—le habló de forma misteriosa—. El valor es el desencadenante de la magia que puede llegar a tu vida. Atrévete a hacer lo que quieras y el Rey del Cosmos te lo arreglará todo para que puedas seguir haciendo lo que quieras.

Al día siguiente, cuando García despertó, decidió que aquella mañana no iría a trabajar. Se trataba de una mañana soleada, de temperatura agradable. Prefirió salir a pasear por el campo con el chucho sin nombre. Al poco rato descubrió que no estaba tan viejo: se le adelantaba en el paso. De pronto, le apeteció comenzar a correr junto al chucho. Riendo. El perro comenzó a ladrar de felicidad. Y García a imitarlo. García ladraba. El perro, reía. Se sentían vivos. Quizás porque ambos se habían olvidado de tomar, por la noche, la medicación que siempre tomaban para dormir: que les anulaba. Ninguno la necesitó. Tampoco la que tomaban por las mañanas. Se sentían formidables.

Al regresar, tras una ducha, García decidió comenzar a escribir esa novela que siempre le rondaba por la mente. Tenía una idea buenísima en la que nunca se había atrevido ponerse a trabajar. Esa idea se le aparecía cada día, pero la mataba con sus pensamientos de subhumano. No obstante, esa mañana sentía demasiada fuerza: se sentó frente a su portátil, comenzó a teclear, imparable. Cuando terminó de escribir el borrador de la página 25 supo que nunca regresaría a su trabajo, a su hogar, ni con su esposa ni con sus hijos. Se quedaría con ese perro, al que llamaría Libertad.

García miró al chucho, entendió porqué había ido a buscarlo hasta la perrera. Necesitaba que le ayudara a abandonar la vida que le castraba. El chucho asintió con la cabeza, como si pudiera entenderlo.

Unos meses después, se acordó el divorcio. Su esposa, se quedó con la cara casa de la ciudad. García, con la destartalada casa de campo. Cada mañana, salía con Libertad a correr. Cada vez más cerca, fundiéndose en un sólo ser. Una de esas mañanas regresaron del paseo convertidos en un ser mitad perro, mitad hombre.

Perro García.

Perro García.

La gente se asustaba al verlo. Pero ellos sabían que se habían transformado en un ser fabuloso y único. Quizás el primero de la historia. Meaban por los alrededores. Las mujeres olían esos meados e, inexplicablemente, iban hasta su casa, siguiendo el rastro. Sus orines olían a libertad, a flores de sexo. Entraban en la casa y follaban con un animal. Felices.

Perro García también era feliz. Tres meses después, terminó la novela. Cien por cien seguro que se convertiría en un superéxito. Pero a Perro García le asaltaron dudas: jamás sabría si sería un éxito por la calidad de su contenido o por ser el primer hombre perro de la historia de la humanidad que, además, escribía una novela.

—¡Perro qué más da! —le gritó su padre desde el más allá— ¡Tampoco antes, en tu vida, había lógica o justicia! ¡No pasa nada porque disfrutes de la vida! ¡Publícala y hazte rico!

Esa misma noche, los hombres del pueblo, hartos de que sus mujeres les engañaran con Perro García, decidieron quemar la casa de campo en la que vivía, con él dentro. Trancaron por fuera sus puertas, ventanas y la rociaron con gasolina. Perro García murió entre gritos de dolor, mientras su fantasmal padre, a su lado, le gritaba:

—¡No pasa nada, hijo! ¡No pasa nada! ¡Enseguida llegas a mi plano y te sentirás de puta madre! ¡Aguanta! ¡Aguanta! ¡Morirás dentro de un minuto! ¡No tengas miedo! ¡En esta dimensión ese dolor te abandonará!

En cuanto murió, Perro García salió fuera de la casa, fantasmal. Allí lo esperaba su difunto padre, emocionado.

—Ven a mis brazos —le gimió mientras los hombres del pueblo, celebraban haberse librado de Perro García.

No lo soportaban. Era demasiado diferente, brillante y sexual. No podían compararse con él.

Cuando una fuerza como Perro García abandona la Tierra siempre deja tras de sí sus semillas. Porque la Tierra sin pasión, sería pasto para los subhumanos. Los hombres del pueblo, al regresar a sus casas, descubrieron que a todas sus mujeres se les había inflado el estómago. Instantáneamente, al mismo tiempo que Perro García moría. Cada una parió esa misma madrugada: a un cachorrillo perro-humano del que se enamoraron locamente: como antes se habían enamorado de Perro García.

A pesar de los gritos de locura, indignación y dolor de sus maridos, ninguna mujer quiso deshacerse de su cachorrillo. Sí de sus maridos a los que, sin dudar, asesinaron (por la espalda, envenenados, golpeados con piedras) por miedo a que ellos mataran a sus crías, como habían hecho horas antes con Perro García.

Y a ese pueblo llegué caminando hoy, casi por casualidad. Con mi perra, Anais Nin, que se volvió hacía mí antes de adentrarme en sus límites. Anais me habló por primera vez en su vida:

—No pases por ahí, Rafa —me dijo (por supuesto me asusté mucho cuando me habló)—. Las mujeres de ese pueblo podrían matarte. Voy a contarte por qué.

El pueblo.

El pueblo.

