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La historia jamás contada de los "Diarios secretos de sexo y libertad"

Como estaréis notando, tras dos años trabajando en el mundo del cine y de la publicidad, estoy relanzando mi mítica editorial que es lo que me llena de felicidad en la vida. Así que se me ha ocurrido hacer una serie de videos presentando una a una, mis polémicas novelas ¿Me dejáis empezar por la primera? Aquí va... ¡la historia jamás contada de los “Diarios secretos de sexo y libertad”!

Acabo de encontrarme estas fotos
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Hoy encontré unas fotos que me sacaron una sonrisa. Me las saqué cuando trabajaba de recepcionista de noche en unos apartamentos turísticos, en la isla de Fuerteventura. Ese empleo de recepcionista fue el espaldarazo definitivo para convertirme en escritor. Me regaló tiempo y dinero para dedicarme a escribir, concentrado. Hasta entonces, llevaba casi cinco años trabajando de camarero pero, gracias a que sabía algo de inglés y que nadie quería trabajar de recepcionista en aquel lugar (era un lugar aislado y peligroso) me lo dieron a mí. Yo no tenía miedo a nada porque me había pasado 3 años trabajando en una discoteca-antro y estaba acostumbrado a tener que pelearme o a que me destrozaran la cara.

¡No tenía que hacer absolutamente nada en toda la noche! Salvo contar la caja, proteger el dinero que se había hecho durante el día, hacerle el cheking a algún turista que llegara tarde y atender las llamadas de socorro pues, a veces, había robos en aquellos apartamentos. Primero tenía que llamar a la policía y luego ir yo hasta el apartamento donde habían robado, para tranquilizar a los turistas, haciéndoles compañía.

El director de los apartamentos me dió una pistola que daba el pego por si la necesitaba. Una pistola que no disparaba, por supuesto.

En el año que estuve trabajando allí nunca tuve ni un problema que no pudiera solucionar con mis propias manos. Una vez me tuve que pelear con un marroquí que estaba forzando el supermercado de los apartamentos y otra vez tuve que pelarme con un inglés de 50 años, borracho, que nunca entendí bien ni qué quería o qué le pasaba pero se había puesto en modo destrucción contra una puerta de cristal.

Pero salvo extrañas excepciones, me pasaba las noches solo, 8 horas encerrado en la recepción, en silencio. Allí escribí más de 500 páginas de los “Diarios secretos de sexo y libertad”. Y también jugaba... eso es algo que he perdido con los años. Antes me encantaba jugar, haciendo el tonto, sin vergüenza, escribiendo cosas como estas:

"Trabajo en una recepción, de noche: solo... y las noches de luna llena me entretengo sacándome fotos raras:

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A estas fotos las llamo "Fantasías con papel higiénico":

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Y ayer me corté el pelo:

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Y me saqué fotos jugando a policías y ladrones.

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Porque siempre he querido hacer una película de acción.

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Ser Arnold Schwarzenegger en "Comando".

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Rodar esa escena donde, en el último momento, te tiras al suelo para agarrar la pistola y así matar al malvado (que está apunto de acabar con mi vida).

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Salir en el cartel de la película con esta pose.

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Bang! Bang! ... menudo cabrón... acabar con todos mis problemas, tomar el maletín con el dinero y besar a la chica.

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Nota.- Trabajando en esa recepción gané el premio al Mejor Blog en Castellano 2005. Me dieron 3.000 euros que doné a una asociación que cuida de niñas violadas, en Colombia. La gente no entendía porqué lo hice. Quizás, si hubieran visto estas fotos, lo hubíeran entendido. Tenía trabajo, dinero, tiempo, éxito. Sentí que ese dinero me sobraba en mi vida, así que lo doné.

Mi primera vez en una playa nudista
Este relato lo escribí el 09/07/2013 en mi anterior blog y alcanzó las 500.000 lecturas.  Lo subo a este nuevo blog por petición de un lector.

