La chica peligrosa y extraña del fin de semana que empezó el jueves (cuarta y última parte)

Yo.

Yo.

Nota importante: Este relato-vivencia consta de cuatro partes. Aquí la primera, aquí la segunda, aquí la tercera y, a continuación, la cuarta:

 

Aquí estoy. En el aeropuerto. Está lleno de niñitas vírgenes de 16 años, con banderas de España. Sé que son vírgenes porque tienen ese color rojo, infantil e inocente, sobre sus mejillas. Y esas miradas de huevos fritos en la mirada. Hay como 80, esperando en la misma entrada en la que yo espero a la chica de Francia. Pregunto a los dos únicos chicos que veo que van con ellas:

—¿Viene algún famoso? ¿Por qué tanta bandera de España? ¿Vais a linchar a algún independentista?

—¡Ja, ja, ja! No. Son estudiantes de intercambio. Están esperando a sus nuevas compañeras, que vienen de Italia.

La chica que viene de Francia aparece. Me sonríe, repleta de felicidad. Está guapísima: a pesar del frío que hace, creo que para lucirse, se ha puesto un traje con falda muy corta que le deja la espalda al descubierto. Nada más verme, se tira sobre mis brazos. Todas las adolescentes aplauden, emocionadas. Nos besamos. Las adolescentes nos ovacionan. ¿Qué saben ellas de la vida? ¿Por qué aplauden? ¿Saben que, hace menos de 48 horas, yo estaba acostándome con otra? ¿No saben que soy un cobarde cabrón?

Dos días después de estar con la psicóloga voy a acostarme con la chica que viene de Francia. Doblete. Antes de casarme (hace 8 años) era un golfo y no me salía esto: que las chicas recorrieran cientos de kilómetros, tomaran aviones y trenes, para estar conmigo.

En la misma semana.

Y sin decirles ni una mentira. Ellas saben todo lo que ha pasado: primero vino la de Francia, follamos, se fue, a los 12 días vino la psicóloga, la poseyó un demonio, me aterró y se fue. Ahora vuelve la de Francia. Me siento mal: lo que quiero es ser un señor: deseo volverme a casar, ser fiel como lo fui durante 8 años, tener hijos por fin. Pues nada: voy a hacer doblete como si fuera un sucio sinvergüenza: pasar dos días con una jovencita.

No es lo que quería.

No pensaba volver a ver a la chica que viene de Francia, jamás. No porque ella no me guste, sino porque es muy joven para mí: tiene 30 años. Nos llevamos 15 años. Le iría mejor con un tipo de su edad. Vivir junto a alguien de su edad las tonterías que pensamos a los 30 años: que todo va a salir bien, que se va a casar con alguien para toda la vida. Que se van a comer el mundo juntos. Que sus hijos no van a ser hijos de padres divorciados o de padres que se ponen los cuernos sin parar y que se desprecian en silencio. Que la vida es algo más que carne y dinero. Yo podría vivir todo eso por segunda vez, junto a ella, fingir en una burbuja el tiempo que necesitara hasta que lo aprendiera ¿Para qué? ¿Para volver a estar solo dentro de otros 8 años? Me tocaría empezar otra vez a los 53 años. Soy una mierda. No soy una mierda. Desde hace meses la depresión quiere entrar dentro de mí. Quiere que me tire por la ventana. Cada mañana, al desperar, salgo al balcón y lo pienso durante unos minutos. No lo hago. Cuando me vienen pensamientos negativos les digo que no hay espacio para ellos: que se vayan: que no quiero terminar suicidándome.

—Déjame elegir a mí la vida que quiero tener —me dice la chica de Francia—. No me digas lo que tengo que hacer… no se lo permito ni a mi madre.

—Soy muy viejo para ti. Mira… canas por la barba y el cabello. Cada vez más.

—Me gustan. Yo me casaría contigo. Me gustaría tener hijos contigo.

—Te estás conformando. No te cases por casarte, nunca. Cásate sólo si encuentras a alguien que te vuelva loca de verdad. Esa es la única razón válida para casarte.

—Puedo enamorarme de ti, locamente.

—No creo. Soy un puto gilipollas. Y, encima, escritor.

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En taxi, llegamos a la estación de autobuses. Tomamos un bus de 55 mínutos rumbo a mi ático en el pueblo. No quiere quedarse en casa de Ramón:

—Ese picadero donde te follas a tus putitas —dice.

Me duele que diga eso. En casa de Ramón sólo he estado con dos personas. Ella y la psicóloga. Con la psicóloga todo salió mal. Cuando todo iba genial, se levantó en mitad de la noche y me hizo mucho daño. Dio con las palabras más terribles que alguien puede decirme nunca. Por eso estoy ahora con la chica de Francia. Porque la psicóloga me horrorizó. Porque necesito que me abracen: que me sane de lo que la psicóloga me hizo. Soy muy débil. Hipersensible. Un pobre niñito de casi 45 años que tiembla sin parar. No he hecho bien en decirle que venga. La estoy utilizando. No veo futuro con ella. No me atrevo ni a pensarlo. A su lado, siempre seré un viejo. Al lado de una mujer de mi edad, seré un tipo normal. Pero la chica que viene de Francia estaba deseando regresar. No paraba de escribirme. Día y noche. No hay forma más fácil de engatusarme que estar todo el rato escribiéndome, preocupándose por mí. No estoy acostumbrado que nadie haga eso por mí. Es demasiado bello para mí. Ser importante para alguien, no ser lo segundo o tercero de la lista.

Ella es gallega. Me hace mucha gracia que le guste vestir un poco choni y presumir de lo quinqui que es, de que ama comprar en Primark. Antes de divorciarme veía a esas chicas caminando por la calle y pensaba cómo sería estar con una de ellas. No sé cómo serán las demás. Pero ella tiene a una madre en su interior, deseando salir. Quiere casarse, asentarse. Está harta de novios que no conducen a nada. Y es culta, tiene estudios universitarios. En Francia tiene un curro muy bien pagado. Importante. Parece una geisha. Me da todo lo que necesito un segundo antes de que yo sepa que lo quiero. La primera noche la pasamos en mi sofá. Hablando y dándonos amor. Me ha traído chocolate. Comemos pizza. Sabe todo a lo que no puedo decir “no”. Intentamos ver una película pero la contraprogramación de las cosas que podemos hacer con nuestros cuerpos convierte, el visionado de la película, en misión imposible. Le doy dos orgasmos. Cuando me corro dentro de ella me da por pensar que me engaña cuando afirma que toma anticonceptivos. Creo que me quiere cazar: ha venido a eso… ¿Tan terrible sería, Rafa? ¿Y si es ella justo lo que necesitas? ¿Por qué siempre la cagas para estar solo? ¿Por que es tu zona de confort? ¿Por qué no simplemente das las gracias, Rafa, y aceptas la felicidad de una puta vez?

Lo único que no me gusta de ella es que fuma mucho. Dice que no quiere llegar a vieja.

Lo único que no me gusta de ella es que fuma mucho. Dice que no quiere llegar a vieja.

Es la primera chica que, estando conmigo, no tiene nada de interés sobre mi pasado. No pregunta por qué me divorcié, ni por qué me convertí en escritor. Nada. Sólo quiere estar conmigo. Ahora. Por un lado, eso me gusta, me alivia. Pero por otro lado me hace pensar que no sabe con quién está. O que no le intereso en realidad. Yo sí que le pregunto sobre todo lo que se me ocurre de su vida. Mi conclusión es que es una mujer fuerte y muy experimentada para su edad que quiere casarse y punto.

—Tú eres un loquito —me dice—. Tengo experiencia. No me asustas nada.

Sexualmente, funcionamos. Cada vez que tenemos sexo, tiene dos o tres orgasmos. Cuando sale el tema de que he tenido sexo hace poco, con otra, se pica, se lo noto en la cara, pero no me hace ni un reproche. Está agradecida porque volvemos a estar juntos. Nos quedamos dormidos, no le molestan mis ronquidos. Esa es la prueba definitiva. Si una chica resiste mis ronquidos (de verdad, sin hacer esfuerzos, sin mirarme mal ni un segundo) es que me ama de verdad. Sólo una persona que me ama de verdad puede resistir mis ronquidos. Duermo estupendamente a su lado. Cuando abro los ojos descubro que, en algún momento de la noche, puso su mano sobre mi corazón. Y ahí la dejó. Su mano sobre mi corazón me tranquiliza. Nunca nadie me había hecho eso. Su mano estuvo transmitiendo energía sobre mi corazón toda la noche. Lo curó de todo lo malo.

—¡Pero es demasiado joven, Rafa! —me digo— No seas patético. Le llevas 15 putos años. Trátala bien estos días, sé agradecido y luego olvídate de ella.

De todas las cosas que podemos hacer, en este nuevo día, elige ir al supermercado. Quiere que la vea cocinar.

—Pillamos unas cervezas y me haces compañía en la cocina, ¿vale? —propone.

—¿Eso es lo que quieres hacer hoy?

—Me encantan cocinar. Pero como vivo sola, hace mucho que no cocino. Odio cocinar sólo para mí.

Vamos al Consum.

Ella es la del jersey rosa (que compró en Primark).

Ella es la del jersey rosa (que compró en Primark).

