El padre y la profesora

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Nueve meses desde que me fui de casa. Dejar un hogar, una vida, romper una promesa de amor es algo tan duro, tan egoísta, tan traicionero que ojalá yo no existiera. Muchas veces preferí morir que decir adiós. Dejar un hogar es como lanzarte de cabeza a un triturador de basuras con la estúpida esperanza de que, tras ser triturado, volverás a renacer y tener una vida mejor. No va a pasar. Siempre te llegará al olfato el hedor de cómo sigue descomponiéndose la vida que decidiste matar. Aunque tengas buenos momentos.

Sin embargo, la vida, mi arrojo, mi inconsciencia, mi esperanza me animó a dar el paso.

No me arrepiento. Aunque sufro pensando que no estén bien.

Ella y el gato.

Han pasado nueve meses, casi todos los días he pensado en la muerte. He llenado mi cama de mujeres, de vivencias, de risas, de desilusiones, de soledad, de hambre y hasta de momentos de terror. Sí, estoy mejor que antes pero aún no hay día en qué piense que preferiría estar muerto que haber roto mi promesa de amor.

Para colmo, mi perra Anais cada vez más vieja, más débil, más cariñosa. Diría que la cuido yo a ella pero es ella la que me obliga a despertarme a las 11 como muy tarde. La que me hace ir al supermercado. La que me hace pasear por la calle. La que no se queda quieta hasta que me siento delante del ordenador.

Ella cree que escribo, que vuelvo a escribir novelas.

Pero no escribo.

Bloqueado, inservible. Sólo sirvo para escribir.

Muchas veces miro con deseo mi balcón. Me imagino saltando. Disfrutaría del salto pero del golpe: definitivamente no.

Dejé el único hogar que he tenido de verdad desde que mi madre murió. A cambio de nada. Ni siquiera de una promesa. No había otra persona, no había nada. Sólo necesitaba escapar de una vida en la que me sentía solo y no querido por otra vida en la que me iba a sentir más solo y menos querido. Porque tomar un café con alguien es fácil, incluso follarse a ese café. Pero conectar, no sentirse solo, ilusionarse, querer, caminar junto a alguien: no es nada fácil.

Es imposible.

Empecé a dejar de pensar en el suicidio cuando un padre me contó, emocionado, lo bien que se lo pasó, él y su hija, leyendo mi primer libro infantil. Ellos viven en Argentina.

A los pocos días, me llegó otro abrazo. Desde México. Una maestra me mandó un video de lo bien que se lo pasan los niños de su escuela con mi primer libro infantil. Vi a los niños y sus caras interesadas, vi los dibujos que hacían con ilusión. Tanto Argentina como México me contaron lo mismo:

—Tú libro es el que más les ha capturado de todos los que les he leído. Y eso que les he leído grandes clásicos. Gracias.

Me gustaría poner sus caras repletas de interés, pero no puedo.

Me gustaría poner sus caras repletas de interés, pero no puedo.

De pronto, todo lo que quise es que esa profesora o ese padre tuvieran otro cuento que leerle a su hija o alumnos.

—”Es una mala idea que escribas otro libro infantil —me dijo mi parte oscura—. Vendiste muy pocos. Menos de 140. Escribe mejor otro de Sigmundo (más de 1.600 ejemplares por título) o termina “Doctor Mente” para que te lo conviertan en serie en Francia, que es una gran oportunidad. Necesitas un buen ingreso de pasta, ya”.

Pero no. Lo único que quiero es que ese padre y esa profesora, tengan un nuevo libro que leer en voz alta. Recuerdo a Salinger. Hubo un momento en su vida en la que se retiró a una cabaña del bosque. Siguió escribiendo novelas, pero por gusto, no para venderlas. Y eso que le hubieran hecho ganar millones de dólares. No escribía por dinero. Escribía porque lo necesitaba. Eso es ser escritor.

Yo lo soy.

Esta novela me está salvando del suicidio: