44 días viviendo en una oficina

 Este texto lo escribí en julio de 2018. Lo publiqué en  mi patreon .

Este texto lo escribí en julio de 2018. Lo publiqué en mi patreon.

Nueve de la mañana. Me levanto de la cama, voy al baño. Llevo cuarenta y cuatro días viviendo en una oficina.

   Me siento en el váter. Echo mucho de menos a mi gato, el Doctor Amor: cuando vivía en mi exhogar y acababa de levantarme, siempre aparecía: estaba pendiente de que me despertara: se frotaba, ronroneando, contra mis piernas mientras yo meaba en el w.c. La primera meada la hago siempre sentado: así puedo cerrar los ojos, descansar un poquito más. Acariciaba al gato, de verdad que le decía en voz baja para que mi ex esposa no pensara que estaba loco:

— “Gracias por quererme”.

Entonces aparecía mi perra, Anais Nin, mimosa, exigiendo comida. Le ordenaba que viniera, la agarraba con cariño por el cuello y le soltaba, en el hocico, el beso de amor más grande que nunca se ha dado. Cada mañana conseguía superar la potencia del beso de la mañana anterior. Este asombroso logro nunca salía en los periódicos aunque fuera algo sobrehumano. Ese beso la cargaba de energía. Por eso, a sus catorce años, Anais sigue moviéndose con la energía de un cachorro.

Tras tirar de la cadena, lavarme la cara, cepillarme los dientes y mojarme el cabello para aplastar su rebelión y poder peinarlo, bajaba hasta el piso de abajo de la casa. Encerraba a cada animal en una habitación distinta (el garaje, el baño), tras llenarles sus cuencos de sus respectivos piensos.

Era el único momento del día en que me permitía ser egoísta: tener unos minutos para mí solo. Beber en silencio un café con leche con dos cucharadas de azúcar y un trozo de pan con mantequilla y laurel por encima era todo lo que pedía para convertirme en la persona amable, tranquila, fiel, responsable que pagaba su cuota de autónomo y sostenía la economía familiar desde hacía años. Sin rechistar y con una sonrisa en la cara.

   La persona que era.

   La persona que ya no soy.

   Ahora me levanto solo. Nadie me lame. Nadie me ronronea. Mis poderes de dar el beso más grande del mundo son inútiles, desperdiciados. El silencio me roe las entrañas. Aguanto. No tengo miedo ni estoy desesperado. Puedo con esto y con lo que me echen. Siempre he podido con cualquier cosa que me ha pasado. O esa cosa me ha atravesado, partido en dos pero nunca me ha matado. No soy un héroe. Sólo los hijos de papá o los flojos no pueden darle la vuelta a cualquier problema: es que nunca me rindo: cuando no he seguido avanzando por un camino es, simplemente, porque ya no había más camino. No voy a volver a una vida en la que soy infeliz. Mi matrimonio ha terminado. Tengo que ser más fuerte. Nadie me va a sacar de esta. Sólo mi trabajo. Tengo que teclear con más fuerza. Ser mejor escritor. Encontrar una idea que dé dinero. Desayuno: un poco de agua del grifo y un puñados de frutos secos. Es mi nuevo desayuno: suena peor aunque es más sano que la mantequilla y el café. Tengo que terminar mi nuevo libro si quiero poder volver a vivir con mis animales, en una casa con cocina y terraza o incluso algo de jardín. Echo mucho de menos tener nevera, poder ducharme, vivir como una persona normal. No merezco esta situación. Durante años sembré todo el amor del mundo en ese matrimonio. Invertí todo mi dinero. Pero, año tras año, la cosecha que recibía a cambio era una mierda y mi esfuerzo, ninguneado.

   Me conecto al Facebook.

   No funciona. Tampoco puedo entrar a mis páginas habituales. No puedo conectarme ni al Google. Tengo un virus: sólo me salen páginas raras, jamás las he visto antes: no me interesan. Mataría por un café. En mi antigua casa tenía una cafetera. Me costó 144 euros. Recuerdo lo feliz que estaba mi ex esposa cuando la traje a casa. A mí me gustaba la cafetera vieja que teníamos pero ella decía que estaba podrida por abajo, que había cambiarla. Cuando tiró a la basura la cafetera vieja me puse muy triste. Esa cafetera estaba con nosotros desde el principio, cuando nos conocimos... ¿Cómo podía tirarla? Nos fuimos desprendiendo de las cosas viejas y, sin darnos cuenta, del amor que nos quedaba encima.

