Luchando contra el dragón

 Ese de la espada soy yo, ayer.

Ese de la espada soy yo, ayer.

Algunas veces, cuando pasan los días y no actualizo este blog me da por pensar que quizás penséis que estoy mal o deprimido. Que me he pillado un trabajo alquitranando carreteras y que he abandonando el proyecto de convertirme en el mejor escritor de la historia… ¡Descartad esa idea, muchachos!

Siempre que dejo de escribir por aquí, SIEMPRE, es por la misma razón: porque estoy escribiendo en otro lado o creando para otra persona. JAMÁS voy a dejar de escribir o dedicarme a trabajar en otra cosa que no sea la creación, salvo quizás unos días, si surge una buena oportunidad de llenar mis arcas con algo. Cuando estoy triste o deprimido, escribo. Cuando me va mal o bien, escribo. Siempre estoy creando. Un creador puro es lo que soy.
Por ejemplo, estas semanas que he estado ausente,  me estuve enfrentando a un dragón: el dragón del teatro.

Hace 5 meses que me había comprometido a escribir una obra de teatro para uno de los principales teatros de Madrid. Cagado de miedo y hundido en la desconfianza, no me atrevía a ponerme con ello. Cada vez que lo intentaba, el dragón me tiraba una ráfaga de fuego y me dejaba otra vez invalidado, asustado, repleto de inseguridades:

—No sabes escribir teatro. Nunca lo has hecho.

Recordé. Lo primero que escribí en mi puta vida (con un comienzo y un final) fue una pequeña obra de teatro de 7 minutos. Un microteatro, lo llamarían ahora. Fue en el colegio Salesiano,  donde estudiaba cuando tenía 12 años. Era fin de curso y cada clase tenía que hacer algo en el salón de actos. Yo escribí una obra de teatro titulada “Don Jendiondo y la clase”. A la profesora no le gustó el título:

—¿Don Hediondo? —preguntó enfadada—. Eso es muy feo, Rafa.

—No, no. Don Hediondo no. Don Jendiondo —le dije muy serio, con mi mejor voz de niño bueno.

Ella me miró, pensó que yo era inocente, leyó la obrita comprobando que no era nada raro y dio el visto bueno para que la representáramos. Durante los siguientes ocho recreos me quedaba con los actores que había elegido entre mis compañeros de clase y ensayábamos. Yo era el director.

Lo que no sabía mi profesora es que yo, por aquella época ya era el terrible eZcritor. Yo tampoco lo sabía. Quizás, escribir saca mi parte más gamberra. Escribo y me conecto con algo extraño. Porque desde el principio tenía un plan: la obra que íbamos a representar no era la que le había entregado a la profesora. Sólo el título sería el mismo. La obra iba a ser una burla a Don Eulogio, un cura de mi colegio que nos daba clase de religión y que era algo violento con la regla (nos pegaba con ella en los dedos) o que nos tiraba los borradores de la pizarra a la cabeza. En cada clase nos metía unas broncas de cuidado (era puro mal humor, a todas horas) que nos llenaban de terror y de energía negativa. Ese profesor, tenía algunas frases características, que siempre repetía en cada clase, como “¡Que no te enteras, niño!”) que decía con un tono muy desagradable y particular, buscando humillas a un compañero.

Aprendí a imitar a Don Eulogio y reescribí la obra de arriba a abajo. En ella representaba, en clave de humor, una de las clases que nos daba: más propias de un psicópata pedagógico que de un sacerdote. Al final de la obra, mi Don Eulogio moría de un ataque al corazón.

La obra fue un éxito. Para el público, claro. Todos los niños reían, todos sabían de qué y quién estaba hablando. Todos gozaron ante la audacia y mi rebelión al sistema establecido. El profesorado, en cambio, estaba muy, muy serio.

Sinceramente, no sé por qué lo hice. Yo no odiaba realmente a ese profesor y desde luego que a mí nunca me pegó (aprendí que si en su clase abría la Biblia y me ponía a leerla de arriba a abajo, nunca me preguntaba, nunca me pegaba… os juro que me leí la Biblia 5 veces a esa edad). Pero sí que me fastidiaba bastante ver cómo le pegaba con la regla a mis compañeros. Sí que me fastidiaba que humillara mediante la palabra a otros niños. Dios, no era eso. El Rey del Cosmos, es otra cosa más divertida y maravillosa. Bueno, eso espero. A lo mejor cuando muera allí estará Don Eulogio, en la puerta del Cielo esperándome con la regla y su borrador de pizarra volante, diciéndome:

—¡Te lo advertí! ¡Que no te enteras de nada, niño!

