El problemilla que tenemos en el pueblo

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Salvo por una cosilla, todo va muy bien por aquí. No nos hemos equivocado mudándonos a este pueblo. A mí no me parecía una buena idea al principio, Svieta fue quien lo eligió. Pero la verdad es que la gente es maravillosa, super educada y cariñosa. Nuestros caseros nos han acogido como si fuéramos sus hijos, el otro día nos invitaron a cenar, por ejemplo. Este miércoles, nosotros los invitaremos a almorzar.

Estamos comenzando a conocer la zona, nos encanta.

La casa está super bien acondicionada, trabajamos sin interrupciones. En el chalet en el que vivíamos en Tarragona no paraban de estropearse cosas cada día porque todo estaba muy viejo: que si una persiana, que si la bomba de agua, que si la puerta del garaje, que si una tubería. Había que estar llamando siempre a los caseros. Por otro lado estaba el conflicto catalán, que nos ponía muy triste y alerta cada vez que íbamos a una tienda del pueblo. Antes del referendum, todo iba bien...

Ahora, desde este pueblo de Valencia, el conflicto catalán no nos afecta ni crispa: ahora nos parece un episodio de los Simpson que echan por la tele. Digo los Simpson por lo surrealista que es el asunto y por el peinado de Puigdemont. Ambos lados han llevado muy mal el asunto. Aunque, por supuesto, yo soy de los que piensan que la independencia es muy mala idea.

El único problema que tenemos por aquí, aparte de que no nos llega el correo (a no ser que sea certificado) es una vecina enajenada que tenemos: doña Elisa.

Doña Elisa es una señora mayor que vive sola. Ya nos advirtieron que no fuéramos a presentarnos a su casa pero, como no nos dijeron el porqué, y yo soy muy curioso, una tarde que tenía un rato me acerqué con una bandeja de dulces: para presentarnos y no quedar mal con ella.

Doña Elisa se alegró mucho. Estaba sola y aburrida. Tomamos un café, todo parecía bien con ella: es cierto que hablaba muy alto, supuse que estaba sorda y necesita hablar así para escucharse… es cierto que repetía lo mismo una y otra vez, caía en un bucle contándome cosas, pero vamos, lo normal en una persona muy mayor que a veces se le va la cabeza. Nada insoportable para la hora y media que estuve allí, escuchando sus historias y viendo fotos de su familia.

La pesadilla comenzó al día siguiente. La señora toco en la puerta de nuestra casa, abrí. Allí estaba ella con una sonrisa y su bastón:

—¡Buenos días, Rafael! Aquí te traigo unas collejas (una verdura de por aquí) que acabo de recoger… ¡A ver si te gustan! ¡Y muchas gracias por los bombones!

Me extendió… una bolsa de basura.

La miré, confundido.

Ella me miró, con una sonrisa.

—… Gracias —le dije—. No hacía falta…

Ha pasado más veces: estoy en el piso de arriba, escribiendo tan tranquilo, tocan en la puerta y… Dios… es ella:

—Hola, Rafael. Acabo de venir del mercado y te traigo un poco de embutido de la zona ¡A ver si te gusta!

Y me extiende otra bolsa de basura: una caja de fresas, vacía, con servilletas y palillos usados, para limpiarse los oídos.

Se lo conté a mis vecinos: me contaron esa señora estaba mal de la cabeza. Que vive en su propia realidad. Pobre.

Así pasan los días: la señora tocando en mi casa, con una bella sonrisa, yo recogiéndole sus bolsas de basura, agradeciéndoselas: esperando a que se aleje para ir al contenedor, a tirar, sin que ella me vea, sus collejas, embutidos y regalos imaginarios.

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