El pajarito en la jaula

 Tal como están las cosas, por si solas, ya están perfectas.

Tal como están las cosas, por si solas, ya están perfectas.

El amor es un cuento. De verdad que no necesitas el amor de nadie.
La gente necesita oxígeno, sol, comida y sexo. El resto, son cosas prescindibles.
Incluido tú. Tú eres prescindible. Esa persona que tanto amas, por la que dices que darías la vida, también es prescindible. Sólo tú, lógicamente, eres imprescindible para ti mismo.
Tus hijos, tu perro, tu pareja. Ese pajarito que guardas en la jaula.
El amor son cuentos que te han metido en la cabeza.
Es cierto que, cuando somos niños, necesitamos de amor y cuidados para sobrevivir.
Cuando somos niños.
De adultos sólo nos necesitamos a nosotros mismos.
Ser independiente es ser adulto.
Independiente en todos los sentidos.
Las cosas se compran cuando eres adulto. No las recibes regaladas.
Si necesitas que te amen, siendo adulto, es que eres infantil. Es que tienes algo en la cabeza que te va mal. Limitaciones: echas de menos el babero, la teta de tu madre, el sonajero.
Para no estar solo únicamente has de ser necesario. Tener algo que los demás necesitan.
Las parejas, cuando se unen, busca que otra persona les dé estabilidad para poder realizar el plan que les han metido en la mente. Nos han metido en la cabeza que “eso” es el plan perfecto de vida: hijos, hipotecas, trabajar sin descanso en algo que no te gusta, sacrificarte por los demás: convertirte en un ser patético, inofensivo, con barriga, que viste con ropa de hipermercado y sonríe sin parar.
Transparente e inofensivo.
Aunque lo único que quiere es morir: para dejar de pasar vergüenza en esta vida.
Por eso fumas, comes tanta comida basura, bebes tanto y te drogas con pastillas legales que compras en la farmacia (o no).
Te quieres ir. Quieres dejar de vivir. Morirte como lo hacen las otras personas: de forma vulgar.
Porque nunca nadie te enseñó a sacrificarte por ti.
Sólo por ti.
Hacer lo que quieres.
Sacar de tu interior lo mejor de ti.
E ir de fiesta en fiesta.
O de biblioteca en biblioteca.
Todo esto que cuento no es cruel, ni frío. No soy un psicópata.
Es la vida.
Te asocias con otras personas. De forma temporal, creando un negocio humano. Sin traicionar.
Cuando salís de ese negocio lo hacéis enriquecidos, más sabios.
Tienes negocios con más personas.
Ya sean sexuales o económicos.
Cada día que pasa viajas más, tienes más dinero, gozas más de tantos placeres materiales que tanta gente no puede porque se sacrifican por un montón de gente a la que realmente no quieren.
Tú estás concentrado en ti, en sacar lo mejor de tu interior, en prosperar, en gozar de la vida.
Sin limitaciones.
Cuidas tu cuerpo. No caes ni en drogas ni en malos hábitos.
Haces el amor con muchas personas, siempre con preservativo.
Liberas a ese pajarito que tienes en la jaula.
Lo echas a volar.
Y llegas a los 123 años.
Te tiembla el cuerpo, víctima de mil enfermedades sin cura.
Estás solo en tu mansión. Sin familia. Sin hijos. Sin seres queridos.
Sólo unas enfermeras guapísimas te rodean.
Están desnudas. Les pagas para que te atiendan desnudas.
No saben hacer muy bien de comer pero te da igual porque, desde hace tiempo, tu estómago sólo tolera papilla.
Le pides te acerquen el revolver que guardas en un cajón de tu mesita.
Ha llegado el momento.
Ya estás harto de que te duela todo. Lo único que te da placer es que ellas te limpien el culo.
Te disparas, en el centro de la frente… con una sonrisa.
Y cuando llegas al Cielo, Dios te recibe, te dice:
—¡Muy bien! ¡Lo has hecho muy bien! ¡No como todos esos gilipollas de allá abajo! ¡Ven, amigo! ¡Ven!

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