Dejar de amar al amor de tu vida

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Hace unas semanas, quedé con un lector y su pareja en un bar cerca de casa; me hicieron el gran honor de venir a conocerme hasta el pueblo en el que vivo ahora. Su pareja me contó que, antes de casarse con mi lector, había estado casada con alguien a quien un día dejó de amar.

Hace un año o más, también entre mis lectores, encontré otro matrimonio roto por el mismo motivo: ella había abandonado a su esposo porque ella le había dejado de amar a él:

—¿Cómo se deja de amar a alguien? —le pregunté.
—Simplemente el amor desapareció —me contestó.
—¿Pero te hizo algo malo?
—No. Era muy buena gente. Me dio muchísima pena abandonarle. Simplemente lo dejé de amar.

Me llegó como un misterio. El tema se me quedó en la cabeza. Tiene que ser super duro dejar de amar a alguien, sobre todo si te has casado con esa persona. Me imagino que un día se me acerca mi pareja y me dice:

—Ya no te amo.
—¿Por qué?
—No lo sé. Lo siento. Se acabó el amor como cuando se acaba el bote del champú.

¿Capricho? ¿Falta de madurez? No. Debe ser otra cosa. Para romper un matrimonio hace falta un esfuerzo anímico y económico de mil demonios.

Por otro lado, descubrir un método, un remedio, para dejar de amar a alguien tiene que ser la repinocha. La de gente que va por ahí con el corazón roto. Pagarían lo que fuera por poder dejar de amar a esa persona que no les corresponde. Como pasa en aquella película con el título más maravilloso que he escuchado en la vida: “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”.

Ayer, mientras daba un paseo con mi perra, viejita ya, di con una respuesta. Quizás esas mujeres que dejaron de amar a sus parejas, sin que estas les hicieran nada especialmente malo, les sucedió lo que le sucede a alguien que compra un coche nuevo. Al principio le encanta. Lo compró tras pensarlo mucho, tras compararlo con otros modelos y leer muchos foros especializados. El coche va de fábula. Del punto A llega al B en un santiamén. Pero de pronto un día el coche comienza a pararse. Tiene una avería. Lo llevas al taller, se arregla o simplemente se aprende a conducir con la avería. A la semana, otra cosa, otro problema. Cada 2 ó 3 meses, otra avería nueva que se suma a las anteriores. De pronto, desaparecen los mecánicos. Tienes que aprender tú mismo a reparar el coche una y otra vez. Para colmo en lugar de ir de A a B como deseas, el coche empieza a llevarte de W ó a F. Llegar hasta el punto B, te cuesta demasiadas horas. Comienzas a pensar… el coche te encanta… pero es un incordio en tu vida. Con lo fácil que es ir hasta B y el coche se empeña en volverte loco cada día. No puedes cambiar el coche. Arreglarlo. Del mismo modo que un peral no puede darte manzanas, un Seat no lo puedes convertir en un Ford. Si lo intentas, el coche te insulta, te grita o te acusa de cosas terribles. Te da pena. Te deshaces del coche. Te compras otro o empiezas a ir andando a los sitios. Te has quitado un peso de encima. Estás en paz. Sin problemas. De vez en cuando, echas de menos a tu coche, pero cómo lo has dejado atrás y tus días yendo de A a B son ahora tranquilos, cada día lo echas de menos un  poquito menos y empiezas a sonreír más.

No sé si me he liado con el ejemplo.

Creo que es imposible que el amor en un matrimonio desaparezca de un día para otro. Al fin y a cabo, para casarse hay que estar loco de remate de amor (a no ser que te cases por otro tipo de interés). Supongo que esas personas a las que se dejaron de amar no paraban de hacer complicado el camino diario a sus parejas.  Sin pretenderlo. Sin quererlo. Quizás esas mujeres que dejaron de amar a sus parejas no se podían hacer ni un café con leche por las mañanas, tranquilas. Quizás no podían ir a la playa, tranquilas, sin que por el camino su compañero le diera malas noticias económicas o se peleara con un conductor, innecesariamente. Mil pequeñísimos problemas diarios de rutina, económicos o de educación que un día comenzaron a asfixiar a esas mujeres hasta que dijeron, basta: no puedo seguir caminando a tu lado.

Pienso que la rutina en el matrimonio es una bendición. El matrimonio te da una estabilidad y una ración de amor diaria. Sobre la rutina, sobre la estabilidad, sobre la ración de amor diaria se puede crear un imperio de felicidad. Porque el resto de lo que da un matrimonio es muchísimo trabajo de todo tipo y decadencia. Vale la pena si tienes una pareja agradable con la que ir de A a B y de B a C y de C a D con una sonrisa (o media sonrisa). No vale la pena si vas de A a B con una bolsa de plástico en la cabeza. Asfixiándote.

Georges Braque, amigo de Picasso con el que creó el cubismo, decía que a un artista le convenía la estabilidad del matrimonio para así poder crear el caos y transgredir en su obra. Creo que vivir en el matrimonio es lo mejor para todos pero también creo que la vida es muy larga. El Rey del Cosmos la ha hecho así de larga para que cualquiera tenga más de una oportunidad en la vida para encontrar la felicidad. Para que nadie tenga que apostar toda su vida a una sola relación o carta. La vida suele ser tan larga que los renacimientos para evitar pudrirse pueden ser infinitos. Hay un final aguardándonos a todos pero es muy, muy al final. No ahora.

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P.D.- Mientras escribía este post comenzó a sonar esta canción, que sacudió un poco mi corazón. No sé por qué.