Mi envidia

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Paso por delante del gimnasio mientras paseo a mi perra: me cruzo con un tipo que conozco de verlo entrenar por allí. No sé su nombre, nos vemos casi cada día pero no me saluda. Con el mando a distancia abre su cochazo: se encienden las luces de un Mercedes negro, precioso. Lo envidio: tiene un cuerpazo, un cochazo, se nota que tiene un buen trabajo que le da una buena pasta cada mes. No como yo actualmente. Mira hacia los ventanales del gimnasio para ver si alguna chica del gym lo está mirando. Ninguna lo hace. Se nota que eligió ese modelo de coche para ligar. Se nota que entrena mucho para tener el cuerpazo que tiene. Y en su mirada veo que está solo. Que regresa a un hogar donde no le espera nadie.

Como yo. Pero sin coche ni cuerpazo.

A veces he envidiado a mi vecino. Tiene una hija preciosa, de 7 años. Me encantaría que fuera mi hija. Me encantaría ser él. Su esposa es preciosa. Pero luego, escucho gritos de su esposa ninguneándolo por el patio, y ya tampoco lo envidio ni quiero tener una hija preciosa de 7 años.

Otras veces envidio a mis amigos millonarios. Pero también me cuentan sus miserias y dejo de desear ser ellos. Nadie tiene una vida perfecta. Sólo hay que meterse en la casa de cualquier persona que envidies para saber que él también está pasando por su infierno personal. Por cosas de la vida, me metí en la casa de un señor de esos, que visten rebecas, que viven con orgullo su sobrepeso y amor por el alcohol, que tienen un trabajo muy respetable, que se creen dignos, rectos y católicos y he visto cómo torturan impunemente a sus hijos para dar placer a su nueva esposa, porque ella no los quiere a ellos y a la que tiene que ir comprando mes a mes, regalándole joyas para que ella le haga sentir digno de su presencia. He visto como son de clasistas y racistas.

Y, luego, el loco y el impresentable soy yo. O, luego, me pongo triste porque no tengo familia (en lugar de celebrarlo).

Mi vida tampoco es envidiable. No he hablado con nadie, cara a cara, desde hace 44 días. No quedo con chicas a pesar de que cada semana tengo propuestas de lectoras para venir a conocerme al pueblo. No tengo ganas. Si tengo que ser sincero sólo me apetecería que vinieran para follar un rato, me hicieran una compra en el supermercado, hablar de algo agradable durante 30-40 minutos antes de irnos a dormir y para poder dormir abrazado a ellas. Y claro, eso no es un buen plan ni nada respetuoso para ellas: que sean mi muñeca hinchable y me den dinero. No tengo dinero ni tiempo que dedicarles: tengo que trabajar para salir de mi patética situación económica. Estoy cansado de ser un arrastrado, no lo merezco y no tengo porque ser así. Tengo todo para triunfar. Sé que mi filosofía de vida es correcta. Mi ex esposa la siguió y ahora tiene su propio trabajo que le apasiona, en el que está triunfando, superorgullosa. Me volqué demasiado en ella, la ayudé por encima de mis posibilidades, sin dudarlo y, cuando decidí dejarla, me quedé sin nada y no me dio ni las gracias. Paso los días con mi perra Anais, escribiendo, encerrado en casa. De vez en cuando tengo “hambre” de ver gente. Entonces, bajo a la calle del pueblo y me doy una vuelta con mi perra por la avenida. O me meto en un supermercado a hora punta. Eso me cura. Ya no necesito que me abrace nadie. Cada día que pasa me estoy haciendo más fuerte y más duro.

Trabajo en una novela infantil. Si me miro desde fuera, me siento estúpido escribiéndola y dibujándola porque, a demás de que dibujo muy mal, no sé si me dará algo de dinero. Pero me encanta crearla: me encanta levantarme de la cama, en cuanto despierto, y zambullirme en su mundo. Mirad la cara de tonto-flipado que pongo mientras la escribo. Estoy como drogado:

En el Nirvana.

En el Nirvana.

Aunque sé que no me va a dar casi dinero, tengo que escribirla. Me encanta. Me transporta a un mundo que me hace bien. Escribo las cosas que le hubiera gustado al niño que fui que le leyeran en una tarde de domingo. Cuando escribo la novela, sólo cuando la escribo, me siento multimillonario. Me siento la persona más afortunada del mundo. Todos mis problemas desaparecen. Fluyo con ella. Es el momento perfecto. El momento en que soy el mejor del mundo. El campeón. No envidio a nadie. Pienso:

—Es cierto que no puedo comprarme unas lentillas nuevas o un Mercedes, como el del gimnasio. Es cierto que no puedo hacer un viaje, como me encantaría. Pero la gente, ahí fuera, está obligada a pasar cada día el 80% de su tiempo en una oficina o trabajando en algo que no les gusta y yo, tengo el 100% de mi tiempo para disfrutar y hacer lo que quiera. No tengo dinero pero cada segundo de mi vida, me pertenece. Tampoco tengo que aguantar a subhumanos. ¿Quién es el pobre? ¿Ellos o yo? No vivo relaciones hipócritas, no tengo amigos interesados, no tengo una mujer que me grita, no tengo familiares que me torturan…

…y quizás por eso estoy solo: sin familias ni amigos. Tan solo. Por ser exigente. Por no permitir rodearme de mediocridad cuando, la raza humana, es mediocre o por lo menos imperfecta. Cuando es imposible no estar con nadie mediocre o imperfecto, yo incluido…

… a no ser que sea un dios y lo descubra cuando, a los 300 años, vea que sigo joven y con pelo.

PD.- Mañana o pasado subo el adelanto de 40 páginas de mi nueva novela infantil.

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