MI CUMPLE: 45 AÑOS
45 anios.jpg

Hoy cumplo 45 años. Ayer estaba recogiendo la casa por si, de pronto, tenía alguna visita sorpresa. A veces me ilusiono yo solo. Me imagino que me van a dar un Oscar o que alguien que me quiere va a tocar en mi puerta con una sonrisa. La dejé de recoger cuando comprendí que no iba a tener ninguna visita hoy… ¡Mejor! ¡Así no tengo que querer a nadie!

Dejé de recoger, apagué la luz del salón, vi Creed II en mi tele (no me gustó tanto como pensaba que me iba a gustar) y me quedé dormido con Anais en el sofá.

Hoy no voy a hacer nada más que escribir. Voy a seguir luchando contra mí mismo, tratando de derrotar al subhumano interior que me boicotea y evita que llegue a donde quiero llegar.

Si por casualidad eres lector de mi blog y te apetece tener un detalle conmigo por mi cumpleaños o apoyarme en mi trabajo, este es mi PayPal o este es mi numero de cuenta:

t9c.jpg
n9c.jpg

No estoy en la mejor época de mi vida, ya lo sabes. Estoy en plan víctima, en modo tontorrón, me siento estafado ante la vida. Aunque gracias a El rey del Cosmos, no siento rabia ni odio. No tengo fuerzas para odiar a nadie: sé que el principal causante de todos mis males soy yo mismo. No sé aún cómo salir de esta espiral de tristeza. Me gustaría poder tener dos meses de paz económica para terminar de reconstruirme mentalmente, para terminar de escribir los dos libros que tengo a medias y actualizar más el blog. Así que, por si sois tan amables, ese es el milagro que os pido por mi cumpleaños: paz para pensar, reconstruirme y para escribir. Mi email es ezcritor@gmail.com

Gracias.

Deja un comentario si quieres

Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
La chica peligrosa y extraña del fin de semana que empezó el jueves (cuarta y última parte)
Yo.

Yo.

Nota importante: Este relato-vivencia consta de cuatro partes. Aquí la primera, aquí la segunda, aquí la tercera y, a continuación, la cuarta:

 

Aquí estoy. En el aeropuerto. Está lleno de niñitas vírgenes de 16 años, con banderas de España. Sé que son vírgenes porque tienen ese color rojo, infantil e inocente, sobre sus mejillas. Y esas miradas de huevos fritos en la mirada. Hay como 80, esperando en la misma entrada en la que yo espero a la chica de Francia. Pregunto a los dos únicos chicos que veo que van con ellas:

—¿Viene algún famoso? ¿Por qué tanta bandera de España? ¿Vais a linchar a algún independentista?

—¡Ja, ja, ja! No. Son estudiantes de intercambio. Están esperando a sus nuevas compañeras, que vienen de Italia.

La chica que viene de Francia aparece. Me sonríe, repleta de felicidad. Está guapísima: a pesar del frío que hace, creo que para lucirse, se ha puesto un traje con falda muy corta que le deja la espalda al descubierto. Nada más verme, se tira sobre mis brazos. Todas las adolescentes aplauden, emocionadas. Nos besamos. Las adolescentes nos ovacionan. ¿Qué saben ellas de la vida? ¿Por qué aplauden? ¿Saben que, hace menos de 48 horas, yo estaba acostándome con otra? ¿No saben que soy un cobarde cabrón?

Dos días después de estar con la psicóloga voy a acostarme con la chica que viene de Francia. Doblete. Antes de casarme (hace 8 años) era un golfo y no me salía esto: que las chicas recorrieran cientos de kilómetros, tomaran aviones y trenes, para estar conmigo.

En la misma semana.

Y sin decirles ni una mentira. Ellas saben todo lo que ha pasado: primero vino la de Francia, follamos, se fue, a los 12 días vino la psicóloga, la poseyó un demonio, me aterró y se fue. Ahora vuelve la de Francia. Me siento mal: lo que quiero es ser un señor: deseo volverme a casar, ser fiel como lo fui durante 8 años, tener hijos por fin. Pues nada: voy a hacer doblete como si fuera un sucio sinvergüenza: pasar dos días con una jovencita.

No es lo que quería.

No pensaba volver a ver a la chica que viene de Francia, jamás. No porque ella no me guste, sino porque es muy joven para mí: tiene 30 años. Nos llevamos 15 años. Le iría mejor con un tipo de su edad. Vivir junto a alguien de su edad las tonterías que pensamos a los 30 años: que todo va a salir bien, que se va a casar con alguien para toda la vida. Que se van a comer el mundo juntos. Que sus hijos no van a ser hijos de padres divorciados o de padres que se ponen los cuernos sin parar y que se desprecian en silencio. Que la vida es algo más que carne y dinero. Yo podría vivir todo eso por segunda vez, junto a ella, fingir en una burbuja el tiempo que necesitara hasta que lo aprendiera ¿Para qué? ¿Para volver a estar solo dentro de otros 8 años? Me tocaría empezar otra vez a los 53 años. Soy una mierda. No soy una mierda. Desde hace meses la depresión quiere entrar dentro de mí. Quiere que me tire por la ventana. Cada mañana, al desperar, salgo al balcón y lo pienso durante unos minutos. No lo hago. Cuando me vienen pensamientos negativos les digo que no hay espacio para ellos: que se vayan: que no quiero terminar suicidándome.

—Déjame elegir a mí la vida que quiero tener —me dice la chica de Francia—. No me digas lo que tengo que hacer… no se lo permito ni a mi madre.

—Soy muy viejo para ti. Mira… canas por la barba y el cabello. Cada vez más.

—Me gustan. Yo me casaría contigo. Me gustaría tener hijos contigo.

—Te estás conformando. No te cases por casarte, nunca. Cásate sólo si encuentras a alguien que te vuelva loca de verdad. Esa es la única razón válida para casarte.

—Puedo enamorarme de ti, locamente.

—No creo. Soy un puto gilipollas. Y, encima, escritor.

ella en el bus.jpg

En taxi, llegamos a la estación de autobuses. Tomamos un bus de 55 mínutos rumbo a mi ático en el pueblo. No quiere quedarse en casa de Ramón:

—Ese picadero donde te follas a tus putitas —dice.

Me duele que diga eso. En casa de Ramón sólo he estado con dos personas. Ella y la psicóloga. Con la psicóloga todo salió mal. Cuando todo iba genial, se levantó en mitad de la noche y me hizo mucho daño. Dio con las palabras más terribles que alguien puede decirme nunca. Por eso estoy ahora con la chica de Francia. Porque la psicóloga me horrorizó. Porque necesito que me abracen: que me sane de lo que la psicóloga me hizo. Soy muy débil. Hipersensible. Un pobre niñito de casi 45 años que tiembla sin parar. No he hecho bien en decirle que venga. La estoy utilizando. No veo futuro con ella. No me atrevo ni a pensarlo. A su lado, siempre seré un viejo. Al lado de una mujer de mi edad, seré un tipo normal. Pero la chica que viene de Francia estaba deseando regresar. No paraba de escribirme. Día y noche. No hay forma más fácil de engatusarme que estar todo el rato escribiéndome, preocupándose por mí. No estoy acostumbrado que nadie haga eso por mí. Es demasiado bello para mí. Ser importante para alguien, no ser lo segundo o tercero de la lista.

Ella es gallega. Me hace mucha gracia que le guste vestir un poco choni y presumir de lo quinqui que es, de que ama comprar en Primark. Antes de divorciarme veía a esas chicas caminando por la calle y pensaba cómo sería estar con una de ellas. No sé cómo serán las demás. Pero ella tiene a una madre en su interior, deseando salir. Quiere casarse, asentarse. Está harta de novios que no conducen a nada. Y es culta, tiene estudios universitarios. En Francia tiene un curro muy bien pagado. Importante. Parece una geisha. Me da todo lo que necesito un segundo antes de que yo sepa que lo quiero. La primera noche la pasamos en mi sofá. Hablando y dándonos amor. Me ha traído chocolate. Comemos pizza. Sabe todo a lo que no puedo decir “no”. Intentamos ver una película pero la contraprogramación de las cosas que podemos hacer con nuestros cuerpos convierte, el visionado de la película, en misión imposible. Le doy dos orgasmos. Cuando me corro dentro de ella me da por pensar que me engaña cuando afirma que toma anticonceptivos. Creo que me quiere cazar: ha venido a eso… ¿Tan terrible sería, Rafa? ¿Y si es ella justo lo que necesitas? ¿Por qué siempre la cagas para estar solo? ¿Por que es tu zona de confort? ¿Por qué no simplemente das las gracias, Rafa, y aceptas la felicidad de una puta vez?

Lo único que no me gusta de ella es que fuma mucho. Dice que no quiere llegar a vieja.

Lo único que no me gusta de ella es que fuma mucho. Dice que no quiere llegar a vieja.

