Un espectáculo maravilloso

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Noche.

Estoy en un coche con una chica. Venimos de follar. Su hermano, con síndrome de down, le llama por teléfono. La chica, que está conduciendo, pone “el manos libres”.

—Por favor, Rafa, no hables —me pide—. No quiero que mi hermano le diga luego a mi padre que estaba con un hombre.

—Ok.

Esa chica de 38 años y su padre, tienen una relación enfermiza. Escucho la voz del hermano, de 35 años: por lo que cuenta tiene novia desde hace meses, la conoció en un centro de discapacitados: su novia también tiene síndrome de down. Le suplica a la hermana que, un sábado o un domingo, vayan los dos a verla a su casa, se lo ha pedido a su padre, éste le ha dicho que no… por cómo habla el hermano noto que ruega con el corazón: está super enamorado de su novia, supernecesitado de su compañía. Sabe que no puede tener una vida independiente pero le gustaría ver, de vez en cuando, a su novia fuera del centro. Sin ella, el finde se le hace asfixiante. La chica con la que estoy dice que sí, que ya veremos, su hermano le dice que lleva meses esperando, que siempre le dice que sí pero que luego nunca lo lleva.

—Si quieres, vamos este finde —le digo a la chica cuando cuelga.

—¿En serio?

—Sí. Podemos ir a un restaurante o algo. Yo invito.

—¿En serio? ¿Por qué?

Me imagino a su hermano. En casa, encerrado, enamorado. Empatizo con él, me recuerda a cuando yo era un niño y dependía de mis mayores. Me hubiera encantado que alguno me hubiera llevado hasta donde vivía la chica del colegio a la que amaba con locura, como sólo sucede en la infancia. Ese amor inocente, verdadero, es el que creo haber percibido en la voz del hermano. O, me imagino adulto, ahora: sin poder ver a la chica a la que amo. Encerrado en una casa, encerrado en el cuerpo de un enamorado. Sin poder salir. Aunque la gente no lo sepa por el disfraz que llevo de escritor maldito y degenerado, realmente soy un caballero del amor. Mi misión en la vida es el amor. ¿Vino? ¿Drogas? ¿Dinero? ¿Para qué? ¡Adormecen los sentidos! ¡Yo sólo quiero amor! ¡Quiero sentirlo! ¡Flipo con el amor!

—Porque me encantaría verlos juntos —contesto.

La chica llama al padre. Le cuenta mis planes. Al padre no le caigo nada bien. Le dice que hago todo eso para metérsela, para utilizarla, que mira las cosas que escribo en mis libros, que qué educación le ha dado para que se fije en un mierda como yo. Río para mis adentros: además de que, a su hija, ya se la he metido (agradablemente para ambos) por todos los lados, qué sabrá el padre de mí. Si él supiera lo que sentía por su hija, quién soy, me pondría una alfombra de flores bajo mis pies que él mismo tejería sin descanso, día y noche. Pero cree que soy la misma mierda que el resto de los hombres. Cree saberlo bien porque él es un hombre y nunca supo cómo dejar de ser una mierda.

En el fin de semana siguiente, la pareja con síndrome de down, la chica y yo, almorzamos juntos en un bonito restaurante. El hermano de la chica, está radiante, guapísimo. Su novia lo mira con un amor infinito. Ella, por un problema que tiene en la mandíbula, no puede masticar bien la comida, así que se la aplasto con el tenedor hasta convertirla en papilla. Ambos son vírgenes. Ahí no hay ni sexo ni intereses económicos. Sólo amor. Por fin. Por fin lo vuelvo a ver. ¡Existe!

Antes del almuerzo, paseamos por el pueblo. Van de la mano. Me encanta verlos juntos. Me encanta cómo se miran. ¿Sabéis? A veces me enfado con el mundo y quiero dejar de vivir. Pienso que todo eso del amor romántico es una invención de Walt Disney para emocionarnos con sus películas. Para hacernos soñar con un ideal que no existe. Pero no. Si consigue emocionarnos el alma, si nos saca las lágrimas sin que nosotros podamos hacer nada por evitarlo, es porque sabemos que es real. Porque está dentro de nosotros, deseando salir. Sólo que, día tras día, hemos dejado que los subhumanos ganen la partida. Que maten el amor. Que lo sepulten bajo un montón de capas de mierda. Nos han convencido de que el dinero y el trabajo al que no nos gusta ir, es lo único por lo que vale la pena luchar. Que el amor es una ilusión. Que la única relación posible entre humanos es utilizarnos entre nosotros. No. No es así. El amor existe. Lo he vuelto a encontrar. Está ahí, delante de mí, paseando de la mano. Casi puedo tocarlo.

Brilla el sol.

Pero ellos brillan más.

Terminamos de almorzar, de dar otro paseo, llevamos a la novia del hermano de vuelta a su casa. Cuando la deja, cuando se cierra la puerta del hogar de su amor, tras despedimos de los padres de la muchacha, el hermano comienza a dar saltos de alegría: ha estado controlándose para comportarse como un caballero delante de su dama. Ahora es un niño. Está super feliz. Me abraza, sincero, me dice que nunca había hecho algo “así”, está tan feliz que se me escapan las lágrimas, de la emoción. Me da las gracias y yo se las doy a él.

En ese momento, yo sólo tenía 300 euros en la cuenta.

Tras el almuerzo, 210. Y, por esos días, no tenía ni ahorros ni un sueldo cada mes.

Ese mes lo pasé fatal para comer y poder pagar el alquiler pero… ¿sabéis?

Una vez más lo conseguí.

No dejé que mi falta de dinero venciera al amor.

Disfruté del espectáculo maravilloso en primera fila. Lo olí, lo sentí.

Volví a presenciar el amor verdadero, volví a ver que era real… y si esa pareja lo había encontrado a pesar de tenerlo todo en contra… ¿por qué no yo?

Sólo tengo que aguantar, día tras día. Con todas mis fuerzas.

Valdrá la pena.

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