Se ríen de mí en el pueblo

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En esta ocasión mi esposa eligió la casa, no yo. La principal pega que le puse fue que no estaba entre la naturaleza. Desde que vivimos en Asturias todos los lugares que veo me parecen que están secos. Odio el cemento, me gusta vivir entre la naturaleza. Cuánto más en el interior de la naturaleza, mejor.

—Cuando salga con Anais de paseo —refunfuñé a mi esposa— me voy a deprimir sin ver verde.

Acabo de venir de dar un paseo. No me he deprimido. No sé si es que me he hecho la idea, por lo bien que está la casa por dentro o es que sé encontrarle la belleza a cualquier cosa. O quizás el pueblo no es tan feo como me lo pareció en un principio:

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Las calles son solitarias, silenciosas. También es cierto que el frío embellece, hace solemnes las calles. Si no fuera por los perros que ladran cuando pasas por delante de las casas y de alguna chimenea con humo, creería que vivo en un pueblo abandonado.

No escucho televisiones, voces, música. Nada. ¿Son todos escritores? ¿Están todos reflexionando sobre la vida?

Sin embargo, hay una calle, llena de bares donde sí que hay gente. Cuando pasé por allí, paseando a Anais, los portadores de bebidas alcoholicas me miraban y sonreían.

—"Ya se ha corrido la voz. Ya todos saben que el “ezcritor” ha venido a  vivir al pueblo" —me dije, egocéntrico— "Seguros que hasta me vieron en “Sálvame”.

Así que cuando alguien me sonreía yo le saludaba con la mano, devolviéndole la sonrisa, amable. A la vez que le decía, mentalmente:

—"Sí, soy yo. El mismo. El eZcritor. No os preocupeis que soy buena gente".

Un gordito de tez rojiza, con una cerveza en la mano, me sacó de mi error. Gritó, señalando mi cabeza:

—¡¿De dónde vienes?! ¡¿Del Polo Norte?!

Y todos sus amigos del bar se rieron.

Caí en el gorro ruso que llevo puesto. Tras años de llevarlo puesto, para mí es lo más normal del mundo. Para el resto, ya veo que no.

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