Es la primera chica que, estando conmigo, no tiene nada de interés sobre mi pasado. No pregunta por qué me divorcié, ni por qué me convertí en escritor. Nada. Sólo quiere estar conmigo. Ahora. Por un lado, eso me gusta, me alivia. Pero por otro lado me hace pensar que no sabe con quién está. O que no le intereso en realidad. Yo sí que le pregunto sobre todo lo que se me ocurre de su vida. Mi conclusión es que es una mujer fuerte y muy experimentada para su edad que quiere casarse y punto.

—Tú eres un loquito —me dice—. Tengo experiencia. No me asustas nada.

Sexualmente, funcionamos. Cada vez que tenemos sexo, tiene dos o tres orgasmos. Cuando sale el tema de que he tenido sexo hace poco, con otra, se pica, se lo noto en la cara, pero no me hace ni un reproche. Está agradecida porque volvemos a estar juntos. Nos quedamos dormidos, no le molestan mis ronquidos. Esa es la prueba definitiva. Si una chica resiste mis ronquidos (de verdad, sin hacer esfuerzos, sin mirarme mal ni un segundo) es que me ama de verdad. Sólo una persona que me ama de verdad puede resistir mis ronquidos. Duermo estupendamente a su lado. Cuando abro los ojos descubro que, en algún momento de la noche, puso su mano sobre mi corazón. Y ahí la dejó. Su mano sobre mi corazón me tranquiliza. Nunca nadie me había hecho eso. Su mano estuvo transmitiendo energía sobre mi corazón toda la noche. Lo curó de todo lo malo.

—¡Pero es demasiado joven, Rafa! —me digo— No seas patético. Le llevas 15 putos años. Trátala bien estos días, sé agradecido y luego olvídate de ella.

De todas las cosas que podemos hacer, en este nuevo día, elige ir al supermercado. Quiere que la vea cocinar.

—Pillamos unas cervezas y me haces compañía en la cocina, ¿vale? —propone.

—¿Eso es lo que quieres hacer hoy?

—Me encantan cocinar. Pero como vivo sola, hace mucho que no cocino. Odio cocinar sólo para mí.

Vamos al Consum.

Ella es la del jersey rosa (que compró en Primark).

Ella es la del jersey rosa (que compró en Primark).

Al entrar en el super, todos nos miran. Pienso que los empleados me miran porque están acostumbrados a verme siempre solo… pero… ¿y los clientes? ¿Me miran porque ella es demasiado joven para mí? ¿Quizás la miran porque piensan que la tengo bajo los efectos de la burundanga? Me he convertido en un pervertido que va con jovencitas. En un enajenado. En un inmaduro. Me faltan tatuajes, pendientes y teñirme el cabello de amarillo. Mientras esperamos turno, en la pescadería, me miro al espejo. Me veo mayor para ella… esas canas que tengo en la barba, hoy las veo más blancas que nunca… No debo utilizar a las mujeres. No debería de haberle dicho que viniera. Ilusionarla. Hacerle perder su tiempo en la vida. Pero la necesitaba. Necesito que alguien me quiera. Es lo único que le pido a la vida y no me lo da. Estoy demasiado solo. Anoche me la follé con ganas, con rabia: como vengándome de todas las mujeres que me han hecho daño últimamente: mi ex esposa, mi ex novia y su vomitiva familia, la psicóloga. Anoche, mientras me la follaba, imaginaba que ellas nos miraban, con deseo y envidia: yo les decía:

—¡Os gustaría estar aquí y no podéis! ¡Por haberme hecho daño! ¡Por no tratarme bien! ¡A las tres os dejé por ser malvadas conmigo! ¡Mirad cómo se corre esta! ¡Es mucho más joven que todas vosotras! ¡Mirad que feliz es! ¿Y vosotras? ¿Qué tal os va? ¿Tan difícil era tratarme como yo os trataba a vosotras? ¿Acaso os di otra cosa que no fuera amor? Me di al 100% y no tuvisteis la elegancia ni la decencia de tratarme bien. Por eso os dejé. Ahora id a follar con subhumanos. ¡Sabéis de sobra que no hay nadie mejor que yo!

51631921_10157123349769248_224717056908460032_o.jpg

En casa, me pide una camiseta para cocinar. Le doy mi camisa de mi equipo, la U.D. Las Palmas, porque me da mucho morbo vérsela puesta. También se pone mis zapatillas de señor mayor.

mis zapatillas de señor mayor.jpg

Entra en mi cocina. Dice que da asco. Que los muebles están pegajosos. Me manda al super a comprar una lista de cosas para limpiarla. Le hago caso, con vergüenza. Pero también me excita que me mande como si fuera mi esposa.

—Eres un poco guarro y un pervertido.

—Puedo ser más limpio.

—Ok, pero lo de pervertido no lo cambies. Me gusta.

Cuando terminamos de limpiar la cocina, saca unos guantes para picar la cebolla. Cocina a la vez que me va enseñando, en el YouTube, la música que le gusta. Veo que está disfrutando. Cocinar, beber cerveza, besos, no necesita más. Ni yo. Es preciosa: sabe disfrutar de las cosas sencillas de la vida, cocina de puta madre. Me hace el arroz gallego más rico que he comido en mi vida… ¡Hace tanto tiempo que no disfruto de comida hecha con amor! Tiene pinta de ser una de esas mujeres todoterreno: que pueden con todo. Que tiene las cosas super claras desde que nació. Fuera, hace un maravilloso día de sol. Preparo la mesa en la terraza. Cuando terminamos de comer, empieza a hacerme una mamada:

—¿Sabes que tienes un poco de fimosis?

—Sí.

—Veo que no te da problemas, que baja del todo, pero con la edad, puede dártelos.

—Quizás me opere más adelante. Pero no ahora. Una vez miré y el postoperatorio dura casi un mes. ¡Un mes sin poder follar! ¿Cómo se puede sobrevivir a eso?

arroz gallego.jpg

—Eres mío. Lo sé —me dice tras hacerme eyacular—. Y cuando tus lectoras lean todo esto, no se va a atrever a venir a tu ático… ninguna más. He dejado el nivel demasiado alto.

Menos mal que se va. Si se quedara, no tendría huevos para decirle que no a nada que me propusiera. Sin duda, me enamoraría de ella y, en algún momento de los 8 años siguientes, ella dejaría de estar enamorada de mí, como le pasó a mi exesposa, y comenzaría a tratarme fatal, porque no tendría los huevos de dejarme. Tendría que ser yo el valiente que reuniera el valor, el cabrón que se plantara, el que se enfrentara a la vida y dedujera, con dolor, que mejor es separarnos que vivir juntos sin amor: ser yo el que rompe nuestro matrimonio mientras se siente un gusano repugnante. Eso es demasiado cruel y duro. No quiero volver a vivir eso jamás. Ese proceso me ha dejado al borde de la locura. No merezco a nadie. El amor no es eterno. No soy más que un pobre escritor que nunca llegará a nada. No quiero cagarle la vida a nadie. Ya tengo bastante con ser un esclavo de las letras.

En el aeropuerto, nos despedimos. Le digo a la chica que vino de Francia que se busque a un chico de su edad. Que me olvide. Que lo haga por los dos. Llora. Se va. Otra vez he hecho daño. No quiero hacer daño. Pero no paro de hacerlo. A todas las hago llorar.

Por la noche, me llama por teléfono la psicóloga. Me cuenta que ha visto fotos en mi Facebook: que sabe que he estado con otra:

—Claro —dice con voz muy firme—. Yo soy la mala porque te puse en tu lugar. Y ella es la buena, porque es sumisa y hace todo lo que quieres, ¿verdad? ¡Típico de hombres machistas!

Me preocupa lo que dice. La psicóloga me acusó de cosas horribles que no son verdad. ¿En qué lugar me puso? En uno que no merecía. Me provocó un ataque de ansiedad, gratuitamente. Por eso huí de su lado. Si no, lo hubiera intentado con ella. Trato de explicarle. Al rato, se echa a llorar:

—Estoy rota, Rafa. De niña me pasaron cosas horribles —confiesa—. No te las puedo contar… ¡No se las he contado a nadie! Siento mucho lo que te dije esa noche. Estoy arrepentida. Me pasé tres pueblos. Tú siempre fuiste bueno conmigo. No sé porqué quise hacerte tanto daño. Creo que es porque me gustas mucho y eso me ha jodido.

Tras llorar, comienza a reir. Está loca. Pero la adoro. Me invita a Bilbao, a su casa. Si la vuelvo a ver, si me meto en su casa, puede ser que me denuncie falsamente y yo termine en la cárcel. Me da igual. Quiero ayudarla. Sé que puedo ayudar a que sane. Estar en la cárcel sería bueno para mi “yo” escritor. Además, ahora me excita más que antes. Quiero estar con ella. Y con la chica de Francia. Y con mi ex esposa. Y con mi ex novia. Quiero estar con todas las mujeres del mundo. Con todas mis lectoras. Y con todas mis no lectoras. Quiero hacerlas felices a todas.

