EL DÍA QUE CONOCÍ AL REY DEL COSMOS

 Alejandro, autor de este texto. Con parte de los regalos que me trajo.

Alejandro, autor de este texto. Con parte de los regalos que me trajo.

 "Aquella mañana parecía que al sol le costaría salir, ya eran las 7.15 y en el inicio del verano, a estas horas, ya calienta. Una cortina de nubes, similar a un toldo, le impedía radiar con esplendor. Me gustan los días  nublados pero hoy es un día especial: conduzco con prisa desde hace cuatro minutos que acabé en el trabajo; camino a casa donde tengo apenas tiempo de recoger los albaricoques , el aceite y la bolsa con una toalla, un bañador y unas playeras que preparé la noche anterior,  también llevo un pan y empanadas de la panadería, después tengo casi dos horas  de conducción hasta llegar a mi destino y siento que este  destino, sea dónde quiera que sea que te llevé, es inevitable. Parece que llevo años sintiendo que este momento ocurriría en algún momento: como una especie de atracción a la que no te puedes resistir.

Desde el momento que conocí a Rafa, él se hace llamar Ezcritor,  por una noticia periodística, en El Mundo, supe que en algún momento tendría que conocerlo y hablar con él.

Es difícil de explicar pero es así: como una fuerza reveladora que me decía que este hombre sería alguien importante y yo había sido elegido para estar, de alguna manera, a su lado. Después vinieron sus libros: Rafa es escritor, tiene justamente mi edad; ha sufrido una vida dura pero, lo más importante, tiene un sueño que ha logrado y sigue logrando a fuerza de tesón, trabajo, lágrimas, sacrificio y todo aquello que, sólo, un luchador es capaz de hacer para  conseguir sus objetivos. Me llamó la atención que en plena crisis un hombre rechazase un trabajo fijo, con ingresos fijos, por no renunciar a sus sueños.  Desde ese momento algo despertó en mí porque eso es lo que yo siempre he deseado y admirado pero nunca me atreví a hacerlo. Siempre fui un poco cobarde o, quizás cómodo o, quizás tuve la suerte de tener a unos padres que me amaron demasiado y nunca quise renunciar a ese amor aunque mi cuerpo, mi mente, siempre me han pedido acción: cosas nuevas, hacer reales pequeños sueños, probar de todo un poco (como decía Julio Iglesias en una de sus canciones) –mi madre siempre me decía que era un “catagüisados”—o sea: aquél que lo quiere probar todo. Nunca tuve el valor o no necesité tenerlo por tener una vida tan feliz; pero “algo” siempre se ha removido y remueve constantemente dentro de mí y, la noticia de Rafa despertó, un poco, ese “algo”.

Mientras conduzco, nervioso, pienso que quizás no fuera muy buena idea lo que voy a hacer. No es nada: simplemente conocer a una persona que admiro pero, las dudas, las malditas dudas de siempre me hacen sentir temor por no estar a la altura, o quizás molestar a quien no debes molestar con tus caprichos de subhumano. Pero sigo adelante, ahora es demasiado tarde para echarse atrás: pienso en un mensaje por whassapp , mintiendo, sobre algún incidente que haga imposible la cita, pero enseguida elimino esa idea de mi cabeza. Llevo dos días durmiendo regular, pensando: ¿qué decir? ¿Hablar o escuchar? Me llamó a mí mismo, en voz alta ¡gilipollas! y pienso sin hablar: se tú mismo.

Acabo de llegar a la puerta de su casa. ¡Dios! No lo puedo creer: he visto esta casa en fotos que Rafa ha publicado en sus redes sociales. Es  la misma casa, siento como si no fuese la primera vez que estoy aquí, sino, que he estado otras veces aquí pero, ahora todo es real, es verdad, cierto. ¡Joder que nervios! Aparco, me quito las gafas de sol que no me gusta llevar nunca salvo cuando conduzco en un día soleado y precioso como este: por suerte, a medida que iban trascurriendo los minutos el negro telón que cubría el sol se ha ido retirando y ha dejado un día especial para lo que mi anfitrión tiene  preparado y, que todavía es un misterio, aunque me ha comentado lo que haríamos en esta cita todo sigue siendo, para mí, incierto.

