Del desánimo al cielo

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Recibo un email. Es de un lector:

“Querido Rafa,

Estoy en la recta final de "Diarios secretos de sexo y libertad". Y con ella, cumplir con mi parte del contrato que firmamos cuando me llegó el libro: la foto y la crítica.

Inevitablemente, tengo ganas de más. Si no me equivoco, mi siguiente compañero será "20 polvos - Edición especial". Quiero que Sigmundo me enseñe por goteo, y ese es el primero de los motivos de este correo: quiero comprarte el libro.

El segundo motivo es esencial, ya que no necesitas que te diga lo anterior, que para eso te has currado la venta en la web. Mañana empiezo a disfrutar las primeras vacaciones de mi vida, que me van a llevar desde Galicia a Valencia a ver a un amigo un par de días antes de caer en Madrid. Me gustaría poder disfrutar de Sigmundo en los viajes que se me avecinan. ¿Hay alguna forma de adquirirlo en Valencia? Si te lo pudiese comprar directamente sería genial. Si no es posible,  también pienso que el envío podría llegar antes si es a Valencia, a casa de mi amigo por ejemplo. También se me ocurre que me lo pudieses dejar en algún sitio y yo recogerlo. Sobra decirlo, con previo pago. No sé, lo que mejor te encaje. Yo tengo claro que forma prefiero.

Me despido ya, que tengo que empezar a empaquetar. Tarde como siempre.

Espero que estés teniendo una buena noche”.

Le contesto:

“Querido Juan:

Gracias por escribirme, vas a tener unas vacaciones geniales.
Vivo en un pueblito de Valencia, situado en Requena. San Antonio de Requena. Si eres tan desdichado de venir hasta aquí, no tengo problema de entregarte en mano el mítico "20 Polvos-edición especial".
Pero... si quieres que te llegue pronto no tienes más que comprarlo ahora mismo. En un rato salgo para Correos. Te lo mando por certificado y te llega en 3 días máximo. Hay muchas veces que llega al día siguiente.

Un abrazo. GRACIAS por tu email lleno de buen rollo y felicidad. Se nota que estás de pm y brindo por ello.
Rafa”

Me contesta:

"Querido Rafael,

Este correo que me envías pone el listón de las vacaciones muy alto el primer día. Está claro que se pueden depositar esperanzas en tí.
Te escribo desde el aeropuerto de Valencia mientras espero a mi amigo, de modo que iré yo mismo a por el libro. Esta oportunidad única no se puede desperdiciar.
Cómo todavía no he organizado nada, no sé cuándo podré ir, pero he visto que hay un tren directo que tarda sobre una hora y media. ¿De aquí al jueves cuándo te viene mejor que lo hagamos, mañana o tarde? Dime también si prefieres que te ingrese el dinero previamente.

Hoy está siendo un gran día lleno de grandes emociones. Gracias.

Recibe un cordial saludo.

P.D.: Tenéis un clima envidiable"


No le contesto. Me da pena que venga hasta aquí, para conocerme. Quizás espera encontrarse con mi alter ego, el Sigmundo de los “Diarios secretos de sexo y libertad” rebosante de vida, de esperanza, de que se iba a comer el mundo. Quizás desea encontrarse con un guía espiritual. Con alguien que le dé aliento a su día a día. Que le diga: “¡Lucha por tus sueños, puedes conseguir cualquier cosa que desees!… ¡Mírame a mí! ¡Yo lo he conseguido!”

Ahora mismo estoy lejos de ser ese tipo.

Mi matrimonio va mal. Las ventas de mis libros han bajado. De pronto la sociedad se ha vuelto demasiado buena y concienciada para leer mis libros polémicos. En lo que va de año escribí una obra de teatro para una gran sala de Madrid. No se la han leído aún. Escribí un guión para una serie para Netflix. No me recibieron. Ese guión lo convertí en un libro: “Doctor Mente”: mis lectores también están pasando de él, casi nadie se hace mecenas. Ando bastante triste, sin ánimos de nada, sin esperanzas, incluso pensando en renunciar a la escritura por dos años y abrir una cafetería. Para colmo he vuelto a engordar. Lo único que hago bien, últimamente, es comer.

No estoy en mi mejor momento. El otro día mi esposa se enfadó tanto conmigo que me tuve que ir de nuestra casa, a un hostal. Pasé dos noches allí, comiendo donuts, escribiendo. Solo. Casi a oscuras. Como los locos.

