Madrid es un gran puticlub

 Calle Montera en Madrid.

Calle Montera en Madrid.

Tras la reunión de trabajo de la mañana, camino por la tarde, sin rumbo por Madrid a la espera de la hora de la segunda reunión. Llego a la calle Montera. Una prostituta me mira. La miro. Es rubia, mucho más joven que yo. Tiene una bonita sonrisa, la piel clara.

—Hola —me dice.

Pienso en no devolverle el saludo, no sea que se ilusione creyendo que se ha topado con un cliente. Finalmente decido sonreírle con mi más amigable sonrisa. No quiero que se piense que me creo más que ella.

—Hola —le digo simpático, mientras sigo de largo.

Nunca he ido de putas. Espero no ir nunca. No me creo más puro ni mejor persona que ningún otro hombre que sí que vaya. Seguramente ellos se diviertan más que yo en la vida. Respeto al 100% a las mujeres que deciden libremente vender su cuerpo por dinero y a los hombres que pagan por tener sexo con ellas. No creo que ellas sean unas asquerosas ni ellos unos monstruos. Es sólo sexo. Siempre y cuando no estén siendo obligadas a tenerlo, entiendo que es el oficio más antiguo del mundo. Jamás he ido de putas porque concibo el sexo sólo por placer y/o por amor. Si no veo que la chica que tengo debajo (o encima o al lado) me ama y/o me desea de verdad no consigo tener una erección. No me da morbo que alguien se quiera acostar conmigo por sacarme 100 euros. Mi polla tiene sentimientos y ego.

Me encanta follar pero cada día soy más feo, más viejo y le gusto menos a las mujeres. Lo sé porque cuando era joven, las chicas me miraban con ojos golosos por la calle, incluso me paraban para hablar conmigo. Hoy, en Madrid, soy totalmente invisible. En todo el día sólo un gay me ha mirado con deseo. Soy heterosexual, así que ese punto no cuenta. Una vez, que estaba seguro que me iba a divorciar de mi esposa,  me abrí una cuenta en Tinder. Cada día recibo algún "like". Los voy coleccionando, con esperanzas de que aún podría volver loca a alguna mujer.

En la calle de Preciados, minutos después, otra chica demasiado joven para mí me sonríe. Va pintada como una puerta. No tendrá más de 19 años. Lleva una carpeta en la mano. La muy puta me ha sonreído para que me detenga ante su juventud y sacarme unos míseros euros al mes para una supuesta causa benéfica, es títere de una ONG, que le dará a ella unos céntimos de mis euros por usar su sonrisa de me gustas para conseguir el número de mi tarjeta de crédito en nombre de unos supuestos koalas en peligro de extinción.

Realmente me da más asco esta putilla de ONG que la prostituta de la calle Montera. A la trabajadora sexual de la calle Montera me apeteció abrazarla, decirle que todos tenemos una gran cualidad dentro que explotar, un poder del que vivir. Que no tiene que estar bajo hombres sudorosos en caso de que no le guste. Que ahorre un poco y se lance a vivir de lo que realmente le gustaría hacer cada día. Que en la Tierra, con empeño, puede hacerse realidad cualquier sueño, por extraño que sea. A la putilla de la ONG no le sonreí. Pasé de largo, me preguntó por qué no la escuchaba:

—Porque a mí no me dirige mi polla —no le dije, sólo la ignoré.

Me entraron ganas de pegarle hasta hacerle sangrar. De decirle que cómo se le ocurre desperdiciar su tiempo en la vida para que unos gordos con traje se rían de ella, de nosotros, de los niños que pasan hambre en África y acaben contratando putas con el dinero que nos ha sacado gracias a sus artes de zorra.

 Esta foto la saqué de Google.

Esta foto la saqué de Google.

También hay chicos con carpetas de la ONG. A ese me apetece pisarle la cabeza hasta que se le salgan por las orejas los excrementos que tiene como cerebro. Me fijo que esos chicos eligen tratar de parar a mujeres feas, chicas gordas en la que nadie se fija o señoras mucho mayores que ellos. Tratan de buscar mujeres de tercera división que sueñen en tenerlos como pareja. No creo que le enseñen o les obliguen hacer eso en el curso que reciben antes de ser contratados. No hace falta. Supongo que deciden hacerlo por si mismos, para ganarse su sueldo. Madrid es un gran puticlub. Esa chica de 19 años busca hombres mayores, de mi edad o más. Hace tiempo aprendió cómo la miran. A diario sentía la polla en los ojos de cada hombre con el que se encontraba en la panadería, en el instituto, en la calle... Ahora gana dinero haciéndoles soñar que quizás puedan conseguirlo. La calle Montera nunca ha estado tan cerca de la de Preciados.

La prostituta de Montera por lo menos gana un buen dinero por frotar carne con carne y dar unos cuantos besos. Es honesta. No engaña. Merece cada euro que gana. La de la carpeta de la ONG es una vende humos, una calienta pollas de semipedófilos. El de la carpeta es un huelebragas de menopausicas, amor bandido de pierde orinas, un gígolo perroflauta, un pasacalderilla a peces gordos que viven del postureo. ¿Cómo pueden ser tan imbéciles? ¿Cómo pueden dedicar a eso su juventud?

¿Dejas un comentario?