Es una casa de dos plantas que hace esquina, pintada de un bonito y llamativo color rojo. Bajo del coche y lo cierro con el mando a distancia, me aproximo a la puerta. Oigo ladrar  a Anaïs, la perra de Rafa, y mi emoción aumenta. Toco el timbre, lo oigo sonar dentro y percibo movimiento, Rafa llama a Anaïs para tranquilizarla y por fin la puerta se abre. Sale la perrita a recibirme y detrás Rafa. Lo primero que me llama la atención es lo alto que es: no sé porqué lo imaginaba un poco más bajo. A primera vista es un tío grande y guapo físicamente, un segundo después percibí que esa grandeza era, además, también, metafísica. Algo diferente percibo en esta persona que acabo de conocer físicamente. Es un tío súper amable que no duda en darme un abrazo e invitarme a entrar en su casa. Me ofrece desayunar y le miento que ya lo he hecho, francamente no tengo hambre. Me explica el plan que tenía pensado y me pregunta, siempre cordial, si me parece bien: iremos a dar una vuelta con su perrita por los alrededores para enseñarme el pueblo y empezar a conocernos; luego, cuando abran la piscina, iremos a darnos un baño y a invitarme a comer. Me parece genial. Mientras se prepara observo que parece un poco despistado: sube varias veces al piso superior por las zapatillas, después por algo más que olvidó, luego a cerrar las ventanas y una vez en la calle vuelve a revisar las ventanas que un minuto antes cerró. Pienso que no es despiste. En el interior de esa cabeza bullen las ideas como en una olla exprés, con una presión, peligrosa, que solamente se alivia creando, escribiendo  a cada momento, esas maravillas que disfrutaremos, después, aquellos pocos afortunados que conocemos su obra. Pero tengo la sensación de que pronto cambiará y será la humanidad entera quien la disfrute y, aprenda cómo somos los humanos en realidad entonces tendremos siempre una gran deuda con este hombre valiente que nadó contracorriente para hacer lo que más quería. Siendo un ejemplo para todos; aún a pesar de todos los inconvenientes que, no siendo pocos, acabarían con la más fuerte de las voluntades, cosa que no han conseguido con él. Esto me da una idea de la calidad humana de la persona que pretendo conocer.

Mientras caminamos, enseguida, me pregunta sobre “ciertos problemas” que yo le había comentado en algún correo y comienzo a hablar. Tengo miedo porque sé que cuando empiezo a hablar no soy incapaz de escuchar y me da “palo” que piense que soy un egocéntrico pero, observo, que le gusta escuchar: es escritor y las historias de los demás hacen que su cabeza hierva, de imaginación y creatividad, a la más alta de las presiones y yo, por mi parte, hace mucho tiempo que no hablo con nadie de ciertas cosas que me han hecho tremendamente infeliz aunque mucho más sabio.

Es una pena que el tiempo pase tan rápido algunas veces y es injusto que lo haga tan lento otras. Como era de esperar el tiempo se fue volando: recuerdo apenas el recorrido, era bastante largo y no puedo dar detalles de lo que vi, pues estuvimos todo el rato hablando, bueno la verdad: yo hablaba y él escuchaba, percibía que no se aburría de lo que oía y eso me animaba a seguir.  Le conté cosas que casi nadie sabe ni he contado jamás porque me avergüenzan pero, sin saber porqué, me inspiraba confianza para seguir más y más. Hable de mi padre: de sus últimos días con nosotros, de lo gran persona que fue y el amor que nos dio: un legado que jamás podré perder por muy mal que me trate la vida. El amor que me han dado mis padres no morirá jamás, no se destruirá nunca. Rafa cree, sin duda, que mi padre está  conmigo en todo momento y que nos volveremos a reunir el algún momento y lugar que todavía los vivos no sabemos ni comprendemos. Quiero creerlo, necesito creerlo, no lo tengo tan claro como él pero necesito creer y le agradezco en silencio que me haya sacado todo esto de dentro.

