Mejor algo que nada.

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Me mira con media sonrisa, sé descifrar su mensaje. Quiere follar. Justo donde estamos. En la cocina.

—¿Quieres echar un polvo? —le pregunto por si acaso: aún me cuesta creer que le guste a una chica de su edad: que yo no le parezca un viejo verde y sobón.

—Bueno. Pero prefiero digas “hacer el amor”.

He escuchado eso tantas veces: lo suelen decir las chicas que quieren enamorarme. Y que ocultan algo. La tomo en mis brazos, la beso. Me gusta besar con ganas, besar de verdad, sin quedarme nada, con la boca bien abierta, con la lengua bien adentro. Ella acepta mi lengua, mis ganas, me entrega también las suyas. Mis manos rodean su cuerpo hasta que toco el culo que me enseñó en la segunda foto que me mandó. Esa foto con la que me he masturbado tantas veces. Levanto su camisa, aparto su sujetador y meto sus tetas en mi boca, que beso una y otra vez. Le bajo el pantalón, el tanga, acuesto su tórax sobre la mesa. Voy a metérsela. Sí: tengo esa suerte.

—Espera —indica.

Me detengo. Quiere desnudarse por completo. Yo no sé qué hacer mientras ella se desnuda. De pronto, me pongo nervioso. Voy a la ventana, bajo un poco la persiana:

—Así no nos verán los vecinos —le digo.

—Me da igual que nos vean los vecinos —contesta.

De todos modos bajo un poco la persiana, ella aún se está quitando los pantalones, decido desnudarme también. Recuerdo: hace meses me hubiera sido imposible quitarme si quiera la camisa delante de ella. Mis tetas y mis 10 kilos de más me acomplejaban. Ahora, gracias a 6 meses de gimnasio, estoy normal. Estamos en Valencia. Es de día. No hace mucho frío. Estamos de puta madre desnudos.

La vuelvo a acostar sobre la mesa, de espaldas: se la meto hasta el fondo. Ella la recibe con placer:

—Tienes una polla gorda —dice con agradecimiento y placer.

Bendita sea, pienso. Qué fácil es motivar a un hombre. Cuando la meto siempre tengo un momento de inseguridad en el que pienso:

—“Ahora ella está comparando mi polla con todas las que se ha metido antes”.

Que una chica me diga unas palabras bonitas, y que suenen sinceras, sobre mi polla, ayuda a que la erección sea más segura y más firme. Aunque esta vez no hace falta que me motiven ni que me toquen. Ella está toda buena. La deseo mucho. Es gallega. Nunca me había tirado a una gallega. Me gusta el acento. Antes no me gustaba. Para colmo tiene 14 años menos que yo, casi 15. Recuerdo, cuando estaba sopesando divorciarme: pensaba que ya había cumplido una edad en la que me había hecho invisible para las mujeres. Que si me separaba, sólo se fijarían en mí, y con suerte, las mujeres de mi edad aproximada. Que no volvería a sentir pasión en mi vida: que eso era sólo para los afortunados adolescentes que comienzan en el amor. Tonterías. No. Es como decían en Jurassic Park: “La vida siempre se abre paso”. Una persona sana que no sea idiota y se cuide un poco, folla tanto como le apetezca. Todo el planeta quiere follar. Todo el planeta busca compañía. La pasión es para todas las edades. Cada edad tiene su belleza y su fealdad. Estamos en el Paraíso y sólo nosotros podemos convertir nuestro día a día en un Infierno. Yo lo hice y, en algunas cosas, aún lo sigo haciendo. He de estar más atento. No he de volverme a meter en relaciones que no sean auténticas y sanas.

Estoy a punto de correrme, ella no. Así que freno, la tomo de la mano, la llevo a la habitación de los invitados. La tiro sobre la cama, me acuesto sobre ella. Le gusta. La beso mientras se la meto, miro dentro de sus ojos verdes. Ella no para de tocar y arañar mi espalda, mi culo. Ahora sí que se está despertando, descontrolándose. Leo su cuerpo. Creo que quiere que le levante las piernas. Lo hago. Se las pongo vertical a la pared. Mi polla sigue dentro: casi fuera, totalmente dentro. Todo el rato. Con fuerza: transmitiendo células eléctricas: es una antena creada por las estrellas.

—¿Estás cómoda así?

—Comodísima —ríe, sincera—. Me gusta tu piel, es supersuave.

Está encantada de la vida. Lo noto. Yo también. Espero que se corra pronto porque en nada voy a ser egoísta y correrme dentro de ella. La abrazo mientras me la follo con fuerzas. Su cara comienza a transmutarse. A suavizarse. Cada vez, se hace más bella. Es por el orgasmo. Le está llegando. Inundando. Poseyendo. Pienso que qué suerte tengo. Poder ver eso de tan cerca. Ser parte de ello. Realmente es un gran honor. Se corre. Grita de placer. Gime. Me agarra. No se controla. Está en otro mundo. Verla así hace que me corra, también. Llego a su mundo. Bendita seas entre todas las mujeres.

Ha estado muy, muy bien. Nos besamos y mimamos, agradecidos.