Anais Nin me contó la historía que os acabo de escribir (con gran maestría). Me contó porqué en ese pueblo, que en apariencia parece abandonado, no había hombres. Es verdad, sólo vi a mujeres felices con sus cachorrillos humanos: todos se llaman García. A todos les gusta escribir. No sé cómo seguirá la historia. Veremos qué pasa cuando crezcan, comiencen a orinar magia y las mujeres de los pueblos cercanos vengan a disfrutarlos, enamoradas.

La mezcla de animal y literatura, tiene mucha fuerza.

Ahora estoy solo en casa, con Anais.

Ya no me habla.

Pero sé que puede hablar.

Ella sabe que lo sé.

¿Por qué no me habla entonces?

¿Qué está pasando?

Anain Nin y yo… ¿Por qué no me habla ahora?

Anain Nin y yo… ¿Por qué no me habla ahora?

No, que me enamoro
Mi Anais Niin.

Mi Anais Niin.

Hablo poco de mi perra Anais Niin porque a sus 14 años ya debería de estar muerta y el día que muera no os quiero meter mucha pena dentro. Dos veces le han diagnosticado cáncer: pero ella se ríe del cáncer y sigue con todo su pelaje, cariñosa, joven, comiendo manzanas, obligándome a que salga de casa cada día, para que no nos perdamos la luz del sol y me esconda bajo el edredón, hundido. Me hace tener un horario e impide que me vaya a vivir con cualquiera.

Por la noche me abrazo a ella, cierro los ojos.

Al día siguiente abro los ojos. Sigo abrazado a ella.

Somos felices.

Es la compañera ideal para un escritor. Cuando me siento a escribir deja de darme el coñazo para que la atienda y juegue con ella: se acuesta cerca y dice:

—“Misión cumplida. Por fin he conseguido que siente su culo y se ponga a escribir”.

Hoy me apetecía ir al Mercadona a comprarle chucherías y a comprar alguna cosa que yo necesitaba. Pero este mes estoy muy justo de dinero y hasta que me entre dinero en la cuenta no debo gastar para así poder hacer frente al alquiler, las facturas de la luz, etc.

—A ver si me echas una mano, “Rey del Cosmos” —musité.

Bajé a Anais a dar el paseo y dicho y hecho. En el buzón me esperaba un giro postal de Correos. 30 euros. Justo hoy me habían dado la razón por una reclamación que les metí en navidades.

—En qué mágico mundo vivimos —pienso.

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Mientras Anais daba el paseo por el parque, se me acercó un chico. De unos 23 años. Con algunos kilos de más. Malas pintas: pantalón de chandal y camiseta roñosa de manga larga: demasiado desabrigado para la época en la que estamos:

—¿Qué tal? —me dijo.

—Aquí. Fluyendo con la vida.

Me puse alerta pero sin que se me notara: dispuesto a darle un puñetazo o un abrazo. Lo que necesitara el desconocido. No sabía si me iba a atracar, pedir unos euros o una mamada. Quedé atento hasta que fui entendiendo de qué iba. No había más que mirar su cara hinchada por el flipe del hachís. O estaba colocado y se había acercado pensando que yo era un unicornio, o me quería vender un poco de lo que se metía.

—¿De dónde eres? —le pregunté—. Pareces argentino.

—¿Argentino? ¡Ja, ja, ja! Soy de aquí.

—Pues tienes alma de argentino. En serio.

El drogado empezó a mirarme como si yo fuera el drogado. Aunque lo que digo es absolutamente factible. No porque venda drogas. He conocido a muchos argentinos y este camello tenía algo de la tranquilidad argentina flotando a su alrededor.

—¿Y tú? —me preguntó.

—Soy canario.

—Entonces fumas —me ofreció su porro—. Todos los canarios fuman.

Dije que no a su ofrecimiento, con la mano.

—Sí que fumo. Bueno, llevo 8 años sin fumar. Cada día que me levanto me apetece un montón. Antes estaba superenganchado. Me apeteció volver cuando me divorcié pero como no tengo camello.

—Pues yo soy camello —me dice— Hoy es tu día de suerte.

Saca unos sobres con hachís.

—A mí lo que me gustaba muchísimo es la maría —le explico.

—¿No quieres pillar algo de esto hasta que te la consiga?

Pienso. Me apetece un huevo fumar desde hace años. Cuando fumo, me convierto en un máquina de sexo. Pero ahora no tengo a nadie con quien follar. La chica de Francia y yo estamos distanciados. Ella quiere que sea su amante. Yo paso de ser el amante de la amante. Busco casarme, tener hijos. No estar distrayéndome con jueguecitos. No creo que nos volvamos a ver. Por otro lado, miro la cara del camello: hinchada, hecho mierda. Mi aspecto, hoy por hoy, es super saludable. Peso ideal, cabello bien peinado, cara de lo que soy: un ángel en la Tierra haciendo penitencia. Salvo una cerveza con limón cuando quedo con alguien y una tableta de chocolate con dulce de leche a la semana, en mi cuerpo sólo entran cosas sanas. No me apetece nada volver para atrás. Estropearme ni un poquito. Volver a ser un tontito. Tampoco quiero colaborar para que metan a ese chico en la cárcel. Tarde o temprano, todos los que venden droga en la calle, les pilla la poli. Lo vi demasiadas veces cuando trabajaba en la discoteca. No se salva ni uno. Y este chico, lleva escrito en la frente su futuro: “en unos meses estaré en la cárcel y, a partir de ahí, comienza mi carrera criminal hasta convertirme a los 40 años en un violador”.