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Pensando que mi vida era una puta mierda, que tenía que volver a comenzar desde cero: dejar la literatura. Dejar de soñar con lo que me hacía feliz de joven. Quizás no es tarde para volver a la universidad. Terminar filología hispánica. Quizás a los 50 años podría estar reinsertado en la sociedad como profesor de españl en Taiwan. Y la subnormalidad de ser escritor sepultada bajo montañas de basura. La gente, de joven, quierer ser una estrella de rock o escritor. De adultos, se les pasa la tontería, esa época rebelde. Como estupendamente se cuenta en este gran artículo de Millás.

A mí no se me pasó la tontería porque me falta un hervor.

Mi esposa y yo hicimos las paces:

—Vamos a volver a intentarlo —dijimos.

Regresé a casa.

Hasta esta mañana me olvidé del lector que quería venir a verme. Mi esposa me despierta: estoy en la cama, durmiendo tan profundamente como es posible para un humano sin estar muerto:

—Rafa, un lector te espera en el salón.
—¿Un lector? ¿Quién? ¿En el salón?
—No sé. Dijo que tú le habías dicho que podía venir.
—¿Yo?

Entonces lo recuerdo.

—¿Qué hora es?
—Las 9:30
—¿De verdad? ¡Sólo he dormido 3 horas! (me acuesto a eso de las 6 de la madrugada, escribiendo) ¡Dile que se vaya!
—Eso no está bien, Rafa. Parece que ha venido desde lejos.

Mi esposa piensa que le he dicho eso de que eche al lector porque tengo sueño. No es por eso. No quiero que ese lector me vea como estoy. Derrotado. Hundido. Depresivo.

—Está bien. Bajo —accedo (no soy tan maleducado).

Voy al cuarto de baño. Me cepillo los dientes para no echarle al lector un pestazo a la cara, bajo al salón con mi mejor sonrisa falsa. Quizás si pasa poco tiempo conmigo no se dará cuenta de que tengo pinta de suicida depresivo. Veo al lector. Es un lector guay. Simpático. Con cara de buena persona. Por lo menos no es un lector como este que me escribe cada noche desde Chile:

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Este tipo de lectores me deprimen bastante. Pienso… “¿es gente así la que lee mis libros?… Toda mi vida concentrada y sacrificada en pos de la literatura para... que me lea gente así? ¿Qué he hecho con mi vida?”

El lector que tengo delante de mí, en mi casa, es maravilloso. Por él vale la pena escribir.

—Espero que no te importe que haya venido —me dice—. Miré el remite de los "Diarios secretos" y vi tu dirección. Como no contestabas y las vacaciones se me terminaban...

Le doy un abrazo:

—Encantado de que estés aquí. Gracias por venir. Te iba a escribir pero se me pasó. Lo siento.

Subimos a mi despacho, saco un ejemplar de “20 Polvos - Edición Especial”, se lo dedico, se lo regalo.

—No, no, quiero pagártelo —me dice.
—Encima que vienes hasta aquí… es un regalo.

Le acompaño a la puerta, le doy otro abrazo, se va. Ha sido un encuentro bastante frío y breve. Seguramente le he decepcionado. Quizás quería quedarse a comer o hablar largamente mientras dábamos un inspirador paseo. Pero no es un buen día. No es un buen año para mí. Lo siento. 2018 está siendo una mierda.

Regreso a la cama. Duermo. Me levanto a las dos de la tarde, me marcho a caminar un par de horas bajo el sol, para no convertirme en un vampiro. No paro de repetirme, todo el rato:

—No sirvo para nada. ¿Qué he hecho con mi vida?

Llega la noche, me pongo a escribir “Doctor Mente”.
Tengo pocos mecenas, pero a esos pocos voy a darles la mejor novela que sea capaz.
Es cierto que no sirvo para nada y que ando deprimido pero no he dejado de escribir ni un solo día. Da igual lo que me pase. Todos los días escribo, escribo y escribo. No puedo hacer otra cosa (salvo comer).
Me llega un email.
Es de una productora de TV.
No es de España.
No puedo decir el nombre.
Me lo compran.
Me compran Doctor Mente.
Los guiones.
Los guiones que no quería comprarme nadie.
Me pagan.
Dinero.
Bastante. Suficiente para poder vivir otro año sin problemas de ningún tipo.
Grito.
Grito de felicidad.
Lo he conseguido... ¡Voy a ver Doctor Mente en la tele!
No soy una mierda.
No lo soy.
Soy un genio.
Un puto genio.
A la mierda la cafetería.
A la mierda mirarme al espejo pensando que no valgo para escribir.
A la mierda el desánimo.
Soy un puto genio. Una estrella de rock.
Nada ni nadie puede conmigo... ¡Voy a comprarme un iPad Pro!
Sólo he de seguir haciendo eso que hago tan bien.
Escribir.

Sin parar.

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