Otro tipo de idiota

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Me pinto la cara. Estoy en la casa de una chica que me gusta mucho. Me disfrazo de Yoyito: pretendo grabar unos videos de acompañamiento al increíble audiolibro que grabó una fan del libro que escribí hace años. La chica que me gusta mucho pensará que soy un idiota. Tengo 45 años, 56 euros en la cuenta y me disfrazo de espantapájaros como posible solución a mi crisis económica:

—Quizás —explico a la chica— los videos pillen millones de visitas y… —no termino la frase de lo idiota que me siento al revelar mi iluso plan.

Soy el único que se llama idiota. Nadie más me lo llama. Idiota, idiota, idiota, es lo único que mi cabeza me repite desde hace un año, cuando me separé y más tarde, me divorcié. Mis lectores me quieren, me cuidan. Idiota, idiota, los decepcionas. Ya no puedes escribir, dejas los libros a medias. Idiota. No sirvo para nada. Idiota. Soy un fracaso. Idiota. Aquí estoy, disfrazándome de Yoyito: siendo más idiota que nunca. Sin embargo, cuando escucho el audiolibro, narrado por la fan del libro, pienso que es un gran texto: que si yo fuera el autor de ese texto estaría super orgulloso: que ojalá yo escribiera así de bien:

—Rafa —me digo—. Eres el autor de ese texto… ¿eres idiota?

Sobre todo me encanta el capítulo 4. Al rato me escribe un email Basilis, de la revistaorsai.com. Pide permiso para publicar un texto de este blog en su web:

—¿Cómo? Si llevo un año muy triste, sólo he escrito mierdas —repongo— ¿Qué texto?

—Tienes muchos textos geniales ahí publicados. Nos gustaría publicar uno a la semana. Y que te grabaras leyéndolo.

—¿Con mi voz? (siempre he pensando que tengo voz de subnormal).

—Sí. Grábalo con tu iPhone. No le des más vueltas.

Manda el texto que seleccionó. Lo leo y, como Basilis dice que es genial y yo le tengo en gran estima, ahora a mí también me parece que es un buen texto. Me grabo leyéndolo, pensando que me lo va a mandar de vuelta. Le mando la primera grabación que hago, le pido instrucciones para mejorarla. Me dice que está muy bien así. Hernán Casciari, que vive de leer sus relatos en público, dice que “mejoro el texto con mi voz”. Yo flipo. Me tenía como un idiota, un sin talento, un gangoso. Y, de pronto, estoy publicando, con mi voz, con mis letras, en la web de la revista más querida y prestigiosa de latinoamérica.

Termino de pintarme la cara.

Me disfrazo de Yoyito. Hago los vídeos.

—No soy un idiota —me digo— Sólo tengo que volver a creer en mí. Como cuando era idiota de verdad. Como cuando no paraba de hacer cosas como un idiota. Como un inconsciente. Como cuando, idiota, pensaba que podía conseguir cualquier cosa que me propusiera. Cuando no tenía miedo a nada, de lo idiota que era. Cuando no me frenaba yo mismo, pensando que era un idiota. Como cuando ser idiota me abría todas las puertas del mundo. Como cuando ser idiota era ser inteligente, valiente e increíble.

Hago los videos.

La chica que me gusta mucho me acepta entre sus piernas.

Quizás no sea un idiota.

Quizás sólo sea la persona, en el mundo, que más veces se llama idiota a lo largo del día para evitar volver a escribir y ser feliz. Un idiota que no se atreve a seguir caminando hacia el éxito. Que se plantó, de pronto. Por idiota. Que decidió no seguir mejorando. Que decidió que era un idiota y punto.

Quizás sí que soy un idiota.

Pero otro tipo de idiota: un idiota que podría ser inmensamente feliz pero prefiere ser un idiota solitario, pobre e inútil.

Las aventuras de Yoyito se pueden “escuchar”  pinchando aquí.

Las aventuras de Yoyito se pueden “escuchar” pinchando aquí.