—¿Por qué te divorciaste, Rafa?, me preguntan a menudo.

Nunca he contestado la verdad. Ni siquiera a ella. Me divorcié porque ella dejó de abrazarme por las noches, cuando yo llegaba a la cama, tras pasarme la madrugada escribiendo. Durante muchos años, cuando llegaba, ella soñolienta, inconsciente, me buscaba dormida, me abrazaba sin despertarse, ni abrir sus ojos: dormía con su cabeza sobre mi pecho.

Dejó de hacerlo.

Para mí ese abrazo lo era todo.

Por ese abrazo soportaba cualquier cosa.

Decido salir al supermercado: allí venden cafés fríos a un euro. Como hace tanto calor por las noches, duermo desnudo. Busco mi ropa. No la encuentro. Siempre dejo un pantalón corto y una camiseta limpia sobre la butaca que tengo al lado de mi cama. No lo entiendo. No está ni la camiseta ni el pantalón: ha desaparecido. Tampoco la maleta que me traje... Razono. Entraron por la noche en mi oficina... ¡Me han robado!... ¿Cómo es posible que no me haya enterado? ¡No duermo tan profundamente! Ha tenido que pasar otra cosa. Lo que sea que explique que toda mi ropa ha desaparecido.

   Recuerdo la toalla grande que hay en el baño. La uso cuando voy a la piscina del pueblo para tomar el sol. La agarro, me cubro con ella.

   Salgo de la oficina. Voy camino de mi antigua casa. Seguro que allí encuentro un pantalón, una camisa, unas chanclas. Cuando le cuente a mi exesposa que me han robado toda mi ropa se va a descojonar de mí. Creo que ahora me odia. Cuando llego a casa se esconde en una de las habitaciones, cierra la puerta para no verme. De amigos a enemigos. Traté con todas mis fuerzas que no pasara eso pero, supongo que al principio, es imposible que no suceda. Lucharé para que volvamos a ser amigos con el tiempo. Lo juro.

   Salgo a la calle, me sorprendo. No veo ni un coche. A esta hora, las nueve y media, siempre hay vecinos conduciendo con cara de soñolientos y cagándose en sus vidas: rumbo al trabajo que odian pero necesitan. No hay ni coches aparcados. Veo a un vecino. Camina desnudo por la calle. Tendrá setenta y ocho años, nunca hablo con él. El pobre viejo se habrá vuelto loco. Pobrecito. Hace tiempo que no lo veía: incluso pensé que estaba muerto. Lo ignoro. Sigo avanzando por la acera, envuelto en mi toalla de playa. Veo a otra persona desnuda. Es una mujer, de más o menos treinta años. Observa atónita, con el ceño fruncido, mi toalla. Me dice:

   –¿Qué ocultas?

   Evito mirarla, contestarla. La conozco. Es la esposa de un vecino. Creía que había dejado el pueblo: que se había mudado a Alemania, creo que me habían dicho Alemania. ¿O Dinamarca?. Tengo miedo de que alguien me vea junto a ella, desnuda, que piensen que he tratado de quitarle la ropa, buscando agredirla sexualmente. Sigo caminando. Veo a otra vecina. Es Juani. ¡También está desnuda! ¿Qué está pasando? ¿Me mudé a un pueblo donde celebran un día nudista?... ¿A las nueve de la mañana? ¿Tan temprano?... ¿Qué fiesta es esta? En cada pueblo que he vivido hay alguna costumbre de locos.

Al pasar por el bar Ramos, al mirar por la puerta de refilón, no puedo creer lo que veo. Me detengo para asegurarme que no me he vuelto loco. Miro con los ojos muy abiertos. Todos están desnudos. Con gran placer, una mujer cabalga sobre el miembro erecto de un hombre. Ella se corre, celebra con gritos la llegada de un orgasmo bestial. Otro hombre sujeta a una mujer, que se ha puesto a cuatro patas para recibirle por detrás. A fuerza de embestidas, se corre. Conozco a cada persona que está dentro del Ramos. No son pareja. Conozco a sus parejas. No están aquí. El bar Ramos, de toda la vida, es conocido por sus carnes a la brasa, nunca por sus orgías. Es un bar de categoría... ¿Qué ha pasado? ¿Qué está pasando en el pueblo?