—No. Pero si un día te veo por aquí y me apetece, yo me acerco.

—Si quieres, me das tu teléfono y…

—No. No. Que la ley de protección de datos lo prohibe.

Marcho con Anais a Correos. Cobro el giro postal. Me voy al Mercadona. Compro todo lo que nos hacía falta. Cuando voy a pagar, me fijo en la cajera.

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Está embarazada. Está guapísima. La miro lo permitido. Sin incomodarla. Qué ganas de abrazarla y cuidarla. Qué afortunada es con esa tripita. Como brilla. Mientras meto mi compra en la bolsa, le hablo:

—¿Te molesta que te pregunte para cuándo lo esperas?

Ella sonríe. Se le ilumina la cara de ilusión. Se nota que es un bebé superdeseado y que ella está super feliz de estar embarazada.

—Para abril.

—Muchas felicidades.

—Gracias. Parece mucho tiempo…

—…pero es ya dentro de nada.

—Sí. Y aún no tengo preparada ni su habitación.

—Pero ya tiene preparada a la madre maravillosa.

Sonríe, encantada. Dejo de hablar con ella no sea que me enamore. Pago, me voy. Si me sobrara dinero, le daría un sobre con 3.000 euros para ayudarla con lo de la habitación y gastos. Luego saldría corriendo. Cómo me encantaría tener una compañera de vida como ella. Qué afortunado el hombre que la acompaña. Es muy difícil que yo pueda tener hijos. Por una cosa que me pasa, a veces, en los testículos. En 8 años con mi ex esposa, jamás la dejé embarazada. El Rey del Cosmos me diseñó para que las mujeres pudieran disfrutar conmigo, llenarles el coño de leche, hacerlas correrse mil veces pero sin que pueda dejarlas embarazadas.

Regreso a casa, con Anais.

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Mejor algo que nada.
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Me mira con media sonrisa, sé descifrar su mensaje. Quiere follar. Justo donde estamos. En la cocina.

—¿Quieres echar un polvo? —le pregunto por si acaso: aún me cuesta creer que le guste a una chica de su edad: que yo no le parezca un viejo verde y sobón.

—Bueno. Pero prefiero digas “hacer el amor”.

He escuchado eso tantas veces: lo suelen decir las chicas que quieren enamorarme. Y que ocultan algo. La tomo en mis brazos, la beso. Me gusta besar con ganas, besar de verdad, sin quedarme nada, con la boca bien abierta, con la lengua bien adentro. Ella acepta mi lengua, mis ganas, me entrega también las suyas. Mis manos rodean su cuerpo hasta que toco el culo que me enseñó en la segunda foto que me mandó. Esa foto con la que me he masturbado tantas veces. Levanto su camisa, aparto su sujetador y meto sus tetas en mi boca, que beso una y otra vez. Le bajo el pantalón, el tanga, acuesto su tórax sobre la mesa. Voy a metérsela. Sí: tengo esa suerte.

—Espera —indica.

Me detengo. Quiere desnudarse por completo. Yo no sé qué hacer mientras ella se desnuda. De pronto, me pongo nervioso. Voy a la ventana, bajo un poco la persiana:

—Así no nos verán los vecinos —le digo.

—Me da igual que nos vean los vecinos —contesta.

De todos modos bajo un poco la persiana, ella aún se está quitando los pantalones, decido desnudarme también. Recuerdo: hace meses me hubiera sido imposible quitarme si quiera la camisa delante de ella. Mis tetas y mis 10 kilos de más me acomplejaban. Ahora, gracias a 6 meses de gimnasio, estoy normal. Estamos en Valencia. Es de día. No hace mucho frío. Estamos de puta madre desnudos.

La vuelvo a acostar sobre la mesa, de espaldas: se la meto hasta el fondo. Ella la recibe con placer:

—Tienes una polla gorda —dice con agradecimiento y placer.

Bendita sea, pienso. Qué fácil es motivar a un hombre. Cuando la meto siempre tengo un momento de inseguridad en el que pienso:

—“Ahora ella está comparando mi polla con todas las que se ha metido antes”.

Que una chica me diga unas palabras bonitas, y que suenen sinceras, sobre mi polla, ayuda a que la erección sea más segura y más firme. Aunque esta vez no hace falta que me motiven ni que me toquen. Ella está toda buena. La deseo mucho. Es gallega. Nunca me había tirado a una gallega. Me gusta el acento. Antes no me gustaba. Para colmo tiene 14 años menos que yo, casi 15. Recuerdo, cuando estaba sopesando divorciarme: pensaba que ya había cumplido una edad en la que me había hecho invisible para las mujeres. Que si me separaba, sólo se fijarían en mí, y con suerte, las mujeres de mi edad aproximada. Que no volvería a sentir pasión en mi vida: que eso era sólo para los afortunados adolescentes que comienzan en el amor. Tonterías. No. Es como decían en Jurassic Park: “La vida siempre se abre paso”. Una persona sana que no sea idiota y se cuide un poco, folla tanto como le apetezca. Todo el planeta quiere follar. Todo el planeta busca compañía. La pasión es para todas las edades. Cada edad tiene su belleza y su fealdad. Estamos en el Paraíso y sólo nosotros podemos convertir nuestro día a día en un Infierno. Yo lo hice y, en algunas cosas, aún lo sigo haciendo. He de estar más atento. No he de volverme a meter en relaciones que no sean auténticas y sanas.