Pienso en qué maravillosa son las mujeres. Deberíamos de reverenciarlas más. Ser sus esclavos. ¡Qué bien nos hacen sentir! Esa magia que desprenden y que sólo ellas nos pueden dar. Esa paz, esa tranquilidad con la que llenan nuestras almas. Ponen la mano sobre nuestro corazón y lo sanan. Una vida, sin compañera, no es una vida digna de ser vivida. Son tan amables, que hasta se quedan embarazadas por nosotros. Ellas sufren todo el rollo ese de tener el niño dentro durante 9 meses y sacarlo entre gritos y sangre. Nosotros, mientras tanto, podríamos estar en el sofá, bebiendo cerveza. Todo lo que nos hacen hacer es follarlas, tener un orgasmo y ya. Lo mejor. No quiero hacer daño a ninguna mujer. Cada día estoy más seguro de que voy a suicidarme. No pertenezco a este mundo. Aquí no hay sitio para mí. Lo único que me gusta del mundo es que una mujer me ame. Y tener hijos. Y escribir un best seller. Pero no puedo. No merezco a ninguna mujer. Son demasiado grandes para mí y para cualquiera. No me van a amar para siempre. Si las amo, les hago daño. Si no las amo, también les hago daño. Dios debería de haberlas hecho insensibles ante los hombres. Espero reencarnarme en mujer. Me gustaría sentir ese poder de dar a luz. Los hombres no vivimos realmente. Nosotros sólo somos las mochilas que cargan las mujeres. Nosotros sólo somos los que os hacemos daño. Vosotras sois las únicas que tenéis algo que decir aquí, en la vida. Las únicas que lo sentís todo, las que hacéis el viaje completo. Nosotros somos unos niños protegidos y consentidas por vosotras.

—¡No! ¡No! —grito— ¡No ire a tu casa! ¡No iré a la casa de nadie! ¡Es mi polla! ¡Es mi polla! ¡Dejadme en paz, todas!

Estoy loco. Es por culpa de mi polla. Ella es la que me obliga a estar con todas. La que me hace querer amarlas, cuidarlas en masa. Tengo que librarme de mi polla. Me susurra, día y noche. Tengo que librarme de ella, temporalmente. Si me libro de mi polla, me libro de las mujeres. Recuerdo lo que dijo la chica que viene de Francia cuando se la metió en la boca. Tengo algo de fimosis. Si me operan, estaré casi un mes sin poder follar. Cada vez que me excite me dolerá, perderé la erección. Es la única forma de librarme de la maldición que es tener polla. Mañana, iré al médico a pedir hora.

Necesito unas vacaciones de polla.

FIN

Deja un comentario si quieres

Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
La chica peligrosa y extraña del fin de semana que empezó el jueves (tercera parte)
el rey del cosmos psicóloga.jpg

La primera parte de esta vivencia-relato pinchando aquí.

La segunda parte de esta vivencia-vivencia-relato pinchando aquí.

1

Cuando empiezo a conocer a alguien siempre hay algo fingido, mecánico que odio: es ese camino tedioso que he recorrido mil veces con cada chica con la que he estado en mi vida: las mismas preguntas, las mismas dudas, los mismos momentos repetidos: escuchar el coñazo del daño que le han hecho los otros chicos con los que han estado: me miran con ojos asustados como si yo fuera ellos y les quisiera hacer lo mismo:

—Yo nunca te voy a hacer daño ni decirte una sola mentira —le aclaro a la psicóloga mientras nos besamos en la cama—. Yo estoy buscando a mi futura esposa, no engordar mi ego follándome a una tía buena más. Tengo casi 45 años. Nunca digo mentiras. Tampoco piadosas. Eso es de débiles e hipócritas. Quiero amor de verdad, pasión, estabilidad para escribir y momentos de calidad en mi día a día. No soy un subhumano. Quiero crear una familia…

—¿Una familia? ¿De verdad? —pregunta extrañada—. Una de las cosas que me atrajo de ti fue justamente que no tienes hijos y que contaste en tu blog que tienes no sé qué cosa en los cojones que te impide tenerlos a no ser que vayas a un hospital… ¿eso es verdad?

—Sí.

—A esta edad, no paro de conocer el lado malo de haber tenido hijos. Quedas con amigas, con hombres por el Tinder y todo el mundo está como desgraciado y atado a sus exs o maridos de los que les gustaría divorciarse o dejar de ver para siempre. Pero no pueden por haber tenido hijos con ellos… que ahora les llenan la vida de problemas y limitaciones.

—Es verdad —asiento.

—¿Aún así te gustaría tener hijos?

—Sí. Sé que, que no lleguen, también tiene su lado maravilloso. Pero daría mis dos brazos por tener un hijo junto a una buena mujer. Creo que sería un buen padre y que, la experiencia, me haría crecer como persona. Quiero vivir toda la vida, no sólo una parte.

2

Mi desayuno.

Mi desayuno.

Llevo 8 meses cuidando mi cuerpo al máximo. Como 4 ensaladas al día de lunes a viernes. Pescado y carne una vez a la semana. Fruta cada mañana. Me machaco en el gimnasio 5 días a la semana. Cada día corro 40 minutos. Perdí los 12 kilos que me sobraban en 4 meses, y ahora estoy tratando de abandonar para siempre mi cuerpo fofo de escritor para conseguir un cuerpo fuerte y potente. Sin embargo, la psicóloga, desayuna cada día como un camionero. Ama los fritos por la mañana. Jamás toma café o un té durante el desayuno. Odia las bebidas calientes. Desayuna Coca-Cola o Redbull. Fuma. Toma cerveza, porros y vino blanco. No entiendo cómo tiene un cuerpo tan atlético y perfecto. Cómo tiene un porte tan elegante. Ella podría pasar por profesora de aerobic. Es totalmente opuesta a las chicas que he conocido últímamente: todas veganas, amantes de la yoga y de la naturaleza.

Cada mañana desayunamos en un Vips que está a 8 minutos caminando de la casa de Ramón. Me sentiría ridículo, ante los ojos de ella, pidiendo una ensalada y un zumo de naranja, así que me salto mi régimen. Son sólo tres días los que pasaremos juntos. Quiero que estemos cómodos. Pido lo mismo que ella: tortitas con beicon, huevos y patatas fritas. Ya que estoy, le pongo chocolate a mis huevos fritos y patatas.

Ella me mira con asco.

—Amo el chocolate —trato de exlicarle.

—Pero es asqueroso.

—A mí me gusta mucho… ¿Tú no haces nada asqueroso?

—Sí. Soy adicta a ver videos en YouTube de granos expulsando pus —confiesa.

Tras el Vips nos desnudamos y metemos en la cama. Hacemos el amor. Nos pasamos el día y la noche mirando hacia la profundidad de nuestros ojos, abriendo nuestro corazón, contándonos nuestros secretos y miedos más profundos. Le cuento cosas que nunca le he contado a nadie. Le hablo de mi ex novia, del daño que me hizo ella y su familia:

—Algunas veces, aún sueño y espero que regresemos —le confieso.

—¿Quieres ser novio de alguien que no te ame?

—No.

—Pues has de aprender algo. Si alguien te ama, si alguien quiere estar contigo, lo está o lo intenta. Si alguien te ama, no desaparece y se aleja. Por lo que me contaste de ella, además de tener un poco de síndrome de Electra y ser muy egocéntrica viene de una pérdida: por eso le costó tener lealtad a ti, a su nueva pareja/familia. La gente suele quedarse en lo conocido. En su zona de confort. Tú, también. Tú buscas estar solo y abandonado porque eso es lo que conoces, ¿verdad?

—Sí. En la soledad me siento como en casa. Se nota que eres psicóloga.

—Soy muy buena. Si quisiera, podría conseguir que alguien se suicidara. A veces creo que estudié psicología para tener ese poder.

Que sea retorcida me provoca una punzada de placer en la polla.

Me excito.

Nos besamos.

Me hace una mamada.

Acabo en su boca.

Y sigo contándole mis más oscuros secretos. Mientras lo hago, pienso que he encontrado a la mujer de mi vida. Aún no estoy enamorado de ella pero, sin duda, lo estaré pronto porque lo tiene todo… ¡Ojalá que ella se enamore también de mí!

3

Ella.

Ella.

La última noche, a eso de las 5 de la mañana, la psicóloga me despierta. Está vestida. De píe, frente la cama. Ha hecho su maleta. Incluso lleva su abrigo puesto. Me está mirando de forma extraña. Me sorprendo bastante. Pensaba que estaba a mi lado. Dormida. Desnuda, en paz, tranquila, como yo.

—¿Qué pasa? —pregunto, asustado.

Ella comienza a hablar. Las palabras más horribles y espantosas que me han dicho nunca. Habla y habla, cada vez con más dureza. Mis oídos comienzan a sangrar. Cuando voy a reponerle, a defenderme, me grita con autoridad:

—¡CALLA! ¡NO HABLES! ¡NO TE ATREVAS!