Este relato lo escribí el 09/07/2013 en mi anterior blog y alcanzó las 500.000 lecturas.  Lo subo a este nuevo blog por petición de un lector.

Nunca he sido de ir a playas nudistas. No las entiendo. Tanta gente desnuda, junta, sin estar follando. Es como ir a la playa y que no te dejen meterte en el mar. Ilógico. En una playa nudista todos deberían follar con todos: o por lo menos permitir que la gente se masturbe mirándose los unos a los otros.

Recuerdo que, cuando era un adolescente, empecé a tener erecciones a los 15-16 años. Por lógica imagino que tuve que tener erecciones antes. Aunque no las recuerdo: estoy seguro que no las tuve antes. Recibía una religión ultra católica y vivía con mis abuelos en un ambiente anti sexual. Sólo recuerdo que en mi adolescencia, de pronto, comencé a sentir que algo, imparable, me crecía dentro del pantalón y que eso me hacía sentir bien: demasiado bien. La siguiente vez que sentí aquello corrí hasta el baño, me encerré con llave, me bajé el pantalón y me la vi por primera vez en ese gran estado: mi polla se había puesto bellísima: mi polla era lo más monstruoso que había visto en mi vida… me hacía sentir lleno de ganas de amar y de poder. Por un momento pensé avisar a mis abuelos para que me curasen. Descarté la idea, enseguida. Yo quería esta enfermedad. Quería vivir con este poder y sentimiento entre mis piernas. Quería que la gente viera esto. Pero no cualquiera: sólo me apetecía enseñarles eso a mujeres guapas. Y a cuantas más mejor.

Así que me iba a un parque: hacía que meaba frente a un árbol y, cuando pasaba una chica que me gustaba, me daba la vuelta de sopetón para que me viera el pito erecto y lo celebraran. Algunas se asustaban porque pensaban que las iba a violar. No era mi intención. Sólo quería que vieran el milagro de mi pito erecto. Que celebraran conmigo eso que me estaba ocurriendo. Que alabaran mi polla. Quería que se acercaran y sintieran el placer que yo sentía. Sin embargo, me la guardaba de prisa dentro del pantalón y me iba corriendo. Porque sabía que lo que estaba haciendo estaba mal visto por la sociedad, que si alguna de esas chicas contaban a mis abuelos que les había enseñado mi polla erecta iba a pasar mucha vergüenza. Y que me iban a hacer contárselo a un cura para que Dios me perdonara.

La vida pasó, dejé de comportarme así. Como vivía en una isla con una gran zona turística, comencé a follar con turistas (como puede leerse en “Diarios secretos de sexo y libertad”). Me gustaba enseñarles el pito erecto antes de meterme en la cama con ellas. Me bajaba el calzoncillo de sopetón cuando la tenía bien larga y dura: me gustaba ver sus caras cuando me veían la polla por primera vez. Me gustaba ver que les gustaba lo que veían. No tengo un pollón, me mide 18 centímetros pero sé que es suficiente: la tengo gorda y, a mi edad, he visto a demasiadas chicas llegando al orgasmo, con la boca desencajada, gracias a mi polla. Mi polla y yo somos un gran equipo. Inseparable hasta el final de mis días (espero). Yo sin mi polla no quiero vivir.

El único momento que me avergüenzo de mi polla es cuando estoy en las duchas de un gimnasio: en reposo mi polla se me pone chiquitísima, con el agua fría más. Los hombres me la miran con pena y luego miran a mi cara: sin respeto. Nadie quiere hablar con alguien que tiene la polla tan chica. ¿Qué conocimientos puede tener un hombre con la polla chica? Ninguno. Un hombre con la polla chica sólo puede tener conocimientos informáticos. Y a nadie le apetece hablar de informática en las duchas de un gimnasio. Envidio a esos hombres que, en reposo, tienen una polla larga: que amenazan con duplicar su tamaño en los momentos de acción. Esas pollas que parecen decir: “cualquier mujer que me viera querría meterme en su boca, incluida tu madre o esposa. JÓDETE”. ¿Quién del gimnasio puede creer que mi polla tiene la capacidad de multiplicar diez veces el tamaño que presenta en reposo? ¿Cómo demostrarlo sin masturbarme delante de todos ellos? ¿Cómo seguir inscrito en ese gimnasio tras masturbarme delante de todos ellos? ¿Cómo explicarle a mi esposa que me echaron del gimnasio por masturbarme delante de un montón de culturistas para que me respetaran?