Esa tarde me fui a casa como un triunfador. Era la primera vez en mi vida que me aplaudía todo un teatro. Eso es algo bestial. Envidio a los actores que aplauden cada fin de semana. Es una energía positiva de la hostia. Y fuera, en el patio, todos los niños me querían tocar y felicitar, como si yo fuera un Beatle. A la mañana siguiente, fui llamado por el jefe de estudios. Estaba castigado cada tarde. De 17 a 18 horas, en el despacho del jefe de estudios hasta que terminaran de todo las clases.

Una cosa a favor de Don Eulogio: no la tomó conmigo a partir de ese día. Quizás fue porque esa mañana, en el salón de actos, no estuvo presente. Quizás nadie se lo dijo. Quizás porque no era tan mala persona y aceptó la crítica. En los años posteriores, yo seguí leyendo la Biblia en bucle y él aprobándome e ignorándome.

Eso sí. Al año siguiente no me dejaron hacer otra obra de teatro que ya tenía escrita. Ni a la siguiente: mis tutores siempre me ponían excusas. Así que, sin darme cuenta, dije adiós al teatro. Abrí una revista “Los locos sin remedios” que  hacía con fotocopias y vendía a 15 pesetas en el recreo. Siempre se me agotaba. En el tercer número, la descubrieron y me la prohibieron también.

Aquel colegio no potenció mi faceta de escritor underground, desde luego.

Año 2018.

Para matar al dragón del desánimo, me subscribí a Teatrix. Cada noche me veía una obra de teatro de éxito. También tiré de Netflix. Leer, la verdad que no leí nada de teatro. Ya de adolescente arrasé con las obras completas de Shakespeare. Cuando las terminé traté de engancharme a las obras de Calderón de la Barca y demás muchachos alegres barrocos del Siglo de Oro, pero ninguno me enganchó. Lo que sí leí a los veinte era un libro con portada gris, con las páginas sueltas, que se caían. Uno de mis tíos lo tenía en casa: “Sin plumas” de Woody Allen. En el interior había una obra de teatro que me encantaba “Muerte” (más tarde, Woody hizo una película con ella). Esa obra la releí más de 30 veces. Me mataba de risa a esa edad. Hace poco la volví a leer y no me hizo mucha gracia, la verdad.

En Madrid me aficioné a ver las obras de teatro de Victor Conde y de su amigo Carlos Atanes. Que son dos genios que poco a poco, irán siendo más conocidos. Creo que el futuro del teatro en España son ellos.

Pues eso. Que tras ver teatro durante 5 meses por fin me atreví a a ponerme a escribir  la obra de teatro. Estas semanas de lluvia y frío me han venido de fábula porque es el mejor clima (para mí) para encerrarme escribir. No me gusta escribir con calor.

Entregué la obra de teatro ayer. Acabé con el dragón.

Es un musical de humor con mucho drama (compuse también 4 canciones). No sé si les gustará, no sé si se estrenará. Es más: si se estrena pediré que mi nombre no aparezca en los créditos o la firmaré con pseudónimo. ¿Por qué? ¡Porque soy muy precavido! Vivimos en tiempos locos, de boicots por el Twitter. Algunos son muy merecidos pero otros son gratuitos. Tengo BASTANTE miedo de unirme a un proyecto profesional, de esos en los que hay que meter mucho dinero para que se hagan realidad, y de pronto, un día, alguien pille uno de mis terribles libros de Sigmundo, no entienda nada, saque párrafos fuera de contexto y dañe al espectáculo. Así que, al igual de la película que se estrenó el año pasado y que firmé como guionista, todos mis trabajos para estudios o teatros importantes saldrán firmados bajo un pseudónimo.

Sólo el productor sabrá quién soy.

No quiero que nadie me vuelva a cortar las alas de mi imaginación.

En el pasado fueron los curas, en el presente puede ser la hipocresía y estupidez pública: un manada de cuñados o de feministas equivocadas.

Llamadme paranoico.

Deja un comentario.