Al entrar en el super, todos nos miran. Pienso que los empleados me miran porque están acostumbrados a verme siempre solo… pero… ¿y los clientes? ¿Me miran porque ella es demasiado joven para mí? ¿Quizás la miran porque piensan que la tengo bajo los efectos de la burundanga? Me he convertido en un pervertido que va con jovencitas. En un enajenado. En un inmaduro. Me faltan tatuajes, pendientes y teñirme el cabello de amarillo. Mientras esperamos turno, en la pescadería, me miro al espejo. Me veo mayor para ella… esas canas que tengo en la barba, hoy las veo más blancas que nunca… No debo utilizar a las mujeres. No debería de haberle dicho que viniera. Ilusionarla. Hacerle perder su tiempo en la vida. Pero la necesitaba. Necesito que alguien me quiera. Es lo único que le pido a la vida y no me lo da. Estoy demasiado solo. Anoche me la follé con ganas, con rabia: como vengándome de todas las mujeres que me han hecho daño últimamente: mi ex esposa, mi ex novia y su vomitiva familia, la psicóloga. Anoche, mientras me la follaba, imaginaba que ellas nos miraban, con deseo y envidia: yo les decía:

—¡Os gustaría estar aquí y no podéis! ¡Por haberme hecho daño! ¡Por no tratarme bien! ¡A las tres os dejé por ser malvadas conmigo! ¡Mirad cómo se corre esta! ¡Es mucho más joven que todas vosotras! ¡Mirad que feliz es! ¿Y vosotras? ¿Qué tal os va? ¿Tan difícil era tratarme como yo os trataba a vosotras? ¿Acaso os di otra cosa que no fuera amor? Me di al 100% y no tuvisteis la elegancia ni la decencia de tratarme bien. Por eso os dejé. Ahora id a follar con subhumanos. ¡Sabéis de sobra que no hay nadie mejor que yo!

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En casa, me pide una camiseta para cocinar. Le doy mi camisa de mi equipo, la U.D. Las Palmas, porque me da mucho morbo vérsela puesta. También se pone mis zapatillas de señor mayor.

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Entra en mi cocina. Dice que da asco. Que los muebles están pegajosos. Me manda al super a comprar una lista de cosas para limpiarla. Le hago caso, con vergüenza. Pero también me excita que me mande como si fuera mi esposa.

—Eres un poco guarro y un pervertido.

—Puedo ser más limpio.

—Ok, pero lo de pervertido no lo cambies. Me gusta.

Cuando terminamos de limpiar la cocina, saca unos guantes para picar la cebolla. Cocina a la vez que me va enseñando, en el YouTube, la música que le gusta. Veo que está disfrutando. Cocinar, beber cerveza, besos, no necesita más. Ni yo. Es preciosa: sabe disfrutar de las cosas sencillas de la vida, cocina de puta madre. Me hace el arroz gallego más rico que he comido en mi vida… ¡Hace tanto tiempo que no disfruto de comida hecha con amor! Tiene pinta de ser una de esas mujeres todoterreno: que pueden con todo. Que tiene las cosas super claras desde que nació. Fuera, hace un maravilloso día de sol. Preparo la mesa en la terraza. Cuando terminamos de comer, empieza a hacerme una mamada:

—¿Sabes que tienes un poco de fimosis?

—Sí.

—Veo que no te da problemas, que baja del todo, pero con la edad, puede dártelos.

—Quizás me opere más adelante. Pero no ahora. Una vez miré y el postoperatorio dura casi un mes. ¡Un mes sin poder follar! ¿Cómo se puede sobrevivir a eso?

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—Eres mío. Lo sé —me dice tras hacerme eyacular—. Y cuando tus lectoras lean todo esto, no se va a atrever a venir a tu ático… ninguna más. He dejado el nivel demasiado alto.

Menos mal que se va. Si se quedara, no tendría huevos para decirle que no a nada que me propusiera. Sin duda, me enamoraría de ella y, en algún momento de los 8 años siguientes, ella dejaría de estar enamorada de mí, como le pasó a mi exesposa, y comenzaría a tratarme fatal, porque no tendría los huevos de dejarme. Tendría que ser yo el valiente que reuniera el valor, el cabrón que se plantara, el que se enfrentara a la vida y dedujera, con dolor, que mejor es separarnos que vivir juntos sin amor: ser yo el que rompe nuestro matrimonio mientras se siente un gusano repugnante. Eso es demasiado cruel y duro. No quiero volver a vivir eso jamás. Ese proceso me ha dejado al borde de la locura. No merezco a nadie. El amor no es eterno. No soy más que un pobre escritor que nunca llegará a nada. No quiero cagarle la vida a nadie. Ya tengo bastante con ser un esclavo de las letras.

