Mi amor por Apple
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Cada vez que vendo un guión o tengo un éxito profesional lo tengo claro: me premio comprándome algo de Apple. Tras vender el guión de Doctor Mente a la tele, esta vez ha tocado un iPad Pro de 12,9 pulgadas del que no me despego desde ayer. Me siento como un niño en la mañana de Reyes... ¡No se me va la sonrisa de la cara! Y a la vez me estresa porque tiene demasiadas apps chulas que quiero aprender a usar de forma profesional cuanto antes.

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Sinceramente, soy feliz si estoy en casa, creando, con internet. Si a eso le sumas poder darme un baño en el mar de vez en cuando, comer bien, recibir un poco de amor de un ser humano o de mis animales-compañeros y echar un kiki con una bella mujer de buen corazón, tienes todo lo que necesita Rafael Fernández para ser feliz en la vida (mientras la salud siga). La verdad es que, salvo para dar un paseo de una hora con mi perra, cada vez me gusta menos salir de casa. Tengo un montón de cosas en la cabeza que quiero sacar a la realidad. Me pierdo en el interior de mi inmensa imaginación: viajo por el Cosmos, creo personas, seres humanos, sucesos para mis historias... me entretengo demasiado conmigo mismo. Como todo escritor, soy un pequeño dios y Apple me ayuda a poder enseñaros lo que tengo en mi interior, soñando con que os atrape como me atrapa a mí.

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Con este iMac que me compré en 2010 empezó todo. Por aquel entonces tenía un trabajillo de editor de videos que me sacaba de los apuros. También quería empezar con mi autoeditorial. Para ello tenía que aprender a maquetar con el Indesign. Jesús, un profesional que ahora trabaja en TVE y con el que, por aquel entonces, coincidía trabajando para una productora, no paraba de decirme:

—Cómprate un iMac.
—Son muy caros —le replicaba.
—Qué va. Con los iMac un tipo como tú puede hacer mil trabajos. Y con un par de trabajos que te hagas lo amortizas.

Me parecía una pasada gastarme más de 2.000 euros en un ordenador. Hasta entonces siempre escribía en portátiles con Windows. Portátiles que me solían durar un año y medio como máximo. Siempre se me rompía la pantalla, se me llenaban de virus o se me jodía en el momento menos oportuno. Uno, hasta me produjo una quemadura. Por eso, gastarme más de 2.000 euros en un ordenador que me durara tan poco tiempo me parecía un acto insano... que al final hice. Y joder. Jesús tenía razón. Desde el año 2010 habré hecho con este ordenador unos 100.000 euros (en 2016 vendí un guión por casi 40.000 euros). No he parado de trabajar con este iMac y aún me funciona como el primer día. Ni un problema en 8 años (salvo que, en los últimos, pita un poco cuando bajan las temperaturas y le meto mucho curro de video), ni un documento perdido o trabajo estropeado de forma irrecuperable. Ni un virus. Si antes gastaba unos 1.000 euros al año/año y medio en portátiles, haced la cuenta. He ahorrado mucho dinero y me ha dado una infinidad de éxitos.

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En 2016, cuando vendí aquel guión, le compré un iMac a Svieta. A ella le daba un poco de vértigo al principio: por eso de que costaba tanta pasta y porque no sabía editar videos. Pero yo tenía clarísimo que Svieta iba a aprender enseguida y sacarle un rendimiento mayúsculo porque ella es perfeccionista y tiene muy buen gusto. Hay un dicho en Rusia que dice algo así como “a un jinete ruso le cuesta mucho ensillar un caballo pero luego, cuando se sube, no hay quien le alcance”. Svieta es así: al principio es un poco insegura pero luego... a ver quién la agarra.  Actualmente tiene un canal con más de 140.000 subscriptores que le proporciona un buen sueldo cada mes (no os digo la cantidad porque a ella no le gusta que hable de lo que gana) y ha ganado el premio a la mejor YouTuber de cocina del prestigioso canal de TV “Canal Cocina”. Hasta la fecha, cada año duplica en ingresos al anterior. Una cosa. Tampoco es comprarse un iMac y empezar a ganar dinero de forma inmediata. Hay que enchufarse a él como si fueras una app, durante meses, hasta aprender a hacer algo de forma excepcional.

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También en 2016, me compré este iPad. A Svieta le ofrecí comprarle uno pero prefirió comprarse un iPad chino, para ahorrar dinero. Un Xiaomi. ¿Qué pasó? Que un día se le cayó al suelo y se le rompió para siempre. Así que le regalé el mío (que también se me había caído al suelo varias veces y no le había pasado nada) y me compré un...

