En la ermita mágica de san Benito
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Invitado por un querido lector, he venido a los Pirineos a pasar el último día del año. Mi amigo conoce que este 2018 ha sido devastador para mí. Sabe que estoy luchando contra muchas cosas para volver a estar bien.

—Te voy a llevar a un lugar mágico —me anunció mi amigo esta mañana.

Me llevó en coche hasta un lejano pueblo donde sólo hay una casa, una ermita y unos perros súper relajados que te miran con el mismo interés y nerviosismo que quien mira a la nada.

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—Ve por ese camino, sube esa colina hasta llegar a la ermita —me dijo mi amigo—. En algún momento te encontrarás a don Antonio. Siempre está ahí. Da igual a la hora que vengas. Tómate todo el tiempo que te apetezca. Yo te espero aquí abajo.

Ahí empieza el camino.

Ahí empieza el camino.

Sin saber dónde me estaba metiendo hice caso a mi amigo. Subí el camino, disfrutando de un bellísimo paisaje a cero grados.

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Pasados 10 minutos, vi la ermita:

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Y a don Antonio, que dedica su vida a narrar los misterios de la ermita. Son tantos que hasta ha salido en Cuarto Milenio. En este vídeo se explica muy bien las anomalías físicas y energéticas de la construcción. Yo sólo os contaré una de las muchas que me contó don Antonio y demostró con fotografías: por mucho que nieve, la nieve no cae alrededor de la ermita.

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Entré dentro de la capilla, que tiene más de 5.000 años. Don Antonio cerró la puerta. La oscuridad me rodeó. Me dejó solo, sentado en una silla, frente el altar. Nada más cerrar la puerta, comencé a llorar. Una energía extraña me habló:

—No te juzgues tan duramente por haber decidido romper tu matrimonio. Simplemente disfruta del viaje que es la vida. Disfruta de sus cosas buenas y malas. El destino existe y tú eres como una pluma que, yo, el viento, llevo a donde quiero. Todos los humanos sois plumas. Deja de comerte tanto la cabeza. Fluye con lo que eres. Aprovecha tu potencial y cualidades. Abre los ojos, disfruta y ríe.

Feliz año, queridos lectores. 2019 será fantástico.

Feliz año, queridos lectores. 2019 será fantástico.

Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
Sólo soy un autor
Este soy yo. No soy un criminal ni un loco. Sólo soy un autor.

Este soy yo. No soy un criminal ni un loco. Sólo soy un autor.

Mucha gente, cuando pilla un libro mío por primera vez y comienza a leerlo, se les revuelve el estómago, se enfadan, me escriben un email o comentario, insultándome. Las chicas que conozco por primera vez por Tinder, cuando me preguntan a qué me dedico y les digo que soy escritor, piden (entusiasmadas) ver mis libros, entran en esta página, ojean mis libros y, enseguida, me eliminan, asustadas, para siempre.

Es normal.

Vivimos en un mundo cada vez más inculto. Aunque, por otro lado, también cada vez más espiritual, solidario, antimachista, vegano, etc. La sociedad no acepta los abusos, la parte repugnante de algunos “machos” y, casi todos mis libros, son un retrato fiel, levantan acta, de ese mundo que hoy se rechaza con firmeza. Un mundo que no he inventado yo, que también me causa horror a mí. Un mundo que también he sufrido en mis propias carnes, en mi infancia, a pesar de haber nacido hombre.

Celebro todos los movimientos feministas que nos han hecho pensar a los hombres, reparar en nuestros errores. Ojalá la violencia desaparezca, la paz reine en la Tierra y que todos los que estamos leyendo estas palabras, lo veamos.

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Pero yo no soy un violador ni un machista por escribir algunos de los libros que he escrito. Tampoco lo son los lectores y las lectoras que los leen. Soy un escritor que está dedicando su vida a crear obras inmortales (ejem, quizás me haya venido muy arriba) que reflejen el tiempo que le ha tocado vivir. Busco entretener, hacer reflexionar y reír. Las personas que me leen, son lectores que buscan pasar un buen rato, evadirse… Aquí no hay ningún monstruo salvo el inculto que trata de censurar y acabar con la libertad creativa. Por favor, no caigáis en el error de confundir a Sigmundo, conmigo. Es como creer que Henry Cavil es Superman realmente porque lo veis volar en las películas.


Los libros protagonizados por Sigmundo son protagonizados por un alter ego. Caricaturizo partes de mi vida, otras las escribo tal cual sucedieron (desgraciadamente), otras me las invento. Pero jamás he violado, robado o matado. Ilustro esos libros con fotos fakes, creadas por mí con Photoshop. Otras fotos, son reales. Cuando una mujer ha salido fotografiada en las páginas de mis libros, ha sido, siempre, siempre, porque ella me lo ha permitido: por amor al arte o porque a ella le hacía ilusión ser parte de un libro de Sigmundo, sin que nadie pudiera reconocerla. Sólo una vez contraté a una modelo suramericana, a quien pagué, generosamente, a cambio de que se sacara unas fotos no pornográficas: me refiero a unas en la que sale, desnuda, envuelta en una bandera española. Quería recrear la asquerosidad del racismo que existe en España (y que cada vez vemos más, incluso alentada por partidos políticos legales). La modelo ofreció hacerlo gratis. Yo insistí en pagarle para no sentirme tan mal por lo que a mí me daba asco pedirle (y a ella le daba igual).

Tampoco digo que sea un santo. He sido, muchas veces, un canalla. Pero como cualquier chico o chica del mundo. Sin pasarse. ¿Por qué he incluido fotos pornográficas dentro de los libros de Sigmundo? Porque deseé recrear los diarios sexuales de un tipo que está muy mal de la cabeza. Y para aumentar la sensación, cara al lector, de “esto que estoy leyendo es real”.

Sigmundo es capaz de lo mejor y de lo peor de un ser humano. Es mi personaje más celebrado y casi puedo decir que llevo viviendo de él y de sus cuatro libros (algunas veces mejor, otras veces peor) desde que el periódico “20minutos.es” me premió su primer libro: “Diarios secretos de sexo y libertad” (690 páginas) en el año 2005. No hay día que no venda un libro de la saga de Sigmundo. Por cierto, el premio que me dio 20 Minutos (3.000 euros) lo doné a una asociación que cuida de niñas violadas en Colombia. Soy el único autor, en los 13 años que lleva celebrándose el concurso que donó el premio. Y eso que, muchos de los que posteriormente ganaron el premio, eran personas ejemplares, creadores de textos bonitos, humanos, solidarios… e hipócritas.

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Una cosa son las historias que se escriben y otras, las acciones que decidimos protagonizar en la vida.