Por eso ayer, cuando mi esposa me dijo que íbamos a ir a una playa nudista, no me entusiasmó la idea:

—Tú ponte como quieras —avisé— pero yo paso de quitarme las bermudas.

—Es una falta de respeto ir a una playa nudista y no quitarse el bañador —contestó.

—La vida es una falta de respeto continua. Lo superarán.

Visitamos la bellísima playa de Somocueva:

Playa de Somocueva, en Cantabria.

Playa de Somocueva, en Cantabria.

Nada más pisar la arena vi que no era una playa nudista al 100%. Más del 80% de la gente llevaba bañador. Eso me hizo sentir aliviado. No iba a ser el único en bermudas.

Este soy yo. Pero en otra playa de Cantabria.

Este soy yo. Pero en otra playa de Cantabria.

Me encanta ir a la playa por dos motivos:

Motivo uno.- En la playa todo el mundo está feliz y relajado. Soy hipersensible, para colmo llevo el cabello larguísimo. Cada pelo de mi cabello es una terminación nerviosa de mi cerebro. Por eso percibo muchísimo el estado de ánimo de la gente. Y me afecta, lo sufro. Una vez hasta casi me puse a gritar. Mi hipersensibilidad fue una de las razones por las que dejé de vivir en la capital de Madrid. Por culpa de la crisis todo el mundo anda por las calles con los ojos rojos, rabiosos, de mal humor. Cada vez que salía a la calle o entraba en el Metro me invadía la angustia. No soporto estar al lado de gente que está mal o que es malvada o reprimida o envidiosa. Pero en la playa: todo el mundo está relajado, descansado, de buen humor. Disfrutando. Siento la paz de todos ellos y mi paz se hace aún más grande.

Motivo dos.- Me gusta ir a la playa porque hay un montón de tías en tetas. Lo que más me gusta del mundo es ver tetas. Las tetas tienen algo hipnótico. Un coño es acción: hay que meterla por ahí, y sudar con fuerza, para poder disfrutarlo. Pero las tetas son belleza: se pueden disfrutar tan sólo mirándolas: tocarlas estropea el asunto. Admirarlas platónicamente es lo mejor que se puede hacer con un par de tetas. Lo máximo que debería de hacerse a una teta es besarla con delicadeza. Un par de veces en toda la vida. Toda la belleza de una mujer se concentra en su mirada y en sus tetas. A la mirada no la tocas, pues a las tetas tampoco. Si puedes ver esas dos cosas a la vez estás viendo lo más bonito del mundo. Si puedes ver esas dos cosas de un sólo vistazo estás viendo el alma de una mujer: conociendo su DNI y ADN. En la playa puedo ver eso casi todo el rato. ¡Y gratis! Encima me da morbo: las tías no suelen enseñarle las tetas a sus conocidos. Muchos sueñan con verlas como yo las estoy viendo justo ahora. Cuando miro a una tía en tetas siento (a través de cada pelo de mi cabello) las ganas de todos los hombres que quisieron vérselas. Ver unas tetas me resulta algo sobrecogedor.

Llegamos a la playa. Mi esposa se puso en pelotas. Me dijo:

—No me decepciones. Déjate de complejos de vestuario de gimnasio. Yo sé cómo se te pone en la cama. Lo que piensen el resto de la humanidad de tu polla debe darte igual. Además en las playas nudistas nadie se fija en el sexo de nadie.

