Algo más grande que la vida

 Lo dibujé cuando llegué a casa.

Lo dibujé cuando llegué a casa.

Anoche, un anciano con malas pintas y mal olor, me pidió que le ayudara a empujar su coche. Era un coche viejo: le faltaba parte del chasis delantero, la batería no se le encendía.

—¿Me lo empujas hasta la cuesta? —me pidió.

Yo estaba paseando a mi perra Anais. Eran las 11 de la noche, aproximadamente. El viejo me dio pena: me recordó a mi abuelo, en su Opel azul viejo: salía muy temprano cada mañana de casa para ir a su puesto de trabajo de funcionario, ponía la llave de contacto, y esperaba y esperaba, hasta que el coche se calentara y el motor se encendiera. Mi abuelo había tenido muchos hijos y no tenía dinero para comprarse un coche nuevo.

—Ok —le dije.

El viejo se sentó en el asiento del conductor, quitó el freno de mano. Yo empujé con todas mis fuerzas. No sé si has empujado un coche teniendo 44 años, siendo escritor, estando en muy baja forma física y en depresión. Casi se me estallan las venas de la cabeza. Mi espalda me gritó que qué diablos estaba pasando ahí fuera, que quién me creía que era. Al primer intento no pude desplazar el coche ni unos centímetros pero, al segundo intento, me forcé hasta el límite: o lo movía o moría: no me importaba nada más que conseguir desplazar ese coche y no quedar en ridículo frente al viejo. A la mierda mi carrera literaria. A la mierda Svieta. A la mierda la vida, los baños en la playa. Tenía que mover ese coche y punto.

Así fue: saqué al coche del llano, lo empujé hasta la cuesta: sintiéndome un superhéroe de Marvel. El coche se encendió, el motor funcionó: antes de que desapareciera en la negrura de la noche escuché un seco “gracias” que provenía del interior del coche. Un “gracias” dicho sin cariño, ni simpatía, ni vida.

Tuve que seguir caminando: para normalizar mis pulsaciones y mi presión sanguínea.

¿Moriría? No lo descartaba.

Caminé no más de 15 minutos cuesta abajo,  empecé a sentirme mejor y, frente a un bar, me encontré de nuevo con el coche viejo, sin parte del chasis delantero.

Miré por el cristal y distinguí al viejo delante de un vaso de vino rojo. No miraba el televisor. No esperaba a nadie. No hablaba con nadie. Nadie quería hablar con él. Desde hace años nadie quería nada de él: lo único que querían de él es que se mantuviera lejos.

Era un alcohólico.

El muy egoista me había pedido me esforzara hasta el límite de mis fuerzas para que él pudiera beber, unas calles más abajo, solo, borracho y triste: ahorrándose el paseo de 15 minutos.

No me enfurecí.

No me entristecí.

Pensé que todo estaba justo donde debía de estar.

Yo cansado, por estúpido.

Él bebiendo, solo, tras haber cagado su vida, por a saber qué acumulación de estupideces.

Los demás estúpidos del bar, escuchando las noticias, sorprendiéndose como niños de que a los políticos de las altas esferas les regalen másteres, que la ley sea diferente para los ricos, que Letizia también se lleve mal con su suegra (¿quién no se lleva mal con su suegra?) y que al Real Madrid le regalen penaltis. Como si todo fuera, de repente, un inesperado giro de guión, como si eso no fuera así desde que nacimos.

Todos en un mundo estúpido.

Donde la gente normal de la calle se esfuerza mucho: para nada. Donde no hay lugar al que llegar, meta donde se pueda ser feliz, ni nada razonable o inteligente por lo que esforzarse de verdad: ya sea empujando un coche o apurando la última copa de vino que te fían.

Lo único que queda es disimular.

Disimulad.

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