Mi primer libro “Doña Úrsula no duerme por las noches” era una novela bonita, romántica, escrita a lo Gabriel García Márquez que colgué en internet pero que nadie leía nunca. Sin embargo, empecé a escribir de forma directa, violenta, bestia, los libros que protagoniza Sigmundo. Empezaron a llegarme los lectores de cien en cien, de mil en mil, algunos premios y la mini fama de la que disfruto aún en la actualidad.

Con este escrito, no quiero disculparme por mi obra. Amo mis libros. He pasado años pensándolos, imaginándolos, componiéndolos. Presumo de que son los libros más bestias que se escriben en la actualidad. Sólo yo tengo los huevos para llevarlos a cabo. ¿Por qué? Porque además de que se me va un poco la pinza, estoy concienciado con la literatura, soy huérfano, no tengo familia ni nadie a quien avergonzar. Cuando estuve casado, mi exmujer me alentaba a escribirlos. No sólo no me arrepiento de haberlos escrito sino que, si no existieran, volvería a escribirlos palabra por palabra.

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Con este escrito, lo que pretendo es aclarar que estoy de parte de las mujeres que buscan un cambio social y de comportamiento, por parte de los hombres, super necesario: que señalan a los depredadores sexuales con movimientos como #metoo y que salen a la calle a gritar, cansadas, hartas de la falta de respeto de, quiero creer, una minoría de hombres que han sido educados por gente que nunca debió ser padre y/o madre.

Al igual que todos, también lloro y me llevo las manos al corazón, cuando una mujer es violada y asesinada en un callejón, por un cerdo-enfermo. También me llevo las manos al corazón cuando releo algunos pasajes de los libros de Sigmundo. Esas historias las he sacado de la realidad, son cosas que han hecho otros. No yo. Son un reflejo de la vida, esa es mi misión como escritor. Si yo fuera el autor de todas las acciones de Sigmundo habría estado en la cárcel o denunciado alguna vez. Sospechoso, al menos. Nunca ha sido así.

Eso por un lado.

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Por otro, también estoy de parte de los creadores valientes, que no dan su brazo a torcer ante la ignorancia e incultura de unos pocos o la censura de las editoriales que buscan publicar sólo a lo “políticamente correcto”, ni tienen miedo al “qué van a pensar de mí”. Aplaudo a los quijotes que les da igual no poder comer, un día o dos, vender libros en la calle o no tener la vejez asegurada, por el amor a sacar, de su interior, la idea genial que creen tener, plasmarla en un libro, pintura o canción. Aplaudo a los lectores y lectoras valientes que no temen enfrentarse a lecturas diferentes que les lleven a ver paisajes y mentes con las que no están nada de acuerdo. Aplaudo a la gente que, sanamente, son capaces de reírse de cualquier cosa, sin pretender dañar a nadie. Porque es literatura. El libro lo abre o cierra la persona que desea hacerlo. El libro nunca grita ni obliga a nadie que lo lea.

El día que el arte sea controlado por “esos pocos” que tratan de acabar con la libertad artística y de expresión, será uno de los días más tristes de la historia de la humanidad: el día que todos seremos esclavos.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
Os he fallado
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Queridos amigos:


No sé cómo deciros esto: este año os he fallado. No he sido capaz de terminar mi noveno libro: “Doctor Mente”. Lo siento. Es el primer año, desde el 2011, que os dejo sin nuevo libro. ¿El motivo? He estado destrozado por mi divorcio (y eso que fui yo el que decidió dar el paso). Cada día he intentado escribir para vosotros pero, por primera vez en mi vida, sufro un gran bloqueo creativo. He perdido las ganas de vivir, la motivación, las ganas de imaginar, incluso más de una vez se me pasó por la cabeza  quitarme la vida. Me dio muchísimo miedo ser víctima mortal de una depresión, así que he estado luchando contra ella, para que no me poseyera y terminara ahorcándome como Robin Williams. En estos 6 meses que llevo separado he estado dedicado al amor, a la meditación y a hacer mucho deporte. A día de hoy, en las tres cosas, he conseguido un 10. Cada día me siento más fuerte y tengo mejorías evidentes (por ejemplo, hoy por fin actualizo este blog, aceptando como estoy, compartiéndolo). Sé que volveré a estar “en la cumbre” en 2019. Pero aún no me he recuperado del todo. He hablado con una psicóloga: me ha dicho que es absolutamente normal que esté como estoy, tras el trauma del divorcio, este periodo de tristeza de mierda dura como mínimo un año. Llevo 6 meses. Aún hay noches en las que sólo veo oscuridad. Pero, por fortuna, el sol siempre vuelve a aparecer al día siguiente. No me voy a suicidar. Os lo juro. Os he contado eso del suicidio para que entendáis lo mal que he llegado a estar, no para preocuparos. Nunca me he puesto a ello. Nunca he pillado una cuerda en la tienda para ahorcarme o comprado un kilo de somníferos. ¡Tranquilos!

Es absolutamente normal que haya tocado fondo. Mi ex, era toda la familia y amistad diaria que tenía. Estábamos demasiado encerrados el uno con el otro. Mudarnos de comunidad en comunidad autónoma tan a menudo, evitaba que pudiera tener lazos con nadie más (yo me hubiera quedado en Asturias toda la vida). Sabéis que no tengo familia. Dejar a mi ex, me hizo sentir totalmente solo y desamparado. La separación fue muy traumática para mí: yo la quería muchísimo pero ella no era buena compañía para mí. Si yo no hubiera estado tan mal este año, sería un psicópata. Por mucho que, por “culpa” de mis libros algunos penséis que soy un loco, un bohemio y un fumado, soy una persona que, en la vida, sólo busca amar, crear, y tener una familia. Y no me meto nada malo.

Concentrarme tanto en mi mente, me ha hecho aprender a controlarla para mejorarla. Un ejemplo, hasta hace poco sufría ataques de ansiedad por cosas que me pasaron en la infancia (los lectores de “El Peor Amigo del Mundo”, conocen esas cosas). Pues ya no los sufro. He sanado. Me lo he arreglado yo solito. Antes, enfrentarme a ciertas situaciones, me hacía temblar como si me hubiera dejado desnudar en el Antártico. Ahora, miro de frente hacia esas situaciones y no: no pueden conmigo. Me siento como si hubiera conseguido un superpoder. Ahora que he conseguido superar eso, estoy localizando otras cosas que me limitaban y con las que me autosaboeaba, y expulsándolas de mi interior para siempre.

Ya no soy un gordo, tampoco. 96 kilos llegué a pesar. Ahora peso 78. A parte de por motivos de salud y para ligar más, adelgacé para tratar de recuperar la “disciplina”. Para escribir un libro hace falta mucha disciplina y fuerza de voluntad. Yo he escrito 8 (sin contar los que he escrito como “negro”). Traté de recuperar la disciplina por medio del deporte y quitándome los malos hábitos alimenticios. No recuperé la disciplina para escribir pero se me está poniendo un cuerpo de puta madre :D.

