Otra cita de Tinder

Yo. Si me véis por ahí, pedidme un autógrafo.

Yo. Si me véis por ahí, pedidme un autógrafo.

1

Me llega un superlike por Tinder. Miro quién me lo ha dado…¿Quizás es la mujer de mi vida?:

—Mujer

—42 años

—Rubia

—Polaca

—Buenas tetas

—Alta

—Su cara me recuerda a la de un avestruz. Pero no es fea. Aunque tampoco guapísima.

—Ojos azules.

—No parece una vieja (muchas mujeres de 42 aparentan 68).

Su descripción, en el perfil del Tinder, está en inglés. Le gusta la espiritualidad y los mantras. ALARMA. Todas las chicas que, he conocido últimamente, que dicen que les gusta la espiritualidad y los mantras o son unas vagas o es una pose en la que ellas les gusta estar porque se ven bonitas y atrayentes. Normalmente, cuanto más vaga, con más ansias de consumismo y cerrada de mente es la chica, más espiritual me dice que es. De hecho, ésta se descubre enseguida, en el chat:

—¿Cuánto mides? —me pregunta.

—1,81… ¿por qué?

—La altura es importante para mí.

—¿Pero no eres espiritual?

—La espiritualidad por un lado, lo material, por otro. ¿Trabajas?

—Sí.

Yo soy mucho más espiritual que todas las mujeres “espirituales” que he conocido últimamente. Y no lo pongo en mi perfil del Tinder. Jamás dejaría de salir con una chica porque fuera muy bajita, muy alta, o no tuviera trabajo. Estuviera gorda o no. Yo sólo busco una mujer que tenga sentido del humor y que no esté loca. Me he visto obligado a reducir muchísimo el número de mis requisitos. Aún así, lo tengo bastante crudo para encontrar a alguna. El 99,99 de las mujeres que he conocido en mi vida están locas. Rectifico. Muy locas. Y esto no es una afirmación machista. El 80%, me lo reconocen. El 19,99 no me lo reconocen pero hacen cosas raras como subirse a una silla y chillar sin razón, o están enganchadísimas a los porros y tienen paranoias o están en tratamiento psiquiátrico desde hace años o hablan en bucle todo el rato sobre lo mismo o se ponen a llorar o a reír de pronto. He estado un tiempo sin quedar con mujeres porque empezaron a darme miedo. Pero, qué diablos, es Semana Santa. Llevo dos meses (o quizás sólo un par de semanas) sin quedar con una mujer. Quizás Dios esté vigilando y me cuide. Me aburro mucho. Llevo un mes y medio (o quizás sólo un par de semanas) encerrado en mi casa. Comienzo a creer que el sexo es una leyenda mitológica o algo que sólo se hace mirando internet. Voy a aceptar la invitación de esta. Quizás sea la mujer de mi vida. Además, tiene el infrecuente detalle de invitarme a comer a donde yo quiera. En el Tinder suele ser alrevés. Hay muchas mujeres que se instalan el Tinder para comer gratis, todos los días, a expensas de los chicos que quieren quedar con ellas:

—Conozco un lugar en el barrio de Ruzafa que me encantó —le cuento—. Fui hace mucho y me sirvieron una hamburguesa vegana que ni la de carne de verdad en el VIPS. El lugar se llama “La más bonita”. ¿Te suena?

—No. Soy nueva en la ciudad. Llegué hace unos días. No hablo muy bien español.

—Podemos hablar en inglés si quieres.

—Vale.

Le mando la ubicación del local por Google. Quedamos a las 13:00, allí. La última vez que fui a ese local fue con una ex que estaba muy loca. Quiero dejar de asociar ese local con ella.

2

Me visto. Sé que no soy el tipo más guapo del mundo. Sé que mi cuerpo no es perfecto. Que me falta muscularlo, que tengo las tetas un poco caídas, etc. Pero aunque suene chulo: sé que soy lo suficientemente guapo, buena persona y magnético para que cualquier mujer quiera follarme una tarde en la que se sienta sola. Aunque sea por probar. Y si no tiene algo mejor a mano, por supuesto. Mis complejos e inseguridades de “casado” me han abandonado. Desde que me separé, un montón de mujeres abarrotan mi wassap. No estoy tratando de ser chulo. Cualquier hombre que se cuide y no sea idiota, cualquier mujer que se cuide (sea idiota o no), tiene el wassap repleto de personas que se la quieren follar. Estamos en un mundo con exceso de población, por Dios. No hay ningún mérito. Lo único que tienes que hacer para follar es no dar asco y quererte un poco tú mismo.

