Marta y yo

No es ella pero se parece.

No es ella pero se parece.

Marta es una lectora de Tarragona. Me compró varios libros cuando yo vivía allí. Ahora que ya no estoy casado, todas las lectoras que antes no me decían nada me tiran la caña.

Yo sólo quiero amar, volverme a casar, pero parece que no voy a disfrutar de ese cielo sin pasar primero por el purgatorio del pajero, y luego, por el purgatorio del folleteo. Espero, algún día, encontrar a una mujer pacífica, que no tenga problemas con lo que escribo, con buen corazón, que me ame de verdad y, si es posible, que esté muy buena.

Marta está casada; tiene un par de hijos a pesar de sus veintiséis años. Bueno, supongo que es normal. Cuanto más buena estás, más te follan. La naturaleza pone sus trampas.

Su marido tiene un problema. Es ludópata. Lucha contra su adicción pero no es suficiente fuerte. Ella, asustada por las cosas que él hace con la economía familiar, lo abandona tres o cuatro veces al año, se va con sus hijos a casa de su abuela. Entonces, él le promete que va a cambiar. Y parece que sí pero no. Vuelve a recaer.

Marta dice que, tarde o temprano, va a dejarlo.

Cada noche, ella me manda fotos y videos en los que sale desnuda. Quiere que le mande una foto de mi polla pero a mí me da cosa. Mantenemos chats en los que siempre terminamos masturbándonos. A mis 44 años, pienso cómo le puedo gustar tanto a una chica de 26 que está así de buena. A veces fantaseo con tomar un blablacar, ir a Tarragona, rescatarla de su marido, convertirme en su esposo y padre de sus hijos. Tengo amor de sobra para dar. Ella me dice que, quizás, eso termine pasando. Pero, por otro lado, sabemos de sobra que sólo somos un alivio para nuestro día a día. Una fantasía. Espero que su marido sane y sean felices los cuatro.

A menudo se lo folla pensando en mí. Hija de puta…

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—¿Sabes? —me chatea—. Hoy en la biblioteca hablaba con una amiga que es muy feminista. Hablábamos de por qué me gusta leer libros como los tuyos y me ponía tan, tan cachonda, cuando soy feminista. Que por qué me gusta consumir porno y encima del duro. Suelo ver mujeres “forzadas”.

—¿Y qué les contestaste? —pregunté.

—Me gusta imaginar que me violan y, sin embargo, en la realidad, como alguien me toque un pelo sin mi permiso, se lleva una hostia que bueno… Por eso siempre creí que tenía algo mal en la cabeza, algo que era producto del patriarcado.

—Sólo son fantasías. No veo nada malo.

—Mi amiga y yo no llegamos a ninguna conclusión. Simplemente que la sexualidad hay que vivirla libremente sin hacer daño a nadie y que bastante oprimidas estamos. Ella también se masturba con esos vídeos.

—Mis libros no van contra las mujeres. Van contra todo: hombres, mujeres, niños, blancos, negros, chinos, Alá, Dios, etc. Sólo es literatura que busca hacer pensar, reír, entretener o enfadar.

—Sí. Pero es que, a veces, vivimos en contradicciones. Por ejemplo, el feminismo defiende que la pornografía de ese tipo debería eliminarse para evitar que se genere ese tipo de fantasía que luego muchos quieren realizar. Sin embargo, yo, que soy super feminista, la consumo a tope. Y tus libros… la de veces que me apetece cogerlos y tirarlos por la ventana. Decir “no me los vuelvo a leer nunca más”. Pero me ponen muy, muy cachonda.

—No creo que se pueda evitar que la gente piense o tenga fantasías con lo que le salga de la nariz. No creo que se evite nada por prohibir. Es como cuando en EE.UU se prohibieron los cómics porque algunos pensaban que volvían agresivos y locos a los niños… o creer que si alguien ve “El silencio de los corderos” le va a apetecer ponerse a zamparse a la gente. Creo que el único modo de evitar que el machismo o la violencia aparezca dentro de un ser humano es educándolo correctamente desde niño. Estoy seguro que tus dos hijos, gracias a la educación que les das, no serán ni violadores ni machistas cuándo sean mayores. Serán grandes hombres.

—Eso espero. Lo que digo es que no entiendo cómo siendo feminista eso de imaginar que me violen es lo que más me pone en el mundo. Me encanta ver vídeos de “violaciones”. Es raro.

—Nunca te voy a violar, Marta. Lo siento.

—¡Ja, ja, ja! ¿Noooo? ¡Por favor! ¿Pactada?

—No, no. Todo lo que quieras menos eso.

—¿Ni jugando?

—No. Me da muy mal rollo. Lo siento. Es de lo peor que puedo pensar: jugar a ser un monstruo de esos que salen en las noticias.

—Pero no lo serías en este caso. Yo te lo permitiría.

—No. Eso no me excita nada. No empalmaría.

—He llegado a pensar que, quizás, haya más público femenino del que se piensa consumiendo esos videos. En las encuestas, muchas mujeres reconocen que son una fantasía para ellas. Pero luego no lo concebirían en la realidad.

—Estoy cien por cien seguro que habrá muchas más mujeres que vean esos vídeos… ¡Tu amiga y tú no vais a ser los únicos bichos raros del mundo! Todo el mundo es más o menos igual.

—¡Ja, ja, ja!

—No quiero jugar a eso pero me hace gracia que veas esos vídeos. Yo no los veo. Lo que suelo buscar son videos de “morena a 4 patas”. Es lo que más me pone.

—Quiero enviarte algo.

El Instagram me notifica que Marta ha abierto su cámara. Me manda una foto. Es ella. A cuatro patas.

—Morena a 4 patas.

—Bendita seas, Marta. Puedo pasar así todo el invierno.

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