Estoy a punto de correrme, ella no. Así que freno, la tomo de la mano, la llevo a la habitación de los invitados. La tiro sobre la cama, me acuesto sobre ella. Le gusta. La beso mientras se la meto, miro dentro de sus ojos verdes. Ella no para de tocar y arañar mi espalda, mi culo. Ahora sí que se está despertando, descontrolándose. Leo su cuerpo. Creo que quiere que le levante las piernas. Lo hago. Se las pongo vertical a la pared. Mi polla sigue dentro: casi fuera, totalmente dentro. Todo el rato. Con fuerza: transmitiendo células eléctricas: es una antena creada por las estrellas.

—¿Estás cómoda así?

—Comodísima —ríe, sincera—. Me gusta tu piel, es supersuave.

Está encantada de la vida. Lo noto. Yo también. Espero que se corra pronto porque en nada voy a ser egoísta y correrme dentro de ella. La abrazo mientras me la follo con fuerzas. Su cara comienza a transmutarse. A suavizarse. Cada vez, se hace más bella. Es por el orgasmo. Le está llegando. Inundando. Poseyendo. Pienso que qué suerte tengo. Poder ver eso de tan cerca. Ser parte de ello. Realmente es un gran honor. Se corre. Grita de placer. Gime. Me agarra. No se controla. Está en otro mundo. Verla así hace que me corra, también. Llego a su mundo. Bendita seas entre todas las mujeres.

Ha estado muy, muy bien. Nos besamos y mimamos, agradecidos.

Al rato, ella se va a la ducha. Me siento de puta madre. Hace dos semanas me dejó mi novia. Por culpa de sus padres (yo no les gustaba por pobre y por lo que escribo). Pero mi ex y yo estábamos en el cielo juntos. Todo funcionaba. Me dejó el corazón roto. Pero he cuidado de él. Vaya si he cuidado de él. Ahora mismo mi corazón está en la gloria y haciéndome la ola. Justo en ese momento, suena el teléfono: es mi ex: el universo se le ha chivado: ¿le ha llegado la energía que antes destinaba a ella?

—¿Sí?

—He leído por tu blog y por el Facebook que estás con otra. ¿Está contigo ahora? No quiero que me oiga llorar.

—No —contesto apenado—. No está aquí

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Hablamos. Me dice que me ama pero que tengo que cambiar si quiero volver con ella. Que no está bien que cuente mis cosas, mis pensamientos, que me abra tanto por el blog. Yo le digo que no hay nada malo en lo que hago. Me gusta escribir lo que pienso y vivo. Soy una persona transparente. Buena. No tengo nada que ocultar. Me gusta contar mis momentos patéticos y mis momentos inmensos. No me creo tan especial para pensar que soy la única persona del mundo que siente y vive estas cosas. Sé que escribir mis pensamientos ha ayudado a muchísima gente a sanar y a mejorar sus vidas. Y me ayuda leer lo que la gente piensa de mí. Así no vivo como un hipócrita y en una burbuja de horror. Como ella y su familia. Me dice que porqué no voy a un terapeuta. Le digo que no me hace falta. Que estoy de puta madre. Quizás por esto de escribir. Hasta conseguí superar mis ataques de ansiedad y disfuncionalidad erectil yo solo, sin ir a un terapeuta. Mi cabeza está mejor que nunca. Funciona como una locomotora. Es ella la que está llorando, encerrada en su casa, con las persianas bajadas, anulada por su padre y madrasta, que la maltratan y anulan. Que la infantilizan. Ella se deja. Es su elección:

—Pero no me pidas vuelva a esa mierda —señalo.

Yo estoy bien. Que vayan al terapeuta su padre y su madrastra y que me dejen a mí seguir riendo, bailando, escribiendo, follando, pensando, sin la mochila de la vergüenza que quieren que cargue. Pienso en la chica francesa. Me la follé gracias a su padre y madrastra. Si ellos no se hubieran metido por medio, me hubiera casado con mi ex. Soy una persona fiel, jamás hubiera tenido ojos para otra. Eramos felices juntos. Todos los problemas venían de casa de sus padres. Pero gracias a las males artes de su padre, ese cobarde repipi que hablaba de mí sin atreverse a conocerme en persona, acabo de tener un polvo de puta madre con una tía de putísima madre. Gracias, papá. Lo siento, pero no puedo estar con una persona que trata de apagar el fuego de mi escritura. Estaré con una persona que meta gasolina en el fuego de mi escritura: buscando provocar el más bello incendio. Mi ex me pide que no bese a la chica que viene de Francia, que no me la folle, que no la abrace. Me doy cuenta de que mi ex es antivida. Me desenamoro de ella. Que le vaya bien a esa pobrecita. Ojalá que un día su padre se la folle y sean felices. Estoy seguro que su madrastra se masturba pensando en mí o cuando él se la mete.

Yo soy vida.

Vida sana.

Cuelgo.

Me llega un email. Es del trabajo en el que iba a empezar en febrero, el megaproyecto. Se lo han dado a otro. Acabo de perder un sueldo de 4.000 euros al mes. Me quedo perplejo. Miro mi cuenta bancaria. Me quedan 40 euros. No sé cómo vamos a comer Anais y yo. Cómo vamos a salir de esta. Leo, otra vez, el puto email.

