La chica tarta

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Camino por el paseo de la playa de San Lorenzo. Estoy con Anais, mi perra. Una mano toca la parte de atrás de mi espalda. Son una pareja de lectores. Me incomodo un poco. Es duro enfrentarme a la mirada de las personas que me conocieron cuando vivía en Paredes, un pueblo de Asturias, hace años, cuando estaba felizmente casado. A veces, me siento mala persona por haber dejado esa vida, por no haber seguido “aguantando”, como hace casi todo el mundo. Normalmente estoy seguro de haber hecho lo correcto... sin embargo, la duda, la tristeza y el dolor, siempre aparece cuando menos lo espero: es como un ladrón con navaja que te la clava en una esquina sin siquiera darte una oportunidad, sin siquiera amenazarte primero, no lo viste ni venir y te deja temblando en el suelo, desangrándote, mientras se larga con lo que, orgulloso, llevabas en la cartera: tu estabilidad mental. La pareja de lectores siguen juntos, no lo han dejado, me sonríen, felices:

—¡Te reconocimos por Anais! —me dicen—. ¡Has cambiado mucho!

—Más viejo, claro.

—Qué va. Más joven y flaco. Pareces un treintañero. ¿Cómo has adelgazado tanto?

Les contesto la verdad: cerrar la puta boca, hacerme vegano al 90% y pegarme una hora de deporte al día sí o sí.

Hablamos un rato más, me despido y seguimos caminando. Me encuentro con otro lector. También lo conocí en Asturias. También cuando yo estaba felizmente casado. También nos visitó en el hogar feliz que explotó. Esto es terrible: hoy recibo navajazo tras navajazo. Me dice lo mismo: que qué flaco y qué joven. 

—Cuando leí que te habías divorciado, no me lo creí. Os vi juntos. Y esa unión parecía que era perfecta y para siempre —dice.

Me entran ganas de llorar. Me aguanto. El lector me cuenta que ha tenido un hija hace dos años. Con la mujer con la que le conocí en su momento. Tampoco lo han dejado. En Asturias todo el mundo ha seguido adelante, a pesar de las dificultades. Está super feliz. Dice que cuando tuvo a su niña en brazos comprendió que eso era lo mejor de la vida. No para de enseñarme fotos y videos de su hija, en su móvil. Yo jamás tendré un hijo. Soy viejo y no me gustan las jovencitas: no me voy a dedicar a fecundarlas. Me gustan las cuarentonas.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —me pregunta.

—Emborracharme –contesto sin dudar.

…..

Estoy en un bar irlandés, escribiendo. He pedido un par de cervezas, un café con whisky o qué se yo qué tiene esto. El alcohol me ha subido con rapidez a la cabeza: no estoy acostumbrado a beber. Ya no sé ni lo que estoy escribiendo. Una chica va al baño, pasa por delante de mi mesa: me mira mal. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Me conoce por el blog? ¿Me ha mirado mal por algo que ha leído? A veces, la gente se enfada por lo que escribo en el blog: me condenan según lo que interpretan a raíz de sus experiencias pasadas, reflejando sus propias limitaciones mentales, miedos y carencias emocionales. ¿Qué culpa tengo yo de tratar de capturar vida en mis escritos? ¿O de pensar? ¿Acaso yo he inventado las mierdas de la vida? ¿O me ha mirado mal porque se me ha escapado mi mirada a sus tetas durante un microsegundo? Me apetece entrarle.

Es su culpa. 

Está buena, me gustan sus ojos, sus tetas. Cruje de lo buena que está.

Me encantaría abrazarla, charlar con ella en la cama hasta conocerla bien. Ir directamente a la cama, desnudos por completo, a conocernos. Nada de hablar primero en el bar o paseando. Eso es de maricones o propio de la E.G.B. Entonces, en la cama, agarrarla de pronto, en mitad de la conversación, meterme sus tetas dentro de mi boca, sujetarle el culo mientras se la meto. Que se ponga sobre mí. Que se mueva con ganas, tragando mi polla con su coño, hasta el fondo, como si tuviera una boca allí, mandando ella. Que me haga correrme tras escuchar, en mi oído, como gime, como se corre primero ella. Quiero sentir sus espasmos de placer sobre mi pubis. Mirarnos, asombrados, tras el orgasmo.

Los orgasmos, siempre me asombran. Siempre que me corro es como si fuera por primera vez.

