El día que me salieron vaginas en mis axilas

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Me desperté así una mañana. En cada uno de mis sobacos tenía una grieta que me sonaba a algo que me gustaba comer. Pero no podía creerlo. Espantado, fui al médico de la seguridad social.

—No. No es una grieta —me dijo con gran sorpresa—. Es una raja.

—¿Una raja? —repuse, asustado.

—No. No es una raja. Es una vagina —aseguró el médico.

—¡Eso no es posible!

—Así es. No es una vagina. Son dos vaginas.

Allí estaban las dos rajitas, rodeadas de los pelos de mi sobaco. El médico estaba emocionado:

—Lo que le ha sucedido a usted es algo inaudito —afirmó—. Es la primera vez que ocurre en la historia.

—¿Pero ahora qué soy? —le pregunté— ¿Hombre o mujer?

—Hombre... Dos a uno, ¿no? Yo diría que usted es ahora más mujer que hombre. Ya que usted tiene dos vaginas y un sólo pene… ¿O tiene dos?

Comencé a llorar:

—No… ¡Sólo uno!… Ahora no podré volver a casa sola por la noche.

—Lo siento.

Sin mi permiso, el médico avisa a los medios de comunicación.  Les vende fotos de mis vaginas y de mi rostro. Salgo en las portadas de los periódicos de todo el mundo. Los titulares, clickbaits, rezan:

“NO TE CREERÁS LO QUE LE SALIÓ A ESTE HOMBRE EN LAS AXILAS”.

“POSIBLE EPIDEMIA MUNDIAL DE VAGINAS BAJOS LOS BRAZOS”

“EL MACHISMO TRATA DE APROPIARSE DE LAS VAGINAS”

Trato de extirparme las vaginas. Las feminazis no me lo permiten. Dicen que oprimo a la mujer que llevo en mi interior. Y que ahora debo llamarme Rafaela.

—¡Pero yo me siento hombre! –les grito- ¡Me siguen gustando las mujeres!

—Usted tiene a una lesbiana en su interior. Estese orgulloso de eso. Podemos extirparle la polla si quiere para que no tenga conflictos mentales y ella florezca.

—¡No! ¡Mi polla es lo único que tengo!

Regreso a casa. Sólo mi perra me da cariño. Pierdo todos mis trabajos: los guiones que escribo son tildados ahora como “demasiado femeninos” por mis jefes. Mis amantes me abandonan. Les doy asco.

Me llama por teléfono mi casera. Si no pago el alquiler, me echa. Es entonces cuando empiezo a recibir emails de depravados. Me ofrecen mucho dinero si me dejo desvirgar mis sobacos a la vez que soy grabado en video. No tengo otra opción. Es eso o vivir en la calle, comiendo basura.

Llegan los hombres a mi casa. Son gordos, feos. Con caras de cerdos. Me acuesto en la cama. Cada uno se pone a un lado de la cama. Se las sacan. Pollas grandes y musculosas. Erectas. Me las meten, sin compasión, por los sobacos. Yo grito de dolor. Estoy siendo desvirgado doblemente. Ellos gozan. Gritan de placer. Empiezan a moverse. Grito, aterrorizado a las cámaras que me graban:

—¡NO SOY UNA MUJER! ¡NO SOY UNA MUJER! ¡NO ESTOY DISFRUTANDO!

Se corren dentro de mis sobacos, riendo. Me pagan. Se van. Quedo llorando mientras un líquido blanco cae desde mis sobacos, acariciando mi piel.

Me han hecho mujer.

Odio a los hombres.

Sin poderlo evitar, pillo todo el dinero que he ganado y me lo gasto en zapatos y en ropa de Mango.

Ahora… ahora… ¡me siento mejor!

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)