Pero mi esposa no entiende cómo se siente un macho cuando una chica mira a su polla y no siente admiración o temor. Además estábamos rodeados de chicas jóvenes. Todas esas chicas me iban a mirar la polla y a reírse. Tengo ya casi 40 años. Soy un viejo para ellas. Un viejo en pelotas. Un viejo en pelotas que no hace deporte. Ellas no saben que soy escritor, que sacrifiqué mi físico en invierno a cambio de poder parir "El comedor de coños",  una nueva novela de 410 páginas. Una novela que deja traumatizado a quien se la lee. Si les enseñaba mi polla iba a escuchar murmullos o risotadas sobre mi polla. Bah. Al carajo. No quería decepcionar a mi esposa. Ella sale desnuda en esa novela, ahora me toca a mí desnudarme cuando ella me lo pida. No sería justo lo contrario. Tomé fuerzas de cuando era un adolescente exhibicionista: me bajé las bermudas y mostré mi polla a todas las tías que me rodeaban. Los cojones que “en las playas nudistas nadie se fija en el sexo de nadie”. Todas me la miraron. Pero para mi sorpresa no con risas. Muchas me la miraron y luego buscaron mi mirada: como cuando yo miro las tetas de las tías. Me sentí deseado, sentí que la balanza se equilibraba. Me la miraban con gusto. Entendí que igual que yo puedo admirar unas tetas pequeñas (y gustarme más que unas tetas grandes) a ellas también les gusta admirar una polla en reposo y luego mirar a los ojos de quien la porta. Que todas esas chicas no eran como los machitos de mi gimnasio: que como las mujeres llevan el cabello largo supieron percibir por dichas terminaciones nerviosas que yo era un follador y que aquella polla en reposo era LA POLLA. LA SAGRADA POLLA. LA POLLA POR LA QUE TANTAS MUJERES HAN LLORADO Y GEMIDO. Y ellas eran unas afortunadas por poder verla tan de cerca. Recordé a una modelo que conocí en un bar una vez. Me dijo que quería follar conmigo:

—¿Por qué conmigo? —le pregunté sorprendido.

—Porque tienes pinta de follar de puta madre.

¿Por qué sabía eso la modelo? Porque todas las mujeres del mundo tienen más experiencias sexuales que cualquier hombre del mundo (aunque lo mantengan en secreto) y porque ella llevaba el pelo largo.

Me tendí boca arriba. Pasaron a mi lado dos chicas. Me la miraron. Una dijo algo, no la entendí: su amiga contestó algo que contenía la palabra “piruleta”. Entendí que me la llamaban así porque me la querían chupar. “Piruleta” es algo que quieres chupar. Un “plátano” te lo comes. Una “piruleta” la chupas incansable, con gusto.

—Voy a dar un paseo —le dije a mi esposa.

Recorrí la playa lado a lado. A las tías les gustan mucho las pollas. Todas me las miraban. Me fije en las otras pollas que me rodeaban: la mía no era la más grande pero sin duda era la que más triunfaba. Había otro tipo caminando por la playa y enseñando su polla: pero tenía un cuerpo que saltaba a la vista que jamás había trabajado duro, su cara era fea y de pobre. Tenía una polla en reposo larguísima: una polla que hubiera triunfado en los vestuarios masculinos de un gimnasio: pero las chicas no se la miraban con deseo: porque percibían, gracias a los largos pelos de sus cabezas, que el tipo había venido a la playa a enseñar la polla porque su polla en reposo era lo mejor de él. Lo único bueno que poseía. A todas luces era un inútil que encima follaba de pena. Un presumido sin nada de lo que presumir.

Sin duda, la mejor polla de toda la playa era la mía. Eso, lo percibía cualquier mujer con la que me encontraba.

Si hubiera habido un concursos de pollas en esa playa, la mía hubiera salido con el lacito de la victoria

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Vivir con el libro de instrucciones
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No sé si tú también estás hecho un lío. Si vives, dentro de tu cabeza, lo que yo vivo. Si cada día pasas muchas horas pensando si estás haciendo lo correcto con el tiempo que te queda de vida.