Dormir y, al día siguiente, despertarnos juntos.

Ella, por fuera, es como una tarta. Quiero rellenarla, por dentro, con la mejor nata del mundo.

Mis huevos han empezado a batirla.

Quiero ir hasta su mesa y decirle que es una chica tarta. Que tengo nata fresca para ella. Quiero decirle guarradas. Estoy super salido.

No debo. Se asustará o llamará a la policía. 

Me mudé a Gijón por una historia de amor que al final me estalló en la cara. Por ahora, me estoy  quedando en casa de un lector. Hoy tengo ganas de follar. He decidido que no voy a masturbarme nunca más. De mis 45 años llevaré unos 32 años masturbándome. El resto de lo que me queda de vida me lo voy a pasar follando o nada. O me pongo sobre una tía que se abra de piernas, me reciba con gusto, que me abrace, me bese y quiera que me corra dentro de ella o nada de nada. Adiós a las pajas. Les he dicho adiós a las pajas para siempre. La última paja me la hice en Requena, Valencia. El día 2 de junio de 2019. RIP.

—Me gustaría hablar un rato contigo —le digo.

Todas sus amigas me miran. He ido hasta la mesa en la que todas están sentadas. Me llené de valor recordando lo que me aseguraron hoy mis lectores: soy joven y delgado.

—¿Por qué? —me pregunta, con cara chunga.

—Me apetecería conocerte.

—¿Estás salido?

—Sí. Mucho. Pero con hablar un rato contigo tengo para seguir viviendo.

—No. Gracias.

—Ok. Si cambias de opinión o quieres fumar un piti ahí fuera me avisas. Estaré en esa mesa, escribiendo sobre ti.

—¿Sobre mí?

—Sí.

Me voy. Las chicas miran como marcho. La barman, tras la barra, también, alerta por si las molesto más. No voy a volver a mirarlas. No soy ni un obsesivo ni un puto chalado. Abro un documento en blanco en mi iPad Pro, comienzo a teclear. Al rato, ella y una de sus amigas se acercan a mi mesa.

—¿Qué escribes? —me pregunta.

—Sólo me ha dado tiempo de escribir hasta aquí.

Giro mi tablet. Le ofrezco leer el texto que tú acabas de leer.

La chica tarta y su amiga lo leen.

—¿Chica tarta? —pregunta con una sonrisa.

—Sí.

Las dos ríen. El resto de sus amigas se aproximan a la mesa. También leen el texto que tú acabas de leer.

—¿Eres escritor?

—Sí. Bueno. Últimamente no estoy vendiendo ni una puta novela. Pero sé que es la calma que precede la tempestad. Siento que algo grande va a pasar pronto.

La chica tarta me mira.

—Te miré mal porque me miraste las tetas. No te cortaste nada.

—Es porque las tienes perfectas. 

—Eres un guarro.

—No. Si te encantaran los coches y vieras un cochazo por la calle tú tampoco podrías evitar míralo un segundo con ganas de subirte, que fuera tuyo. Además, han pasado más chicas por delante de mi mesa y sólo te he mirado a ti.

—¿De verdad que quieres dormir conmigo y hacerme todas esas cosas?

—Sí.

—Pues te vas a quedar con las ganas. Vivo en Bilbao. Salgo ahora. He venido a pasar unos días con mis amigas. Unos días que ya acabaron.

—¿Cómo vas hasta allí? —le pregunto—. ¿En tu coche?

—Sí.

—¿Me llevas?

—¿Vendrías?

—Si es a tu casa, por supuesto.

—¿Estás loco?

—Loco estaría si no me subiera a tu coche.

La chica me mira con sus preciosos ojos azules.

—Vale —accede—. Tú y yo lo vamos a pasar muy bien.

Me subo a su coche, nos vamos a Bilbao. Ella conduce a 120, pone buena música, disfruto de su sonrisa y charla, pienso que esta noche le he ganado la partida al Dios de los Días de Mierda. He sido yo el que lo ha esperado en una esquina, le ha clavado la navaja sin avisar y lo he dejado medio muerto: marchándome con el botín.

Poso mi mano sobre el muslo de la chica tarta.

La chica tarta recibe mi mano con placer, sonríe.

—“Todo está bien, Rafa” —pienso—. “Todo está bien”.

—“No” —me replico– “Todo va fatal”.

—“Que no. Que estás haciendo bien”.

—“Que no”.

—“Que sí”.

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