En el aeropuerto, nos despedimos. Le digo a la chica que vino de Francia que se busque a un chico de su edad. Que me olvide. Que lo haga por los dos. Llora. Se va. Otra vez he hecho daño. No quiero hacer daño. Pero no paro de hacerlo. A todas las hago llorar.

Por la noche, me llama por teléfono la psicóloga. Me cuenta que ha visto fotos en mi Facebook: que sabe que he estado con otra:

—Claro —dice con voz muy firme—. Yo soy la mala porque te puse en tu lugar. Y ella es la buena, porque es sumisa y hace todo lo que quieres, ¿verdad? ¡Típico de hombres machistas!

Me preocupa lo que dice. La psicóloga me acusó de cosas horribles que no son verdad. ¿En qué lugar me puso? En uno que no merecía. Me provocó un ataque de ansiedad, gratuitamente. Por eso huí de su lado. Si no, lo hubiera intentado con ella. Trato de explicarle. Al rato, se echa a llorar:

—Estoy rota, Rafa. De niña me pasaron cosas horribles —confiesa—. No te las puedo contar… ¡No se las he contado a nadie! Siento mucho lo que te dije esa noche. Estoy arrepentida. Me pasé tres pueblos. Tú siempre fuiste bueno conmigo. No sé porqué quise hacerte tanto daño. Creo que es porque me gustas mucho y eso me ha jodido.

Tras llorar, comienza a reir. Está loca. Pero la adoro. Me invita a Bilbao, a su casa. Si la vuelvo a ver, si me meto en su casa, puede ser que me denuncie falsamente y yo termine en la cárcel. Me da igual. Quiero ayudarla. Sé que puedo ayudar a que sane. Estar en la cárcel sería bueno para mi “yo” escritor. Además, ahora me excita más que antes. Quiero estar con ella. Y con la chica de Francia. Y con mi ex esposa. Y con mi ex novia. Quiero estar con todas las mujeres del mundo. Con todas mis lectoras. Y con todas mis no lectoras. Quiero hacerlas felices a todas.

Pienso en qué maravillosa son las mujeres. Deberíamos de reverenciarlas más. Ser sus esclavos. ¡Qué bien nos hacen sentir! Esa magia que desprenden y que sólo ellas nos pueden dar. Esa paz, esa tranquilidad con la que llenan nuestras almas. Ponen la mano sobre nuestro corazón y lo sanan. Una vida, sin compañera, no es una vida digna de ser vivida. Son tan amables, que hasta se quedan embarazadas por nosotros. Ellas sufren todo el rollo ese de tener el niño dentro durante 9 meses y sacarlo entre gritos y sangre. Nosotros, mientras tanto, podríamos estar en el sofá, bebiendo cerveza. Todo lo que nos hacen hacer es follarlas, tener un orgasmo y ya. Lo mejor. No quiero hacer daño a ninguna mujer. Cada día estoy más seguro de que voy a suicidarme. No pertenezco a este mundo. Aquí no hay sitio para mí. Lo único que me gusta del mundo es que una mujer me ame. Y tener hijos. Y escribir un best seller. Pero no puedo. No merezco a ninguna mujer. Son demasiado grandes para mí y para cualquiera. No me van a amar para siempre. Si las amo, les hago daño. Si no las amo, también les hago daño. Dios debería de haberlas hecho insensibles ante los hombres. Espero reencarnarme en mujer. Me gustaría sentir ese poder de dar a luz. Los hombres no vivimos realmente. Nosotros sólo somos las mochilas que cargan las mujeres. Nosotros sólo somos los que os hacemos daño. Vosotras sois las únicas que tenéis algo que decir aquí, en la vida. Las únicas que lo sentís todo, las que hacéis el viaje completo. Nosotros somos unos niños protegidos y consentidas por vosotras.

—¡No! ¡No! —grito— ¡No ire a tu casa! ¡No iré a la casa de nadie! ¡Es mi polla! ¡Es mi polla! ¡Dejadme en paz, todas!

Estoy loco. Es por culpa de mi polla. Ella es la que me obliga a estar con todas. La que me hace querer amarlas, cuidarlas en masa. Tengo que librarme de mi polla. Me susurra, día y noche. Tengo que librarme de ella, temporalmente. Si me libro de mi polla, me libro de las mujeres. Recuerdo lo que dijo la chica que viene de Francia cuando se la metió en la boca. Tengo algo de fimosis. Si me operan, estaré casi un mes sin poder follar. Cada vez que me excite me dolerá, perderé la erección. Es la única forma de librarme de la maldición que es tener polla. Mañana, iré al médico a pedir hora.

Necesito unas vacaciones de polla.

FIN

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)