Tengo que encontrar el modo de terminar de arreglarme la cabeza. Recuperar mi creatividad, mi alegría, mis ganas de publicar, volver a darme un sueldo con mi trabajo. Es lo único que me falta para volver a sentirme de putísima madre y poder volver a reírme de los subhumanos :D

Os prometo que, en algún momento del 2019, volveré a ser el escritor de los libros más valientes, bestiales e imaginativos de los que se escriben en la actualidad. También volveré a ser esa persona alegre, a veces tonto, que os motiva y os hace reír y pensar. Os prometo que toda esta patética tristeza propia de un emo de la que he hecho gala este año quedará en el olvido. Estoy deseando que ocurra. Sólo os pido un poco de paciencia. Voy a salir de esta, voy a regresar siendo el mejor Rafa de mi historia. En algunos campos, no parto de un 0, sino de un 10.

Feliz navidad y disculpadme. Os prometo que os haré sentir orgullosos. Siempre, de los peores momentos de mi vida, he salido renacido y más fuerte. Los que me conocéis y leéis desde el 2005, lo sabéis.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
Agente secreto de la felicidad
Mi compra en el super, esta tarde.

Mi compra en el super, esta tarde.

Desde que paso los días y las noches solo no paro de observar a la gente. Soy como un espía. Para combatir la soledad os miro, desde una esquina. Durante mucho tiempo. Vuestras pequeñas tristezas, alegrías me hacen compañía. Me conectan con el humano que quiero volver a ser.

Supermercado. Esta tarde. Hago una pequeña compra y me dirijo a las cajas de cobro. Tres están ocupadas. Una está libre pero la cajera que la suele ocupar, está amontonando cestas que algunos clientes han dejado de cualquier modo. Decido hacer llorar de felicidad a esa cajera. La he estado observando desde hace mucho tiempo sin que ella se de cuenta. Me acerco y le pregunto:

—¿Puedo pasar por su caja? ¿La va a abrir? No es por darle prisa. Estoy dispuesto a esperar lo que haga falta —digo muy serio.

La señora, de 50 años muy largos, gordita, cabello rizado, me mira, extrañada:

—Es que me gusta que me cobre usted las cosas —le explico—. Si me las cobra otra cajera no es lo mismo.

Me mira aún más extrañada:

—¿Por qué? —pregunta.

—Me gusta mucho su cara, es muy dulce. Su mirada tiene un brillo de ilusión que me encanta. Sonríe mucho, de forma sincera.Y veo que controla, que le importa que el supermercado esté bien. Está siempre mirando a su alrededor con inteligencia, arreglando cualquier cosa enseguida. Hace su trabajo con gusto. Pasa los productos por el lector como si se los fuera a llevar usted a su casa. A todo el mundo le mete los productos en la bolsa como si le estuviera haciendo la maleta a su hijo. Si vengo a este supermercado y no me cobra usted, salgo del super con una energía peor. Me encanta que usted me cobre.

La señora se puso a llorar de felicidad.

—Pensé que nadie se daba cuenta de eso —me dijo.

La compañera de la otra caja (una chica joven, embarazada de 3 meses), con una sonrisa de felicidad, observa las lágrimas de emoción de la cajera. Escuchó lo que dije. Está feliz por ella. Sabe que las palabras que digo no son hipócritas, sino ciertas. Lo sabía. Sabía que la quería. Las he estado observando.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
Los rompecadenas contra los locos.

Me resultó y me resulta muy duro empezar otra vida cuando la vida que dejé atrás la podía soportar gracias a mi fortaleza mental, cuando la vida de tanta gente casada era igual o incluso peor que la mía.

Estos cuatro meses (salvo cuando me han estado follando) he pasado mucho tiempo solo. Me ha servido, entre otras cosas, para distanciarme de la gente, incluso de mí mismo, ver mi propia vida desde lejos, como si yo fuera otra persona. He estado paseando por las calles, solo, observandoos mientras lloraba, pensando mucho. La conclusión que os ofrezco hoy no es nada del otro mundo ni me van a dar el Nobel del “Más listo del mundo”, no obstante... este es mi blog y publico lo que me da la gana.

He visto dos tipos de personas:

1.- La gente encadenada o los locos: es la gente que está encadenada a una vida que no les gusta. Hacen y se comportan como les enseñaron sus padres, la televisión o su grupo de amigos en el pueblo. Nunca rompieron las cadenas. Nunca se atrevieron a pensar qué es lo que les gustaría ser o cómo vivir: casados o solteros, sobre un árbol o en una cueva, trabajando o ganduleando. Muchos tienen un gran poder adquisitivo, coches preciosos pero ay sus miradas. Ay, sus vidas y sus acciones... qué pena: repletas de mentiras e hipocresías. Han desarrollado un cáncer que no les va a matar, pero sí que está matando su tiempo en la Tierra, su día a día. Se irán de la Tierra sin sentir el amor, la felicidad y la realización personal. Sólo habrán visto el envoltorio de todo eso. Esta gente suele presentar un lamentable aspecto físico o son un poco psicópatas en plan mal.

2.- Los rompecadenas o ilusos. No han tenido vidas perfectas. Han sufrido abortos, les han humillado, les han pegado codazos jugando al fútbol, las han violado, se han arruinado, les han destrozado la infancia, etc. Pero no se quedaron en esos momentos o milésimas de segundos de sus vidas, revolcándose en el “por qué a mí”. Se cagaron sobre los que le hicieron mal y siguieron su camino. Descubrieron, a base de golpes, que un trauma deja de ser un trauma cuando te pasa algo peor que empequeñece y ridiculiza el trauma anterior. Esta gente sigue sonriendo a pesar de todo. Las ves o los conoces y no puedes pensar, ni por un sólo segundo, que han pasado por todo eso. Brillan. Hay veces que están más apagados, que tienen mala cara. Pero una y otra vez renace su alegría, su paz, su confianza por los demás, su ilusión porque la magia exista o por pasar una tarde en la playa con ahora sí, el chico o la chica de su vida (que no, tampoco va a ser pero ellos lo desean tanto que se equivocan una y otra vez). Algunos son ricos, otros son pobres. Unos tienen hijos, otros no. No obstante, cada vez que les encadenan a algo, lo que sea, que les hace daño, rompen las cadenas, valientes y no temen empezar, solos, en el mismo basurero de siempre: el cementerio del planeta Tierra. Toman una pala, cavan: buscando entre tanta tumba alguien o algo que sea como ellos: que les devuelva la esperanza primero, luego la alegría y, por fin, la paz y el amor que buscaban. Cavan mientras los locos les gritan que están locos, que dejen de cavar.