3

Llego puntual. Ella, 8 minutos tarde. Como es extranjera, del Este, me da la mano en lugar de los dos besos típicos españoles. Me lo esperaba, actúo con naturalidad. Le extiendo la mano con educación y entramos en el local. Me fijo en ella. En persona no tiene tanta cara de avestruz como en la foto.

Nos sentamos. Comienza a hablarme en inglés. Me habla de su trabajo, de sus inquietudes. La verdad es que desde que abrió la boca, ha dejado de gustarme. Tengo 45 años de vida. Creo haber conocido a todas las mujeres y hombres del mundo. Creo que, como mucho, hay 4 ó 5 tipos de personas, con pocas variables. Todo el mundo parece haber sido creado en una fábrica, con pensamiento único-preinstalado. El tipo de persona que es ella, no me interesa. Plano. No es interesante. Habla con frases y pensamientos hechos que he escuchado mil veces. No tiene discurso propio. No me abre los ojos a nada. No es interesante. Prefiero a una mujer que diga gilipolleces sin sentido mientras babea que a una mujer de pensamiento preinstalado. Ha pasado toda la vida trabajando en una oficina hasta que la echaron. Ni siquiera se fue ella por su propio pie. Subhumana. Ahora estudia español aquí, en Valencia. Vive sola en un apartamento que ha alquilado por unos meses. Supongo que se cansó de buscar el amor en Polonia y ahora lo anda buscando por aquí.

—Pues si en Polonia no te quiso nadie, tampoco te va a querer nadie aquí —me entran ganas de decirle.

Porque se nota a la legua que está buscando un príncipe azul que le de sentido a toda la vida que ha desperdiciado. No puedo estar con una mujer que no sea rebelde, emprendedora, valiente, feroz. Desprecio a las pasivas. A las oficinistas. Me caen bien las mujeres antipáticas. Me habla de su país, Polonia:

—He dejado Polonia porque somos un pueblo guerrero y eso me agota mucho, mentalmente. Ahora estamos peleándonos nosotros mismos. Nos encanta pelear.

—Bueno, menos cuando Hitler fue a invadiros. Ahí os rendisteis enseguida.

Me mira mal. Me deprimo. Le he dicho eso porque ella me da igual. Está bien para un polvo, pero para nada más. Me he prometido a mí mismo que nunca voy a utilizar a una mujer. Si se la meto a alguna será porque quizás, puede ser, que tenga futuro el asunto. Si no, prefiero pasar. Se me carga la conciencia de mierdas si se la meto a alguna por sólo follar. Sin embargo… sé que me queda poco de “juventud”. Tengo 45 años. No sé hasta que edad mi polla se me pondrá tiesa. Pero digamos que mi super poder de “gustarle a cualquier mujer, que no tenga a nadie mejor, en una tarde solitaria” va a desaparecer en 3,2,1. Tendría que hincharme a follar el poco tiempo de atractivo físico que me quede. Pronto no le gustaré a ninguna mujer con dos dedos de frente. Seré un viejo del parque más y, revolotearán a mi alrededor, como mosquitos incordiantes, el recuerdo de todos los chochitos a los que dije que no. Hay algo dentro de mí que me impide follar con quien sé que no tengo futuro. Desgraciadamente.

A la polaca esta le van los antipáticos o está más necesitada de sexo que yo. Hace caso omiso a lo que he dicho, me sonríe y es entonces cuando el karma me castiga:

—Lo siento, hamburguesas veganas no hacemos—me dice el camarero.

—¿No?

Me pongo tan, tan triste que la polaca se echa a reír. Pregunto por qué no hay. El camarero dice que el cocinero que las hace, no está hoy. Miro fijamente al camarero. Con odio sincero. Llevo 8 meses deseando regresar a este sitio para comerme esa puta hamburguesa vegana. La vida es una puta mierda. Ni mujer de mi vida ni hamburguesa vegana. La polaca no para de reírse. Pienso que la situación no es tan graciosa, que se ríe por crueldad: lo llevará en los genes: los nazis que violaron y dejaron embarazada a su abuela son los mismos que luego llevaban a los judíos a las cámaras de gas. Pienso:

—Debería darle por el culo. Por venganza. Sé que si me lo curro esta tarde y le pido sexo me va a decir que sí. Debería de vengar a los judíos. Follármela por detrás diciéndole “sí, avestruz, venga”… en caso de que no conozca la palabra avestruz.

