¿Qué es ser un hombre?

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Un hombre tiene que aguantar. Si no, no es un hombre. Enséñame tu corazón, ábretelo, muéstrame el dolor que soportas. Si tu corazón no está al rojo vivo, ardiendo y en tu rostro veo una mueca de llanto o de dolor: no eres un hombre. ¡Tienes que soportarlo todo! No eres digno de la familia que deseas tener. ¡Marica!

Te casaste con ella. Aguanta lo que venga. Soporta cada una de sus locuras. Ella es tu reina. Y calla. Si no, no eres un caballero. ¡¿Cómo no vas a querer ser un caballero?! ¡SER UN CABALLERO ES LO MÁXIMO!

A cambio tendrás un plato de sopa caliente… ¡Y todas sus facturas y excesos que pagar! ¡Eres afortunado! ¡No caerás en vergüenza delante de tus familiares, amigos y vecinos! Porque eso es a lo que se reduce ser un caballero según la gente envenenada: trabajar en lo que no te gusta para mantenerla, comer, cuidar a la prole inocente que tuviste con ella y callar. ¡Eres afortunado!

No es ese el hogar que deseo.

Un caballero, tal como yo imagino a los caballeros, no se queda ni busca un hogar así.

Un caballero es valiente, sale sin nada de su casa. Sin gritos. Con pena y con remordimientos por el desgraciado destino de la bruja que deja atrás, que ríe ante un cofre de monedas de oro sin saber que un día acabará. Desnudo. Le guía una estrella que realmente no existe. Escucha una voz que se inventa.

—Es la voz de un hada —se miente.

Y camina por la calle, buscando al hada, solo, pidiendo limosna. Come frutos secos y frutas que va robando por el campo. No tiene miedo. Y lo hace por su futura familia. Es ahí cuando empieza a amar a la familia que un día tratará de tener. A fortalecerse. Un día, mirará a los ojos de su verdadera mujer al verdadero amor de su vida, a los ojos de sus hijos y ellos verán, en la profundidad de su mirada, todo lo que sufrió. Pero también, toda la felicidad, que valió la pena. Porque al final, lo consiguió.

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Así es la vida de todo el mundo. Es una mierda la mayoría del tiempo. Pero nos lo ocultamos. Nos hemos convertido en especialistas en ocultar cómo de mierda es nuestra vida. Hay una zona especial en nuestro cerebro que se encarga de ocultarnos la verdad, día y noche. Trabaja muy, muy duro para que no nos suicidemos o para que no nos volvamos locos y salgamos desnudos a la calle: a gritar, robar, violar y a matar salvajemente con un hacha.

¿Tú no tienes la sensación de que vas a morirte pronto? ¿Que son tus últimos meses o días en la Tierra? Yo sí. No sé si es así como se forma el cáncer: a causa de todo por lo que he pasado estos años. Putada tras putada desde que nací, con algunos meses de vacaciones en oasis de felicidad que, siempre, siempre, se los ha terminado sepultando una ola que no supe predecir que venía.

Todas las mujeres que se han acercado a mí me han utilizado, torturado. Desde aquella que fingió haberse quedado embarazada de mí y hacerme sentir culpable por su aborto, pasando por aquella que acabó con todo mi dinero y tiempo durante años hasta que dejó de necesitarme y empezó a tratarme como una mierda o, la última, que me rompió el corazón y que me dejó por ser pobre y poca cosa ante los ojos de sus padres. Que me llamó “inestable” cuando quise defenderme ante sus padres. Sabiendo que sólo me fijo en las peores mujeres, no paro de buscarlas. No paro de buscar un amor que no existe y que sólo vi, de niño, en las imaginativas películas de Disney, cuando quizás, todo lo que tendría que hacer para ser feliz es correr en dirección contraria a las mujeres y de la humanidad en general. Cuando sintiera necesidad sexual (por culpa de las leyes de la naturaleza), acostarme con putas, y después dedicarme a hacer lo segundo que más me gusta de la vida: escribir novelas.

Y comer bien.

Y hacer deporte.

A veces pienso en cómo sería esa vida ideal que empezaría tras, por fin, asegurarme de que el amor no existe.

Me compraría una bonita casa en Asturias. En mitad de una montaña, sin vecinos a mi alrededor. Allí tendría un par de gatos, un par de perros y algunas gallinas. Montaría un gimnasio en la planta baja. Me compraría un buen televisor que tuviera Netflix.

La casa de mis sueños.

La casa de mis sueños.

Una vez a la semana bajaría a la ciudad. Me acostaría con una puta. Durante un par de horas.

Luego volvería a mi bonita casa: a escribir y a cuidar de mis animales y de mi cuerpo.

Un amigo me dice que el día que me acueste por primera vez con una puta, veré por primera vez a una mujer sin careta. Me dice que eso es lo que son todas. Hay que pagarlas por tener sexo, siempre. A las putas oficiales con dinero por hora. A las putas no oficiales, con tu vida y con tu salud mental.

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Aún así, sigo sin haberme ido de putas nunca, tratando de ser un buen chico. Un caballero. Un gilipollas. Encontrar a una mujer que me dé la mano y en quién pueda confiar. Cada vez me cuesta más confiar. Elijo mal. Lo sé. Ahora me fijo en alguien y pienso:

—Esta también me la va a jugar.