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... portátil. El más simple de Apple. Lo utilizo sobretodo cuando termino de trabajar, para estar tirado en el sofá, ver pelis, masturbarme viendo porno y navegar por internet. Aunque de vez en cuando, también trabajo con él, me voy al piso de abajo para escribir un poco, al lado de la chimenea, en invierno o desde la cama cuando se me ocurre una buena historia, a la hora de dormir y no quiero levantarme para escribirla en el iMac.

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Por último, queda por presentaros mi iPhone 7. Cómo veis lo tengo bastante cascado: se me ha caído de la mesilla de noche al suelo como unas 20 veces. Sé que existen en el planeta Tierra las fundas protectoras pero no me gustan porque evitan que toque estos aparatos... ¡me gusta tocarlos! De todas formas si le cambio el cristal (que me saldría 100 euros) el iPhone estaría como nuevo. Funciona como un tiro, nunca me deja tirado. Tengo la pasta para arreglarlo pero sinceramente me da igual que tenga esa pinta. Además... ¿para qué arreglarlo si lo voy a volver a tirar al suelo? Si a alguien no le gusta, me da igual. A mí tampoco me gusta la cara de mucha gente y no puedo hacerlas desaperecer. Como dato añadido la gente de LG me regalaron, antes de comprarme el iPhone, en 2016 un último modelo de su compañía por haberles hecho este cortometraje. A los 6 meses el LG no se me encendía. Y sin caérseme al suelo. Tuvo un fallo en su interior dejando de funcionar. La reparación costaba 200 euros. Menos mal que no lo compré. 

Me sobran los motivos para serle fiel a Apple, forever and ever.

Una cosa: Apple no me ha pagado nada por escribir este post. Vamos, no saben ni que existo salvo cuando les pago por sus productos. He escrito esto por puro amor y agradecimiento. Sinceramente, esa compañía hace los productos de PM, me hacen muy feliz. Me emocionan hasta las lágrimas.

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Del desánimo al cielo
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Recibo un email. Es de un lector:

“Querido Rafa,

Estoy en la recta final de "Diarios secretos de sexo y libertad". Y con ella, cumplir con mi parte del contrato que firmamos cuando me llegó el libro: la foto y la crítica.

Inevitablemente, tengo ganas de más. Si no me equivoco, mi siguiente compañero será "20 polvos - Edición especial". Quiero que Sigmundo me enseñe por goteo, y ese es el primero de los motivos de este correo: quiero comprarte el libro.

El segundo motivo es esencial, ya que no necesitas que te diga lo anterior, que para eso te has currado la venta en la web. Mañana empiezo a disfrutar las primeras vacaciones de mi vida, que me van a llevar desde Galicia a Valencia a ver a un amigo un par de días antes de caer en Madrid. Me gustaría poder disfrutar de Sigmundo en los viajes que se me avecinan. ¿Hay alguna forma de adquirirlo en Valencia? Si te lo pudiese comprar directamente sería genial. Si no es posible,  también pienso que el envío podría llegar antes si es a Valencia, a casa de mi amigo por ejemplo. También se me ocurre que me lo pudieses dejar en algún sitio y yo recogerlo. Sobra decirlo, con previo pago. No sé, lo que mejor te encaje. Yo tengo claro que forma prefiero.

Me despido ya, que tengo que empezar a empaquetar. Tarde como siempre.

Espero que estés teniendo una buena noche”.

Le contesto:

“Querido Juan:

Gracias por escribirme, vas a tener unas vacaciones geniales.
Vivo en un pueblito de Valencia, situado en Requena. San Antonio de Requena. Si eres tan desdichado de venir hasta aquí, no tengo problema de entregarte en mano el mítico "20 Polvos-edición especial".
Pero... si quieres que te llegue pronto no tienes más que comprarlo ahora mismo. En un rato salgo para Correos. Te lo mando por certificado y te llega en 3 días máximo. Hay muchas veces que llega al día siguiente.

Un abrazo. GRACIAS por tu email lleno de buen rollo y felicidad. Se nota que estás de pm y brindo por ello.
Rafa”

Me contesta:

"Querido Rafael,

Este correo que me envías pone el listón de las vacaciones muy alto el primer día. Está claro que se pueden depositar esperanzas en tí.
Te escribo desde el aeropuerto de Valencia mientras espero a mi amigo, de modo que iré yo mismo a por el libro. Esta oportunidad única no se puede desperdiciar.
Cómo todavía no he organizado nada, no sé cuándo podré ir, pero he visto que hay un tren directo que tarda sobre una hora y media. ¿De aquí al jueves cuándo te viene mejor que lo hagamos, mañana o tarde? Dime también si prefieres que te ingrese el dinero previamente.

Hoy está siendo un gran día lleno de grandes emociones. Gracias.

Recibe un cordial saludo.

