Creo que le caigo muy mal a Arsenio Escolar

Bajo del tren. Son las 7:30. Acabo de llegar a Madrid, ciudad en la viví unos 7 años. Me emociono. Tengo un montón de grandes recuerdos de esta ciudad. La primera reunión de trabajo la tengo a las 11, en el hotel no dejan entrar hasta las dos de la tarde. Camino dejando que la nostalgia dirija mis pasos. Camino por los barrios en los que viví. El barrio de las letras, plaza San Ildefonso... Siempre que llego a esa plaza me siento delante de un portal en el que viví, esperando que salga de allí una ex novia con la que me porté como un estúpido. Sueño que la veo, que le pido perdón. Los remordimientos que tengo con esa chica aún no me dejan dormir bien tras más de 9 años de lo que pasó. Sin embargo, ella ya no vive allí y jamás contesta a mis emails. No es que quiera volver con ella. Sólo deseo poder pedirle perdón a la cara, arreglar el daño, explicarle lo que pasó, porqué actue así en esa época de mi vida... Sé que antes de morir de viejo conseguiré reunirme con ella y arreglarlo todo. O eso quiero pensar para poder vivir mejor. A ella la llamé Giselle, en mi libro "El Comedor de Coños".

 A la tarde siguiente también regresé a ese portal. A esperarla aunque ya no viva allí.

A la tarde siguiente también regresé a ese portal. A esperarla aunque ya no viva allí.

Tras hacer acto de contrición, me voy a desayunar a mi Vips favorito, el que está frente a la plaza Neptuno:

 Esto fue lo que desayuné. Algo ligerito y muy sano. Por cierto me atendió el mismo camarero que me atendía hace 7 años.

Esto fue lo que desayuné. Algo ligerito y muy sano. Por cierto me atendió el mismo camarero que me atendía hace 7 años.

Como aún tengo más de una hora libre hago tiempo en la Apple Store de Sol...

apple store sol madrid.jpg

... como soy un imbécil, me divierto dejando mensajes misteriosos en los procesadores de textos de los iPad:

mensajes misteriosos.jpg

Camino hacia el lugar de la reunión. Subo por la calle Preciados, casi llegando a Callao me lo encuentro de frente. Es Arsenio Escolar. Ahí va con su característico traje de chaqueta y cabello teñido de negro. Siempre que le veo el cabello pienso que jamás me teñiré. Me alegro muchísimo al verle. Arsenio dirigía el periódico que me hizo popular hace 10 años. Casi seguro que tú me conociste cuando publicaba a diario por ahí. Le saludo, superfeliz:

—¡Arsenio Escolar!

Se vuelve hacia mí. Me mira:

—¿Quién eres tú? —dice fijando sus ojitos en mi cara. 

Se me acerca. Me reconoce. Tuerce el gesto. Creo que no le ha gustado verme. Estaré equivocado: yo le considero un amigo. Le sonrío.

—¿Cómo estás? —le pregunto, sonriente.

—¿Dónde estás trabajando? —contrapregunta con una sonrisita en la cara.

Sé que no dispongo del poder para leer mentes. Pero creo que no me ha preguntado eso por interés o por hablar. Creo que lo está haciendo con sorna. Tras el tren desde Valencia, la caminata, el calor, llevo el rostro cansado. Además, soy de esas personas que salvo en su boda, en su entierro o si le obligan apuntándole con una pistola no se ponen traje y corbata jamás: símbolo del éxito y posición social para algunas personas. Aunque vaya a una reunión de trabajo visto según el clima, buscando estar cómodo. Lo que tengo para mostrar en la reunión de trabajo son escritos, talento, humor, fuerzas. No un traje de Emidio Tucci. Para mí, vestir traje con corbata es algo tan ridículo como ponerse una armadura de la Edad Media, agarrar una espada e irse a la playa a enfrentarse con dragones. Madrid vive en los 30 grados, ahora mismo visto una camiseta ligera, unos pantalones cortos, unas sandalias y un bolso en el que guardo mi iPad Pro por si me tengo que poner a escribir en la reunión.

Por mis pintas, Arsenio a lo mejor piensa que estoy trabajando de repartidor de publicidad de una pizzería.

No. 

Todo esto tiene que ser cosa de mi imaginación paranóica.

No me está preguntando eso para reírse de mí.

—Bueno, ya sabe como es la vida de escritor—le contesto— siempre buscándome la vida por aquí y por allá.

—Ya, ya... ¿Pero en qué estás trabajando AHORA? —vuelve a preguntarme con una sonrisita burlona.

Contesto la verdad. Que además de con mis novelas estoy escribiendo un guión para XXXX. Me gustaría mucho contaros qué o quién es XXXX pero un contrato de confidencialidad me lo prohíbe. Lo que sí que puedo contaros es que XXXX es un lugar o persona superrespetable, elegante y muy bien visto en el mundo de la cultura de España.