Me asusta. No me atrevo a no hacerle caso. Saca los peores miedos de mi mente. No voy a contaros qué me dijo. Es demasiado espantoso. No quiero que nadie me lo vuelva a repetir jamás. La psicóloga lleva tres días estudiándome. Me he abierto demasiado con ella. Sabe qué teclas tocar en mi mente para que mi corazón esté a mil, para que mi cabeza se llene de agua hirviendo. Dudo de mí… ¿Realmente soy el ser repugnante que ella está describiendo? Ella tiene estudios, yo no… yo sólo soy un estúpido que se cree escritor y no tiene ni donde caerse muerto ¿Si miro al interior de mis ojos sólo hay un psicópata monstruoso capaz de hacer los horrores que ella narra? ¿Soy responsable de lo que me culpa? Me quiero morir. Comienzo a tener un ataque de ansiedad. Hace 5 meses que no tenía uno. Comienzo a temblar, como un loco. Es entonces cuando tiene piedad de mí: detiene su discurso:

—Esto te lo mereces por haber sido encantador conmigo —me dice—. No tenías ningún derecho de tratar de enamorarme. ¡No tenías derecho a hacerme el amor así!

Y, dando un portazo, se marcha de la casa de Ramón.

Combato mi ataque post traumático. “Soy mi mejor compañero”, me digo. “Estoy aquí contigo, Rafa”. “Juntos hemos sobrevivido y superado todo”. “No eres culpable de nada”. Me digo las palabras que necesito escuchar. Al rato dejo de temblar. Me calmo. No obstante, estoy aterrado. Cierro la puerta de la casa de Ramón con llave. No quiero volver a verla jamás. Esto me pasa por estar quedando con desconocidas. Encerrarme en una casa durante tres días con una mujer que no conozco de nada. Nunca más lo haré. En mi wassap tengo un mensaje de la chica de Francia. No ha parado de escribirme cariñosos mensajes desde que se fue. Quiere que nos volvamos a ver. Viajar otra vez hasta Valencia, para verme. Yo le he estado dando largas, pero recuerdo las palabras que me dijo la psicóloga por la tarde:

“Tienes que aprender algo. Si alguien te ama, si alguien quiere estar contigo, lo está o lo intenta”.

Contesto a la chica de Francia: por eso y porque necesito urgentemente abrazar a alguien. La llamo, con lágrimas en los ojos:

—Ven, por favor —le pido.

Y le cuento lo que acaba de pasarme.

—Mañana estaré allí —contesta—. Pero yo no vuelvo a casa de Ramón. Donde has estado con “esa”. Yo quiero ir a tu ático del pueblo. Donde tú vives.

—Sí. Lo que quieras.

—Ahora mismo compro los billetes.

CONTINUARÁ

Deja un comentario si quieres

La chica peligrosa y extraña del fin de semana que empezó el jueves (segunda parte)
Ella.

Ella.

La primera parte de este relato-vivencia puede leerse pinchando aquí.

1

La chica de Bilbao va a pegarse un viaje de 4 horas en tren hasta Valencia capital. Sólo para que nos conozcamos. Me da pena meterla en un bus de una hora hasta mi pueblo en el que además hace un frío de muerte. Un bus que, además, no sale hasta dentro de 3 horas. Hacerla esperar en la calle o en un bar no es sexy. Además me la quiero follar cuanto antes. Psicóloga. 95 en tetas. Demasiado bien puestas. Cuerpo perfecto. A la mierda el mundo... ¿Querrá ser mi futura esposa? ¿Tener hijos conmigo? ¿Será ella por fin con la que pueda tener un hogar lleno de paz mientras yo llevo un batín y nuestros hijos ríen felices saltando sobre mis rodillas? Con gran vergüenza, decido volver a pedirle la casa a Ramón. Él sigue en Chile escribiendo una novela para una universidad. Su piso está justo al lado de la estación de tren. En la capital. Y allí hace mucho menos frío. Estaríamos más a gusto que en mi casa. No sé cómo se lo va a tomar Ramón si le vuelvo a pedir su casa para conocer super afondo a una lectora. Hace 14 días follé allí con una que vino de Francia. Con ella no funcionó. Vivimos demasiado lejos. Si tuviera dinero alquilaría un airbnb para nuestro encuentro de 3 días. Pero sólo me quedaban 120 euros en la cuenta. Algún almuerzo o cena me tocará pagar. Escribo a Ramón. Me va a mandar a la mierda:

—¿Te crees que mi casa es un picadero? —me va a decir.

No. No me dice eso. Me dice que por supuesto. Que su casa es mi casa. Que es una casa para escritores. Que pille las llaves de donde ya sé y que nos divirtamos mucho. Le doy las gracias, emocionado. Ramón tiene el extraño hábito de, cuando le pides un favor, hacerte creer que eres tú quien le está haciendo un favor. Pero lo que me desvela esta vez, me deja de piedra:

ramon.jpg

Se refiere a que hace mucho tiempo, cuando estaba bien de pasta, doné 3.000 euros a un orfanato. Ramón fue el encargado de volar hasta Colombia para que se gastara justamente mi donación y otro dinero que una asociación benéfica con la que él colaboraba altruistamente había conseguido reunir.

La vida es así. Donde las dan, las toman. Todo lo que haces bueno o malo en la vida, te lo encuentras de cara en algún momento. Pagas el precio por ser un miserable o te da un abrazo por ser genial.

2

Ella, pidiendo nuestro almuerzo.

Ella, pidiendo nuestro almuerzo.

En la casa de Ramón pillo a la psicóloga por la cintura, nos besamos con pasión. La pongo de espaldas contra la pared. Quiero hacerla mía cuanto antes. Salir de esa casa de su mano, orgulloso del pibón que acabo de follarme. Todo el mundo con el que nos crucemos va a percibir, en la piel, en nuestra cara, el subidón del primer encuentro sexual. Follar ya es lo mejor para que nos conozcamos de verdad. Hasta que no me follo a una tía no puedo hablar con ella tranquilo, de forma sincera. Hasta que no me la follo no puedo ser yo. Hasta ese momento me siento en un examen: tengo que dar las respuestas correctas o me suspende y se va.

—¿Sabes que una de cada tres mujeres tiene sexo sin desearlo? —me habla con dureza mientras le estoy bajando los pantalones y el tanga— ¿Quieres eso? ¿Que te deje follarme para que únicamente tú te sientas bien? ¿Que me sienta obligada a follar para que tengamos buen rollo estos días, para no caerte mal ahora?

—No. No —contesto—. No quiero eso. Quiero que me folles porque me deseas.

—Aún no te deseo —me dice ella.

Me subo los pantalones, avergonzado. Ella los suyos. De reojo, me despido de su culo. De su coño peludo. Mi erección desaparece. Me invita a almorzar en un italiano:

—Sé que no tienes ni un euro —me dice—. A mí me da igual eso. Yo invito a todo estos días.

Pido pizza. ¡Comida gratis durante 3 días! ¡Y conversaciones con una tía cañera! ¡Gran plan! Aunque si no me desea… todo al final será una puta mierda.

Me comí la pizza enterita. Ella pidió un risotto.

Me comí la pizza enterita. Ella pidió un risotto.

3

Tras el restaurante, la psicóloga me plantea comprar una botella de vino blanco. Para que nos la tomemos en el salón de la casa de Ramón. Caminando nos topamos con un Mercadona por casualidad. Me encanta el Mercadona. Le pido que nos saquemos una foto en la frutería.

mercadona fruteria.jpg

—¿Por qué en la frutería? —me pregunta.

—Me resulta muy sexy estar aquí—contesto—. Llegar a la frutería del Mercadona con pareja es el culmen de una relación. Significa que vivimos juntos y que tenemos hábitos saludables. Que la tontería del alcohol, las drogas, las juergas y las distracciones superfluas han terminado. Empieza el conocimiento, la lógica. Por fin tenemos pareja y podemos potenciarnos, concentrarnos en nuestro trabajo y en el placer: sacar lo mejor de nosotros mismos, ayudarnos hasta realizarnos…

—Estás gilipollas…. ¿Dónde venden el vino aquí? Necesito emborracharme.

Encontramos el pasillo de los vinos.

4

Esa noche no follamos. Sólo hablamos hasta las 3 de la madrugada. Nos lo contamos todo. Lloramos. Reímos. Supongo que por culpa del alcohol pasa algo raro: se pone a hablar de un libro de Eduardo Mendoza como si lo hubiera escrito yo. Mezcla el argumento de “Sin noticias de Gurb” con mi libro “Prostituto de extraterrestres”. No la saco de su error no sea que se avergüence y me quede sin follar. Pero me río mucho por dentro. No para de hablar del fragmento ese en el que el extraterrestre toma la forma humana de Marta Sánchez. Pienso que a lo mejor se cree que está con Eduardo Mendoza.

—¿Cómo me llamo? —le pregunto.

—Rafa.

—¿Seguro? ¿O quizás me llamo Eduardo?