—Si piensas que quizás no estás haciendo lo correcto —me dice una voz de mi interior— es porque no estás haciendo lo correcto. Si no, no lo estarías pensando.

—Es justo a lo que me refiero —contesto a esa voz— me estás diciendo una frase hecha: una frase que he escuchado mil veces a lo largo de mi vida. En películas, en la calle, en memes románticos de internet... Es como si nos hubieran dado un libro de instrucciones para vivir esta vida y todos tuviéramos que tragárnoslo tal cual.

—Estás loco —replica.

Y la voz se calla. Porque esa voz sólo sabe hablar con frases hechas o insultándome, para que me duela o para quitarme seguridad: ya sea mientras escribo un nuevo texto o novela o en mi día a día, cuando abro la boca.

No soy una persona feliz. Parece que es la mayor vergüenza reconocerlo. A mí me da igual. No sé cuando empezó pero sonrío poco a lo largo del día. Sólo algunos vídeos de las redes sociales, algunos especiales de humor, consiguen hacerme reír. Por cierto, hoy han subido un nuevo especial de Rick Gervais a Netflix: estoy deseando que llegue la noche para verlo.

Creo que hago todas las cosas correctamente: trabajo, amo, cuido, pago mis facturas, hablo con educación, soy empático, me comporto como un caballero. Hago todas las cosas que se supone que debo hacer, según el libro de instrucciones. Pero no me dan la felicidad. Me he lanzado a la vida de adulto sin miedo: para ver cómo es, para demostrarme que soy capaz. Me he superado, he evolucionado, sin duda ahora soy mejor persona y le caigo mejor a todo el mundo.

Menos a mí.

Quizás tengo que reflexionar sobre si estoy viviendo en una frase hecha. Si me falta valor para vivir una vida adulta (lo que entendemos como vida adulta según el libro de instrucciones) o si la vida adulta, tal como nos la cuentan allí, es una trampa para hacernos infelices o que el sistema se aproveche de nosotros.

El otro día me tragué este documental, que me recomendó una lectora:

No conocía a Sergi Torres. Al principio me pareció un flipado: no soportaba su pose de gurú, eterna media sonrisa, manera de hablar y de mirar hacia el infinito... pero, en algún momento del vídeo, contó algo así como que no había que tener expectativas en la vida. Que tener expectativas nos hacía daño. Mejor no era esperar nada nunca de nada ni de nadie. Esa reflexión, tal como está presentada en el documental, me sorprendió mucho: durante meses pensé que era cierta. Incluso pensé que ese era el motivo de mi infelicidad. Tener expectativas. Dejé de ver a Sergi como un flipado y empecé a pensar que él era un iluminado.

Esta mañana, tras desayunar y dar un paseo a Anais, llegué a la conclusión de que Sergi Torres está equivocado en eso. "No esperar nada de la vida, dejar que esta te sorprenda, aceptarla” me parece otra frase hecha del libro de instrucciones que nos han dado a todos, que nos han hecho memorizar pero que no sirve si no para decepcionarse.

Creo que una de las cosas buenas que tiene la vida, es que es lógica. Si sembramos un naranjo, el naranjo siempre nos dará naranjas. Nunca peras. O tornillos, de pronto. Sería terrible para un agricultor que vive de vender naranjas que no supiera lo que va a nacer de su naranjo cada temporada.

Creo que en las relaciones humanas, debería de ser igual: si alguien da amor, comprensión, trabajo, profesionalidad, atención, debería de recibir lo mismo. Si no, esa persona está bajando la cabeza, rindiéndose, aceptando cualquier cosa: las sobras. Si acepta eso, que todo esté por debajo de sus expectativas, dar más de lo que recibe, está permitiendo que la vida le maltrate y apague su sonrisa.

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Mi primera aventura en el Tinder
Yo, leyendo el periódico.

Yo, leyendo el periódico.

