El ayuwoki

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Tengo poco tiempo para escribir esto: he conseguido escapar de mi ayuwoki sólo por unos minutos.

Todos los seres humanos somos increíblemente creativos y bondadosos. Si estás leyendo esto necesito que sepas que, aunque crees que vives en el planeta Tierra, no es así. Vives en un planeta réplica de la Tierra. Tú, al igual que yo, al igual que todas las personas que te rodean, fuiste secuestrado de la verdadera Tierra. ¿Por qué? Por ser increíble. Brillas. En bruto, latente, posees el talento de Miguel Ángel, Beethoven o de cualquier otro genio digno de ser admirado hasta el infinito. Eres capaz de crear las más bellas canciones, pintar los cuadros más asombrosos, bailar con la misma fragilidad que un rayo de luna. Los ayuwokis te vieron en un parque, jugando, cuando tenías entre 3 ó 5 años, mientras tus padres te cuidaban con cariño. A esa edad, los ayuwokis ya pueden percibir tu talento, tu brillo, tu fuerza, tu amor, tu poder. Te secuestraron. Con crueldad. Por la noche. En la cama en la que dormías dejaron un pequeño cerdo muerto. Degollado. Con el vientre abierto como una puerta. Eso fue lo que encontraron tus padres, en tu cama, por la mañana.

En el verdadero planeta Tierra, tus padres aún lloran tu pérdida.

Los ayuwokis nos odian. No pueden aguantar que haya gente como nosotros. Así que han hecho todo lo posible para pudrirnos. Te han traído a este planeta, han suplantado a la gente de la que te rodeabas. Tu padre, si pudieras arrancarle la cara, es un ayuwoki. Tu madre, si pudieras bucear en su alma, es un ayuwoki. Tu jefe, es un ayuwoki. Intentan por todos los medios, aunque a veces no lo consiguen, que no te relaciones jamás con un ser humano de verdad. Únicamente con seres putrefactos: ayuwokis. Han creado este campo de concentración, en este planeta réplica de la Tierra, para conseguir pudrirte, anularte: conseguir que seas tan malvado, retorcido y mediocre como ellos. Te han guiado y educado, desde hace décadas, para que te pudras trabajando en un puesto de trabajo repugnante que no te permita desarrollar, o lo mínimo posible, el brillo, el arte, la magia que posees en tu interior. Un puesto de trabajo que te lleve a la cárcel o que te apague, que te limite, como un vegetal que sólo puede disfrutar de la playa desde detrás de la ventana de la habitación del hospital en la que vive, postrado sobre una cama, inmovil. Los ayuwokis se han disfrazado de tus parejas ideales: sólo para joderte, capturarte con palabras de amor y comportamientos tóxicos, dañarte, machacarte, hundirte: quitarte las ganas de vivir. VOLVERTE LOCO. Son capaces de cualquier cosa para conseguir que no te dediques al arte, que seas buena persona. Incluso, se hacen pasar por tus hijos: nacen de tu interior. Los ayuwokis pasan 9 meses dentro de ti, gestándose para convertirse en tu ancla y en tu castrador a través de un amor que nunca te será correspondido.

Ese bebé que te mira, con esos ojitos, es un ayuwoki, posiblemente.

Otras veces, los ayuwokis no conviven contigo. Simplemente te visitan cada noche, mientras duermes. Velan tu sueño durante las ocho horas que, indefenso, descansas. Invisibles, se sientan en el borde de tu cama, ponen sus manos en tu cabeza y te transmiten todas las inseguridades, miedos, vergüenzas y mierdas que pasas repitiéndote en mantra cada día, durante todo el año. Toda esa mierda con la que no te permites empezar un nuevo proyecto, hacer un antes y después en tu vida. A veces, no ponen sus manos en tu cabeza. Te meten su larga lengua por la boca, hasta tu estómago. O te dan la vuelta y te penetran por el culo: mientras ríen. Los ayuwokis también son los que te ayudan a comer mal, no hacer ejercicio y dañar tu salud. Te quieren en el peor estado mental y físico posible.

Michael Jackson también fue secuestrado del verdadero planeta Tierra (ese lugar, ese cielo en donde todos son artistas y buenas personas, ese paraíso al que nunca regresaremos). Fue traído a este planeta réplica para tratar de apagar su magia. No lo consiguieron por mucho que lo intentaron y dañaron: con golpes y mentiras. Michael Jackson fue más fuerte: fue el gran fracaso de los ayuwokis. Brilló como el sol a pesar de ellos. Nos iluminó por décadas a pesar del gran esfuerzo que hicieron por anularlo. Michael Jackson fue el enemigo número 1 de los ayuwokis. No tuvieron otro remedio. No encontraron otra forma. Era invencible con vida. Los ayuwokis lo mataron a través de las drogas y, aún años después, siguen desprestigiándolo con cuentos sobre pedofilia. No soportan la magia que hizo. Al matarlo, para celebrarlo, los ayuwokis adquirieron su rostro. Relativamente. Ahora, las caras de cada ayuwoki, son caricaturas esperpénticas de Michael Jackson. Hace años, los ayuwokis tuvieron el rostro de Sócrates, a quien consiguieron que se envenenara, o de Oscar Wilde, al que consiguieron meter en la cárcel por amar a gente de su propio sexo, cárcel en la que lograron enfermara para siempre. O el rostro de Jesucristo, ese hippie, ese filósofo amoroso que predicaba, descalzo, sobre el amor. Cada vez que crucifican a una buena persona, cada vez que apagan el brillo de un genio absoluto, sus caras adquieren la caricatura de su rostro, para celebrarlo, como un trofeo: hasta que consiguen matar a otro genio.

Pronto tendrán tu cara: la de un genio del que nunca nadie supo nada.

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