Al rato, ella se va a la ducha. Me siento de puta madre. Hace dos semanas me dejó mi novia. Por culpa de sus padres (yo no les gustaba por pobre y por lo que escribo). Pero mi ex y yo estábamos en el cielo juntos. Todo funcionaba. Me dejó el corazón roto. Pero he cuidado de él. Vaya si he cuidado de él. Ahora mismo mi corazón está en la gloria y haciéndome la ola. Justo en ese momento, suena el teléfono: es mi ex: el universo se le ha chivado: ¿le ha llegado la energía que antes destinaba a ella?

—¿Sí?

—He leído por tu blog y por el Facebook que estás con otra. ¿Está contigo ahora? No quiero que me oiga llorar.

—No —contesto apenado—. No está aquí

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Hablamos. Me dice que me ama pero que tengo que cambiar si quiero volver con ella. Que no está bien que cuente mis cosas, mis pensamientos, que me abra tanto por el blog. Yo le digo que no hay nada malo en lo que hago. Me gusta escribir lo que pienso y vivo. Soy una persona transparente. Buena. No tengo nada que ocultar. Me gusta contar mis momentos patéticos y mis momentos inmensos. No me creo tan especial para pensar que soy la única persona del mundo que siente y vive estas cosas. Sé que escribir mis pensamientos ha ayudado a muchísima gente a sanar y a mejorar sus vidas. Y me ayuda leer lo que la gente piensa de mí. Así no vivo como un hipócrita y en una burbuja de horror. Como ella y su familia. Me dice que porqué no voy a un terapeuta. Le digo que no me hace falta. Que estoy de puta madre. Quizás por esto de escribir. Hasta conseguí superar mis ataques de ansiedad y disfuncionalidad erectil yo solo, sin ir a un terapeuta. Mi cabeza está mejor que nunca. Funciona como una locomotora. Es ella la que está llorando, encerrada en su casa, con las persianas bajadas, anulada por su padre y madrasta, que la maltratan y anulan. Que la infantilizan. Ella se deja. Es su elección:

—Pero no me pidas vuelva a esa mierda —señalo.

Yo estoy bien. Que vayan al terapeuta su padre y su madrastra y que me dejen a mí seguir riendo, bailando, escribiendo, follando, pensando, sin la mochila de la vergüenza que quieren que cargue. Pienso en la chica francesa. Me la follé gracias a su padre y madrastra. Si ellos no se hubieran metido por medio, me hubiera casado con mi ex. Soy una persona fiel, jamás hubiera tenido ojos para otra. Eramos felices juntos. Todos los problemas venían de casa de sus padres. Pero gracias a las males artes de su padre, ese cobarde repipi que hablaba de mí sin atreverse a conocerme en persona, acabo de tener un polvo de puta madre con una tía de putísima madre. Gracias, papá. Lo siento, pero no puedo estar con una persona que trata de apagar el fuego de mi escritura. Estaré con una persona que meta gasolina en el fuego de mi escritura: buscando provocar el más bello incendio. Mi ex me pide que no bese a la chica que viene de Francia, que no me la folle, que no la abrace. Me doy cuenta de que mi ex es antivida. Me desenamoro de ella. Que le vaya bien a esa pobrecita. Ojalá que un día su padre se la folle y sean felices. Estoy seguro que su madrastra se masturba pensando en mí o cuando él se la mete.

Yo soy vida.

Vida sana.

Cuelgo.

Me llega un email. Es del trabajo en el que iba a empezar en febrero, el megaproyecto. Se lo han dado a otro. Acabo de perder un sueldo de 4.000 euros al mes. Me quedo perplejo. Miro mi cuenta bancaria. Me quedan 40 euros. No sé cómo vamos a comer Anais y yo. Cómo vamos a salir de esta. Leo, otra vez, el puto email.

Antes, por la noticia, me hubiera hundido. Pero ahora… no me entristezco. Tantas veces que he tocado la gloria con la punta de los dedos, tantas veces que me he caído y conseguido salir adelante. Y sin ir a un terapeuta. Tantas veces que me he preocupado muchísimo y al final no pasa absolutamente nada malo. Sólo tengo que aguantar y aguantar. Un día llegas a la conclusión final: “no voy a volver a sufrir en la vida, ni tampoco ser un gilipollas, estoy cansado de preocuparme y ser infeliz: voy a aprovechar las maravillas de la vida”.

Saldré adelante.

La chica que viene de Francia sale de la ducha. Desnuda. Le digo:

—Me he quedado sin dinero.

—Pues te invito a cenar.

Es una gran mujer. Me hubiera gustado conocerla más. Pero mañana vuelve a Francia con su novio. Ha venido para empezar a desengancharse de él. Un casado con hijo que siempre dice que va a dejar a su mujer pero no lo hará nunca por las deudas que contraería. Así que busca a una tonta para metérsela, entretenerse y la ha encontrado. Un clásico.

Las mujeres sólo me buscan para follar o que las ayude. Me da igual. Pillaré las sobras, agradecido, las ayudaré con todas mis fuerzas, con una sonrisa. Seré un caballero y las amaré con todo mi corazón. Voy a permitirles todo menos que no me dejen escribir. Y, cuando me digan que es hora de irse, les diré adiós con la manita.

Mejor algo que nada.

Ella también escribió el encuentro.

Ella también escribió el encuentro.