Antes, por la noticia, me hubiera hundido. Pero ahora… no me entristezco. Tantas veces que he tocado la gloria con la punta de los dedos, tantas veces que me he caído y conseguido salir adelante. Y sin ir a un terapeuta. Tantas veces que me he preocupado muchísimo y al final no pasa absolutamente nada malo. Sólo tengo que aguantar y aguantar. Un día llegas a la conclusión final: “no voy a volver a sufrir en la vida, ni tampoco ser un gilipollas, estoy cansado de preocuparme y ser infeliz: voy a aprovechar las maravillas de la vida”.

Saldré adelante.

La chica que viene de Francia sale de la ducha. Desnuda. Le digo:

—Me he quedado sin dinero.

—Pues te invito a cenar.

Es una gran mujer. Me hubiera gustado conocerla más. Pero mañana vuelve a Francia con su novio. Ha venido para empezar a desengancharse de él. Un casado con hijo que siempre dice que va a dejar a su mujer pero no lo hará nunca por las deudas que contraería. Así que busca a una tonta para metérsela, entretenerse y la ha encontrado. Un clásico.

Las mujeres sólo me buscan para follar o que las ayude. Me da igual. Pillaré las sobras, agradecido, las ayudaré con todas mis fuerzas, con una sonrisa. Seré un caballero y las amaré con todo mi corazón. Voy a permitirles todo menos que no me dejen escribir. Y, cuando me digan que es hora de irse, les diré adiós con la manita.

Mejor algo que nada.

Ella también escribió el encuentro.

Ella también escribió el encuentro.

Soy un ser humano de segunda
Salón de la casa de Ramón.

Salón de la casa de Ramón.

La chica de Francia se ha gastado una pasta en un billete para conocerme el finde. Así que lo mínimo que puedo hacer es hospedarla. Me gustaría pillarle un airbnb de puta madre. Tratarla como se merece por pegarse tantas horas de viaje para conocerme. Sin embargo, este mes, estoy terriblemente mal de dinero. Sólo me quedan 60 euros hasta el día 31.

—Pero no importa —le digo a la chica de Francia—. A partir de febrero comienzo a cobrar 4.000 al mes. Me han contratado para un mega proyecto.

—Si quieres, pago yo un hotel si no te apetece que me quede en tu ático de Requena.

—No es eso. Es que, ya que sólo vas a estar poco más de 24 horas, es mucho mejor quedarse en Valencia cuidad. En Requena no hay mucho que ver. Salvo 3 fuentes y una catedral semiderruida. Espera… me acabo de acordar de una cosa. Además que por aquí hace mucho frío.

Recuerdo. Cuando la editorial Edisena me contrató para maquetar el libro de Ramón y hacerle un par de vídeos promocionales, Ramón, tras la entrevista, muy generosamente, me ofreció las llaves de su casa:

—Me marcho a Chile por un tiempo —me explicó— a escribir una novela. La casa va a quedarse vacía. Si alguna vez te apetece quedarte en ella, pídeme las llaves y te las hago llegar con mucho gusto.

Le di las gracias, aunque no hice demasiado caso a su ofrecimiento. Jamás pensé ser tan “cara”, aprovecharme de su bondad. Yo estaba allí trabajando, me estaban pagando muy bien. No obstante… ahora… todo cuadraba ¿Por qué decirle “no” a la vida cuando te ofrece en bandeja justo la solución que necesitas? Escribí un wassap a Ramón, a los pocos minutos tenía la contestación:

—Claro. Os podéis quedar allí. Mañana tienes las llaves, Rafa. Disfrútala. Luego te mando un wassap con las instrucciones de la casa.

El “finde” ya pasó. Mañana os contaré qué tal fue con la chica de Francia. Ahora, quiero contaros lo que sentí en la casa de Ramón.

Ramón, está soltero, como yo. Ha estado casado, como yo. Es escritor, como yo. Vive en su casa solo, como yo. Por eso, estar en su casa fue un poco como viajar en el tiempo hacia el futuro.

—Si sigues solo, esta podrías ser tu casa, tu vida, Rafa —me dije—. Cuando tengas 64 años como Ramón.

Paseé por la casa, sintiendo. Tiene muy buena energía, mucho más que mi ático, que está triste, solitario, frío. Sólo mi perra Anais lo llena de alegría. Me fijé que Ramón tenía dos “rascadores” en su dormitorio.

—Claro. No tiene nadie que le rasque la espalda, como yo.

Me rasqué la espalda un poco con su rascador de madera, con forma de mano, hasta que comprendí que tengo que comprarme un rascador urgentemente, en cuanto cobre mi primer sueldo. No sé cómo he podido sobrevivir todo este tiempo sin un rascador de madera. Es incomprensible.

De pronto, me di cuenta que no tener esposa, pareja no es tan malo. Lo malo, es no tener nadie que te quiera y aprecie. Estoy seguro que Ramón, por lo bueno que es, tiene las dos cosas. Así puede vivir sano. Por mi lado, sé que tengo miles de personas que me aprecian muchísimo. Mis lectores. Quererme, quererme de verdad, estoy seguro que no tengo a nadie. Intenté con todas mis fuerzas y con todas mis acciones que mi ex esposa me amara de verdad. No lo conseguí. Si, con todo lo que le amé y di, todo lo que la cuidé, todo lo que me sacrifiqué por ella durante 8 años, no conseguí que me amara de verdad, no lo voy a conseguir jamás con nadie.