—¿Estás borracho?

—Noooo. No estoy borracho.

Llega la hora de despedirse. No hay suerte. Quiere dormir sola. Ella va hasta la habitación de Ramón. Le ofrezco entrar para ponerle un rato el aire acondicionado, para que no se muera de frío. Dice que no hace falta, que ya se lo pone ella. Maldita puta. Se olió que la iba a tirar sobre la cama para metérsela a lo bestia. No tengo más opción que irme al cuarto de los invitados con mi erección entre mis patas de diablo: no me va a dejar dormir…

—“Cállate, polla, cállate” —le digo.

Pasa una hora. Sigo sin poder dormir. Me la meneo un poco, haciendo cero ruido. No consigo correrme. La tengo tan dura que parece que estoy tocando una barra de hierro.

—Dios mío, lo que se está perdiendo esta mujer —pienso— ¿Por qué no quiere follar si le va a encantar? ¡Es estúpida! ¡Qué manía tienen todas con perder el tiempo en la vida!

Me entran ganas de entrar en su dormitorio, colarme en su cama. ¿Y si la asusto? ¿Y si se cree que la quiero violar? Mejor me quedo en mi cama, quietito. Me pongo a pensar en la ola de frío que ha puesto a algunas zonas de EE. UU. en jaque mate. ¡Se registran temperaturas de hasta -40 grados! ¿Y si esa ola de frío viene para Europa y no nos quieren decir nada para que nos pille desprevenidos? ¿Y si desean que muramos todos para así paliar el problema de la sobrepoblación en el mundo? Toda la población europea muerta al instante. Congelada. Nuestro territorio se lo reparte China, EE.UU y Rusia. Lo veo. Se me baja la erección pensando en mi muerte. Si tuviera dinero compraría un par de calefactores de gas extras, por si acaso. Quedo dormido.

Sale el sol.

Me despierto.

¿Estará despierta?

Le mando un wassap:

—¿Estás despierta?

—Ven —contesta enseguida.

Follamos.

contesta enseguida.jpg


5

Subo esta foto con su autorización. Nunca subo fotos de nadie sin permiso. También subo esta foto con mi autorización.

Subo esta foto con su autorización. Nunca subo fotos de nadie sin permiso. También subo esta foto con mi autorización.

Cuando se la meto (con preservativo), la miro: asustado.

—¿Qué te pasa? —pregunta.

—No lo puedo creer. ¡Lo tienes!

—¿El qué?

—Hace 15 años, cuando era camarero en una discoteca, tuve como novia a una vietnamita-sueca. Tenía el coño super estrecho. Meterlo ahí era correrse enseguida… En 15 años no he vuelto a encontrar un coño así. He soñado con él mucho, mucho tiempo… pero nunca lo había encontrado.

—¡Bingo!

Un coño estrecho. ¡No puedo creer la suerte que tengo! Me la follo 5 veces.

—Soy una zorra insensible —confiesa—. No te vayas a enamorar de mí.

—Ok —contesto—. Eso haré.

Antes, por mi autoboicoteo mental, por mi complejo de inferioridad, me daba cosa follarme a tías buenas como esta. Pensaba que no las merecía. Que yo era demasiado feo y pobre para ellas. Sufría humillantes gatillazos si me enfrentaba a sus cuerpos desnudos perfectos. Ahora sé que tengo algo que no tiene el tío más guapo del planeta. Ni el más millonario. Brillo. Más que el Sol. Soy el último humano del mundo. La humanidad entera se ha convertido en subhumana. No os preocupéis. Yo os salvaré.

—“Estar divorciado —pienso cuando ella se la mete en la boca— está de puta madre”.

Ella. Este relato-vivencia continuará (cuando tenga tiempo de escribir la tercera parte)

Ella. Este relato-vivencia continuará (cuando tenga tiempo de escribir la tercera parte)

La chica peligrosa y extraña del fin de semana que empezó el jueves (primera parte)
Yo.

Yo.

Una querida lectora (me lee desde hace 12 años) quiere hacer de celestina, presentarme a su amiga:

—No sé —me chatea por el wassap— de pronto he tenido como un flash. Eso que piensas…: “conozco a dos personas maravillosas, qué tal si las junto a ver qué pasa”.

Me envía fotos de su amiga. Es psicóloga, 37 años, tiene su propia consulta. En caso de que sea verdad que es una persona maravillosa hay que añadir que está toda buena. Sin embargo, el recuerdo de lo que pasó la última vez que viví “eso” me hace cerrarme a querer conocerla. No quiero quedarme sin esa lectora. Que deje de hablarme. Perderla.

“Eso”: en septiembre del año pasado, una lectora me presentó a su amiga, una profesora de aerobic, que vino desde Navarra para conocerme. No me gustó: comencé a pillarle odio cuando me contó que tiene un perro al que hubo que amputarle la cola porque ella no se fijó en el momento en que la puerta del ascensor se cerró, aprisionando su cola… ya que ella estaba mirándose al espejo. El perro chillaba y sangraba mientras el ascensor le hacía un daño terrible: cortándole, desgarrándole la cola. Menudo ser repugnante, pensé, jamás podría tener como compañera de vida a alguien tan egocéntrico y descuidado: por eso sólo le permití que, durante su visita de 2 días, me hiciera una mamada y que se lo tragara.

Por culpa de mi justicia perruna, me quedé sin lectora. La profesora de aerobic se fue echando pestes de mí: llorándole a su amiga porque no quise volver a verla: porque la había utilizado.

No obstante, su perrito sufrió más. Ella merecía ese castigo por hija de puta. Por fin había sido juzgada y cumplido su condena. Bastante leve fue. Debería de haberle llenado la boca de mierda y no de semen. Nuestras mascotas nos tienen únicamente a nosotros. Confían en nosotros ciegamente. Por Dios… ¿Tan complejo es mantenerlas a salvo en el ascensor? ¿No te da la cabeza para eso?

La querida lectora me invita a que, los tres, hagamos una videoconferencia. Acepto. Cuando veo en directo a su amiga me gusta más que en las fotos. Es uno de esas personas que sabe añadirse encanto utilizando un sexy lenguaje corporal. Además, es elegante a la hora de hablar, culta… bastante pija. Mierda. Tiene pinta de ser una de esas mujeres que sólo buscan relacionarse con ejecutivos de éxito. No estoy seguro pero apostaría a que se ha operado la nariz y los labios. Eso ya es nivel de pijería extrema. Hablamos los tres durante un rato agradable hasta que comenzamos a hablar por hablar: no soporto hablar sin rumbo o sin construir algo: invento una excusa para salir por patas. Además: me he puesto nervioso: me he acomplejado. Sí, claro que me gustaría conocerla más. Estoy tan solo en este pueblo que, si tuviera bicicleta, me pondría ahora mismo a pedalear hasta Bilbao (desde allí me hacen la videollamada). Pero estoy semiarruinado. Llevo un par de meses viviendo con lo justo para comer y pagar las facturas. Últimamente no puedo ni ir a hacer la compra al supermercado hasta que alguien me compra un libro (gracias a El rey del Cosmos, no suelo esperar mucho tiempo, no os preocupéis). Pero por lo que realmente estoy acomplejado es porque, hace poco más de un mes, tuve una novia y su enfermizo padre la humillaba a ella utilizando el argumento de que yo no tenía dinero. No quiero volver a vivir el desprecio del clasismo. No porque me hicieran demasiado daño, sí porque me sentí asqueado: arcadas interminables. Estar entre gente casposa y mala daña el aura. Decidí que no voy a volver a intentar conocer a nadie hasta que me recupere económicamente. La vida es así de mierda. Hace muchas décadas que los subhumanos ganaron la partida. Si no tienes pasta, no puedes tener una chica. Los hipócritas con dinero se han adueñado del mundo. El amor sincero y desinteresado, el placer, los buenos momentos, las charlas profundas, las risas, la confianza, el compañerismo, los paseos sin rumbo, ser fiel, respetuoso y sincero te lo puedes meter por el culo que es una mierda ridícula hoy en día. Le mando este wassap a mi querida lectora:

wassap-pobre.jpg

Mi plan es encerrarme a terminar mi nueva novela: cuando la publique tendré dinero y volveré al mercado para buscar esposa. Enciendo mi iMac, me concentro, trato de terminar de escribir mi novena novela. Pero la sesión de escritura va fatal, no consigo hacer real las palabras que tecleo: que se transformen en imágenes tras escribirlas. No consigo escribir nada adictivo. Tras dos horas de trabajo, sigo sin lograrlo. Tiro mi trabajo a la papelera de reciclaje. Seguiré más tarde, ahora necesito que mis ojos descansen. Tengo que conseguir terminarla. Trato de tranquilizarme: me digo: “con mis anteriores novelas lo conseguí, lo volveré a conseguir con esta, tarde o temprano, sólo estás desentrenado”. Me tumbo en el sofá, tomo mi tablet: busco por el Facebook a la amiga psicóloga de mi querida lectora. La encuentro. Desde que se fue la bendita chica de Francia que acabó con mis complejos sobre mi vejez, llevo 12 días sin follar. Me masturbo mirando a una de las fotos de la psicóloga. Menudas tetazas que tiene la cabrona. Eyaculo. Como señal de agradecimiento le doy un “me gusta” a la foto que me ha hecho feliz.

