Un pijama

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—Es importante para mí dejar de dormir con camisas de propaganda y pantalones de chandal baratos —le digo a mi esposa.

—¿Por qué?

—A medida que me voy haciendo mayor no me gusta tener pinta de “dejado”. No sé por qué me está pasando esto, pero necesito vestir un pijama de "señor". Si no lo hago siento como si no me estuviera respetando a mí mismo.

—Cada día estás con una locura distinta. Ayer estuviste hablando todo el día de que tienes una parte japonesa en tus genes que quiere salir fuera.

—Sí no es así dime porque todo el rato quiero comer sushi, comprarme un kimono y me quedo mirando fijamente los mensajes sobre palabras japonesas que me salen por Instagram.

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—Estás loco.

—¿Me acompañas a comprar un pijama al pueblo de al lado?

—Bueno.

Nos subimos al coche, llegamos al pueblo. Al bajarnos veo una frutería: con gran sorpresa veo caquis. Intento reprimir las lágrimas, no lo consigo. Le pregunto a la frutera que de dónde provienen estos caquis. Me dice que ni idea. Compro 10 caquis.

—Te noto emocionado –me dice la frutera, advirtiendo mis lágrimas.
—Sí, pensaba que había terminado la temporada, que no iba a poder comer caquis hasta octubre. Desde hace semanas no los veía ni en Mercadona ni en ninguna frutería.
—¿En serio estás llorando por los caquis?
—Sí.
—Olé. Que bonito.

Entramos en varias tiendas del pueblo. No venden pijamas, pero me indican una tienda en la que sí que hay. Es una mercería de esas, de toda la vida. Me atiende una señora de casi 80 años. Baja a por los pijamas al piso de abajo. Los trae en cajas. Mientras me los enseña me cuenta que la tienda la abrió su abuela. La tienda tiene 100 años.

—¿Cuánto cuesta ese? —pregunto a la anciana, señalando uno de franela.
—41 euros.

—”Menuda locura”, pienso.

Nunca he pagado tanto dinero por un pijama. Pero de verdad que siento que necesito dejar de ir por casa vestido como un desgraciado. Quiero mimarme un poco, sentirme querido por mí mismo. Creo que nunca me he querido en la vida. Creo que siempre he aceptado cualquier cosa, como si yo no valiera. Quizá por la educación que me dieron de niño: que no me creyera importante, que no fuera por ahí como alguien elegante, que quién me creía que era yo, que no levantara demasiado la cabeza, que había que trabajar para otro, para el "señor ante el que había que bajar la cabeza". Recibí una educación para ser un subhumano. Pero me revelé. Primero conseguí vivir de escribir.  Sin cadenas. Y ahora, voy a comprarme un pijama de 41 euros.

 El primer pijama que me compro en mi vida.

El primer pijama que me compro en mi vida.

Soy un tipo elegante. Soy importante. Merezco las cosas bonitas de la vida. Como todos. Como cada ser humano que vive en este lugar llamado planeta. Todas las cosas maravillosas que nos rodean son para nosotros.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)