No estoy diciendo que ella sea una ingrata. Lo que digo es que quizás, por la energía que desprendo o por cómo soy de asqueroso sin darme cuenta, o por la estructura de mis células, no merezco que nadie me ame.

Siempre seré un humano de segunda.

Sin embargo, paseando por casa de Ramón, mientras este finde charlaba profundamente con la chica de Francia, me contaba lo mal que le va con su novio, mientras reíamos, bebíamos, nos abríamos el corazón con un cuchillo para ver qué encontrábamos y follábamos, pensé:

—Ser un humano de segunda, tampoco es tan triste. Puedo ir sobreviviendo con fines de semana como este.

La chica de Francia y yo, ayer en Valencia.

La chica de Francia y yo, ayer en Valencia.

Para terminar, un corta y pega. Las instrucciones escritas por Ramón para los amigos y familiares a los que les apetezca quedarse en su casa. Me gustó el texto, es muy bello y entrañable. Pedí permiso a Ramón para subirlo a este blog. Me lo dio aunque él no entiende porqué me gusta tanto su texto:


N O R M A S E I N S T R U C C I O N E S PARA EL USO DE LA VIVIENDA

“Gracias por venir a la casa, cuidarla en mi ausencia y llenarla de buenas vibraciones.

Para evitar problemas y gastos innecesarios he dejado cortados todos los suministros: Agua, luz y gas.

Los interruptores de la luz están justo detrás de la puerta de entrada. Sólo tenéis que subirlos. No se os ocurra pasar frío o calor. Encended lo que necesitéis para calentaros o refrescaros. El frigorífico también se queda apagado pero, por supuesto, lo podéis enchufar mientras estéis en la casa.

La llave del paso del agua está justo debajo del poyo de la cocina, en la primera puerta. Allí también está la general del gas. Las del agua son dos: una de entrada y otra de salida, una a cada lado del contador. Abrir las dos (y cerrar las dos al marchar). Del gas, tanto el calentador como la cocina tienen su propia llave. La del calentador está a la vista, justo debajo de él; la de la cocina está debajo del poyo, justo enfrente al entrar: se ve enseguida.

El calentador se enciende sólo con la presión del agua. No necesita fuego ni apretar ningún botón. No hay mucha presión y a veces le cuesta un poco, pero va bien: Está recién arreglado.

La ropa de las dos camas pequeñas está en el armario que hay allí mismo: en la tabla de arriba para la cama que es un poco más ancha, y en la segunda tabla para la más estrecha. Las toallas están todas en el armario de mi habitación, en la primera puerta. Se ven. Pero la ropa de la cama grande está en el baúl de la habitación. Hay también mantas y edredones a la vista (en el armario de una y en el baúl de la otra). Pero también en el armario gigante de la habitación trastero. En la parte alta de en medio, hay mantas y edredones. Que nadie pase frío.

Los utensilios de cocina se encuentran enseguida… No os de corte abrir armarios o cajones. Los paños de cocina, manteles, delantales, etc. están en el baúl del comedor, debajo de la ventana. Debajo de esa ventana hay una mesa plegada, que se puede levantar para leer con la luz de la tarde.

Hay secador de pelo debajo del lavabo, plancha en el armario central del trastero, pinzas colgadas en una bolsa de tela… Encontraréis todo lo que necesitéis para tener una estancia cómda.

Para encender el ordenador hay que encender primero el interruptor de la regleta que está detrás. Podéis abrir sesión como “invitado”

Todo lo que hay en la casa que se pueda comer o beber está a vuestra disposición. Y no es necesario reponerlo. Cogedlo con confianza. En el taquillón de la entrada, en el cajoncito de la derecha, también hay dos tarjetas de transporte urbano. Una que lleva dibujado un tren la utilizo para cargar los viajes de metro y la otra para los del autobús. No sé cuantos viajes tienen, pero los podéis gastar o utilizarlas para cargar los que necesitéis sin tener que comprar una tarjeta donde hacerlo.

Cuando vengáis hacedme el favor de subir el correo que podáis encontrar en el buzón, regar un poco las plantas de los balcones (pero no mucho, pues todas son de poco agua), dejarlo todo como está, para que lo encuentren en las mismas condiciones otros familiares o amigos que puedan venir después de vosotros y, si es posible, no fuméis en la casa.

Llamadme siempre antes de venir. No porque yo quiera controlaros, sino para que no os vayáis a encontrar la casa ocupada por alguien que haya llegado antes.

Y ante cualquier duda o problema que surja, me llamáis por WhatsApp (nunca por teléfono que nos saldría muy caro tanto a mí como al que llame).

Espero que estéis cómodos en la casa y que disfrutéis de ella y de Valencia”.

MUCHÍSIMAS GRACIAS, RAMÓN

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Quizás ya es hora de dejar pensar tanto.
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Anoche, tras publicar el post, estuve hablando, vía chat y teléfono, con la chica de Francia hasta que se nos cerraron los ojos. Cuando nos dijimos adiós por quinta vez, me dijo:

—Oye. Que también puedes venir a verme a París. Libro el finde.

—Eso me gustaría mucho. Pero hasta febrero, que empiezo a trabajar en un proyecto impresionante, voy a ir muy justo de pasta (actualmente sólo tengo 260 euros en la cuenta).

—Te he mandado mi planning del mes al WhatsApp.

Lo miro. Ella trabaja de enfermera.

—Ven tú si quieres. Vivo solo.