P.D.: Tenéis un clima envidiable"


No le contesto. Me da pena que venga hasta aquí, para conocerme. Quizás espera encontrarse con mi alter ego, el Sigmundo de los “Diarios secretos de sexo y libertad” rebosante de vida, de esperanza, de que se iba a comer el mundo. Quizás desea encontrarse con un guía espiritual. Con alguien que le dé aliento a su día a día. Que le diga: “¡Lucha por tus sueños, puedes conseguir cualquier cosa que desees!… ¡Mírame a mí! ¡Yo lo he conseguido!”

Ahora mismo estoy lejos de ser ese tipo.

Mi matrimonio va mal. Las ventas de mis libros han bajado. De pronto la sociedad se ha vuelto demasiado buena y concienciada para leer mis libros polémicos. En lo que va de año escribí una obra de teatro para una gran sala de Madrid. No se la han leído aún. Escribí un guión para una serie para Netflix. No me recibieron. Ese guión lo convertí en un libro: “Doctor Mente”: mis lectores también están pasando de él, casi nadie se hace mecenas. Ando bastante triste, sin ánimos de nada, sin esperanzas, incluso pensando en renunciar a la escritura por dos años y abrir una cafetería. Para colmo he vuelto a engordar. Lo único que hago bien, últimamente, es comer.

No estoy en mi mejor momento. El otro día mi esposa se enfadó tanto conmigo que me tuve que ir de nuestra casa, a un hostal. Pasé dos noches allí, comiendo donuts, escribiendo. Solo. Casi a oscuras. Como los locos.

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Pensando que mi vida era una puta mierda, que tenía que volver a comenzar desde cero: dejar la literatura. Dejar de soñar con lo que me hacía feliz de joven. Quizás no es tarde para volver a la universidad. Terminar filología hispánica. Quizás a los 50 años podría estar reinsertado en la sociedad como profesor de españl en Taiwan. Y la subnormalidad de ser escritor sepultada bajo montañas de basura. La gente, de joven, quierer ser una estrella de rock o escritor. De adultos, se les pasa la tontería, esa época rebelde. Como estupendamente se cuenta en este gran artículo de Millás.

A mí no se me pasó la tontería porque me falta un hervor.

Mi esposa y yo hicimos las paces:

—Vamos a volver a intentarlo —dijimos.

Regresé a casa.

Hasta esta mañana me olvidé del lector que quería venir a verme. Mi esposa me despierta: estoy en la cama, durmiendo tan profundamente como es posible para un humano sin estar muerto:

—Rafa, un lector te espera en el salón.
—¿Un lector? ¿Quién? ¿En el salón?
—No sé. Dijo que tú le habías dicho que podía venir.
—¿Yo?

Entonces lo recuerdo.

—¿Qué hora es?
—Las 9:30
—¿De verdad? ¡Sólo he dormido 3 horas! (me acuesto a eso de las 6 de la madrugada, escribiendo) ¡Dile que se vaya!
—Eso no está bien, Rafa. Parece que ha venido desde lejos.

Mi esposa piensa que le he dicho eso de que eche al lector porque tengo sueño. No es por eso. No quiero que ese lector me vea como estoy. Derrotado. Hundido. Depresivo.

—Está bien. Bajo —accedo (no soy tan maleducado).

Voy al cuarto de baño. Me cepillo los dientes para no echarle al lector un pestazo a la cara, bajo al salón con mi mejor sonrisa falsa. Quizás si pasa poco tiempo conmigo no se dará cuenta de que tengo pinta de suicida depresivo. Veo al lector. Es un lector guay. Simpático. Con cara de buena persona. Por lo menos no es un lector como este que me escribe cada noche desde Chile:

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Este tipo de lectores me deprimen bastante. Pienso… “¿es gente así la que lee mis libros?… Toda mi vida concentrada y sacrificada en pos de la literatura para... que me lea gente así? ¿Qué he hecho con mi vida?”

El lector que tengo delante de mí, en mi casa, es maravilloso. Por él vale la pena escribir.

—Espero que no te importe que haya venido —me dice—. Miré el remite de los "Diarios secretos" y vi tu dirección. Como no contestabas y las vacaciones se me terminaban...

Le doy un abrazo:

—Encantado de que estés aquí. Gracias por venir. Te iba a escribir pero se me pasó. Lo siento.

Subimos a mi despacho, saco un ejemplar de “20 Polvos - Edición Especial”, se lo dedico, se lo regalo.

—No, no, quiero pagártelo —me dice.
—Encima que vienes hasta aquí… es un regalo.

Le acompaño a la puerta, le doy otro abrazo, se va. Ha sido un encuentro bastante frío y breve. Seguramente le he decepcionado. Quizás quería quedarse a comer o hablar largamente mientras dábamos un inspirador paseo. Pero no es un buen día. No es un buen año para mí. Lo siento. 2018 está siendo una mierda.

