Perro García

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García no sabe bien qué le llevó a querer adoptar un perro. La decisión fue consensuada con su esposa e hijos pero, desde luego, la idea salió únicamente de su cabeza.

—Haz lo que quieras —le dijo su esposa—. Pero si lo traes, lo cuidas tú.

—Sí, me gustaría muchísimo.

Sus hijos lo miraron como quién mira a un loco.

García fue solo a la perrera. Nada más llegar, sus ojos se clavaron en un chucho viejo y grande.

—Este es el que quiero —pensó—. No puede ser otro.

—¿Cómo lo va a llamar, señor?

—Aún no lo sé.

La perrera le puso una condición: castrarlo. A García le pareció cruel, sin embargo, era el único camino para que permitieran llevárselo. Necesitaba ese chucho. No sabía porqué. Esa misma tarde lo llevó al veterinario: que le cortaran las pelotas al chucho le unió más a él. De pronto eran como dos amigos que habían hecho un pacto de sangre:

—Tú les das tus pelotas y yo a cambio… pues no sé. Te cuido el tiempo que te quede.

—Tenemos trato —pensó García que pensó el perro.

Durante la semana, el chucho dio muchos problemas en casa. A causa de la medicación, vomitaba. Como sólo se sentía a salvo y querido en presencia de García, ladraba sin parar cuando él marchaba a trabajar por las mañanas. Una noche, al regresar al hogar, la esposa de García le habló, repleta de nervios:

—No soporto a ese chucho. Da muchos problemas. La casa huele mal por su culpa. Devuélvelo a la perrera.

—No —dijo García—. Jamás.

El matrimonio discutió. García dejó la ciudad, se fue de casa con el perro. A la casa de su difunto padre. Una casa destartalada que heredó en mitad del campo. Allí se refugiaba siempre cuando discutía con su esposa. Cada año, discutían más.

Esa noche, mientras García dormía, su difunto padre se le apareció en sueños:

—El planeta Tierra es un lugar mágico para los que tienen valor—le habló de forma misteriosa—. El valor es el desencadenante de la magia que puede llegar a tu vida. Atrévete a hacer lo que quieras y el Rey del Cosmos te lo arreglará todo para que puedas seguir haciendo lo que quieras.

Al día siguiente, cuando García despertó, decidió que aquella mañana no iría a trabajar. Se trataba de una mañana soleada, de temperatura agradable. Prefirió salir a pasear por el campo con el chucho sin nombre. Al poco rato descubrió que no estaba tan viejo: se le adelantaba en el paso. De pronto, le apeteció comenzar a correr junto al chucho. Riendo. El perro comenzó a ladrar de felicidad. Y García a imitarlo. García ladraba. El perro, reía. Se sentían vivos. Quizás porque ambos se habían olvidado de tomar, por la noche, la medicación que siempre tomaban para dormir: que les anulaba. Ninguno la necesitó. Tampoco la que tomaban por las mañanas. Se sentían formidables.

Al regresar, tras una ducha, García decidió comenzar a escribir esa novela que siempre le rondaba por la mente. Tenía una idea buenísima en la que nunca se había atrevido ponerse a trabajar. Esa idea se le aparecía cada día, pero la mataba con sus pensamientos de subhumano. No obstante, esa mañana sentía demasiada fuerza: se sentó frente a su portátil, comenzó a teclear, imparable. Cuando terminó de escribir el borrador de la página 25 supo que nunca regresaría a su trabajo, a su hogar, ni con su esposa ni con sus hijos. Se quedaría con ese perro, al que llamaría Libertad.

García miró al chucho, entendió porqué había ido a buscarlo hasta la perrera. Necesitaba que le ayudara a abandonar la vida que le castraba. El chucho asintió con la cabeza, como si pudiera entenderlo.

Unos meses después, se acordó el divorcio. Su esposa, se quedó con la cara casa de la ciudad. García, con la destartalada casa de campo. Cada mañana, salía con Libertad a correr. Cada vez más cerca, fundiéndose en un sólo ser. Una de esas mañanas regresaron del paseo convertidos en un ser mitad perro, mitad hombre.