De vuelta en su casa; pude ver la excepcional categoría de Rafa. Hace días, supongo que en uno de estos paseos, encontró un pajarillo moribundo al que está alimentando y cuidando para que se recupere y poder devolverlo a la naturaleza. Reconozco, con vergüenza y sinceridad, que yo no hubiese sido capaz y me siento inferior, pues el gesto que estoy presenciando de Rafa alimentando, con unas pinzas, al pajarito con gusanos que compró en una tienda de cebo para pescadores, es de dioses.

 Es un vencejo al que estoy cuidando. Lo llamo "Tontín Pantera Negra".

Es un vencejo al que estoy cuidando. Lo llamo "Tontín Pantera Negra".

 La piscina era preciosa y el agua más: a las 11 de la mañana el sol, ya, deja de ser simpático. Un buen baño, sin dejar de hablar mil y ninguna cosas.

 La piscina de mi pueblo.

La piscina de mi pueblo.

alejandro y elreydelcosmos.jpg

Le cuento la gran necesidad de leer que he tenido siempre y, acierta de pleno cuando me pregunta si escribo. En ese momento estoy a punto de decir que no, pero contesto sí. Él me asegura que un tío que lee tanto es imposible que no escriba y quizá lleva razón, al fin y al cabo él sabe mucho más del mundo literario que yo.

Sí, escribo. Creo que mal, aunque él me dice varias veces en la comida que debo hacerlo bien y me pide que le envíe alguno de mis escritos. Siento miedo y vergüenza. Siempre me ha pasado lo mismo a lo largo de mi vida: todo cuanto he emprendido y he dejado a medias y, después, me he sentido un fracasado: estudié solfeo y música, toqué unos años la trompeta, según la gente muy bien pero acabé dejándolo, no sé bien porque; he practicado karate y taekondo, quisieron llevarme a un campeonato porque decían que era bueno y yo lo creía, pero una lesión me impidió competir y, tiempo después acabe dejando tan noble deporte; he empezado tantas cosas y todas las he dejado a medias y eso, siempre , me ha dejado un poso de fracaso. Sí, he llenado cuadernos perdidos de escritos, cuadernos que ya, quizás, no existen y gracias a la informática he llenado páginas de tonterías: de mi vida, de mi esencia, de aquello que necesitaba sacar de mi cabeza con la sola intención de dejar que se queden ahí. Nunca pretendí llamarme escritor porque no lo soy. Simplemente me gusta escribir lo que me ha pasado en, ciertos momentos de mi vida: episodios, personas, sucesos, sensaciones. Yo lo llamo hablar conmigo mismo. Y lo guardo, ahora, con más cuidado que antes lo hacía, porque pienso que algún día mi hija lo descubrirá y le gustará leer lo que su padre escribió y, quizás, la enamore más si cabe. Quien sabe lo que pasará: si no lo encontrará nunca porque los discos duros se han deteriorado o, simplemente no le interesa. Entonces será como esos miles de buenos escritores que escribieron y escriben para la humanidad y millones de personas nunca sabrán de esas historias solo que, yo solo escribo para un lector.

Me invitó a comer una rica paella, quizás demasiado temprano pero, su agenda de escritor es así y yo lo entiendo. También me invitó a la piscina, ha sido un excelente anfitrión.

arroz labanda.jpg

Conocí a su esposa, Svieta se encontraba ocupada con su trabajo y Rafa me llevó, muy amablemente, a casa de una vecina donde andaba ocupada. La belleza física  de Svieta la conocía por fotos pero es muy inferior a su belleza interior pues; me ocurrió algo parecido  cuando vi a Rafa, horas antes; desprende una energía, sabiduría, dedicación y un brillo que solo algunas personas son capaces.

Nos despedimos prometiendo volvernos a ver y, si hay dios, le pido que así sea".

Nota de Rafa.- Muchísimas gracias por tus regalos, Alejandro, y tu generosidad con tu tiempo y regalos. Fue genial conocerte. Dísculpame por haberte hecho comer un arroz labanda a las 12:30 de la mañana (y comerme casi todas las patatas bravas) pero mis horarios de escritor son muy locos (para mí ese almuerzo era mi cena) y no me doy cuenta hasta que socializo con alguien (y las patatas estaban demasiado buenas y no veía que te las comieras). Gracias por haber leído todos mis libros y tanto cariño en este escrito. Espero seguir leyendo cosas tuyas. Un abrazo.

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