—¿Hay aeropuerto en Valencia?

—Sí.

—Lo voy a pillar a lo loco. Pero me vienes a buscar y me llevas al aeropuerto aunque no te guste en persona… ¿Prometido?

—Eres una leyenda. Prometido.

—Y quiero que, en el aeropuerto, me recibas con un papelito en el que ponga mi nombre.

—¡Ja, ja, ja! ¡Ok!

20 minutos después, la chica me manda una captura de pantalla en la que salen los billetes que acaba de comprar. Se ha gastado 280 euros por pasar un día juntos. Flipo de ilusión. Nadie puede decir que no se ha marcado un gesto precioso. Me vienen a la cabeza un montón de frases hechas. Ya sabéis, la gente juzga y juzga todo lo que nos pasa. Tenemos una contestación hecha por la sociedad casposa y castrante, que va directa a nuestra cabeza, para todo lo que nos ocurra en la vida. Para que no tengamos que pensar por nosotros mismos:

1.-Tomar decisiones apresuradas es malo. Lo mejor es quedarse en casa una semana o un mes pensando antes de actuar. Reflexionar, reflexionar y reflexionar. Como decía Rajoy: “no hacer nada también es hacer algo”. Rajoy, el presidente español que menos tiempo ha pasado en el cargo.

2.-Si una persona toma decisiones apresuradas: está mal de la cabeza o es una persona desesperada. No hay que hacer caso al corazón. Hay que crear asambleas de familiares y de amigas antes de dar un solo paso hacia delante. Y luego, reflexionar, reflexionar, reflexionar.

No pienso igual. Creo que, quien dice eso, es gente cobarde, que tiene miedo a vivir. No quiero gente cobarde en mi vida. La de veces que he fantaseado con que una chica, tras conocerme, se entregue a mí al 100% desde el principio. Que todo sea fácil y natural, como está siendo con esta mujer. He conocido chicas, por el Tinder, que viven en Valencia y me descartan cuando les cuento por chat que vivo a una hora de ellas, en un pueblo:

—Es demasiado lejos —me dicen.

No importa. Siempre pienso que si una hora de distancia es una barrera demasiado grande para ellas, no son las chicas que quiero como compañeras de vida. La vida, ya por sí sola, se encargará de presentarnos grandes problemas que superar. Y, nosotros, buscaremos grandes metas a las que llegar para realizarnos como seres humanos, para no quedarnos en subhumanos. Si tiras la toalla por una hora de distancia, me imagino cómo te cagarás ante cualquier reto que se nos presente en la vida. Me imagino qué vida anodina voy a tener contigo. Y esta chica viene desde Francia. No me asusta que sea impulsiva ni que tenga 14 años menos que yo. Sé que no es una desesperada sexual porque allí, en Francia, tiene un amante (que tiene mujer e hijos). Seguro que viene bien follada. Esta mujer me quiere conocer. Pues es un gran honor y yo también me voy a entregar a ella al 100% a ver qué pasa. Y si, cuando nos vemos, no nos gustamos nada, estoy seguro que pasaremos un día maravilloso paseando y charlando, profundamente, por Valencia.

—¿Por qué has comprado el billete? —le pregunto.

—Me prometí que, en este 2019, iba a hacer las cosas que me apetecían. Sin pensar. Además, el amante que tengo está casado. Yo estoy super enamorada de él. Y… ¿sabes? En todo el tiempo que hemos estado hablando, tú y yo, no he pensando ni un segundo en él o en lo mal que le va a sentar que no esté a su disposición este fin de semana. Creo que es una gran señal.

Francia. Francia me lleva llamando desde hace 6 meses. Primero, vendí el proyecto de “Doctor Mente” a una productora francesa (proyecto que, por cierto, está parado por mi culpa, por no terminar la novela) cuando nadie lo quiso en España. A partir de entonces, por el azar, empiezo a pasar cada vez más tiempo cerca de los Pirineos y a conocer a mucha gente nueva que me invita a Francia. Ahora, si esta chica y yo nos fuéramos a vivir juntos (es muy pronto, pero pongamos que es una de las posibilidades que hay en el bombo) me iría a vivir a Francia… ¿Me está llamando Francia o son imaginaciones mías?

Tomo dos frenadoles. Me voy a la cama. No abro los ojos hasta las 16:00 de hoy. Me siento bien.

Tras 4 días con fiebre y tiritando, me peso. He perdido 4 kilos. De puta madre. Hoy es el último día que me permito estar enfermo. Hace sol. Saco todas las bolsitas de mierda de Anais que fui apilando en una de las terrazas. Pego un manguerazo al suelo de la terraza. Me tiemblan las piernas. Estoy flojo. Mi estado físico es lamentable. Huelo muy mal. Saco a Anais de casa. Compro una barra de pan. La panadera, que me atiende, pensará que soy un mendigo.

—No, no, señora —me entran ganas de decirle— Soy un gran escritor. Tengo ese don. Pero no estoy dando la cara.

—Quizás ya es hora, Rafa —sueño que me dice la panadera.

Regreso a mi ático. Lo limpio de arriba abajo. Meto la ropa que llevo puesta en la lavadora, con doble de jabón. Me doy un baño de espuma y agua muy caliente. Me siento a escribir “Doctor Mente”, mañana regreso al gimnasio. Tengo que sacar los antibióticos de mí. Ponerme fuerte. Necesito ofrecer grandes erecciones al posible amor de mi vida. Voy a creer en ella. Voy a creer en lo que la vida me ofrece.