Pedimos unas fajitas de mierda.

—¿Sabes? —me dice—Tienes cara de ruso.

—Soy mitad canario, mitad asturiano.

—¿Y tus abuelos?

—Canarios, asturianos… y cubana. Mi abuela era cubana.

—¿Blanca?

—Como la leche. Y con los ojos rasgados. Mis ojos de “chino” los heredé de ella.

—Por Cuba pasaron muchos rusos. A lo mejor, tienes algo de sangre rusa. Deberías de hacerte un test de esos de ADN que ofrecen por internet.

—Si, claro. Para que luego el gobierno tenga mi ADN y puedan acusarme de asesinato cuando ellos quieran.

Para colmo, este patético y enfermizo cartel podía leerse en el local. Parece que creen que el amor es algo muy parecido a pillarse un perro.

Para colmo, este patético y enfermizo cartel podía leerse en el local. Parece que creen que el amor es algo muy parecido a pillarse un perro.

4

Tras la comida corriente (que me podría haber hecho yo mismo en casa, tras pasar por la sección de congelados del Consum), damos un paseo por el museo de las Ciencias. Fuera, en la puerta del museo, a alguien le ha parecido buena idea poner como 60 carteles de mujeres científicas. No hay ningún científico hombre. Mi cita del Tinder queda asombrada cuando ve que solo hay fotos de mujeres:

—¿Sólo mujeres? —pregunta riendo— ¿Sólo hay mujeres científicas?

Le cuento que en España hay una gran ola de feminismo. Que están reivindicando el papel de la mujer en la historia, oculto durante tantos años.

—¿Pero es un museo feminista? —pregunta.

—No. No. Bueno. Ya no sé. Hace mucho que no entro.

Para que vea como está el percal, le cuento que hace unos días, unas profesoras feministas prohibieron el cuento popular de Caperucita Roja en un colegio de Catalunya. Ella no da crédito.

—Era mi cuento favorito, en mi infancia —me dice.

—Pues es un cuento machista —río—. Has tenido suerte de no haberte quedado traumatizada.

Caminando por el parque vemos a unos niños dentro de unas burbujas de plástico, recorriendo una especie de lago artificial. Los envidio. Allí dentro están a salvo del machismo, que emanamos todos los hombres por los ojos y por la boca, y de los cuentos tradicionales infantiles que los quieren atraer hacia la falocracia.

—“Algún día seré rico y tendré mi propio lago y mi propia burbuja de plástico” —planeo.

Caminamos. Hace calor. Nos tomamos una Coca-Cola en una terraza. En la tele, sale Pablo Iglesias: bajo un cartel de “UNIDAS PODEMOS”, su partido político.

Este es el político Pablo Iglesías, para quien me lea de fuera de España. Por aquí estamos en campaña electoral.

Este es el político Pablo Iglesías, para quien me lea de fuera de España. Por aquí estamos en campaña electoral.

—¿Unidas? —pregunta— ¿En español no se usa el masculino para hombre y mujer? ¿Es un partido sólo de mujeres presidido por un hombre?

Paso de complicarme la vida y que se ría más en mi cara de nuestra España actual. Yo no tengo la culpa de nada.

—Lo que ves es una mujer. ¿No te das cuenta que lleva el cabello largo?

—No es una mujer, Rafael. Tiene barba y bigote.

—Es una mujer. De verdad. Sólo que está enferma. Es un caso muy conocido en este país. Le cortaron los pechos unos islamistas que la violaron. Y la pobre es fea. Sale por la tele y la gente la vota por pena. De verdad.

Ella mira a Pablo Iglesias, muy confundida. Gracias a Dios, quitan la imagen enseguida y pasan a otra noticia.

—¿Mujer enferma? ¿De verdad?

—Sí. Mucho.

—Pobrecita.

Y, la verdad, creo que no le mentí del todo. El feminismo es supernecesario pero creo que lo están ridiculizando bastante y eso es una noticia terrible para sus loables fines. Es culpa de ese feminismo sin sentido y de esa izquierda ridícula que un partido político tan peligroso como VOX ha pillado tanta fuerza.