Perro García.

Perro García.

La gente se asustaba al verlo. Pero ellos sabían que se habían transformado en un ser fabuloso y único. Quizás el primero de la historia. Meaban por los alrededores. Las mujeres olían esos meados e, inexplicablemente, iban hasta su casa, siguiendo el rastro. Sus orines olían a libertad, a flores de sexo. Entraban en la casa y follaban con un animal. Felices.

Perro García también era feliz. Tres meses después, terminó la novela. Cien por cien seguro que se convertiría en un superéxito. Pero a Perro García le asaltaron dudas: jamás sabría si sería un éxito por la calidad de su contenido o por ser el primer hombre perro de la historia de la humanidad que, además, escribía una novela.

—¡Perro qué más da! —le gritó su padre desde el más allá— ¡Tampoco antes, en tu vida, había lógica o justicia! ¡No pasa nada porque disfrutes de la vida! ¡Publícala y hazte rico!

Esa misma noche, los hombres del pueblo, hartos de que sus mujeres les engañaran con Perro García, decidieron quemar la casa de campo en la que vivía, con él dentro. Trancaron por fuera sus puertas, ventanas y la rociaron con gasolina. Perro García murió entre gritos de dolor, mientras su fantasmal padre, a su lado, le gritaba:

—¡No pasa nada, hijo! ¡No pasa nada! ¡Enseguida llegas a mi plano y te sentirás de puta madre! ¡Aguanta! ¡Aguanta! ¡Morirás dentro de un minuto! ¡No tengas miedo! ¡En esta dimensión ese dolor te abandonará!

En cuanto murió, Perro García salió fuera de la casa, fantasmal. Allí lo esperaba su difunto padre, emocionado.

—Ven a mis brazos —le gimió mientras los hombres del pueblo, celebraban haberse librado de Perro García.

No lo soportaban. Era demasiado diferente, brillante y sexual. No podían compararse con él.

Cuando una fuerza como Perro García abandona la Tierra siempre deja tras de sí sus semillas. Porque la Tierra sin pasión, sería pasto para los subhumanos. Los hombres del pueblo, al regresar a sus casas, descubrieron que a todas sus mujeres se les había inflado el estómago. Instantáneamente, al mismo tiempo que Perro García moría. Cada una parió esa misma madrugada: a un cachorrillo perro-humano del que se enamoraron locamente: como antes se habían enamorado de Perro García.

A pesar de los gritos de locura, indignación y dolor de sus maridos, ninguna mujer quiso deshacerse de su cachorrillo. Sí de sus maridos a los que, sin dudar, asesinaron (por la espalda, envenenados, golpeados con piedras) por miedo a que ellos mataran a sus crías, como habían hecho horas antes con Perro García.

Y a ese pueblo llegué caminando hoy, casi por casualidad. Con mi perra, Anais Nin, que se volvió hacía mí antes de adentrarme en sus límites. Anais me habló por primera vez en su vida:

—No pases por ahí, Rafa —me dijo (por supuesto me asusté mucho cuando me habló)—. Las mujeres de ese pueblo podrían matarte. Voy a contarte por qué.

El pueblo.

El pueblo.

Anais Nin me contó la historía que os acabo de escribir (con gran maestría). Me contó porqué en ese pueblo, que en apariencia parece abandonado, no había hombres. Es verdad, sólo vi a mujeres felices con sus cachorrillos humanos: todos se llaman García. A todos les gusta escribir. No sé cómo seguirá la historia. Veremos qué pasa cuando crezcan, comiencen a orinar magia y las mujeres de los pueblos cercanos vengan a disfrutarlos, enamoradas.

La mezcla de animal y literatura, tiene mucha fuerza.

Ahora estoy solo en casa, con Anais.

Ya no me habla.

Pero sé que puede hablar.

Ella sabe que lo sé.

¿Por qué no me habla entonces?

¿Qué está pasando?

Anain Nin y yo… ¿Por qué no me habla ahora?

Anain Nin y yo… ¿Por qué no me habla ahora?