Anáis Nin ha muerto

Anáis en 2011.

Anáis en 2011.

Voy a intentar que este post sea lo menos lacrimógeno posible. Pero es imposible que siga publicando por aquí sin comunicaros esto, obviarlo ante tanto lector que ha sido testigo de la gran relación que los dos mantuvimos durante década y media. Da igual lo que me pasara: Anáis siempre estaba ahí. Escribir sobre ella, también ayudará a que sobrepase el duelo.

Anáis en 2006

Anáis en 2006

Anáis Nin murió ayer a los 15 años y 9 meses de edad, sobre las 6 de la madrugada. Hace poco más de un mes, pegó un intenso bajonazo de salud. Hasta entonces, no había día que no nos hiciéramos, caminando, 2 ó 3 kilómetros. Rebosaba fuerza, vitalidad y salud. Mirad como estaba en junio. Tan bien estaba que os juro que no pasaba ni un día sin que alguien no nos detuviera por la calle —porque Anais era demasiado guapa, irradiaba amor y buen rollo— y me preguntaran, mientras la acariciaban, cuántos meses tenía el cachorro. Se quedaban atónitos al escuchar que era una perra anciana. Llegó agosto. Alguien se chivó. La Muerte se dio cuenta que la estábamos burlando, Anáis no envejecía, tomó cartas en el asunto. De pronto, caminar 20 metros nos llevaba unos 10 minutos. Fuímos al veterinario. Veredicto: cáncer, un soplo enorme en el corazón, pancreatitis, también estaba casi ciega, sorda… me preguntaron si quería dormirla, dije que no. Estaba débil, anciana, pero seguíamos disfrutando de hacernos compañía. Dormía todo el día. Pero seguía comiendo, buscando caricias, mirándome para saber si estaba bien, la veía floja pero estable. Quizás alguien recuerde que, hace unos 5 años, también, estuvo muy enferma; la veterinaria de aquella época, también, propuso dormirla. Dije que no. Anáis se recuperó. Incluso sus ataques epilépticos empezaron a desaparecer. Fue asombroso. Esperaba con todo mi corazón que esta vez ocurriera lo mismo. Esperaba que viviera un año más.

—Quiero de eso…

—Quiero de eso…

Anoche, a eso de las 3 de la mañana, tuvo un colapso importante. Ella, que nunca fue de quejarse por una enfermedad, empezó a gritar de dolor. Primero, cada dos horas, luego cada hora. Estaba entre vómitos y orines, en el pasillo, no podía levantarse. La limpié, me la llevé a la cama, la abracé esperando se hicieran pronto las 10 de la mañana para llevarla al veterinario. Pero el dolor se le hizo más frecuente, más intenso. Me miraba pidiéndome clemencia, que la dejara ir. La lengua se le quedaba colgando. Los ojos se le iban para arriba. Con dolor de mi corazón, sabiendo qué me iban a aconsejar, la tomé en brazos y la llevé a otro veterinario que estaba de urgencia y del que me habían hablado muy bien.

Aquí fue. El veterinario que la ayudó a irse, nos trató super bien.

Aquí fue. El veterinario que la ayudó a irse, nos trató super bien.

Nada más llegar, tras estudiarla, me confirmaron que había llegado la hora de que nos despidiéramos. Mientras le inyectaban, no paré de darle mil besos, de decirle las frases que le gustaba escuchar: “eres muy buena, sí, eres muy buena, te quiero muchísimo”,acariciándola. No dejé de mirarle a los ojos con amor infinito. Ella tampoco apartó su mirada de la mía. Murió muy, muy tranquila. En paz.

Ya, sin vida, rompí a llorar. Me fui a la playa, caminé sin rumbo un buen rato. Me daba miedo regresar a casa. Porque ella siempre estaba allí, esperándome. Nunca abrí la puerta de ninguna casa en la que viví sin que ella me recibiera moviendo el rabo, o sin que ella estuviera a mi lado, tras dar un paseo. Han sido casi 16 años en los que jamás le faltó de nada, incluso tuvo comida cuando yo no. Vivió conmigo en Fuerteventura, Madrid, Valencia, Tarragona, Asturias. Darle una buena vida, haberla amado tanto, me consuela. Porque ahora sólo tengo buenos recuerdos de ella. Nunca se me fue la mano, nunca dejé de amarla. La quise mucho más que a muchas novias que tuve.

—Le pasa cualquier cosa y la llevas al veterinario —me decía una de mis exs—. En cambio, tú jamás vas al médico y pasas de comprarte medicinas.

Anáis se convirtió en el único y último miembro de mi familia. Dejé de viajar al extranjero y de conocer mil sitios, de tener vivencias o de follar por quedarme a su lado, en casa. Nunca me importó. Amaba estar a su lado. Era mi lugar correcto. Hoy, que estoy aquí sentado, es la primera vez que escribo, en 16 años sin tenerla echada a mis pies. Entre párrafo y párrafo siempre la miraba. Me encantaba verla dormir. Por la noche, su respiración y débiles ronquidos me proporcionaban la agradable música que necesitaba para dormir. Me arrepiento mucho de no haberla grabado roncando. Pensé que tenía tiempo. Voy a echar mucho de menos esos sonidos.

1.- Estuvo allí cuando le pedí a la vida, en aquel fin de año, que me convirtiera en escritor… ¿Os acordáis?

2.- Estuvo allí dando vida a mis primeros videos, aquellos que editaba en el Window Media Marker en 2006 y que grababa con una cámara de esas de cuatro pixeles que vendían antes:

3.- Me vio ganar premios literarios, conseguir miles de lectores, incluso ella protagonizó su propia serie de tv:

4.- Estuvo allí cuando llegó a casa el primer libro que escribí:

5.-Me vio vivir en un chalet de 400 m2 con piscina, gracias a mi talento en la escritura, firmando en Sant Jordi:

En 2018 me acompañó en la oscuridad: pasó conmigo este último año en el que me bloqueé como escritor tras dejar a mi ex esposa. Anáis Nin evitó que me suicidara: si me tiraba por la terraza del ático en el que vivía por aquel entonces… ¿quién la cuidaría?

Y, esta última semana, presenció mi renacimiento como escritor. Pero de eso no diré nada en este post porque no quiero que parezca que utilizo a Anáis para publicitar/vender mi último trabajo. Sólo diré que, cuando vio que ya estaba al 100% bien, decidió irse, dejar de cuidar de mí.

En Gijón he vuelto a escribir, soy querido y amado. Tengo grandes amigos: Pedro, Jonny, etc

Ella estaba cansada, vieja, con dolores.

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Era su momento de cambiar de plano sin mirar atrás.

Hasta siempre, Anáis Nin. Fuiste maravillosa, siempre te querré.

Y mil gracias a todos los que la cuidasteis y la mimasteis en vida. Cada vez que lo hicisteis, también me mimasteis y cuidasteis a mí. Os estaré agradecido, siempre.

¿Sabéis? Aún está conmigo. Ahora tengo una perrita fantasma.


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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)