La chica de Francia. Tiene 30 años. La semana pasada me invitó a Madrid. Todos los gastos pagados. Ella sabe que estoy en la ruina. Aún así le importa un pito. Me quiere a toda costa. ¿Es amor verdadero o un plan elaborado para volver a dejarme sin huevos, triste, moribundo, desnudo, escuchando voces de hadas que no existen?

—Rafa, ella no te rechaza por tu mala racha económica que estas pasando —me digo— A ella no le importa el dinero. Dice que sólo le importas tú. Le encanta estar entre tus brazos, pasear a tu lado.

A veces, pienso que estar tan de mal de pasta es una oportunidad. Es genial que una mujer se me acerque ahora. Eso significa que no todo está perdido. Que todas no son unas putas interesadas, como dice mi amigo. Sueño con conocer al amor de mi vida en este momento. Porque sé de sobra que, tarde o temprano voy a resurgir. Siempre lo he hecho aunque ahora me esté costando demasiado. Y cuando vuelva a estar bien de dinero, esa chica que conocí estando en la ruina, no resultará sospechosa para mí.

La chica de Francia no me necesita para nada. Es más: sólo le doy problemas, soy una carga económica para ella. Además de pagarme este viaje, hace dos meses, me envió 200 euros para que pudiera terminar de afrontar mis gastos. Llevo casi dos años (los mismos que llevo sin publicar) sin poder vivir al 100% de mis libros. Así que ella podría ser el amor de mi vida… la putada: que no la amo. Nada. Me cae de puta madre, es una chica genial. Desea tener un hijo conmigo ¿Hay mayor cumplido para un hombre que ese? Pero la chispa del amor no se enciende.

¿Quizás por mi culpa? ¿Por todos los golpes que me han dado las mujeres? ¿Estoy tan asustado que no quiero volver a amar a nadie? ¿O quizás no siento nada de amor por ella porque es demasiado joven para mí? 15 años es una gran diferencia. De mentalidad, de madurez.

Si accediera a ser su novio, sentiría que estoy ocultándole algo. Sé cosas de la vida que ella no sabe. No son secretos, cualquier persona que tiene más de 40 años las sabe, las aprende inconscientemente. Lo bonito es que ella descubra esas cosas, esas mierdas de la vida, de forma inocente, con alguien de su edad. No con alguien que conoce esas mierdas y se las calla, las disimula. De eso se trata la vida. De descubrir las mierdas juntos. De querer morirse. Si estuviera con ella, como pareja, estaría sintiendo que hago trampa. A mí me han quitado mucha vida las mujeres, y me quejo. Lo que no voy a hacer es quitarle yo, vida a nadie. Ni dinero. No me va la venganza.

No me apetece ir a Madrid a verla. Sé que no tenemos futuro. Que ella debe ahorrar para un viaje que tiene que hacer a Argentina. Pero me insiste mucho. Y yo estoy tan solo. Me lo paga todo. Si antes de divorciarme, mi perra Anais se hubiera erguido sobre sus dos patas y me hubiera dicho que una chica como la de Francia me pagaría un viaje a Madrid para que me la follara durante dos noches, y que desea, con todo su corazón, que fuéramos novios, no me habría costado nada separarme. Ahora, que lo tengo: no lo quiero.

Quiero amor.

Eso que no existe.

Quiero amar.

Sentir esa ilusión es lo más bestial y lo mejor del mundo.

Acostarse con alguien, temblando de la emoción.

Mirarse a los ojos, durante horas. Sin querer hacer nada más.

Soñar juntos: imaginar que nos casamos, que vivimos en un bonito lugar, que nos comprendemos y nos apoyamos. Que reímos y, por qué no, que tenemos una hijita, quizás.

Que sabemos que tenemos nuestros errores, nuestras malas costumbres, que no somos perfectos: pero en la balanza pesan más las cosas buenas que las malas.

En la vida real: nunca nos fallamos.

Tengo que intentarlo.

Tengo que ser ese caballero, ventrílocuo, que dice escuchar una voz de hada que él mismo emite.

Vale más, vivir en el camino, sin nada, pero buscando, que en una casa donde todo se acabó.

Así que voy a Madrid y la recojo en el aeropuerto.

Está guapísima.

Ha venido con una chupa de cuero y unos vaqueros que le quedan muy bien.

Ella sabe que tiene un buen culo, lo explota.

Salimos del aeropuerto, paseamos por Madrid. Bebemos, me invita a cenar, se mete con mi corte de pelo, me dice que me queda fatal. Pero yo sé que me lo dice porque nota que estoy por encima de ella: ya sabéis: el que ama, siempre está por debajo, el que no ama, se la suda todo.

Y así estoy yo: me la suda todo.

Enseguida sé que es mala idea haber venido.

Que he de dejarle ir, volar.

Hacer sus cosas.

Que el amor no existe.

En el hotel se desnuda, hace posturitas. Me invita a grabarla en vídeo, sabe que eso me excita mucho.

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A mí se me baja.

Es que no quiero utilizarla.

Correrme dentro de ella sabiendo que no voy a darle lo que quiere.

Yo ya sé que lo nuestro no puede ser.

Que estoy roto.

He perdido la confianza: en mí y en el amor de las mujeres.

Mejor que esté solo.

Que escriba. Eso me gusta mucho hacerlo, todavía.

Siento que voy a morir.

O, quizás, lo único que siento es que me estoy muriendo.

Como todos.

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¡¡ÚLTIMO DÍA!!

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