La historia de amor más triste de Madrid

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Aún guardo estas fotos. Aún me angustia el recuerdo de la expresión de la cara de esa desconocida que, una tarde-noche, vi por casualidad en la plaza de Sol, en mi último viaje a Madrid. Los subhumanos pasaban a su lado sin reparar en ella: es cierto que habían otros mendigos esa tarde-noche en la plaza de Sol, no obstante, ninguno era como ella: implorando no monedas, sino amor: que su cita se presentara y desaparecieran los problemas que los separaban. No sé cuales, no sé el qué: no le pregunté. O, quizás era peor. Había quedado con un desconocido del Tinder, por primera vez y éste no aparecía. Ella había puesto sus esperanzas en él, tras horas de charlas por el wassap, tras días de espera de reunir el valor para pedirle una cita. Esperanzas de “he encontrado al amor de mi vida, a partir de esta noche ya nunca más me sentiré sola o que provengo de otro planeta”. Esas esperanzas que hemos tenido todos.

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Desgraciadamente, no tenía en el bolsillo la moneda que la chica mendigaba (en los cajeros no las dan) me dediqué a esperar lejos de ella como un paparazzi sin acreditación, sacándole fotos con mi iPhone sin permiso, sin que ella me advirtiera: desde la lejanía. Sé que esto está mal pero ella era un espectáculo de tristeza y desesperación. De pronto, sus lágrimas estaban a punto de salir también por su boca porque sus ojos no disponían de más lagrimales disponibles. Ella echaba de menos los labios de su amado. Su amado (malvado) no se presentó a pesar lo guapa que ella se había vestido para él, no se presentó a pesar de la hora y media que estuvimos esperándole allí, de píe: ella como princesa sin príncipe azul (porque en la vida real los que parecen príncipes azules se convierten en ranas verdes tras follártelos ¿verdad?), yo como turista japonés absorto ante la belleza espectacular de su tristeza, con mi corazón al borde de un ataque de síndrome de Stendhal ... ¡No daba crédito! Había mucha más gente pasando a su lado y nadie reparaba en ella ¿Por qué? ¿Cómo la gente podía estar tan ciega? ¿Ser tan insensible? ¿Cómo la gente se queda parada ante un cuadro del Museo del Prado durante horas, le sacan fotos, se compran postales, camisetas con la imagen del cuadro y no advertían la obra maestra de la tristeza que estaba a su lado con vida? ... Y sólo por esa noche. Por ese instante.

Sola. Estás sola cuando hay tanta gente que moriría por estar contigo.

Sola. Estás desecha cuando hay tanta gente que se moriría por abrazarte.

Sola. Lloras por un malnacido cuando hay millones de personas que te harían sentir infinitamente bien.

La mendiga se secó la última lágrima que se le moría por la cara y se marchó de la plaza del Sol: porque allí sólo se permiten personas felices, consumidores hambrientos de Apple y El Corte Inglés, compradores de lotería y ladrones de guante blanco.

Jamás te volveré a ver, pensé. Y ella jamás lo volvió a ver a él, pensé.

Desconocida: otra vez será: conocerás a alguien mucho mejor: no lo dudes. Es la broma-maldición-milagro de esta vida: tras un gran amor que te rompe el corazón SIEMPRE aparece otro amor: más grande y fuerte que el anterior… y este, también, sin duda, sabrá cómo destrozarte el corazón.

Desconocida, tú has sido la más grande historia de amor que no me han contado en Madrid.

Espero que allí por donde andes, estés bien.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)