Quizás ya es hora de dejar pensar tanto.

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Anoche, tras publicar el post, estuve hablando, vía chat y teléfono, con la chica de Francia hasta que se nos cerraron los ojos. Cuando nos dijimos adiós por quinta vez, me dijo:

—Oye. Que también puedes venir a verme a París. Libro el finde.

—Eso me gustaría mucho. Pero hasta febrero, que empiezo a trabajar en un proyecto impresionante, voy a ir muy justo de pasta (actualmente sólo tengo 260 euros en la cuenta).

—Te he mandado mi planning del mes al WhatsApp.

Lo miro. Ella trabaja de enfermera.

—Ven tú si quieres. Vivo solo.

—¿Hay aeropuerto en Valencia?

—Sí.

—Lo voy a pillar a lo loco. Pero me vienes a buscar y me llevas al aeropuerto aunque no te guste en persona… ¿Prometido?

—Eres una leyenda. Prometido.

—Y quiero que, en el aeropuerto, me recibas con un papelito en el que ponga mi nombre.

—¡Ja, ja, ja! ¡Ok!

20 minutos después, la chica me manda una captura de pantalla en la que salen los billetes que acaba de comprar. Se ha gastado 280 euros por pasar un día juntos. Flipo de ilusión. Nadie puede decir que no se ha marcado un gesto precioso. Me vienen a la cabeza un montón de frases hechas. Ya sabéis, la gente juzga y juzga todo lo que nos pasa. Tenemos una contestación hecha por la sociedad casposa y castrante, que va directa a nuestra cabeza, para todo lo que nos ocurra en la vida. Para que no tengamos que pensar por nosotros mismos:

1.-Tomar decisiones apresuradas es malo. Lo mejor es quedarse en casa una semana o un mes pensando antes de actuar. Reflexionar, reflexionar y reflexionar. Como decía Rajoy: “no hacer nada también es hacer algo”. Rajoy, el presidente español que menos tiempo ha pasado en el cargo.

2.-Si una persona toma decisiones apresuradas: está mal de la cabeza o es una persona desesperada. No hay que hacer caso al corazón. Hay que crear asambleas de familiares y de amigas antes de dar un solo paso hacia delante. Y luego, reflexionar, reflexionar, reflexionar.

No pienso igual. Creo que, quien dice eso, es gente cobarde, que tiene miedo a vivir. No quiero gente cobarde en mi vida. La de veces que he fantaseado con que una chica, tras conocerme, se entregue a mí al 100% desde el principio. Que todo sea fácil y natural, como está siendo con esta mujer. He conocido chicas, por el Tinder, que viven en Valencia y me descartan cuando les cuento por chat que vivo a una hora de ellas, en un pueblo:

—Es demasiado lejos —me dicen.

No importa. Siempre pienso que si una hora de distancia es una barrera demasiado grande para ellas, no son las chicas que quiero como compañeras de vida. La vida, ya por sí sola, se encargará de presentarnos grandes problemas que superar. Y, nosotros, buscaremos grandes metas a las que llegar para realizarnos como seres humanos, para no quedarnos en subhumanos. Si tiras la toalla por una hora de distancia, me imagino cómo te cagarás ante cualquier reto que se nos presente en la vida. Me imagino qué vida anodina voy a tener contigo. Y esta chica viene desde Francia. No me asusta que sea impulsiva ni que tenga 14 años menos que yo. Sé que no es una desesperada sexual porque allí, en Francia, tiene un amante (que tiene mujer e hijos). Seguro que viene bien follada. Esta mujer me quiere conocer. Pues es un gran honor y yo también me voy a entregar a ella al 100% a ver qué pasa. Y si, cuando nos vemos, no nos gustamos nada, estoy seguro que pasaremos un día maravilloso paseando y charlando, profundamente, por Valencia.

—¿Por qué has comprado el billete? —le pregunto.

—Me prometí que, en este 2019, iba a hacer las cosas que me apetecían. Sin pensar. Además, el amante que tengo está casado. Yo estoy super enamorada de él. Y… ¿sabes? En todo el tiempo que hemos estado hablando, tú y yo, no he pensando ni un segundo en él o en lo mal que le va a sentar que no esté a su disposición este fin de semana. Creo que es una gran señal.

Francia. Francia me lleva llamando desde hace 6 meses. Primero, vendí el proyecto de “Doctor Mente” a una productora francesa (proyecto que, por cierto, está parado por mi culpa, por no terminar la novela) cuando nadie lo quiso en España. A partir de entonces, por el azar, empiezo a pasar cada vez más tiempo cerca de los Pirineos y a conocer a mucha gente nueva que me invita a Francia. Ahora, si esta chica y yo nos fuéramos a vivir juntos (es muy pronto, pero pongamos que es una de las posibilidades que hay en el bombo) me iría a vivir a Francia… ¿Me está llamando Francia o son imaginaciones mías?

Tomo dos frenadoles. Me voy a la cama. No abro los ojos hasta las 16:00 de hoy. Me siento bien.

Tras 4 días con fiebre y tiritando, me peso. He perdido 4 kilos. De puta madre. Hoy es el último día que me permito estar enfermo. Hace sol. Saco todas las bolsitas de mierda de Anais que fui apilando en una de las terrazas. Pego un manguerazo al suelo de la terraza. Me tiemblan las piernas. Estoy flojo. Mi estado físico es lamentable. Huelo muy mal. Saco a Anais de casa. Compro una barra de pan. La panadera, que me atiende, pensará que soy un mendigo.

—No, no, señora —me entran ganas de decirle— Soy un gran escritor. Tengo ese don. Pero no estoy dando la cara.

—Quizás ya es hora, Rafa —sueño que me dice la panadera.

Regreso a mi ático. Lo limpio de arriba abajo. Meto la ropa que llevo puesta en la lavadora, con doble de jabón. Me doy un baño de espuma y agua muy caliente. Me siento a escribir “Doctor Mente”, mañana regreso al gimnasio. Tengo que sacar los antibióticos de mí. Ponerme fuerte. Necesito ofrecer grandes erecciones al posible amor de mi vida. Voy a creer en ella. Voy a creer en lo que la vida me ofrece.

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