La psicóloga pija está online. Ve el like. Me escribe. ¿Le contesto? Pienso: “puedo charlar un rato con ella al menos. Puedo imaginar que tengo dinero y que puedo charlar con ella de tú a tú”. Charlamos. La charla es muy larga, fluida, natural, cercana, interesante. No me parece que ella esté excesivamente dañada. Últimamente todas las mujeres que se me acercan lo hacen para que les salve de algo o alejarse de alguna relación tóxica, acostándose conmigo. Me utilizan (de la forma más agradable que se puede utilizar a un hombre) como para escapar, como para ver que hay un mundo mejor esperándolas: un buen chico que podrían tener de compañero para toda la vida. Hago lo que puedo, pero la situación es bastante patética. Se parece a esto:

El que está destrozado bajo la piedra soy yo. La serpiente suele ser un hombre tóxico que les está haciendo mucho daño. Y la mujer a la que trato de ayudar, suele ser una lectora.

El que está destrozado bajo la piedra soy yo. La serpiente suele ser un hombre tóxico que les está haciendo mucho daño. Y la mujer a la que trato de ayudar, suele ser una lectora.

A esta psicóloga creo que le gusto un poquito. Creo que, si le propongo que nos veamos, dirá que sí. Mejor pinchar el globo ya. Me he pasado. He sido cruel. He hablado demasiado tiempo con ella cuando no la merezco. Le escribo por el Messenger esto para que se ría de mí, me desprecie y se vaya aliviada, sin ser dañada:

franco y sin faltas de ortografía.jpg

Doce horas después la psicologa sexy pija está en Valencia. Ha venido a conocerme:

Ella, tras salir del tren.

Ella, tras salir del tren.

Mi relación “enfermiza” con mis lectores
Yo, en la casa de Ramón.

Yo, en la casa de Ramón.

El otro día, cuando hice el video sobre cómo vencí a mis ataques de pánico, se me olvidó decir una cosa que voy a desarrollar hoy en este post porque anoche pensé que es super injusto que no lo haya incluido.

Vosotros también me ayudasteis a acabar con ellos. Fuisteis clave.

Los ataques de pánico me daban porque, entre otros motivos, me sentía solo, desamparado ante la vida. No tengo familia, pareja y me paso el día solo, encerrado en una casa, escribiendo novelas, sin amigos. Si tengo un mal mes, una mala racha, si enfermo, no tengo a nadie en quién apoyarme o que me preste una cama o cuidados por unos días.

Hasta que me di cuenta que eso no es así. Desde que me hice escritor os tengo a vosotros. A mis lectores: mi familia.

Mucha gente que he conocido me ha dicho que mi relación con vosotros es enfermiza. Que os cuento “demasiado”, que os “muestro” cosas de mi interior y de mi vida que no debería mostrar. He perdido novias, trabajos y relaciones por vosotros. Mucho subhumano me ha mirado como si estuviera loco.

Nunca me ha importado.

Porque cuando he estado mal, sois vosotros los que me habéis levantado. Porque cuando he sacado un libro, sois vosotros los que lo habéis comprado. Porque cuando he necesitado ánimos, sois vosotros los que me habéis animado. Del otro lado, de la gente “sana y normal” sólo he recibido dolor, mierda y locura. Es como si esos subhumanos quisieran que dejara en cielo en el que vivo para arrastrarme a su vida mediocre e hipócrita. Nunca lo consiguen. Me confunden durante un mes o un ratito. Pero siempre termino alejándome de quien me hace mal. Porque es raro el día que no reciba un par de mensajes como este… y al final (si la cabeza te va bien) te quedas con quien te hace sentir de puta madre:

Desayuno y meriendo vuestras fuerzas. Dudo de mi supuesto talento y de pronto, como si me hubiérais escuchado dudar me escribís algo precioso.

Desayuno y meriendo vuestras fuerzas. Dudo de mi supuesto talento y de pronto, como si me hubiérais escuchado dudar me escribís algo precioso.

No sólo me animáis con palabras bonitas. También me apoyáis económicamente. No sólo para que escriba. Si no también para que me divierta. Anoche, por ejemplo, un lector de Suiza me mandó 250 euros de pronto, sin yo pedirle nada, sin escribirle un email. Abro mi email y me llega ese aviso de transferencia. Se acordó que el 15 de este mes es mi cumpleaños y que estoy fatal de pasta. En el concepto del ingreso escribió: “para que celebres tu cumpleaños”. Ese lector también me ha ayudado en más de una ocasión a imprimir libros que se me habían agotado… ¿Él qué sabe que me pasé la noche mirando mi cuenta bancaria con cierto nerviosismo de cómo lo haría este mes para seguir afrontando todos mis pagos?… Por supuesto no utilizaré ese dinero para divertirme, sino para que mi perra y yo comamos mientras sigo escribiendo mi novena novela:

cuentra.png

Sé que saldré adelante. Siempre salgo adelante. Si en 44 años de vida jamás he vivido en la calle, tampoco voy a empezar ahora que tengo 8 novelas publicadas que cada mes me dan dinero y que cuento con una red de contactos profesionales extraordinaria. Esta mala racha (en la que me metí yo mismo tras 3 años de bonanzas extraordinarias) terminará algún día. Pero anoche estaba mal. Extra mal. Me pasó algo injusto que me puso muy, muy triste. Lo conté en el Facebook. Enseguida, la lectora de Francia me escribió. Le conté. Sin dudarlo, se pilló un billete de avión y mañana viene a verme a Requena hasta el viernes. Joer… ¡cuánto necesito su cariño! ¿Qué familia es mejor que la mía? ¿Cuántos familiares pillarían un avión por ti? ¿Soy un desamparado o soy un tipo super cuidado y afortunado?

Así que gracias a vosotros, gracias a vuestras acciones desde que empecé a escribir aquel primer Diario Secreto, NUNCA he caído. NUNCA he estado desamparado. Mis miedos son absurdos. No tengo una familia de 20 personas. Tengo una familia de 2.000 lectores. Es increíble. La gente que me dice que mi relación con vosotros es “enfermiza” va y viene. Vosotros, siempre estáis ahí. No es una relación enfermiza. Sólo es una relación poco habitual. Vosotros me queréis y yo no dejo de escribir. Ese es el trato.

GRACIAS

Deja un comentario si quieres.

El director de orquesta
Este no es el director de orquesta del que hablo en este post.

Este no es el director de orquesta del que hablo en este post.

La maravillosa chica de Francia (que realmente no vive en Francia, vive en uno de los países más caros del mundo… siempre cambio datos para que nadie sepa sobre quien escribo en este blog) me cuenta que, al trabajar de enfermera, ha visto morir a pacientes en varias ocasiones.

—Recuerdo, por ejemplo, a un director de orquesta —me cuenta—. Sólo tenía 62 años. Era gay. Ingresó en la residencia de ancianos en la que yo trabajaba por aquel entonces. Normalmente no tenemos gente de esa edad en la residencia. Pero él sabía que iba a morir. Tenía sida y un montón de cosas más. A veces, él salía por la noche. Lo llevaba y traía un chofer. Era la única persona con quien lo vi. Era su empleado. De esas juergas siempre llegaba superborracho. Nos llevábamos bien. Cuando ya estaba postrado en la cama, esperando la muerte, le preguntamos si quería que avisáramos a alguien. Nos dijo: “No, no tengo a nadie”. “¿Algún amigo, quizás?”, le preguntamos. “No, tampoco”, contestó. Una mañana, mientras le inyectaba su morfina, me miró como un perro que pide una caricia. Me dijo que no me marchara aún, que si me podía sentar a su lado un rato. Hice caso. A los pocos minutos, murió.

Por algo así he roto con la chica de Francia (que no vive en Francia). No puedo irme a vivir a su país por seguir conociéndola. Vivo de las ventas de mis libros en papel. Gano entre 10 y 12 euros por libro vendido. Si los mandara por Correos desde su país, no ganaría absolutamente nada. O tendría que subir tanto el precio de mis libros que no me los compraría casi nadie. Me vais a hablar de Amazon o de otras plataformas de ventas de libros. Recordad que ya las he probado: a través de ellos gano 5 veces menos (aún tengo libros a la venta por allí). Mis lectores quieren mis libros firmados por mí, en papel, para conservarlos. Para mí es un grandísimo honor.

