La espantosa verdad sobre la foto del agujero negro

Jim P. G. Melinnsky

Jim P. G. Melinnsky

Jim P. G. Melinnsky, se despierta al escuchar el vibrador de su iPhone. Son las 3 de la madrugada. Se incorpora de su lado de la cama y dirige rápidamente su mirada a quien duerme a su lado: Barbara Wallace, su amada esposa durante más de 30 años. Ella descansa plácidamente: no ha escuchado, no le ha despertado el vibrador de la llamada telefónica. Sigue borracha. Jim, toma su iPhone, sale del dormitorio matrimonial y responde, mientras baja los escalones que conducen a la planta baja de su elegante casa familiar en Houston:

—¿Sí?

—¡Por fin! ¡Los tenemos, señor! —dice una voz, que no hace ningún esfuerzo por disimular su emoción, al otro lado del teléfono—. Los 8 archivos, de los 8 radiotelescopios, acaban de llegar encriptados.

—Bien —responde Jim P. G. Melinnsky sin emoción alguna—. Mándamelo a mi email y me encargaré de desencriptar los archivos que originarán la foto.

—Ya tiene allí los archivos, señor.

—Ok. Dentro de un rato os mando la foto resultante.

—¿En un rato? Señor… ¿no podría…

Jim cuelga el teléfono. No quiere prisas ni mentir. Sabe que, en el laboratorio, están ansiosos por ver, tras doce años de trabajo, errores y expectaciones, la foto de un agujero negro… ¡por primera vez en la historia de la humanidad! Jim P. G. Melinnsky es el líder del Event Horizon Telescopio, proyecto capitaneado por la NASA en el que, por medio de ocho radiotelescopios, a través de la interferometría, han conseguido obtener los datos necesarios para lograr fotografiar un agujero negro. Hasta hoy, nunca existió la tecnología necesaria para poder ser fotografiado. Jim dispone, por fin, ahora mismo, de todos los datos necesarios, esperándole en el iMac de su despacho. No tiene que hacer más que unos cuantos clics para que los archivos se desencripten y los datos finales de los 8 telescopios se unan gracias a un sofisticado software de inteligencia artificial que les ha llevado una década crear para así poder mostrar al mundo la fotografía jamás vista.

Pero Jim ha perdido la ilusión.

Por los agujeros negros y por todo.

Hace un rato, se enteró de que su esposa, Barbara Wallace, ejerció la prostitución en su juventud. Y que él no es el verdadero padre de William, un respetado abogado en la actualidad, el único hijo que se supone han tenido juntos. El pequeño William… la razón por la que Jim se casó con Margaret, al hacerle creer ella que se había quedado embarazada de él. La propia Margaret se lo confesó hace unas horas, sólo Dios sabe presa de a qué repentinos remordimientos, durante la cena, tras beberse dos botellas de vino.

—Toda mi vida ha sido una mentira —no para de repetirse Jim desde entonces.

Jim baja al garaje, se monta en su elegante y caro automóvil familiar. Conduce hacia Chinatown, al suroeste de Houston. Elige para aparcar un lugar de la calle en el que las farolas no funcionan. No quiere que nadie lo descubra allí. Durante casi una hora mira a las putas hacer su trabajo. Piensa en su mujer. Ella, en algún momento de su vida, trabajó así, se comportó así: como ellas.

Se horroriza y se excita. A la vez.

—Y yo, jamás —se recrimina— me he ido de putas. Jamás. Tratando de ser un buen chico. Tratando de no aprovecharme sexualmente de nadie por su necesidades económicas o por sus problemas mentales. He pasado toda mi vida sin entregarme a esos placeres sin saber que, en la realidad, estaba con una de ellas. Sin enterarme de la mitad de la película. Toda mi vida ha sido una mentira… ¡Se acabó eso de ser bueno! ¡A partir de ahora voy a vivir en el desenfreno! ¡En el infierno!

Arranca su coche familiar, lo conduce hasta situarlo al lado de una prostituta de color. Gorda. Muy gorda.

—¿Por cuánto?

—Por 100 dólares te hago todo lo que quieras, guapo.

—¿Todo?

—Todo menos que me rajes el cuello.