Nunca les va mal: sólo cuando están encadenados.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
¿Vale la pena ser escritor?
Este soy yo.

Este soy yo.

Mis “negritos”.

Mis “negritos”.

Hoy estaba cocinando un caldero entero de “negritos”. No sé si conocéis esa legumbre: habas pero pequeñitas, de color negro. Me estaba haciendo un caldero entero no porque coma tanto, sino para no tener que cocinar durante 3 días seguidos. Cocinar es genial pero me quita mucho tiempo: quiero terminar de una vez mi novena novela. No quiero que 2018 pase en la historia de mi vida como el año en que no publiqué ninguna novela por el trauma de mi divorcio. Me he esforzado muchísimo en minimizar los daños de ese dolor en mi vida. Creo que lo he hecho bien (aunque he pasado por momentos muy patéticos) pues ni he caído en una depresión ni vivo en la calle ni estoy solo en la vida ni me he llenado de odio ni resentimiento ni he engordado. Estoy supersano y, los que me ven, dicen que estoy mejor que nunca y las que me ven, se enamoran de mí en el acto :D La verdad es que quizás, por lo que sufrí en la infancia, soy un tío muy, muy fuerte psicológicamente y puedo con todo. Me falta terminar “Doctor Mente” para darme un 9 a esta prueba que me ofreció la vida.

Lo que os iba a contar, hasta que comencé a desvariar y a echarme merecidas flores, es que mi plan para los siguientes días es escribir, escribir y escribir mientras como negritos con arroz cuando tenga hambre, tomo café y suena musiquita tranquila de fondo a la vez que, fuera, hace frío y llueve. En ese momento, cuando me visualicé metido en casa, sin salir, escribiendo, pensé:

—¿Vale la pena dejar de vivir para quedarse en casa escribiendo?

Justo en ese momento, El Rey del Cosmos, por medio de una lectora y un rayo cósmico ultraviolento, me mandó este mensaje por el Messenger:

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Es una bendita lectora de algún lugar de España con Metro. Hace unos días pilló “Prostituto de Extraterrestres” y “20 Polvos - Edición Especial”, por eso le pregunto. Como respuesta me mandó una foto del libro que decidió leer primero:

La foto que me mandó la bendita lectora.

La foto que me mandó la bendita lectora.

Al ver la foto, se me saltaron las lágrimas de emoción. Esto de llorar de felicidad es algo que hago mucho, últimamente. De felicidad pura. El Rey del Cosmos sabe bien que una de las razones por las que antes me hice esa pregunta, “de si vale la pena escribir”, es porque mi anterior novela: “Prostituto de extraterrestres” no tuvo el éxito que yo creo merecía. Es cierto que fue la que más rápido se vendió... ¡en dos semanas 500 ejemplares! Lancé la segunda edición enseguida y vendí 150 ejemplares más, en un chasquido de dedos. Desde entonces, se sigue vendiendo pero a goteo: uno o dos ejemplares cada semana. Algunas semanas, uno al día… Me decepcioné. De verdad que creo que es mi mejor libro: una caricatura bestial a la España en la que vivimos. Si este libro lo hubiera escrito alguien famoso que publicara cada día en El País, estoy seguro que sería un superventas. Pero lo escribí yo, un escritor que se autopublica, underground, al que conocen muy pocas personas. Así que he de conformarme con un goteo de ventas y dar las gracias de corazón a la vida por poder comer negritos.

No obstante, el mensaje de la lectora me dio la respuesta de si vale o no ponerse a escribir:

1.-Si eres escritor de verdad no hay opción. Si tienes eso por dentro, es inevitable que te pongas a escribir. Puedes estar un tiempo sin escribir, llorando o festejando. Pero tarde o temprano lo que buscas es un lugar tranquilo, si puede ser que esté lloviendo fuera, para sentarte a escribir durante días. Da igual lo que tengas que sufrir, el precio que has de pagar o a quien tengas que matar para ponerte a escribir.

2.-El Rey del Cosmos puso en la Tierra a los escritores para entreteneros en el Metro tras salir de un curro. Para haceros olvidar, mediante la risa, la emoción o el drama, un problema cuando estáis en un hospital o en una mala época en la vida. Para poneros en la cabeza el valor necesario para empujaros a tener una vida mejor cuando no lo decidís vosotros solos: con una idea, con una historia, una frase que, de pronto, sólo vas a entender tú y que dará sentido a lo que necesitas hacer pero no te atreves.

En definitiva: tengo que pasar tres días comiendo negritos y escribiendo.

Punto.

Si no lo hago, estoy traicionándome y, El Rey del Cosmos, me enviará las 10 plagas de Egipto a mi cabeza. Por huevón. Por vago. Por traicionar el orden del Cosmos. Todos estamos en la Tierra para algo más que para masturbarnos e ir al Burguer King. O eso creo.

Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
Estoy enamorado
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Quizás es imposible estar mal en la vida. A no ser que yo me empeñe en estar mal. A no ser que me obligue, a mí mismo, a permanecer en un charco de mierda o en un limbo donde nunca pasa nada, mirando como el resto de la gente disfruta.

Como en una buena película, creo que una de las cosas que más me gustan de la vida es no saber qué va a pasar. Que la vida me atropelle con una gran sorpresa (mi divorcio, por ejemplo) y caiga al suelo: herido de muerte. Y yo, le demuestre a la vida, que puedo levantarme y, aunque sí que le tengo miedo, no pienso dejar que me paralice o me joda más tiempo del necesario.

A cada esfuerzo que he hecho, a cada paso que he dado en la dirección correcta (renacer, mejorar), parece que la vida me ha entregado un pequeño regalo. Como si fuera un juego de fases.

A la vida le gusta que trabaje, que reflexione sobre mis errores, que me cuide, que me esfuerce, que no me rinda aunque no tenga una sola posibilidad de conseguirlo ni nadie crea en mí. Ni siquiera yo mismo. La vida ama que me enfrente a los abusadores. Le encanta que me lance al amor sin paracaídas. Una y otra vez.

¿Por qué llevo tanto tiempo creyendo que soy menos de lo que soy? ¿Cuántas cosas he dejado de hacer por sentirme demasiado poco cuando realmente tengo todo al alcance de mi mano? ¿Por qué nos escondemos tras un trabajo que no nos gusta, una relación que nos hace infelices, unas excusas que realmente podríamos barrer para siempre con la mano? ¿Por que he llenado mi mente y mi tiempo de cosas que debía hacer pero no me hacían feliz?

¿Y si la vida fuera más simple? ¿Y si la vida fuera un patio de recreo y yo me empeñara en no salir nunca de clase de religión?

¡Estoy enamorado y, maldita sea, soy correspondido! Yo, que pensé que estaba muerto. Yo que pensé que era un viejo. Yo que pensé que no podría volver jamás a sentir las cosas que sienten los colegiales en las escuelas, con esos corazones nuevos, puros, que nunca antes han sido usados en el amor: como motores recién salidos del concesionario. Cuando me cruzaba con jóvenes por la calle, pensaba:

—“Quién pudiera ser joven otra vez”.

Ahora lo soy.

Otra vez.

La gente dice que si vives reprimido, triste, te da cáncer. Pues si eso me estaba pasando, estoy seguro que ahora remite y estoy sanando.

Ella me besa y pienso:

—Está fingiendo. No quiere besarme realmente.

Hacemos el amor, disfruta acogiéndome en su interior y pienso:

—¿Quién le está pagando para que haga esto? ¡Es imposible que yo pueda originar esto! ¡Soy viejo! ¡Soy feo! ¡Soy tonto!

Aún no me creo que tenga derecho a volver a disfrutar en la vida.

¿Pero cómo se iba a terminar la vida si estoy con vida?

Sólo tuve que lanzarme a la vida. Todas las cosas que pensaba jamás volvería a sentir, que eran para otros, estaban ahí fuera, esperándome. Nunca se acabaron. Yo les di la espalda. Yo me metí dentro de una habitación y me negué a salir. El único culpable de joder mi propia vida fui yo mismo. Pensaba que no había más oxígeno para mí en la Tierra cuando está por todas partes, a todas horas, listo para meterse en mi nariz a no ser que me meta debajo del agua: ahogándome.

Es lo que hacía.

¿Es demasiado pronto para volver a enamorarse?

No creo.

Lo que mi divorcio me ha enseñado es que quizás, no hay relación que dure para siempre... ¿Y qué? ¿Cuándo he dejado de ir a ver una película que me encanta porque dure sólo dos horas? ¿Cuándo he dejado de comer mi plato preferido aunque sepa que se va a terminar en cuanto lo termine? ¿Qué problema hay que las relaciones no sean para siempre? ¿Acaso mi corazón no se ha regenerado esta vez como la piel de Lobezno? ¿No vuelve a ser el corazón de un colegial enamorado por primera vez? ¿Qué problema hay si vuelvo a tener ese corazón de niño, que vuelve a amar por primera vez, a los 50, 60, 70 ó 100 años? ¿Por qué me ha de dar miedo vivir sin miedo?... Estuve casado 8 años. 6 fueron maravillosos. Dos, malos. Creo que es un buen trato. Volvería a firmarlo.

¿Y si esta vez el amor dura para siempre?

Yo no soy de esas personas que les gusta ir por ahí oliendo culos. Lo hice durante mucho tiempo, conocéis mi vida. No me gustó. A mí me va la fidelidad. Entregarme completamente a una persona. Ser compañero.

No de cualquier ser vulgar.

Tiene que ser especial.

Creo que la encontré. Es muy especial.

Ella vive lejos. Así que pasamos la noche juntos: escribiendo, viendo la tele. Nos vemos todo el rato por el Skype. Cuando colgamos por Skype, nos llamamos por teléfono. Luego mensajitos de wassaps. Luego audios. Luego llamadas telefónicas y otra vez Skype.

Cuando no estamos conectados, nos duele el pecho.

Creo que está de puta madre volver a tener 18 años.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
44 días viviendo en una oficina
Este texto lo escribí en julio de 2018. Lo publiqué en  mi patreon .

Este texto lo escribí en julio de 2018. Lo publiqué en mi patreon.

Nueve de la mañana. Me levanto de la cama, voy al baño. Llevo cuarenta y cuatro días viviendo en una oficina.

   Me siento en el váter. Echo mucho de menos a mi gato, el Doctor Amor: cuando vivía en mi exhogar y acababa de levantarme, siempre aparecía: estaba pendiente de que me despertara: se frotaba, ronroneando, contra mis piernas mientras yo meaba en el w.c. La primera meada la hago siempre sentado: así puedo cerrar los ojos, descansar un poquito más. Acariciaba al gato, de verdad que le decía en voz baja para que mi ex esposa no pensara que estaba loco:

— “Gracias por quererme”.

Entonces aparecía mi perra, Anais Nin, mimosa, exigiendo comida. Le ordenaba que viniera, la agarraba con cariño por el cuello y le soltaba, en el hocico, el beso de amor más grande que nunca se ha dado. Cada mañana conseguía superar la potencia del beso de la mañana anterior. Este asombroso logro nunca salía en los periódicos aunque fuera algo sobrehumano. Ese beso la cargaba de energía. Por eso, a sus catorce años, Anais sigue moviéndose con la energía de un cachorro.

Tras tirar de la cadena, lavarme la cara, cepillarme los dientes y mojarme el cabello para aplastar su rebelión y poder peinarlo, bajaba hasta el piso de abajo de la casa. Encerraba a cada animal en una habitación distinta (el garaje, el baño), tras llenarles sus cuencos de sus respectivos piensos.

Era el único momento del día en que me permitía ser egoísta: tener unos minutos para mí solo. Beber en silencio un café con leche con dos cucharadas de azúcar y un trozo de pan con mantequilla y laurel por encima era todo lo que pedía para convertirme en la persona amable, tranquila, fiel, responsable que pagaba su cuota de autónomo y sostenía la economía familiar desde hacía años. Sin rechistar y con una sonrisa en la cara.

   La persona que era.

   La persona que ya no soy.

   Ahora me levanto solo. Nadie me lame. Nadie me ronronea. Mis poderes de dar el beso más grande del mundo son inútiles, desperdiciados. El silencio me roe las entrañas. Aguanto. No tengo miedo ni estoy desesperado. Puedo con esto y con lo que me echen. Siempre he podido con cualquier cosa que me ha pasado. O esa cosa me ha atravesado, partido en dos pero nunca me ha matado. No soy un héroe. Sólo los hijos de papá o los flojos no pueden darle la vuelta a cualquier problema: es que nunca me rindo: cuando no he seguido avanzando por un camino es, simplemente, porque ya no había más camino. No voy a volver a una vida en la que soy infeliz. Mi matrimonio ha terminado. Tengo que ser más fuerte. Nadie me va a sacar de esta. Sólo mi trabajo. Tengo que teclear con más fuerza. Ser mejor escritor. Encontrar una idea que dé dinero. Desayuno: un poco de agua del grifo y un puñados de frutos secos. Es mi nuevo desayuno: suena peor aunque es más sano que la mantequilla y el café. Tengo que terminar mi nuevo libro si quiero poder volver a vivir con mis animales, en una casa con cocina y terraza o incluso algo de jardín. Echo mucho de menos tener nevera, poder ducharme, vivir como una persona normal. No merezco esta situación. Durante años sembré todo el amor del mundo en ese matrimonio. Invertí todo mi dinero. Pero, año tras año, la cosecha que recibía a cambio era una mierda y mi esfuerzo, ninguneado.

   Me conecto al Facebook.

   No funciona. Tampoco puedo entrar a mis páginas habituales. No puedo conectarme ni al Google. Tengo un virus: sólo me salen páginas raras, jamás las he visto antes: no me interesan. Mataría por un café. En mi antigua casa tenía una cafetera. Me costó 144 euros. Recuerdo lo feliz que estaba mi ex esposa cuando la traje a casa. A mí me gustaba la cafetera vieja que teníamos pero ella decía que estaba podrida por abajo, que había cambiarla. Cuando tiró a la basura la cafetera vieja me puse muy triste. Esa cafetera estaba con nosotros desde el principio, cuando nos conocimos... ¿Cómo podía tirarla? Nos fuimos desprendiendo de las cosas viejas y, sin darnos cuenta, del amor que nos quedaba encima.

—¿Por qué te divorciaste, Rafa?, me preguntan a menudo.

Nunca he contestado la verdad. Ni siquiera a ella. Me divorcié porque ella dejó de abrazarme por las noches, cuando yo llegaba a la cama, tras pasarme la madrugada escribiendo. Durante muchos años, cuando llegaba, ella soñolienta, inconsciente, me buscaba dormida, me abrazaba sin despertarse, ni abrir sus ojos: dormía con su cabeza sobre mi pecho.

Dejó de hacerlo.

Para mí ese abrazo lo era todo.

Por ese abrazo soportaba cualquier cosa.

Decido salir al supermercado: allí venden cafés fríos a un euro. Como hace tanto calor por las noches, duermo desnudo. Busco mi ropa. No la encuentro. Siempre dejo un pantalón corto y una camiseta limpia sobre la butaca que tengo al lado de mi cama. No lo entiendo. No está ni la camiseta ni el pantalón: ha desaparecido. Tampoco la maleta que me traje... Razono. Entraron por la noche en mi oficina... ¡Me han robado!... ¿Cómo es posible que no me haya enterado? ¡No duermo tan profundamente! Ha tenido que pasar otra cosa. Lo que sea que explique que toda mi ropa ha desaparecido.

   Recuerdo la toalla grande que hay en el baño. La uso cuando voy a la piscina del pueblo para tomar el sol. La agarro, me cubro con ella.

   Salgo de la oficina. Voy camino de mi antigua casa. Seguro que allí encuentro un pantalón, una camisa, unas chanclas. Cuando le cuente a mi exesposa que me han robado toda mi ropa se va a descojonar de mí. Creo que ahora me odia. Cuando llego a casa se esconde en una de las habitaciones, cierra la puerta para no verme. De amigos a enemigos. Traté con todas mis fuerzas que no pasara eso pero, supongo que al principio, es imposible que no suceda. Lucharé para que volvamos a ser amigos con el tiempo. Lo juro.

   Salgo a la calle, me sorprendo. No veo ni un coche. A esta hora, las nueve y media, siempre hay vecinos conduciendo con cara de soñolientos y cagándose en sus vidas: rumbo al trabajo que odian pero necesitan. No hay ni coches aparcados. Veo a un vecino. Camina desnudo por la calle. Tendrá setenta y ocho años, nunca hablo con él. El pobre viejo se habrá vuelto loco. Pobrecito. Hace tiempo que no lo veía: incluso pensé que estaba muerto. Lo ignoro. Sigo avanzando por la acera, envuelto en mi toalla de playa. Veo a otra persona desnuda. Es una mujer, de más o menos treinta años. Observa atónita, con el ceño fruncido, mi toalla. Me dice:

   –¿Qué ocultas?

   Evito mirarla, contestarla. La conozco. Es la esposa de un vecino. Creía que había dejado el pueblo: que se había mudado a Alemania, creo que me habían dicho Alemania. ¿O Dinamarca?. Tengo miedo de que alguien me vea junto a ella, desnuda, que piensen que he tratado de quitarle la ropa, buscando agredirla sexualmente. Sigo caminando. Veo a otra vecina. Es Juani. ¡También está desnuda! ¿Qué está pasando? ¿Me mudé a un pueblo donde celebran un día nudista?... ¿A las nueve de la mañana? ¿Tan temprano?... ¿Qué fiesta es esta? En cada pueblo que he vivido hay alguna costumbre de locos.

Al pasar por el bar Ramos, al mirar por la puerta de refilón, no puedo creer lo que veo. Me detengo para asegurarme que no me he vuelto loco. Miro con los ojos muy abiertos. Todos están desnudos. Con gran placer, una mujer cabalga sobre el miembro erecto de un hombre. Ella se corre, celebra con gritos la llegada de un orgasmo bestial. Otro hombre sujeta a una mujer, que se ha puesto a cuatro patas para recibirle por detrás. A fuerza de embestidas, se corre. Conozco a cada persona que está dentro del Ramos. No son pareja. Conozco a sus parejas. No están aquí. El bar Ramos, de toda la vida, es conocido por sus carnes a la brasa, nunca por sus orgías. Es un bar de categoría... ¿Qué ha pasado? ¿Qué está pasando en el pueblo?

   La gente sale del bar, de sus casas. Todos están desnudos.

   —¿Por qué llevas una toalla? ¿Qué ocultas? —preguntan enfadados— ¿Eres un terrorista?

Unas manos me agarran, otras comienzan a tirar de mi toalla. Al principio me río nervioso, digo con voz que trato de que suene amable: “dejadme, dejadme”. Trato de resistirme con todas mis fuerzas, comienzo a repartir puñetazos. ¡Por nada del mundo voy a quedarme desnudo! No obstante, es imposible que consiga contener tantas manos. Me quitan la toalla. Cuando ven mi cuerpo desnudo, no entienden:

   —No escondes nada —me hablan—. ¿Por qué te ocultabas, Rafa? ¿Para llamar la atención?

La muchedumbre se dispersa. Alguien tira mi toalla, con asco, dentro de un container de basura. Una mujer comienza a tocarme la espalda, sensualmente:

   —Me apetece sexo. Enamorarme de ti durante unos días —musita.

   —No. Déjeme —contesto.

   Corro hasta el contenedor. Lo abro. Pillo mi toalla: advierto que se ha manchado de algo pringoso y asqueroso. Miro hacia los lados. Hace rato que en el pueblo se ha terminado de poner el sol. No hay nadie vestido. Por la carretera han salido flores. No hay automóviles. Ni niños. Sólo música, casas y gente feliz: cantando, bailando...

   Veo a un amigo. Lo conocí en Madrid pero un día dejó de contestarme los emails. Pensé que le había hecho algo malo: nunca supe qué. Nunca volví a verlo. También desapareció del Facebook. Nadie supo contarme a dónde se había mudado. También está desnudo.

   —¡Mario! —le saludo— ¿Qué haces aquí? ¿Qué está pasando?

   —¡Qué bien, Rafa! ¿Ya te trajeron?

   —¿Trajeron? ¿A dónde?

   —A Tierra Alfa. 

   —¿Tierra Alfa?

   —Es como la Tierra pero sin nada de mierda.

   —No entiendo. ¿Cómo he llegado hasta aquí?

   —Te has teletransportado por haberle dado la espalda a todas las hipocresías de la Tierra, a todas las mentiras, a todos los postureos, a todos los trabajos basura o castrantes. Te has teletransportado por haber tenido las pelotas de haber roto tu matrimonio infeliz...  no conformarte como hubiera hecho cualquiera que se supusiera que estuviera en su sano juicio. Te has teletransportado por haber dado la espalda a tener hijos, a enviarlos a escuelas del Estado para que los conviertan en subhumanitos: para que así sea más fácil torturarlos con una vida de mierda, de adultos. Te has teletransportado por haber apagado TeleCinco, por no haber votado nunca al Partido Popular, por haber roto todos tus malos hábitos de salud, regresar a tu peso ideal y huir de la maldad, los gritos, los abusos, la violencia y romper para siempre con tu familia enfermiza de Canarias. ¡Ni alcohol, ni pastillas ni tabaco ni azucares añadidos ni conversaciones vacías! ¡En el otro planeta te consideran un asocial, un tipo raro, un fracasado! Te has teletransportado por no haber traicionado nunca a un amigo ni a nadie al que le hubieras entregado tu corazón porque, a pesar de todas las veces que te lo han roto o escupido en tu cara, no renuncias al amor y lo buscas con insistencia, gritando por las calles: “¡¿Quién quiere amarme para siempre?!” como un demente, sin vergüenza. Pero sobretodo te has teletransportado por no haber dejado nunca de escribir. Ni siquiera cuando no tuviste dinero o ahora, que prefieres vivir en un despacho, sin nevera ni comodidades, que vivir en la hipocresía del matrimonio finalizado. Has huido aunque no tienes ningún lugar al que huir. Ningún amigo, nada de familia.

   —Todo lo probé —contesto—. Me lancé de cabeza, Mario, lo sabes. Nunca me fui de un sitio sin entrar a conocerlo hasta el fondo. Pero salvo bañarme en la playa, la escritura y el amor, todo lo demás que hacen los humanos en la Tierra me pareció una absoluta  mierda.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
Esa mirada...
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8 de la noche. Entro en el gimnasio. Está a tope. No he podido venir hasta esta hora porque estoy trabajando mucho. Tras pesarme (ya estoy en mi peso ideal, ahora falta que mi cuerpo se ponga fuerte) me siento directamente en una de las máquinas para ejercitar pecho. Todos los hombres miran a algo que está a mi derecha aunque lo hacen con disimulo. Ya sabéis cómo: con esa mirada. Miro a mi derecha, veo la explicación. Una chica de no más de 26 años, tetuda, rubia, con un top, licras ajustadas, estómago sexy. No puede dejar de sonreír aunque esté sola, se ejercita en la máquina de hombros.

Esa mirada me resulta muy graciosa. Da igual que seas un ilustre juez de 60 años, un doctor o un operario de grúa. Todos los hombres soltamos esa mirada. La soltamos justo cuando la chica que nos atrae en el gimnasio no nos está mirando, quizás está de espaldas o mira su móvil o a su reflejo en el espejo. Esperamos el momento perfecto para lanzarla, utilizando nuestros genes de depredadores, de cuando éramos monos salvajes, vivíamos en la jungla y teníamos que cazar para comer. Esa mirada es una mirada profunda que folla. Es como si nos pudiéramos meter dentro de una mirada y poseer a la chica, astralmente, durante tres microsegundos, sin que ella se dé cuenta. Tres microsegundos en los que la desnudamos, le hacemos el amor en las posturas elementales, nos casamos con ella, le hacemos hijos y somos la envidia de todos los hombres del planeta. Es una mirada carnívora, animal, sexual, que nos sale de muy adentro. Sólo la lanza la gente educada. Los que no lo son, miran a la chica de ese modo abiertamente, cara a cara, incomodándola, durante minutos: como si se hubieran sacado la polla y la tuvieran en la frente, erecta: apuntándola a ella. Nuestra mirada es de hombres casados que no follan, de niños que vamos a ser castigados por la profe como nos pillen. Una mirada furtiva, asustadiza, cobarde, patética e inevitable.

Mientras hago mis cuatro series de pecho cuento a 20 ó 30 pobres hombres, lanzándole esa mirada a la muchacha. Sin que ella, aparentemente, se de cuenta.

Pero, de sobra, lo sabe y las siente.

Yo no la miro. Sé que mi única opción para ligar en el gimnasio con ella o con cualquier chica que me guste, es no mirarla. Día tras día. Durante semanas. De ese modo no es que ella diga (como suele creerse):

—“Ese chico no me mira. Tiene que ser mío”.

Si no que piensa (en caso de que yo le interese):

—“Ese chico es normal. No es un sádico violador como el resto de cerdos del gimnasio. Voy a acercarme a él a ver qué tal”.

Por eso suelo ir al gimnasio sin gafas o lentillas. Como sólo veo bien de cerca, las ignoro a todas y así voy acumulando méritos. Yo sé que un día, todas se me irán presentando, con una sonrisa.

He de ser paciente.

Termino de entrenar, voy a los vestuarios. Allí una mujer de la limpieza, fregona en mano, lava el suelo entre un montón de hombres desnudos. Supongo que, algunas veces, a esa mujer le incomodará verle la polla a alguno. Otras, le gustará mucho vérsela pero lo disimulará. Por lo tanto, tiene un buen trabajo y un mal trabajo. No puedo evitar pensar cómo sería que me dieran trabajo de hombre de la limpieza en el vestuario femenino. Ver a cientos de mujeres desnudas al día. Bueno, eso ya lo hago yo en casa, con el ordenata. A partir de ahora veré el doble porque esta mañana me han puesto fibra y va más rápido.

En la ducha, desnudo, me enjabono. Estoy disfrutando del calor del agua caliente hasta que noto que alguien me está mirando. Muy cerca.

Me vuelvo. Allí está un hombre: 50 años. Un bloque de carne, sin forma, le he visto levantar pesas de 100 kilos. Lleva el cabello teñido de negro intenso.