La chica de Francia propone vernos un par de veces al mes, o que me vaya a vivir con ella y ya nos buscaremos la vida. Sólo la conozco de 24 horas maravillosas. Sé que ella es increíble: tiene un corazón valiente y está llena de amor puro por mí. Pero no me conoce de verdad, es demasiado pronto para dejar todo aquí por ella: demasiados gastos mudarme a su país. No estoy nada bien de pasta en la actualidad, tengo que ser responsable con mi perra y con los contratos que he firmado. Nunca he permitido que ninguna mujer me mantenga, no por machismo, sino porque yo no soy así. No me gusta detener el paso ni bajar la calidad de vida de nadie. Tampoco puedo estar solo tanto tiempo. No tengo ni idea sobre qué fecha mi economía mejorará, cuándo volverá a ser como antes. En el pueblo en el que vivo no tengo a nadie: ni amigos, ni familia. Desde que la chica de no-Francia se marchó, hace casi 15 días, no he hablado con nadie cara a cara. Estar tanto tiempo solo no es bueno para mí. Me gusta estar solo, vivir en mi mundo, escribir, pero no todo el día. Echo de menso alguien con quien reír, tomar un té, ver una película, ir al gimnasio o pasear a Anais. Quiero formar una familia. Quiero dormir acurrucado a alguien a quien ame cada noche. He vivido la vida promiscua y la vida de casado. Me quedo con la de casado. Quiero cuidar y sentir que alguien me ama.

—“Espera. Danos tiempo” —me dice.

Pienso en mi ex esposa. Los dos últimos años los pasé esperando a que cambiara. Ella me decía que lo iba a hacer. Me lo prometía una y otra vez para que no la dejara. Yo esperaba. Nunca cambió. Incluso al final me echó en cara que yo le pidiera que cambiara ¿?. Supongo tendrá razón pero “el malentendido”, me hizo perder dos años de mi vida. Si no llega a ser por sus promesas, me hubiera largado de ese matrimonio hace dos años. Tengo 44 años, el próximo día 15 de febrero cumplo 45 años. No me siento un viejo. Me miro en el espejo y me veo más o menos bien para la edad que tengo. ¿Quizás aparento 38 ó 40?. Además, estar con esa enfermera de 29 años, me ha rejuvenecido. Bebí su sangre, me alimenté de su alma. La novia que tuve, por dos meses, en Navarra, tenía 35 años. Con ninguna de las dos me sentí viejo. A las dos les mantuve el ritmo en la cama o caminando por el monte. Bebiendo, es cierto que no. No quiero estar esperando otros dos años a que una situación cambie. Mi matrimonio ya me hizo dejar de vivir muchísima vida. Vivir el futuro en lugar del presente, es una mierda. Una mentira. Una falta de respeto al presente. Quiero vivir ahora. No puedo estar esperando un tiempo infinito por nadie. Un “ya veremos”. Quiero vivir el presente. Construir. Tengo que seguir buscando el amor. Ahora. No voy a esperar que simplemente aparezca en mi vida o que las estrellas se pongan en posición y me señalen con el dedo para darme ese gran regalo.

Mi amor. No sé quién eres. Pero voy a salir ahí fuera a buscarte. Como un guerrero.

Conozco, por medio de una lectora que hace de celestina, a una amiga suya. Es de Bilbao. Cree que podemos funcionar juntos. Habló con su amiga. Nos caemos bien. Mañana toma un tren desde Bilbao-Madrid-Valencia. Mañana nos encontraremos en mi pueblo. Por mis muertos, no voy a morir como ese director de orquesta. Voy a darlo todo. Hasta el último aliento.

P.D.- Y a las 2:45 de la madrugada me pasó esta magía.

Deja un comentario si quieres

Perro García
perro garcia 3.jpg

García no sabe bien qué le llevó a querer adoptar un perro. La decisión fue consensuada con su esposa e hijos pero, desde luego, la idea salió únicamente de su cabeza.

—Haz lo que quieras —le dijo su esposa—. Pero si lo traes, lo cuidas tú.

—Sí, me gustaría muchísimo.

Sus hijos lo miraron como quién mira a un loco.

García fue solo a la perrera. Nada más llegar, sus ojos se clavaron en un chucho viejo y grande.

—Este es el que quiero —pensó—. No puede ser otro.

—¿Cómo lo va a llamar, señor?

—Aún no lo sé.

La perrera le puso una condición: castrarlo. A García le pareció cruel, sin embargo, era el único camino para que permitieran llevárselo. Necesitaba ese chucho. No sabía porqué. Esa misma tarde lo llevó al veterinario: que le cortaran las pelotas al chucho le unió más a él. De pronto eran como dos amigos que habían hecho un pacto de sangre:

—Tú les das tus pelotas y yo a cambio… pues no sé. Te cuido el tiempo que te quede.

—Tenemos trato —pensó García que pensó el perro.

Durante la semana, el chucho dio muchos problemas en casa. A causa de la medicación, vomitaba. Como sólo se sentía a salvo y querido en presencia de García, ladraba sin parar cuando él marchaba a trabajar por las mañanas. Una noche, al regresar al hogar, la esposa de García le habló, repleta de nervios:

—No soporto a ese chucho. Da muchos problemas. La casa huele mal por su culpa. Devuélvelo a la perrera.

—No —dijo García—. Jamás.

El matrimonio discutió. García dejó la ciudad, se fue de casa con el perro. A la casa de su difunto padre. Una casa destartalada que heredó en mitad del campo. Allí se refugiaba siempre cuando discutía con su esposa. Cada año, discutían más.

Esa noche, mientras García dormía, su difunto padre se le apareció en sueños:

—El planeta Tierra es un lugar mágico para los que tienen valor—le habló de forma misteriosa—. El valor es el desencadenante de la magia que puede llegar a tu vida. Atrévete a hacer lo que quieras y el Rey del Cosmos te lo arreglará todo para que puedas seguir haciendo lo que quieras.

Al día siguiente, cuando García despertó, decidió que aquella mañana no iría a trabajar. Se trataba de una mañana soleada, de temperatura agradable. Prefirió salir a pasear por el campo con el chucho sin nombre. Al poco rato descubrió que no estaba tan viejo: se le adelantaba en el paso. De pronto, le apeteció comenzar a correr junto al chucho. Riendo. El perro comenzó a ladrar de felicidad. Y García a imitarlo. García ladraba. El perro, reía. Se sentían vivos. Quizás porque ambos se habían olvidado de tomar, por la noche, la medicación que siempre tomaban para dormir: que les anulaba. Ninguno la necesitó. Tampoco la que tomaban por las mañanas. Se sentían formidables.

Al regresar, tras una ducha, García decidió comenzar a escribir esa novela que siempre le rondaba por la mente. Tenía una idea buenísima en la que nunca se había atrevido ponerse a trabajar. Esa idea se le aparecía cada día, pero la mataba con sus pensamientos de subhumano. No obstante, esa mañana sentía demasiada fuerza: se sentó frente a su portátil, comenzó a teclear, imparable. Cuando terminó de escribir el borrador de la página 25 supo que nunca regresaría a su trabajo, a su hogar, ni con su esposa ni con sus hijos. Se quedaría con ese perro, al que llamaría Libertad.

García miró al chucho, entendió porqué había ido a buscarlo hasta la perrera. Necesitaba que le ayudara a abandonar la vida que le castraba. El chucho asintió con la cabeza, como si pudiera entenderlo.

Unos meses después, se acordó el divorcio. Su esposa, se quedó con la cara casa de la ciudad. García, con la destartalada casa de campo. Cada mañana, salía con Libertad a correr. Cada vez más cerca, fundiéndose en un sólo ser. Una de esas mañanas regresaron del paseo convertidos en un ser mitad perro, mitad hombre.

Perro García.

Perro García.

La gente se asustaba al verlo. Pero ellos sabían que se habían transformado en un ser fabuloso y único. Quizás el primero de la historia. Meaban por los alrededores. Las mujeres olían esos meados e, inexplicablemente, iban hasta su casa, siguiendo el rastro. Sus orines olían a libertad, a flores de sexo. Entraban en la casa y follaban con un animal. Felices.

Perro García también era feliz. Tres meses después, terminó la novela. Cien por cien seguro que se convertiría en un superéxito. Pero a Perro García le asaltaron dudas: jamás sabría si sería un éxito por la calidad de su contenido o por ser el primer hombre perro de la historia de la humanidad que, además, escribía una novela.

—¡Perro qué más da! —le gritó su padre desde el más allá— ¡Tampoco antes, en tu vida, había lógica o justicia! ¡No pasa nada porque disfrutes de la vida! ¡Publícala y hazte rico!

Esa misma noche, los hombres del pueblo, hartos de que sus mujeres les engañaran con Perro García, decidieron quemar la casa de campo en la que vivía, con él dentro. Trancaron por fuera sus puertas, ventanas y la rociaron con gasolina. Perro García murió entre gritos de dolor, mientras su fantasmal padre, a su lado, le gritaba:

—¡No pasa nada, hijo! ¡No pasa nada! ¡Enseguida llegas a mi plano y te sentirás de puta madre! ¡Aguanta! ¡Aguanta! ¡Morirás dentro de un minuto! ¡No tengas miedo! ¡En esta dimensión ese dolor te abandonará!

