¿Cómo pasar de una trans sin hacerle y hacerte daño?

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Llevo una semana y unos pocos días sin hablar con nadie, cara a cara. Estoy empezando a volverme loco. El azar de la vida me trajo a vivir a un pueblo en el que no conozco a nadie, no tengo ni un amigo acá, tampoco familia. De pronto, una chica me contacta por Messenger. Me pregunta sobre un anuncio que puse en el Facebook para que me cuidaran de mi perra por unos días, ya que hace tiempo me fui de viaje. Le digo que eso fue hace mucho, que ya no estoy buscando a nadie pero nos enganchamos a hablar. Nos caemos bien, me ilusiona que viva cerca de mí, hablamos y hablamos por chat, comenzamos a flirtear, hasta que llega el momento de la fatídica pregunta:

—¿A qué te dedicas?

—Soy escritor.

—¿Y qué escribes?

Normalmente, cuando las mujeres ven mis libros, dejan de hablar conmigo. Aún así no tengo nada malo que ocultar, sé que la mujer de mis sueños no me dejará por mi obra, y le paso el link a mis libros. Le llama la atención uno.

“El comedor de coños”. Yo no tengo de eso.

Me río. Le digo:

—Eres muy gracioso. Y he dicho gracioso. Con “o”.

—Soy chica, Rafael. Chica trans. Puedes seguir llamándome graciosa.

Me quedo muerto. He metido la pata hasta el fondo. Pensé que me estaba vacilando. Vi sus fotos, ni lo sospeché. Es guapísima. La he insultado. Le he dicho que es un hombre cuando es una mujer. Pero no quería decir eso.

—Te pido disculpas —le digo— No quería…

—Ni te rayes. Lo mismo con 16 me ponía a llorar. Ahora, nah. Es lo bueno de tener el corazón hecho pedazos: que las balas entran y salen.

—Te juro que no pretendí ofenderte. Es que hablar por chat es un jaleo a veces. No sabía si estabas de coña o de qué hablabas. Pero en ningún momento sospeché que…

—No me pongo triste. Siempre me río. De hecho, tenía a un par de guardias civiles, guapísimos, detrás de mí hasta que se enteraron.

—Eres increíble. Y muy, muy guapa.

A partir de ahí la conversación se va enfriando cada vez más. Y a medida que se apaga, comienzo a sentirme muy, muy triste por ella. Por la tristeza, mis defensas bajan, me invade de sopetón la gripe que lleva días queriendo anularme. No quiero seguir hablando con ella porque tiene polla en lugar de coño. Sólo por eso. Es injusto. Es demasiado duro. Pero estábamos flirteando, no hablando sobre política. No quiero seguir flirteando. Puedo amar a una mujer con tetas pequeñas o inexistentes. Pero no con polla. Imagino que si sigo hablando con ella, sólo por hablar, la voy a entusiasmar y la hostia va a ser mayor. Y si dejo de hablar con ella, también le voy a hacer daño. Es una mujer, no tengo duda de ello, pero nunca me he sentido atraído sexualmente por los hombres. Amo, adoro, soy super fan del cuerpo de la mujer. Ella no lo tiene, pero es una mujer. Es como si un dios maligno le hubiera gastado una broma superpesada. Simpática, amable, inteligente. ¿Qué hago? Me pongo en su lugar. Ser una mujer dentro de un cuerpo de un hombre. En principio, saber que por mi gran belleza podría tener a cualquiera pero, en cuanto se enteren de que tengo polla, supongo que más del 50% se alejarían. Recuerdo uno de los viajes que hice en Blablacar últimamente. Me tocó viajar con un chico bisexual veinte años más joven que yo, de izquierdas, radical. Parecía la reencarnación hecha carne de una de esas cuentas cañeras del Twitter. Él seguiría hablando con ella y que pasara lo que tuviera que pasar. Quizás las nuevas generaciones disfruten más, tengan menos problemas mentales, hagan sufrir menos a los transexuales. Todo esto del perroflautismo, de la izquierda liberal, de la igualdad, de los movimientos LGBT, toda esa educación que nos quieren dar y que la derecha rechaza, cobra todo el sentido del mundo cuando te encuentras en esta situación y te das cuenta de lo limitado que estás, del daño que haces, injustamente, a otro ser humano. Me doy cuenta de que los hombres casposos, dinosaurios, como yo hemos sido mal educados y formados. Que hay que enamorarse de la persona, no del cuerpo. Que me falta mucha libertad sexual en la cabeza. Pero no puedo. Lo siento. No puedo quedar a probar algo que no me atrae en absoluto. No me parece ni un poquito. Sé que soy yo el que se lo pierde.

La conversación muere. Ella me deja de hablar.

Me meto en la cama, bajo la colcha. Llevo tres días muy, muy triste por el posible daño que le he hecho. Aunque ella ya esté acostumbrada. He sido una bala más. Aunque ella sepa que esto le va a pasar otras mil veces. Sin embargo, al igual que yo sé que algún día encontraré a una mujer que no me rechace por mi obra, ella encontrará a un hombre que no la rechace por haber nacido en el cuerpo de un hombre. Al igual que yo juzgo, con dureza, a quien me rechaza por mi obra, ella tiene todo el derecho del mundo a llamarme gilipollas y retrógrado, cuando sólo busca amar y que la amen.

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