La reacción de Arsenio no es de alegría. No me felicita o hace comentario alguno. Se pone muy serio. Como quien encaja un golpe y no tiene capacidad para devolverlo. Me doy cuenta de que no soy un paranoico. Le caigo mal. Quiere mi mal. Si le hubiera dicho que estoy trabajando en un McDonalds creo que me hubiera abrazado de felicidad mientras se descojonaba de mí. Me pongo muy triste. ¿Por qué le caigo mal? Sigo hablándole, esperando estar equivocado:

—He leído por ahí que va a abrir un nuevo periódico, enhorabuena por la fuerza. 

—¿Periódico? —me corrige con rabia como si hubiera dicho una palabra prohibida por el clero y nos estuviera escuchando la Santa Inquisición— ¡Periódico no! ¡Medio! ¡Medio!

—Vale, vale... medio —repito—. Disculpe.

—Sí. Voy a sacar un medio de comunicación con una publicación en papel pero que saldrá muy, muy, muy de vez en cuando. Perdóname, tengo que irme a una reunión. Adiós —se despide secamente.

Sin tiempo para más (se aleja superrápido) le lanzo un beso volado. Y sigo mi camino, triste.

Recuerdo.

Me fui de su periódico. Lo hice con muchas lágrimas en los ojos, me fui tras decirme que me daba dos meses de vacaciones (no pagadas) y que en septiembre volviera a su periódico. Quería que le hiciera un nuevo proyecto. Yo le dije que no, que lo dejaba, que no me gustaba trabajar así. Me dijo:

—“Rafa, piensa muy bien lo de irte de aquí. La vida ahí fuera es muy dura”.

—“Tengo dos brazos para trabajar y muchísimo talento —le dije—. No tengo miedo a nada”.

Me fui de su despacho mientras me llamaba a gritos. No me volví, debí haberlo hecho, escuchado con educación. Mi comportamiento en ese momento fue un poco chulo sí, pero es que ya había tomado la decisión de seguir solo mi camino y me había molestado bastante que me quisiera meter miedo. Arsenio Escolar no tenía razón. La vida ahí fuera no fue muy dura para mí. Fue muy, muy, muy dura. Para mí, la guerra de Vietnam mezclada con la de Siria. Pero porque quise. Podría haber elegido otros trabajos más cómodos y mejor pagados. Elegí meterme en una productora de TV que estaba comenzando, repleta de ilusión. Allí me encargaban crear de cero, dirigir y escribir pilotos para la TV. Era un reto que me sacaba de la zona de confort. El esfuerzo valdría la pena, pensé. No me equivoqué: de esos años trabajando allí, vienen muchas realidades y capacidades de las que dispongo en la actualidad. En esa productora autoaprendí muchísimas cosas que me convirtieron en el creativo todoterreno que soy en la actualidad, capaz de trabajar y llevar hasta el final cualquier tipo de trabajo de publicidad, cine, tv, teatro, etc. Hubo épocas en las que dormía en un colchón, sobre el suelo o pensaba me iba a morir de frío y de soledad pero eso me hizo más fuerte, con más conocimientos, con más contactos verdaderos, me desprendí de un montón de gente que únicamente se había acercado a mi porque era famosillo, buscando juergas. Actualmente solo un ictus cerebral puede detener mi carrera. Me hice fuerte gracias a que dejé la comodidad del periódico. Pero ese periódico me sacó del anonimato, me dio un nombre, me hizo muy feliz durante muchísimo tiempo, me proporcionó una tranquilidad económica (pagaban muy bien) y aportó unas vivencias que no hubiera tenido jamás en la vida si no llega a ser por ellos. Cuando miro hacia atrás recuerdo los 3 años de felicidad en 20minutos.es, no aquella triste tarde del adiós. Cuando veo a Arsenio Escolar por la televisión de tertuliano o por Twitter, retuiteado por miles de seguidores, siempre se me dibuja una expresión en la cara de muchísimo cariño. Cuando finalmente lo echaron de su propio periódico lloré, aunque a él lo echaron con indemnización millonaria no como tantos trabajadores que se tuvieron que ir de allí de un día para otro. Pero 20minutos.es era su castillo, el lugar donde se realizaba y se sentía importante. Que te quiten eso, de pronto, es muy duro para cualquiera.

La próxima vez que me encuentre a Arsenio por casualidad, no le saludaré para no volver a importunarlo ni proporcionarle infelicidad.

Espero que la vida le dé muchos triunfos y felicidad. Siempre querré lo mejor para él.

Y ahora me meto en el Metro... mañana os contaré un asunto curioso que me pasó en Madrid.

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