Mi vecino es tonto.

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El otro día estaba hablando con una amiga en un parque. Me contaba que, además de artista, es terapeuta y que queda frecuentemente con chicos del Tinder:

—Y veo lo mal que están los tíos. Pero muy, muy mal —me dice.

—Lo mismo pienso de las chicas —repliqué.

—No sé. Nosotros estamos más trabajadas.

—Quizás estáis un poquito mejor que nosotros, pero no mucho más.

Intento ir por la vida en “modo feliz” y “sin hacer daño”. Cuando vi que me tocaba divorciarme y que iba a volver a estar soltero me prometí a mí mismo no mentir para follar. Odio cuando las chicas lloran. Odio saber que he hecho daño a alguien sólo por meterla. En los 8 meses que llevo “soltero” no he mentido ni una vez. Antes de estar casado, hace casi 8 años, sí que era capaz de prometer cualquier cosa por follar. Ahora me es imposible. Cada palabra que sale de mi boca es verdad. Mentir es de gente pequeña, yo soy un gigante. La gente que miente es gente que está escondida tras un montón de mierda. Yo camino entre la mierda (la gente, la sociedad, etc), pero no soy una mierda.

La amiga me enseñó unos cuadros que había hecho. Los tenía en la galería de fotos de su iPhone. Me gustaron mucho: fue la gota que rebosó el vaso:

—¿Me dejas besarte? —le pregunté.

—Sí —contestó.

Le pillé la boca, le di un beso con toda mi alma. Me gusta besar a lo bestia, sin contenerme. Ella respondió a mi beso igual que yo. “Besamos igual”, pensé. No la estaba utilizando. La estaba besando porque me pareció una gran artista, una mujer muy bonita y yo necesitaba cariño. Cuando terminamos de besarnos me dijo:

—Pensaba que era un beso en la mejilla.

—Lo siento. ¿Por qué no te quitaste? —pensé, sopesando lo cerca que había estado de cometer una especie de “agresión sexual” y salir en los periódicos sin pretenderlo ni por un segundo.

—Me gustó.

Seguimos besándonos un par de horas. No le pedí más que besos aunque por supuesto algo entre mis piernas creció y se puso pesado. No le pedí follar, tampoco sé si ella hubiera querido, supongo que no, pero me parecía demasiado pronto, mi última novia me había dejado hace dos días: luego ella quiso volver: la mandé a la porra. Hay gente que está esperando que todo vaya bien para empezar una relación. Yo creo que las cosas nunca van “bien” para empezar una relación o lo que sea. Creo que la vida hay que agarrarla por los cuernos, subirse en su lomo y tratar de llevarla, más o menos, a donde uno desea ( y sabiendo que nunca lo vas a conseguir del todo). Si esperas al día que las estrellas estén en posición, puede ser que tu cabello ya sea demasiado blanco, que ya no te queden fuerzas ni para sonreír. Creo que una relación se hace fuerte justo cuando aparecen los problemas. Es muy fácil compartir tiempo cuando todo está bien. Pero si huyes cuando aparecen los problemas, no eres mi chica porque eres una cobarde. Superar problemas une más que una buena follada.

Tengo 44 años, voy a aprovechar cada segundo de mi vida. Entre ser feliz o no serlo, siempre voy a decidir serlo. Parece simple, pero mucha gente hace justo lo contrario.

Por ejemplo, mi vecino. Mi vecino es un chico de más o menos mi edad. Tiene un negocio en la zona, dirige una franquicia de comida rápida. Tiene bastante sobrepeso. Nada más mudarme, toqué en su puerta, simpático. Nada más abrir la puerta, ya vi en sus ojos que tenía problemas con su vida. No por su sobrepeso, sino por algo que no sé qué es (aún). Está limitado, no la disfruta. Tiene juventud, un buen trabajo, vive en un ático dúplex… ¿qué le pasa? ¿por qué está siempre encerrado en su ático? ¿por qué no hace fiestas?… Tiene dos perros, eso me alegró. Así no tendría problemas con Anais, mi perra. Es inevitable que, alguna vez ladre o lo que sea.

Sus perros sí que ladran bastante. Ahora mismo están ladrando, ya que él se ha ido a trabajar. Siempre que se va a trabajar, ladran y ladran. No pasa nada. Vivo en un ático de dos plantas con un montón de habitaciones. Cierro la ventana (además hace frío), cierro alguna puerta, pongo una alegre lista musical del Spotyfy y sigo escribiendo con una sonrisa. Los vecinos se han quejado de los ladridos de sus perros varias veces. En cambio, de Anais Nin, no se me han quejado nunca. Anais, cuando nos mudamos, estaba nerviosa y ladraba mucho cuando me iba de casa. Pero se le pasó enseguida.

Cuando me encuentro con mi vecino, jamás me quejo de los ladridos de sus perros. Y eso que soy el principal perjudicado por cercanía. Es más, le miento como un bellaco para darle un respiro:

—Nunca los oigo. Son unos angelitos.

Pues ayer va, y el subnormal, me toca en casa y se queja de que el otro día Anais ladró un rato (a saber si es verdad). Le miré sin saber cómo reaccionar. O sea, ningún vecino se queja de Anais y el que menos debería quejarse del edificio (y del mundo), le dice eso al único vecino que no se queja de sus putos perros y que encima trata de que no se sienta mal y sea un poco feliz.

Esa misma noche, fui a su local de comida rápida. Pedí una hamburguesa. Metí una cucaracha dentro y le puse una reclamación.

Yo voy en “modo feliz” por la vida. Sin “hacer daño”.

Pero cuando me encuentro con un tonto, me pongo en “modo justiciero” y le doy con un palo en la cabeza.

Para que se entere bien que es tonto.

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Suelo ir a entrenar a eso de las 15:00 horas al gym porque a esa hora no hay nadie en el vestuario, que tiene una acústica de la hostia, y puedo cantar y bailar canciones sin que nadie me interrumpa.

Suelo ir a entrenar a eso de las 15:00 horas al gym porque a esa hora no hay nadie en el vestuario, que tiene una acústica de la hostia, y puedo cantar y bailar canciones sin que nadie me interrumpa.