—Quiero sexo anal. Jamás lo tuve en mi vida. Por respetar a mi esposa.

—A mí no hace falta que me respetes, viejito simpático.

La prostituta sube al coche y le hace indicaciones para llegar a un solar próximo, oscuro. Una vez allí, la prostituta se pone de rodillas en el asiento del copiloto, asoma la cabeza por la ventanilla a la vez que se sube la falda. Entonces, Jim lo ve. El agujero de su culo está cubierto por un aro luminoso, rojo, fosforescente:

—¿Qué es eso que tienes metido ahí?

—¿Nunca has visto uno?

—No. No sé nada de la vida. Es la primera vez que contrato los servicios de una profesional.

—Es un “butt plug”, un tapón anal —responde la prostituta—. Me lo dejo puesto dentro para tener el agujero del culo bien abierto por si lo necesita un cliente…

—¿Por qué es rojo, fosforescente?

—Lo elegí en Amazon… ¿No te gusta?

—Al contrario… me encanta… ¿Podría fotografiarlo… por favor? Me pone barbaridad.

—Si te van esas cosas y no me sacas la cara en la foto, de acuerdo. Has pagado por el todo incluido y yo soy una puta legal.

Jim, con su iPhone, saca una foto al tapón anal del culo de la negra. Mira la foto. Por la falta de luz, ha salido bastante desenfocada, pero no encuentra tiempo para repeticiones. Excitadísimo, rabioso, le quita el tapón anal a la gordísima prostituta de color y se la mete. Cuando eyacula, enseguida, ella sale del coche, se marcha: sin despedirse ni mirar atrás.

Aún con la polla fuera de su pantalón y jadeando de placer, Jim recibe un wassap. Se lo mandan los alegres compañeros del proyecto Event Horizon Telescopio:

—¿Has desencriptado la foto ya? —preguntan, ansiosos— No vamos a regresar a casa hasta que nos la enseñes. ¡Doce años de trabajo, por Dios, Jim! ¿Por qué tardas tanto? ¡No te la quedes para ti solo, granuja! ¡Mándanosla! ¡Te estamos esperando con el corazónen la mano!

Es entonces cuando a Jim se le ocurre la idea. Desde su iPhone envía la fotografía desenfocada que acaba de sacar al tapón fosforescente anal de la mujer. Cuando, en el laboratorio de la NASA, reciben la foto todos gritan:

—¡Hurra! ¡Lo hemos conseguido!

Esa foto es la culminación a 12 años de trabajo. Celebran, dichosos, con gritos desenfrenados y champan el éxito más grande que tendrán en sus vidas de científicos. Sus vidas, valen la pena. Al día siguiente, orgullosos, todos los medios de comunicación reproducen la fotografía en la portadas de sus periódicos. Una foto que da la vuelta al mundo causando asombro y admiración en la población mundial. Una foto que enorgullece a la especie humana.

La foto enviada por Jim al Event Horizon Telescopio.

La foto enviada por Jim al Event Horizon Telescopio.

Y Jim, sonríe.

Ahora, no es el único tonto del universo.

Al día siguiente, a media tarde, tras beberse una botella entera de coñac y mientras fuma un porrillo de marihuana en el despacho de su casa y sin que lo nadie lo sepa, desencripta los verdaderos archivos en su iMac. Al ver el resultado, al ver por primera vez un agujero negro real, llora de emoción. La piel se le eriza. Es increíble. Gracias al milimétrico trabajo profesional de Event Horizon Telescopio, o gracias a cierto poder sobrenatural, el agujero negro se ve nítido, perfectamente claro y, en su interior, se distingue perfectamente un ojo humano de gran tamaño, mirando fijamente, a la vez, al objetivo de los ocho telescopios. Algo imposible que sólo podría hacer…

No puede ser otra cosa que el ojo de Dios.

El mismísimo ojo de Dios.

Dios eligió ese momento para mostrarse a los humanos por primera vez.

Jim sonríe. Selecciona la foto y los archivos encriptados. Los arrastra hasta la papelera de reciclaje de su iMac. Los elimina totalmente.

Para siempre.

—Jódete, maricón —dice Jim—. Esta vez, la verdad, sólo la sabré yo.

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