En cuanto murió, Perro García salió fuera de la casa, fantasmal. Allí lo esperaba su difunto padre, emocionado.

—Ven a mis brazos —le gimió mientras los hombres del pueblo, celebraban haberse librado de Perro García.

No lo soportaban. Era demasiado diferente, brillante y sexual. No podían compararse con él.

Cuando una fuerza como Perro García abandona la Tierra siempre deja tras de sí sus semillas. Porque la Tierra sin pasión, sería pasto para los subhumanos. Los hombres del pueblo, al regresar a sus casas, descubrieron que a todas sus mujeres se les había inflado el estómago. Instantáneamente, al mismo tiempo que Perro García moría. Cada una parió esa misma madrugada: a un cachorrillo perro-humano del que se enamoraron locamente: como antes se habían enamorado de Perro García.

A pesar de los gritos de locura, indignación y dolor de sus maridos, ninguna mujer quiso deshacerse de su cachorrillo. Sí de sus maridos a los que, sin dudar, asesinaron (por la espalda, envenenados, golpeados con piedras) por miedo a que ellos mataran a sus crías, como habían hecho horas antes con Perro García.

Y a ese pueblo llegué caminando hoy, casi por casualidad. Con mi perra, Anais Nin, que se volvió hacía mí antes de adentrarme en sus límites. Anais me habló por primera vez en su vida:

—No pases por ahí, Rafa —me dijo (por supuesto me asusté mucho cuando me habló)—. Las mujeres de ese pueblo podrían matarte. Voy a contarte por qué.

El pueblo.

El pueblo.

Anais Nin me contó la historía que os acabo de escribir (con gran maestría). Me contó porqué en ese pueblo, que en apariencia parece abandonado, no había hombres. Es verdad, sólo vi a mujeres felices con sus cachorrillos humanos: todos se llaman García. A todos les gusta escribir. No sé cómo seguirá la historia. Veremos qué pasa cuando crezcan, comiencen a orinar magia y las mujeres de los pueblos cercanos vengan a disfrutarlos, enamoradas.

La mezcla de animal y literatura, tiene mucha fuerza.

Ahora estoy solo en casa, con Anais.

Ya no me habla.

Pero sé que puede hablar.

Ella sabe que lo sé.

¿Por qué no me habla entonces?

¿Qué está pasando?

Anain Nin y yo… ¿Por qué no me habla ahora?

Anain Nin y yo… ¿Por qué no me habla ahora?

No, que me enamoro
Mi Anais Niin.

Mi Anais Niin.

Hablo poco de mi perra Anais Niin porque a sus 14 años ya debería de estar muerta y el día que muera no os quiero meter mucha pena dentro. Dos veces le han diagnosticado cáncer: pero ella se ríe del cáncer y sigue con todo su pelaje, cariñosa, joven, comiendo manzanas, obligándome a que salga de casa cada día, para que no nos perdamos la luz del sol y me esconda bajo el edredón, hundido. Me hace tener un horario e impide que me vaya a vivir con cualquiera.

Por la noche me abrazo a ella, cierro los ojos.

Al día siguiente abro los ojos. Sigo abrazado a ella.

Somos felices.

Es la compañera ideal para un escritor. Cuando me siento a escribir deja de darme el coñazo para que la atienda y juegue con ella: se acuesta cerca y dice:

—“Misión cumplida. Por fin he conseguido que siente su culo y se ponga a escribir”.

Hoy me apetecía ir al Mercadona a comprarle chucherías y a comprar alguna cosa que yo necesitaba. Pero este mes estoy muy justo de dinero y hasta que me entre dinero en la cuenta no debo gastar para así poder hacer frente al alquiler, las facturas de la luz, etc.

—A ver si me echas una mano, “Rey del Cosmos” —musité.

Bajé a Anais a dar el paseo y dicho y hecho. En el buzón me esperaba un giro postal de Correos. 30 euros. Justo hoy me habían dado la razón por una reclamación que les metí en navidades.

—En qué mágico mundo vivimos —pienso.

50796966_617660362001627_1918306155885494272_n.jpg

Mientras Anais daba el paseo por el parque, se me acercó un chico. De unos 23 años. Con algunos kilos de más. Malas pintas: pantalón de chandal y camiseta roñosa de manga larga: demasiado desabrigado para la época en la que estamos:

—¿Qué tal? —me dijo.

—Aquí. Fluyendo con la vida.

Me puse alerta pero sin que se me notara: dispuesto a darle un puñetazo o un abrazo. Lo que necesitara el desconocido. No sabía si me iba a atracar, pedir unos euros o una mamada. Quedé atento hasta que fui entendiendo de qué iba. No había más que mirar su cara hinchada por el flipe del hachís. O estaba colocado y se había acercado pensando que yo era un unicornio, o me quería vender un poco de lo que se metía.

—¿De dónde eres? —le pregunté—. Pareces argentino.

—¿Argentino? ¡Ja, ja, ja! Soy de aquí.

—Pues tienes alma de argentino. En serio.

El drogado empezó a mirarme como si yo fuera el drogado. Aunque lo que digo es absolutamente factible. No porque venda drogas. He conocido a muchos argentinos y este camello tenía algo de la tranquilidad argentina flotando a su alrededor.

—¿Y tú? —me preguntó.

—Soy canario.

—Entonces fumas —me ofreció su porro—. Todos los canarios fuman.

Dije que no a su ofrecimiento, con la mano.

—Sí que fumo. Bueno, llevo 8 años sin fumar. Cada día que me levanto me apetece un montón. Antes estaba superenganchado. Me apeteció volver cuando me divorcié pero como no tengo camello.

—Pues yo soy camello —me dice— Hoy es tu día de suerte.

Saca unos sobres con hachís.

—A mí lo que me gustaba muchísimo es la maría —le explico.

—¿No quieres pillar algo de esto hasta que te la consiga?

Pienso. Me apetece un huevo fumar desde hace años. Cuando fumo, me convierto en un máquina de sexo. Pero ahora no tengo a nadie con quien follar. La chica de Francia y yo estamos distanciados. Ella quiere que sea su amante. Yo paso de ser el amante de la amante. Busco casarme, tener hijos. No estar distrayéndome con jueguecitos. No creo que nos volvamos a ver. Por otro lado, miro la cara del camello: hinchada, hecho mierda. Mi aspecto, hoy por hoy, es super saludable. Peso ideal, cabello bien peinado, cara de lo que soy: un ángel en la Tierra haciendo penitencia. Salvo una cerveza con limón cuando quedo con alguien y una tableta de chocolate con dulce de leche a la semana, en mi cuerpo sólo entran cosas sanas. No me apetece nada volver para atrás. Estropearme ni un poquito. Volver a ser un tontito. Tampoco quiero colaborar para que metan a ese chico en la cárcel. Tarde o temprano, todos los que venden droga en la calle, les pilla la poli. Lo vi demasiadas veces cuando trabajaba en la discoteca. No se salva ni uno. Y este chico, lleva escrito en la frente su futuro: “en unos meses estaré en la cárcel y, a partir de ahí, comienza mi carrera criminal hasta convertirme a los 40 años en un violador”.

—No. Pero si un día te veo por aquí y me apetece, yo me acerco.

—Si quieres, me das tu teléfono y…

—No. No. Que la ley de protección de datos lo prohibe.

Marcho con Anais a Correos. Cobro el giro postal. Me voy al Mercadona. Compro todo lo que nos hacía falta. Cuando voy a pagar, me fijo en la cajera.

micompra.jpg

Está embarazada. Está guapísima. La miro lo permitido. Sin incomodarla. Qué ganas de abrazarla y cuidarla. Qué afortunada es con esa tripita. Como brilla. Mientras meto mi compra en la bolsa, le hablo:

—¿Te molesta que te pregunte para cuándo lo esperas?

Ella sonríe. Se le ilumina la cara de ilusión. Se nota que es un bebé superdeseado y que ella está super feliz de estar embarazada.

—Para abril.

—Muchas felicidades.

—Gracias. Parece mucho tiempo…

—…pero es ya dentro de nada.

—Sí. Y aún no tengo preparada ni su habitación.

—Pero ya tiene preparada a la madre maravillosa.

Sonríe, encantada. Dejo de hablar con ella no sea que me enamore. Pago, me voy. Si me sobrara dinero, le daría un sobre con 3.000 euros para ayudarla con lo de la habitación y gastos. Luego saldría corriendo. Cómo me encantaría tener una compañera de vida como ella. Qué afortunado el hombre que la acompaña. Es muy difícil que yo pueda tener hijos. Por una cosa que me pasa, a veces, en los testículos. En 8 años con mi ex esposa, jamás la dejé embarazada. El Rey del Cosmos me diseñó para que las mujeres pudieran disfrutar conmigo, llenarles el coño de leche, hacerlas correrse mil veces pero sin que pueda dejarlas embarazadas.

Regreso a casa, con Anais.

Deja un comentario si quieres

si usted.jpg