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No me ha ido bien tratando de ser el bueno de la película.
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Quiero volver a enamorarme. Quiero volver a casarme. Las fantasías de estar soltero molaban en mi cabeza, pero no en la realidad. He estado pensando: los “Diarios secretos de sexo y libertad” los escribí mientras vivía con una novia en Fuerteventura. Los otros ocho libros los escribí estando casado. Cuando estoy solo, no escribo novelas. Sólo este blog. Creo que lo escribo para conseguir novia, para llamar la atención.

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Me escribe un amigo por el Messenger.

—¡Ey guaperas, que tal te va! Acabo de leer tu blog. ¿De verdad que rompisteis por culpa de los padres de tu chica!?

—Sí.

—Hay que joderse… en pleno siglo XXI. De hecho, mi suegra no me acepta porque mi chica se dejó “20 polvos” en su casa y la suegra lo leyó. Dice que tengo amigos depravados.

—Joer, lo siento… Aunque por otro lado mejor: así no tienes que ir a su casa a almorzar los domingos por compromiso.

—¡Ja, ja, ja! Al final voy, pero no me acepta y se nota. Mi novia pasa del tema, es muy abierta

—Mi ex era muy hija de papá, eso me parecía bonito. La conocí porque me escribió para felicitarme por los “Diarios secretos de sexo y libertad”, incluso está escribiendo un libro por el estilo. El asunto cambió cuando su madrastra (que cada tarde se engancha a “Sálvame” con la excusa de que lo hace para estudiar el comportamiento humano) entró en mi blog, ojeó mis libros y comenzó a lavarle la cabeza al padre de ella, que es un completo repipi calzonazos que nunca se atrevió a reunirse conmigo cara a cara para conocerme. Empezaron a torturarla cuando menos se lo esperaba. Un día no le decían nada; otro la humillaban diciendo que qué educación le habían dado, que si no le daba vergüenza estar con alguien que escribía esos libros. A menudo, venía de casa de sus padres llorando. Todos los problemas que teníamos provenían de casa de sus padres. Nosotros éramos felices y teníamos un montón de planes preciosos. A los dos meses, una noche, mi ex empezó a hablarme con palabras que no eran suyas. Fue como si le hubieran lavado la cabeza. Me horroricé, me asusté bastante. Si llevaba dos meses contándome una cosa, de pronto, esa noche, era otra que jamás me había dicho. Fue como si tu novia se hubiera convertido de pronto en terraplanista. Supongo que ella no pudo más con la situación y eligió quedarse con su familia. Bueno: así es la vida. Que te dejen siempre tiene algo bonito: la vida te vuelve a meter en el reparto de una película superloca en la que nunca sabes qué va a pasar.

—Mi chica se enfrenta y se cabrea con su madre. Menudo carácter tiene, jaja

—Tu novia tiene personalidad. Al principio estaba supercabreado con los padres de mi ex por habernos estropeado una historia que hubiera terminado genial. Ya, no. Comprendí que ella hizo su elección y que cada uno tiene sus límites. Yo tampoco soy la persona más abierta del mundo para poder juzgar. También soy ridículo cuando me creo más que alguien o escribo un texto en plan bestia o me río de los subhumanos. Soy exactamente como ellos pero de un mundo opuesto. Así que supongo me merezco todo lo que me ha pasado.

Al rato, el karma decide compensar. Por el Messenger me escribe una chica guapísima. Me manda una foto muy sexy.

Le pregunto que si puede enseñarme las tetas, me dice que sí. Me manda otra foto. Luego le pido una de su culo. me la manda. Me masturbo. Cuando termino, hablamos por teléfono. Es simpática. Podría funcionar. Vive en Francia, por trabajo. Nos caemos bien. Me cuenta que viene a Madrid el 20 de febrero:

Es ella. Me dio permiso para subir la foto. Nunca subo la foto de nadie sin permiso.

Es ella. Me dio permiso para subir la foto. Nunca subo la foto de nadie sin permiso.

—¿Nos podemos ver allí? —le pregunto.

—Sí. Si quieres podemos quedarnos juntos los 3 días que voy a ir. Pero te aviso que es a una fiesta y que habrá alcohol y drogas.

—¿Tres días de fiesta?

—Sí.

—¿Qué drogas?

—Imagino que habrá un pollo por ahí.

Me da vergüenza decirle que no sé a qué se refiere con lo de un pollo. Yo he criado pollos en Asturias pero me juego la cabeza a que no se refiere a eso. Lo miro en Google. Pollo = coca. No soy de drogas. Llevo ocho años sin fumar un porro. Sólo bebo alcohol cuando no tengo otro remedio. Pienso que allí voy a ser como el personaje de Houllebecq en el libro “Lanzarote”. Pero no sé. No sé. Soy un actor de reparto, otra vez, en una superproducción muy loca. Quizás me tenga que dejar llevar por la vida como me dijeron en aquella cabaña mágica. Quizás tenga que hacer lo que me diga el director de la película: dejarme llevar por las exigencias del guión, en lugar de estar frenándome a todo. Quizás tenga que dejar de pensar tanto y divertirme más. No me ha ido del todo bien pensando, tratando de ser el bueno de la película. Portándome como un caballero con las mujeres.

El personaje que clavo es el del tonto.

Estoy un poco cansado.

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