5

Damos un largo paseo por el Turia. Charlamos mucho, no reímos nada. Le digo que si me da la mano, que estoy triste, que no tengo familia ni amigos por aquí. Vivo en un pueblo, solo. Estoy muy triste, muy dolido. Que realmente llevo mucho tiempo sin contacto físico. Que no quiero follar, que si me da la mano no la voy a “atacar”. Sólo quiero caminar un rato de la mano con alguien. Imaginarme que no estoy tan solo.

—No —contesta— No te conozco.

—Ok.

Me cae fatal. Yo no le negaría a nadie, que estuviera triste, un abrazo o la mano. Ni mi compañía. Sinceramente, no podría. Paseamos 30 minutos más. Me aburro, ya ni siquiera me cae un poco bien. No sé que hago aquí. Bueno, sí. Pasar el rato con alguien. Pero me siento peor con ella, que estando solo. Cuando la miro me recuerda la ilusión que tuve al quedar con ella: que quizás iba a conocer a la mujer que amaría hasta el final de mis días. Desilusión.

—Bueno, yo creo que ya es hora de irme —le digo.

Ella se sorprende. No le ha gustado lo que ha escuchado.

—¿No quieres dormir en mi casa? —pregunta.

Me sorprende su propuesta. No la entiendo. No quiere darme la mano pero me invita a su casa. En la que vive sola. ¿Por qué no me dio la mano antes? ¿Quizás para hacerse la difícil? ¿Ahora que me voy está desesperada?

—No. La verdad que no —digo con crueldad—. Prefiero irme a dormir a mi casa.

—¿Seguro? —me dice fría, mirando fijamente a mi boca.

El pico de la avestruz se lanza sobre mi boca. La esquivo.

—Espera… ¿Qué te pasa? Antes no quisiste darme la mano y ahora quieres besarme.

—Ahora te conozco.

Mentira. Entre mi petición de que me diera la mano y su intento de beso, sólo han pasado 30 minutos. Así que si no quiso darme la mano fue sólo por crueldad. Por un momento pienso en follármela, para vengarme. Pero, en mi mente, ya puedo leer los wassaps que me mandará al día siguiente, cuando no quiera volver a quedar con ella: “me utilizaste”, “cabrón”, “espero no me hayas dejado embarazada”, “eres un cerdo”. Todas esas mierdas que estoy cansado de leer. Tantas que se acuestan con cualquiera, una noche, y parece que realmente estaban firmando un contrato matrimonial unilateral que sólo ellas pueden romper.

Paso.

6

Camino sin rumbo por la ciudad. Veo una tienda de libros de segunda mano.

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Entro. Miro las montañas de libros, polvorientos.

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Me pongo aún más triste. Esos libros soy yo. Desubicados. Inútiles. Sin dueña. Con tanto amor que dar. Tengo tantas ganas de irme de Valencia.

7

Suena mi teléfono.

Es ella.

—Hola… ¿te caigo mal?

—No —miento.

—Entonces… ¿te importaría venir a mi casa? Yo también estoy muy sola, como tú. Aquí no conozco a nadie.

—Es que no sé si despues de esa noche, voy a querer volver a verte.

—¿Pero me deseas?

—Eso sí…

—Pues ven… me arriesgo…

—Mmm… de acuerdo, avestruz.

—¿Avestruz? ¿Qué es avestruz?

—Amor.

—Oh… qué precioso… ven.

Me da su dirección. Cuelgo. Tomo un taxi. Y me la follo con condón por el culo, llamándola avestruz mientras miles de judíos asesinados en campos de concentración me sonríen desde el Más Allá.

—Gracias por vengarnos, Rafael Fernández —me dicen— ¡Dale! ¡Dale a ese avestruz! ¡Tu bisabuelo ruso está orgulloso de ti!

Al día siguiente, tras desayunar con ella en un VIPS, me despido:

—No debiste llamarme avestruz —me dice—. Fue demasiado bonito y ahora estoy un poco avestruzada… avestruceada de ti… ¿Se dice así?

—Sí. Te avestruzo mucho. Es increíble.

Salgo del VIPS, me subo a un taxi, y hago esa mierda cruel y cobarde que hacemos todos, todas y todxs: la borro de mi Tinder, la bloqueo por mi wassap. Sé que, bloquear y borrar del Tinder, no es delito en la Tierra pero, sin duda, sí que lo es en el Cielo. Y el que esté libre de culpa que me tire la primera piedra (pero que me dé de lleno porque si me levanto, lo reviento).

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