   La gente sale del bar, de sus casas. Todos están desnudos.

   —¿Por qué llevas una toalla? ¿Qué ocultas? —preguntan enfadados— ¿Eres un terrorista?

Unas manos me agarran, otras comienzan a tirar de mi toalla. Al principio me río nervioso, digo con voz que trato de que suene amable: “dejadme, dejadme”. Trato de resistirme con todas mis fuerzas, comienzo a repartir puñetazos. ¡Por nada del mundo voy a quedarme desnudo! No obstante, es imposible que consiga contener tantas manos. Me quitan la toalla. Cuando ven mi cuerpo desnudo, no entienden:

   —No escondes nada —me hablan—. ¿Por qué te ocultabas, Rafa? ¿Para llamar la atención?

La muchedumbre se dispersa. Alguien tira mi toalla, con asco, dentro de un container de basura. Una mujer comienza a tocarme la espalda, sensualmente:

   —Me apetece sexo. Enamorarme de ti durante unos días —musita.

   —No. Déjeme —contesto.

   Corro hasta el contenedor. Lo abro. Pillo mi toalla: advierto que se ha manchado de algo pringoso y asqueroso. Miro hacia los lados. Hace rato que en el pueblo se ha terminado de poner el sol. No hay nadie vestido. Por la carretera han salido flores. No hay automóviles. Ni niños. Sólo música, casas y gente feliz: cantando, bailando...

   Veo a un amigo. Lo conocí en Madrid pero un día dejó de contestarme los emails. Pensé que le había hecho algo malo: nunca supe qué. Nunca volví a verlo. También desapareció del Facebook. Nadie supo contarme a dónde se había mudado. También está desnudo.

   —¡Mario! —le saludo— ¿Qué haces aquí? ¿Qué está pasando?

   —¡Qué bien, Rafa! ¿Ya te trajeron?

   —¿Trajeron? ¿A dónde?

   —A Tierra Alfa. 

   —¿Tierra Alfa?

   —Es como la Tierra pero sin nada de mierda.

   —No entiendo. ¿Cómo he llegado hasta aquí?

   —Te has teletransportado por haberle dado la espalda a todas las hipocresías de la Tierra, a todas las mentiras, a todos los postureos, a todos los trabajos basura o castrantes. Te has teletransportado por haber tenido las pelotas de haber roto tu matrimonio infeliz...  no conformarte como hubiera hecho cualquiera que se supusiera que estuviera en su sano juicio. Te has teletransportado por haber dado la espalda a tener hijos, a enviarlos a escuelas del Estado para que los conviertan en subhumanitos: para que así sea más fácil torturarlos con una vida de mierda, de adultos. Te has teletransportado por haber apagado TeleCinco, por no haber votado nunca al Partido Popular, por haber roto todos tus malos hábitos de salud, regresar a tu peso ideal y huir de la maldad, los gritos, los abusos, la violencia y romper para siempre con tu familia enfermiza de Canarias. ¡Ni alcohol, ni pastillas ni tabaco ni azucares añadidos ni conversaciones vacías! ¡En el otro planeta te consideran un asocial, un tipo raro, un fracasado! Te has teletransportado por no haber traicionado nunca a un amigo ni a nadie al que le hubieras entregado tu corazón porque, a pesar de todas las veces que te lo han roto o escupido en tu cara, no renuncias al amor y lo buscas con insistencia, gritando por las calles: “¡¿Quién quiere amarme para siempre?!” como un demente, sin vergüenza. Pero sobretodo te has teletransportado por no haber dejado nunca de escribir. Ni siquiera cuando no tuviste dinero o ahora, que prefieres vivir en un despacho, sin nevera ni comodidades, que vivir en la hipocresía del matrimonio finalizado. Has huido aunque no tienes ningún lugar al que huir. Ningún amigo, nada de familia.

   —Todo lo probé —contesto—. Me lancé de cabeza, Mario, lo sabes. Nunca me fui de un sitio sin entrar a conocerlo hasta el fondo. Pero salvo bañarme en la playa, la escritura y el amor, todo lo demás que hacen los humanos en la Tierra me pareció una absoluta  mierda.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)