Esa mirada...

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8 de la noche. Entro en el gimnasio. Está a tope. No he podido venir hasta esta hora porque estoy trabajando mucho. Tras pesarme (ya estoy en mi peso ideal, ahora falta que mi cuerpo se ponga fuerte) me siento directamente en una de las máquinas para ejercitar pecho. Todos los hombres miran a algo que está a mi derecha aunque lo hacen con disimulo. Ya sabéis cómo: con esa mirada. Miro a mi derecha, veo la explicación. Una chica de no más de 26 años, tetuda, rubia, con un top, licras ajustadas, estómago sexy. No puede dejar de sonreír aunque esté sola, se ejercita en la máquina de hombros.

Esa mirada me resulta muy graciosa. Da igual que seas un ilustre juez de 60 años, un doctor o un operario de grúa. Todos los hombres soltamos esa mirada. La soltamos justo cuando la chica que nos atrae en el gimnasio no nos está mirando, quizás está de espaldas o mira su móvil o a su reflejo en el espejo. Esperamos el momento perfecto para lanzarla, utilizando nuestros genes de depredadores, de cuando éramos monos salvajes, vivíamos en la jungla y teníamos que cazar para comer. Esa mirada es una mirada profunda que folla. Es como si nos pudiéramos meter dentro de una mirada y poseer a la chica, astralmente, durante tres microsegundos, sin que ella se dé cuenta. Tres microsegundos en los que la desnudamos, le hacemos el amor en las posturas elementales, nos casamos con ella, le hacemos hijos y somos la envidia de todos los hombres del planeta. Es una mirada carnívora, animal, sexual, que nos sale de muy adentro. Sólo la lanza la gente educada. Los que no lo son, miran a la chica de ese modo abiertamente, cara a cara, incomodándola, durante minutos: como si se hubieran sacado la polla y la tuvieran en la frente, erecta: apuntándola a ella. Nuestra mirada es de hombres casados que no follan, de niños que vamos a ser castigados por la profe como nos pillen. Una mirada furtiva, asustadiza, cobarde, patética e inevitable.

Mientras hago mis cuatro series de pecho cuento a 20 ó 30 pobres hombres, lanzándole esa mirada a la muchacha. Sin que ella, aparentemente, se de cuenta.

Pero, de sobra, lo sabe y las siente.

Yo no la miro. Sé que mi única opción para ligar en el gimnasio con ella o con cualquier chica que me guste, es no mirarla. Día tras día. Durante semanas. De ese modo no es que ella diga (como suele creerse):

—“Ese chico no me mira. Tiene que ser mío”.

Si no que piensa (en caso de que yo le interese):

—“Ese chico es normal. No es un sádico violador como el resto de cerdos del gimnasio. Voy a acercarme a él a ver qué tal”.

Por eso suelo ir al gimnasio sin gafas o lentillas. Como sólo veo bien de cerca, las ignoro a todas y así voy acumulando méritos. Yo sé que un día, todas se me irán presentando, con una sonrisa.

He de ser paciente.

Termino de entrenar, voy a los vestuarios. Allí una mujer de la limpieza, fregona en mano, lava el suelo entre un montón de hombres desnudos. Supongo que, algunas veces, a esa mujer le incomodará verle la polla a alguno. Otras, le gustará mucho vérsela pero lo disimulará. Por lo tanto, tiene un buen trabajo y un mal trabajo. No puedo evitar pensar cómo sería que me dieran trabajo de hombre de la limpieza en el vestuario femenino. Ver a cientos de mujeres desnudas al día. Bueno, eso ya lo hago yo en casa, con el ordenata. A partir de ahora veré el doble porque esta mañana me han puesto fibra y va más rápido.

En la ducha, desnudo, me enjabono. Estoy disfrutando del calor del agua caliente hasta que noto que alguien me está mirando. Muy cerca.

Me vuelvo. Allí está un hombre: 50 años. Un bloque de carne, sin forma, le he visto levantar pesas de 100 kilos. Lleva el cabello teñido de negro intenso.

Le pillo mirando mi culo.

Con esa mirada.

No me ofendo. Pienso que, por lo menos el culo, ya lo estoy poniendo en su sitio.

Apresuro mi ducha, me voy por patas.

 Ya llevo un mes y 10 días en el gimnasio.

Ya llevo un mes y 10 días en el gimnasio.

Como escritor me encantan los gimnasios: siempre me dan material para escribir o pensar chorradas. Creo que, salvo los enfermos y deportistas profesionales, la demás gente que visita los gimnasios (yo incluido) lo hacen porque se encuentran en momentos patéticos de sus vidas (inseguros, implorando pareja) o están un poco locos (egocentrismo, divismo, doriansgray, etc). El otro día, nada más pisar la sala de musculación, me fijé en dos gays jovencitos que entrenaban a buen ritmo. Uno tenía pinta de go-go de discoteca, es lo que llaman “musculoca”. Llevaba el pelo plateado, con mechas rojas y no tenía ni un gramo de grasa en el cuerpo. Envidié su cuerpo: parecía un modelo sacado de un anuncio de Loewe. El otro, que estaba un poquito fondón, se comía a su amigo con los ojos: se notaba que se moría por beber su semen:

—¿Y a ti cómo te gustan los hombres? —le preguntó, romántico, el carente de semen al go-go “musculoca”.

El go-go quedó pensativo, mirando a su pretendiente como si le hubiera hecho la pregunta más complicada de su vida. La mirada del go-go era tan reflexiva e introspectiva que hasta yo esperaba con ansia la contestación. Al cabo de unos minutos, que se hicieron eternos, el go-go dio la respuesta. Lo hizo lentamente, como si fuera Jesucristo desvelando una gran verdad: señaló con el dedo índice, muy serio, su propio reflejo en el espejo.

Esa fue su única respuesta.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)