El 90% de las personas creen que es mentira lo de nuestro divorcio. Supongo que es lo normal. Unos días cuento en este blog que mi casa estaba endemoniada, otras que mi gato fue resucitado por extraterrestres.

El tiempo os hará ver que, desgraciadamente, no miento en esta ocasión.

No es una historia más.

Quiero volver a casarme. No voy a volver a convertirme en Sigmundo, en un porreta y en un infiel. Me gusta la vida de casado. Me gusta estar solo con una mujer, ser fiel, volcarme en ella, que juntos nos ayudemos a convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos. Potenciarnos hasta el máximo. Conseguir vivir bien. No hay nada más precioso ni que demuestre más de lo que estás hecho y que no eres un cobarde que entregarse completamente a otra persona. Y si un día termina la relación, mirarnos a los ojos repletos de lágrimas y decirnos:

—La despedida es muy triste. Pero, joder, esta relación ha valido muchísimo la pena.

Es lo que nos está pasando ahora. Nos vaciamos el uno en el otro. Somos mejores que cuando nos conocimos. Llegamos a nuestro tope juntos. Sólo hay agradecimientos. Y abrazos.

Quiero volver a tener una relación. No en seguida y con cualquiera: no estoy desesperado. Pero sí de aquí a un año. ¿Es demasiado pronto? Tengo 44 años. A veces me da miedo mi edad. Ir a una hipotética cita y que me miren las mujeres como un viejo. No obstante, recuerdo que siempre, siempre, todos nos consideramos demasiado mayores para el momento en el que estamos viviendo, que nos faltan cosas para poder disfrutar de nuestra edad sin complejos. A los 15 años yo ya decía: “es que ya tengo 15 años, ya soy muy mayor”. La realidad es que hay un montón de mujeres de más o menos mi edad que buscarán a alguien como yo. Millones de mujeres. En teoría es imposible fracasar pues al fin y al cabo estamos en la Tierra para relacionarnos los unos con los otros.

Gracias a Dios existe Tinder. Es un gran invento. En esa red social se supone que se inscribe quien busca pareja y quiere recibir ofertas. Es un wallapop humano. Te descargas a tu nueva pareja de internet. Cuando yo era soltero, que recuerde, Tinder no existía. Es maravilloso porque te ahorra tener que ir a discotecas a buscar pareja. Yo ya no puedo ir a una discoteca a buscar pareja porque tengo la misma edad o más que el dueño de la discoteca. Creo que ese es el límite para ir a discotecas. Creo que sería ridículo ir a buscar una esposa a una discoteca. E ir preguntando a mis contactos del Facebook si están libres y quieren probar algo conmigo es demasiado patético. Incluso podría denunciarme alguien por acoso. Ya no hablo de acercarme a una mujer por la calle. Impensable.

Así que Tinder es genial. Voy a centrar la búsqueda de mi nueva esposa por allí.

Mi primera comunicación con alguien del sexo opuesto ha sido un poco extraña. De pronto, una chica de ventipocos años me hace un match.  Son las 3 de la madrugada. Me extraña mucho. En mi perfil tengo puesto que tengo 44 años de edad. ¿Le gustan los viejos? ¡Vamos a lanzarnos a la vida! ¿Una aventura? Le escribo. Esto es lo que pasó a continuación:

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Tras esta conversación la desagregué. Al rato me arrepentí. Debería de haber investigado más. Soy escritor, es mi obligación. ¿Realmente ella pretendía lo que decía? ¿O que acudiera a la cita, en un descampado, pegarme un golpe en la cabeza y robarme? ¿O era un salido haciéndose pasar por una chica joven para que le mandara fotos de mi miembro en su esplendor? ¿O un chantajista? Dios... ¡Qué duro es volver a ser soltero! ¡Mi vida corre peligro! ¿Y si me castro como a mi gato?

Nota.- Estoy recibiendo un montón de emails bonitos, muestras de apoyo. Este precioso email, por ejemplo, es obra del escritor Javier Busquets... ¡Muchas gracias!

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