El renacimiento de Miguel

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Hoy, con el permiso de su protagonista, os voy a contar un historia con final feliz.

Miguel es un vecino del pueblo, padre y esposo ejemplar. Hace poco más de un mes iba a trabajar a la ciudad, conducía por la autopista. Era por la mañanita. Miguel andaba un poco enfermo, cerró los ojos y quedó dormido... conduciendo. Así quedó el coche:

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¿Qué le pasó al pobre Miguel?

NADA.

N-A-D-A.

El cinturón de seguridad, el airbag, la valla, la carrocería y algún ángel que pasaba por allí, lo mantuvieron durante el choque entre algodones. Salió del coche por su propio pie. Ya totalmente despierto, eso sí. Fue al hospital, los doctores no daban crédito. Estaba perfectamente.

—“Ha sido para mí un renacimiento” —me dijo ese día, por teléfono.

Conozco poco a Miguel pero es de esas personas que te entran en el corazón enseguida porque sólo tienen buenhacer en su mirada. Es un coleccionista de buenos momentos. Siempre los está buscando. Una de esas personas que se desviven por su familia y amigos. A nosotros, que acabamos de llegar a este pueblo, nos ha acogido como si fuéramos sus hijos. Tanto él como su esposa nos miman de una forma que nunca hemos experimentado en la vida.

Si nosotros, que ya lo queremos tanto, nos impactó tanto su accidente, imaginaos a su familia y amigos.

Miguel hizo ayer otra fiesta, esta vez sólo para sus amigos. Tuve el inmenso honor de que me invitara. Nos citó en un lugar precioso, en mitad del campo, entre viñedos:

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En una especie de caserío-museo-bodega:

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Sin pincháis aquí podéis ver mi llegada al caserio, con esa música de Santana de fondo, me sentía en una peli de Tarantino:

Allí habían aparcado sus amigos, éramos unos 20 más o menos:

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Uno de sus amigos, bien grandote que había sido policía, se disfrazó de cura y le hizo este graciosísimo discurso:

Dentro del banquete, hubo otro discurso pero ese fue más personal, más emotivo por parte de uno de sus hermanos. Ese discurso no pedí permiso para subirlo a internet. Os dejo con algunas fotos del banquete (comí y bebí tanto que hasta hace un rato no volví a ser yo).

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El menú (que prepararon entre todos) fue: embutidos (jamón serrano, salchichón, etc), revuelto de huevos y ajos trigueros, ensalada, alcachofas, navajas, gambas, langostinos, altramuces, etc. Como plato principal: arroz con bogavantes. Repetí dos veces. Vino y cava en abundancia. Yo nunca bebo alcohol pero como era la celebración de Miguel, tomé 6 copas de cava: fría, de muy buena calidad, riquísima. De postre: naranjas y póquer (yo aún no me atrevo a jugar con ellos porque me van a dejar hasta sin calzoncillos).

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¡Me lo pasé muy, muy bien! Hasta que alguien, de pronto, me puso en un compromiso:

—¡Dice Rafa que la próxima semana nos invita a todos a una fiesta de papas arrugadas con mojo canario!

Dios mío, a ver cómo cocino para tanta gente sin que caigan todos intoxicados y fulminados... ¡Jamás he hecho mojo canario!

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