No vamos a tener hijos. Y punto.

 Me hice escritor para que nunca faltara la hora de la siesta en mi vida.

Me hice escritor para que nunca faltara la hora de la siesta en mi vida.

Hoy 4 de abril teníamos cita en un hospital de Asturias para comenzar el proceso de inseminación artificial. Mi esposa tiene 40 años. Yo 44. Llevamos 7 años casados y ninguno de mis espermatozoides le ha dado por entrar en su óvulo. Nos empezamos a poner nerviosos... ¿por qué todas las parejas tienen hijos y nosotros no?... hace dos años comenzamos el proceso para la inseminación artificial.

Hoy era el día X.
Decidimos no ir.

Hace unas semanas nos sentamos uno frente al otro. Hablamos claro:

—¿Por qué queremos tener un hijo? —nos preguntamos.

Buceamos dentro de nuestros cerebros y corazones:

Ella lo quería tener porque le parecía apasionante formar a una persona, educarla. Y porque se sentía presionada por la sociedad.

Yo lo quería tener porque ella lo quería tener y porque todo el mundo te mira raro si no tienes, aunque sea, un hijo. Te miran como si fueras poco hombre o rarito.

No lo quería tener porque, si lo tuviera, me desviviría por él de tanto que lo querría. Me pasaría el día cuidándolo, obsesivamente. Sé que nunca más en la vida volvería a dormir despreocupado. Pasaría su infancia temiendo el día en que se convirtiera en un adolescente y se pasara las noches fuera de casa, hasta las tantas, con a saber quien. Si fuera niña, me daría miedo que un novio, un profesor, un cura, un fontanero, le hiciera algo malo.

No quiero vivir así.

Luego está que Svieta y yo estamos en crisis. Hace ya unas cuantas semanas que todo nos vuelve a ir bien: hemos hablado y creo que hemos llegado a un entendimiento para limar nuestro carácter y comportamiento: darnos más amor y menos guerra. Volvemos a caminar de la mano, a reírnos mucho, a dormir juntos. A querernos para siempre.

Sé que nos vuelve a ir bien porque Svieta me contó el otro día, como si nada, que cuando se pone nerviosa y va a perder la calma, piensa en mí, en Anais y en Dr. Amor cuando estamos durmiendo la siesta. Entonces se tranquiliza completamente.

 La próxima vez que os pongáis nerviosos, pensad en mí.

La próxima vez que os pongáis nerviosos, pensad en mí.

Probé yo también: pensé en ella (en su carita de ángel) la siguiente vez que me puse nervioso y me calmé.

Antes, si pensaba en ella, me entraban ganas de mudarme lejos. Ahora, sólo quiero abrazarla.

Aunque nos vuelve a ir bien, ambos tememos volver a enfadarnos, separarnos, tener hijos en una familia rota. Sé que eso no es el fin del mundo, que muchos lo lleváis ejemplarmente, que se sale adelante... pero no queremos eso para nosotros y nuestro hijo.

—¿Si no tenemos hijos se acaba la raza humana?
—No.

Por mi lado no quiero tener hijos porque creo que nuestra vida juntos será más tranquila y placentera cuidándonos y mimándonos el uno al otro. Tengo muchísimo amor que dar: todo va a ir para Svieta y para los lectores de mis novelas. Todo mi respeto y admiración para los que sois padres. Pero yo, si puedo elegir, paso.

Eso sí. Vamos a seguir haciendo el amor sin preservativo. Si el Rey del Cosmos decide darnos un hijo: pues aceptaremos esa condena-regalo-de-crecimiento personal. Si no: pues... ¡GENIAL!

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 Ellos saben que a las 15:00 me convierto en el mejor colchón que existe.

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 Si el gato se me pone arriba a ronronear y a dormir, caigo nocaut en el acto.

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