Regreso a la cama. Duermo. Me levanto a las dos de la tarde, me marcho a caminar un par de horas bajo el sol, para no convertirme en un vampiro. No paro de repetirme, todo el rato:

—No sirvo para nada. ¿Qué he hecho con mi vida?

Llega la noche, me pongo a escribir “Doctor Mente”.
Tengo pocos mecenas, pero a esos pocos voy a darles la mejor novela que sea capaz.
Es cierto que no sirvo para nada y que ando deprimido pero no he dejado de escribir ni un solo día. Da igual lo que me pase. Todos los días escribo, escribo y escribo. No puedo hacer otra cosa (salvo comer).
Me llega un email.
Es de una productora de TV.
No es de España.
No puedo decir el nombre.
Me lo compran.
Me compran Doctor Mente.
Los guiones.
Los guiones que no quería comprarme nadie.
Me pagan.
Dinero.
Bastante. Suficiente para poder vivir otro año sin problemas de ningún tipo.
Grito.
Grito de felicidad.
Lo he conseguido... ¡Voy a ver Doctor Mente en la tele!
No soy una mierda.
No lo soy.
Soy un genio.
Un puto genio.
A la mierda la cafetería.
A la mierda mirarme al espejo pensando que no valgo para escribir.
A la mierda el desánimo.
Soy un puto genio. Una estrella de rock.
Nada ni nadie puede conmigo... ¡Voy a comprarme un iPad Pro!
Sólo he de seguir haciendo eso que hago tan bien.
Escribir.

Sin parar.

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A lo mejor dejo la literatura por dos años y monto un bar.
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Como sabéis mi esposa y yo andamos en crisis, desde hace un año ya. Lo dejamos, volvemos, lo dejamos, volvemos... Hablamos de cómo arreglarlo (¿cómo no dar una oportunidad más a nuestro matrimonio?) y pensamos que quizás pasamos mucho tiempo juntos, encerrados en la misma casa, trabajando. Juntos las 24 horas al día, los 365 días del año, desde hace 7 años. Nos estorbamos bastante. Y pasan cosas raras: cuando ella está nerviosa con un trabajo o fecha de entrega, yo no puedo trabajar: es como si la energía que ella desprende me lo impidiera. Y al revés: cuando yo ando nervioso por algún motivo ella tampoco puede trabajar. También nos pasa, por ejemplo, cuando yo ando terminando una novela: me pongo a trabajar intensamente y ella no puede trabajar. Y viceversa... ¡de locos! ¿A alguien más le pasa?

Hemos decidido no pasar tanto tiempo juntos en la misma casa. Y empezar nuestra relación desde cero.

Así que pensamos en alquilar un apartamento fuera del pueblo del que vivimos, para mí: para que yo me vaya cada mañana a trabajar allí y regrese por la noche. De ese modo quizás nos echaríamos de menos y cada uno podría trabajar en lo suyo con intensidad.

He estado mirando oficinas, estudios en el pueblo de al lado y de pronto vi esta cafetería que se alquila, al lado del ayuntamiento, por 350 euros al mes:

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¿Y si tras lanzar Doctor Mente en septiembre dejo de escribir durante un tiempo para oxigenarme? ¿Y si abro un bar para tener la experiencia y volverme a conectar con la gente de la calle? Puede ser que me llenaran de historias... ¿Cuánto cuesta abrir una cafetería? He estado mirando y no me parece demasiado caro, podría hacerlo. Dejaría de escribir novelas por dos años pero seguiría escribiendo este blog, con las historias que se me ocurrieran o me pasaran en la cafetería... ¿Qué os parece?

Además creo que podría darme bastante dinero. Cuando era el director de “The Lover” lo tenía a reventar. Ya sabéis que en una vida pasada trabajé de camarero y de encargado de una discoteca. La gente se me da genial. Con que consiga que vengan unas 40 personas al día (con el ayuntamiento al lado no creo sería complicado) y se gasten unos 10 euros de media, creo que me podría hacer unos 6.000 euros limpios al mes. Soy un tipo muy inteligente y supertrabajador, no tengo miedo a nada, me gusta hacer de todo, estoy seguro que conseguiría que la cafetería funcionara de lujo.

No sé si meterme. No sé si al mes ya estaría harto y deseando volver a concentrarme sólo en la escritura... pensando... ¿por qué diablos abrí una cafetería?

Por cierto, he hecho un cutre video musical  homenaje a unos amigos. Son unos músicos que te cagas que creo merecen más éxito del que tienen. Me encantan sus letras, sus guitarras, sus melodías. Así que aquí va mi granito de arena para que "Nonver" llegue a más gente: