No, que me enamoro

Mi Anais Niin.

Mi Anais Niin.

Hablo poco de mi perra Anais Niin porque a sus 14 años ya debería de estar muerta y el día que muera no os quiero meter mucha pena dentro. Dos veces le han diagnosticado cáncer: pero ella se ríe del cáncer y sigue con todo su pelaje, cariñosa, joven, comiendo manzanas, obligándome a que salga de casa cada día, para que no nos perdamos la luz del sol y me esconda bajo el edredón, hundido. Me hace tener un horario e impide que me vaya a vivir con cualquiera.

Por la noche me abrazo a ella, cierro los ojos.

Al día siguiente abro los ojos. Sigo abrazado a ella.

Somos felices.

Es la compañera ideal para un escritor. Cuando me siento a escribir deja de darme el coñazo para que la atienda y juegue con ella: se acuesta cerca y dice:

—“Misión cumplida. Por fin he conseguido que siente su culo y se ponga a escribir”.

Hoy me apetecía ir al Mercadona a comprarle chucherías y a comprar alguna cosa que yo necesitaba. Pero este mes estoy muy justo de dinero y hasta que me entre dinero en la cuenta no debo gastar para así poder hacer frente al alquiler, las facturas de la luz, etc.

—A ver si me echas una mano, “Rey del Cosmos” —musité.

Bajé a Anais a dar el paseo y dicho y hecho. En el buzón me esperaba un giro postal de Correos. 30 euros. Justo hoy me habían dado la razón por una reclamación que les metí en navidades.

—En qué mágico mundo vivimos —pienso.

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Mientras Anais daba el paseo por el parque, se me acercó un chico. De unos 23 años. Con algunos kilos de más. Malas pintas: pantalón de chandal y camiseta roñosa de manga larga: demasiado desabrigado para la época en la que estamos:

—¿Qué tal? —me dijo.

—Aquí. Fluyendo con la vida.

Me puse alerta pero sin que se me notara: dispuesto a darle un puñetazo o un abrazo. Lo que necesitara el desconocido. No sabía si me iba a atracar, pedir unos euros o una mamada. Quedé atento hasta que fui entendiendo de qué iba. No había más que mirar su cara hinchada por el flipe del hachís. O estaba colocado y se había acercado pensando que yo era un unicornio, o me quería vender un poco de lo que se metía.

—¿De dónde eres? —le pregunté—. Pareces argentino.

—¿Argentino? ¡Ja, ja, ja! Soy de aquí.

—Pues tienes alma de argentino. En serio.

El drogado empezó a mirarme como si yo fuera el drogado. Aunque lo que digo es absolutamente factible. No porque venda drogas. He conocido a muchos argentinos y este camello tenía algo de la tranquilidad argentina flotando a su alrededor.

—¿Y tú? —me preguntó.

—Soy canario.

—Entonces fumas —me ofreció su porro—. Todos los canarios fuman.

Dije que no a su ofrecimiento, con la mano.

—Sí que fumo. Bueno, llevo 8 años sin fumar. Cada día que me levanto me apetece un montón. Antes estaba superenganchado. Me apeteció volver cuando me divorcié pero como no tengo camello.

—Pues yo soy camello —me dice— Hoy es tu día de suerte.

Saca unos sobres con hachís.

—A mí lo que me gustaba muchísimo es la maría —le explico.

—¿No quieres pillar algo de esto hasta que te la consiga?

Pienso. Me apetece un huevo fumar desde hace años. Cuando fumo, me convierto en un máquina de sexo. Pero ahora no tengo a nadie con quien follar. La chica de Francia y yo estamos distanciados. Ella quiere que sea su amante. Yo paso de ser el amante de la amante. Busco casarme, tener hijos. No estar distrayéndome con jueguecitos. No creo que nos volvamos a ver. Por otro lado, miro la cara del camello: hinchada, hecho mierda. Mi aspecto, hoy por hoy, es super saludable. Peso ideal, cabello bien peinado, cara de lo que soy: un ángel en la Tierra haciendo penitencia. Salvo una cerveza con limón cuando quedo con alguien y una tableta de chocolate con dulce de leche a la semana, en mi cuerpo sólo entran cosas sanas. No me apetece nada volver para atrás. Estropearme ni un poquito. Volver a ser un tontito. Tampoco quiero colaborar para que metan a ese chico en la cárcel. Tarde o temprano, todos los que venden droga en la calle, les pilla la poli. Lo vi demasiadas veces cuando trabajaba en la discoteca. No se salva ni uno. Y este chico, lleva escrito en la frente su futuro: “en unos meses estaré en la cárcel y, a partir de ahí, comienza mi carrera criminal hasta convertirme a los 40 años en un violador”.

—No. Pero si un día te veo por aquí y me apetece, yo me acerco.

—Si quieres, me das tu teléfono y…

—No. No. Que la ley de protección de datos lo prohibe.

Marcho con Anais a Correos. Cobro el giro postal. Me voy al Mercadona. Compro todo lo que nos hacía falta. Cuando voy a pagar, me fijo en la cajera.

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Está embarazada. Está guapísima. La miro lo permitido. Sin incomodarla. Qué ganas de abrazarla y cuidarla. Qué afortunada es con esa tripita. Como brilla. Mientras meto mi compra en la bolsa, le hablo:

—¿Te molesta que te pregunte para cuándo lo esperas?

Ella sonríe. Se le ilumina la cara de ilusión. Se nota que es un bebé superdeseado y que ella está super feliz de estar embarazada.

—Para abril.

—Muchas felicidades.

—Gracias. Parece mucho tiempo…

—…pero es ya dentro de nada.

—Sí. Y aún no tengo preparada ni su habitación.

—Pero ya tiene preparada a la madre maravillosa.

Sonríe, encantada. Dejo de hablar con ella no sea que me enamore. Pago, me voy. Si me sobrara dinero, le daría un sobre con 3.000 euros para ayudarla con lo de la habitación y gastos. Luego saldría corriendo. Cómo me encantaría tener una compañera de vida como ella. Qué afortunado el hombre que la acompaña. Es muy difícil que yo pueda tener hijos. Por una cosa que me pasa, a veces, en los testículos. En 8 años con mi ex esposa, jamás la dejé embarazada. El Rey del Cosmos me diseñó para que las mujeres pudieran disfrutar conmigo, llenarles el coño de leche, hacerlas correrse mil veces pero sin que pueda dejarlas embarazadas.

Regreso a casa, con Anais.

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