Le pillo mirando mi culo.

Con esa mirada.

No me ofendo. Pienso que, por lo menos el culo, ya lo estoy poniendo en su sitio.

Apresuro mi ducha, me voy por patas.

Ya llevo un mes y 10 días en el gimnasio.

Ya llevo un mes y 10 días en el gimnasio.

Como escritor me encantan los gimnasios: siempre me dan material para escribir o pensar chorradas. Creo que, salvo los enfermos y deportistas profesionales, la demás gente que visita los gimnasios (yo incluido) lo hacen porque se encuentran en momentos patéticos de sus vidas (inseguros, implorando pareja) o están un poco locos (egocentrismo, divismo, doriansgray, etc). El otro día, nada más pisar la sala de musculación, me fijé en dos gays jovencitos que entrenaban a buen ritmo. Uno tenía pinta de go-go de discoteca, es lo que llaman “musculoca”. Llevaba el pelo plateado, con mechas rojas y no tenía ni un gramo de grasa en el cuerpo. Envidié su cuerpo: parecía un modelo sacado de un anuncio de Loewe. El otro, que estaba un poquito fondón, se comía a su amigo con los ojos: se notaba que se moría por beber su semen:

—¿Y a ti cómo te gustan los hombres? —le preguntó, romántico, el carente de semen al go-go “musculoca”.

El go-go quedó pensativo, mirando a su pretendiente como si le hubiera hecho la pregunta más complicada de su vida. La mirada del go-go era tan reflexiva e introspectiva que hasta yo esperaba con ansia la contestación. Al cabo de unos minutos, que se hicieron eternos, el go-go dio la respuesta. Lo hizo lentamente, como si fuera Jesucristo desvelando una gran verdad: señaló con el dedo índice, muy serio, su propio reflejo en el espejo.

Esa fue su única respuesta.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
Cómo no dañar a una fea por Tinder
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Ahora que vuelvo a estar soltero (aunque mi DNI diga que divorciado) volví a abrirme Tinder. Lo utilizo para combatir mi soledad, sobre todo por las noches cuando he terminado de trabajar. Como vivo, trabajo solo y no tengo familia necesito hablar un rato con alguien cada noche. Gracias a Tinder chateo, hablo por wassap, fantaseo... pero no quedo con nadie. Aún no estoy preparado para tener una relación de ningún tipo.

Hoy me hizo match una de esas mujeres que prefieren no poner ninguna foto suya en el perfil del Tinder. Me refiero a esas que ponen frases románticas, puestas de sol o una foto de la actriz de Hollywood que les gustaría ser. Pero que, por supuesto, no son. Según mi experiencia no ponen una foto suya, por:

1.-Son feas y tienen la esperanza que tras hablar un poco te gustarán.

2.-Están en una relación y buscan un amante.

3.-Porque creen tener un puesto de trabajo importantísimo y temen el qué dirán.

4.-Temen que algún conocido les vea y se rían de ellas por estar buscando pareja por Tinder.

Normalmente te pasan la foto tras hablar un buen rato contigo y ver que eres normal. Cuando se sienten cómodas y seguras, te piden el wassap para mandarte la foto y las veas, por fin, la cara, como si fuera un gran regalo, como si fueran las únicas del mundo en tener cara. Como si creyeran que son las mujeres más bellas del planeta. Algunas te tienen más de una hora hablando hasta que te permiten que las veas. Para mí no es problema eso pues, como digo, hasta que sane del dolor de mi divorcio, sólo busco charlar. Sin embargo, cuando me pasan la foto el 99% de las veces lo que veo no me gusta nada. Como esta tarde:

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Tras ver su foto y decepcionarme por su físico, puse en marcha mi protocolo de emergencia para no dañarla: que fuera ella la que me desagregara:

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Miento cuando digo que soy colombiano. Pero el 99% de las personas en el mundo son racistas aunque no lo reconozcan. En España, si eres suramericano (o de los países del Este o africano) te suelen mirar, en principio, siempre con desconfianza. Si eres árabe, con pánico. Así de asquerosa es la gente de nuestro país y de la mayoría de los países del mundo por muy desarrollados que afirman ser. Colombia también siente racismo por otras nacionalidades (o incluso por gente de otros barrios). Y algunos árabes no son racistas solamente, incluso nos quieren matar. Todos somos racistas y superficiales. En mayor o menor medida pero la montaña de mierda está en nuestro interior: apestando.

Luego suelto lo de que vivo con mis padres a mis 44 años. La mayoría de personas que están en el Tinder, y más a mi edad, busca a alguien sin cargas familiares e independientes económicamente. Yo no tengo miedo a los handicaps. Hasta me agrada bastante, que mi futura pareja tenga descendencia. Si tengo la suerte de que su hijo/a tenga entre 4 y 12 años mejor porque es la edad en la que más me gusta jugar y hablar con los niños. También me da igual si la chica no es independiente económicamente. Ya lo será en el futuro cuando se una conmigo y le transmita mi energía atómica con un beso y la despierta de su subhumanismo.

Al decir que, para colmo, mis hijos no viven conmigo si no que se los dejé a su madre, en Colombia, quedo ya como un vago irresponsable pone cuernos viva la Virgen. A no ser que sea una tarada o un ser excepcional que pasa sus vacaciones en poblaciones de África, poniendo agua potable en aldeas perdidas y curando a negritos a expensas de que la violen y maten en cualquier momento, me va a dar puerta en cero coma segundos:

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Instantáneamente, la mujer deja de estar interesada en mí. Me desagrega. No le he hecho nada de daño: no le he dicho que me parece vieja y fea, que cómo cojones pensaba que un tipo de belleza B iba a estar interesado en una tipa de belleza G, que si no tiene un espejo en casa o que si se ha venido arriba tomando coca. Que prefiero meterme en un ataúd y me entierren, con vida, a mil pies bajo tierra que tomarme un café con ella. Que me daría vergüenza que me vieran caminar por la calle junto a ella. En lugar de dañarla, fui magnánimo, utilicé mi mano izquierda y así ella siguió con su tarde, como si tal cosa: pensando que le había dado calabazas a un ser de belleza superior. Eso sube el ánimo a esa clase de mujeres.

Si no te apetece decirles que eres un colombiano con tres hijos también sirve comenzar a agobiarlas con tus supuestos problemas económicos y pedirles 200 euros. E insiste.

Así no dañarás a una fea. Lo dejo aquí para que todo Internet lo vea y os sirva como ejemplo. No sé qué cuesta no dañar por el Tinder. Ni en la vida. Sólo debemos aportar buen rollo al planeta Tierra. Las mentiras piadosas se inventaron para algo.

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