Un mes vegano
Este super modelo soy yo.

Este super modelo soy yo.

Empezaré por el dato que más interesará a los que andan en dieta eterna (como yo). He adelgazado 5 kilos en 3 semanas sin esfuerzo. Por fin estoy en mi peso ideal. Antes, para adelgazar 5 kilos, me tenía que pegar un machaque físico increíble durante un mes. Que si running, que si pesas, natación, horas de deporte y, como premio, comida insípida. Pilla sólo comida vegana y verás que vas a empezar a adelgazar rápidamente.

No es comida aburrida. Cada día como hamburguesas que imitan la carne a base de proteína de guisantes o qué se yo. Pollo hecho con lentejas. Tortilla sin huevos. Arroz caldoso a la mar, sin pescado o marisco. Salchichas que no son salchichas. Picadillo sin picadillo. Pizzas a la barbacoa. Chorizo a la sidra en el que no hay ni rastro de chorizo. Pasta. Mayonesa. Me alimento como si fuera un vivalavirgen pero todo lo que como es de origen vegetal. Buscad un restaurante o bar vegano en vuestra ciudad. O aprended a cocinar esa comida si queréis. Además es super barata. Si tienes más de 40 años, como yo, sabes que tienes que cuidarte, que todo lo que comes te engorda cantidad y que le pasa factura a tu corazón. Vivir la experiencia de un infarto no debe ser una experiencia agradable. Hace mucho que había dejado toda la comida “bestia”. Con el veganismo, toda esa comida ha vuelto a mi vida. Pero me adelgaza, me estoy librando de toda mi grasa sobrante y no pongo en peligro mi vida. Es como un sueño hecho realidad. Me levanto de la mesa, super saciado, como si me hubiera ido a celebrar mi cumpleaños en un VIPS, con mis amigos: pero sin sentirme hinchado y pesado como un cerdo. Me siento más ligero pero, a la vez, más fuerte.

La hamburguesa que comí ayer.

La hamburguesa que comí ayer.

Sí. Es cierto. Si te haces vegano has de tomar algunos complementos vitamínicos... ok. Si ese es el precio para dejar de usar a los animales como mercancía, hacerlos sufrir, acepto esa sencilla condena... os lo dice una persona que hace 4 años criaba pollos para el autoconsumo. Les daba una vida de puta madre: vivían al aíre libre, sueltos en un jardín, entre gallinas, con toda la hierba que deseaban. Era un Edén para ellos. Pero luego tocaba matarlos. Eso era horroroso. La noche antes de hacerlo dormía fatal, solía tener pesadillas. Al día siguiente los mataba enseguida, de un hachazo en el cuello. Era una absoluta mierda. Se me revolvía el estómago. Siempre sentí que no tenía el derecho a matarlos. Siempre sentí que estaba haciendo algo que estaba mal. Por mucho que intenté normalizarlo y mentirme. Si miras a los ojos de un animal, sabes que comérselos es de asesinos. De prehistóricos. He decidido no contribuir a tratarlos como mercancía. A dejarlos en paz. Y, el premio, a cambio es que me siento de puta madre por dentro y por fuera.

No deseo convenceros. Señalaros. Decir que soy mejor que vosotros. Sería ridículo. Vosotros comed lo que os salga de los huevos. Sólo os recomiendo que probéis un tiempo porque os vais a sentir mucho mejor y, si no conocéis esa comida, os estáis perdiendo algo grande y que quizás sea la solución a algunos de vuestros problemas. Antes, mi comida preferida era la italiana. Ahora, es la vegana.

Mis ex gallinas con mis libros y mis gatos.

Mis ex gallinas con mis libros y mis gatos.

La chica tarta (2 y final)
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En el coche, rumbo a Bilbao, con la chica tarta, todo va maravillosamente bien: me cuenta una cosa de su infancia que me conecta con ella:

—Cuando era pequeñita —me dice— y estaba triste, me animaba pensando “que de aquí a unas semanas, en los 40 Principales, iba a sonar una canción que iba a ser un temazo y que me iba a ser super feliz”. Y así era siempre. Aparecía una canción que me daba la vida.

Noto que le molo mucho... ¿Y si es la chica de mi vida? Soy un yonki del amor. No me enamoro enseguida, pero finjo, me miento, quiero enamorarme enseguida. El amor es la mejor droga del mundo. La busco siempre. Es la única razón por la que no me suicidé. No sé por qué, pero las mujeres, al principio, nada más conocerme, se ilusionan conmigo mogollón, superpronto, les encanto y les “pone” lo que escribo. Enseguida se ponen a planear bodas y a querer tener hijos conmigo. ¡Es genial sentirme tan amado! Les sigo el juego: me voy a vivir a sus nubes, sin dudar. Disfruto, con sinceridad, del amor, del placer, de la ilusión si se les retrasa la regla, de sus planes. Hasta que luego, su entorno lee los adelantos de algunos de mis libros, como paletos confunden la ficción con la realidad, comienzan a hablarles mal de mí, a sembrarles dudas: a decirles que está mal que escriba sobre ellas: empiezan a verme como un monstruo (cuando siempre me comporto como un caballero), a desconfiar de mí, cuando lo único malo que he hecho en mi vida es tratar de enamorarme de ellas, hacer real lo que planean, expresar mis sentimientos y escribir los libros más terribles del mundo. Algunas veces deseo no haberlos escrito.

La chica tarta es dietista. Tiene una consulta online. Dice que le va bien, por el coche que tiene me lo creo. Está separada, sin hijos, desde hace dos años:

—¿Y por qué no os divorciáis? —le pregunto.

—Ninguno de los dos tenemos prisa.

—Pero ya han pasado dos años... ¿Vais a volver?

—No...

—Si no os habéis divorciado, será por algo.

—Cuando se lo dije, que quería divorciarme, intentó tirarse por la ventana.

—¿En serio?

—Sí. Lo tuve que agarrar yo misma. No sé de dónde saqué la fuerza… Luego, el disgusto se le pasó. Pero no sé. Estamos bien así. Seguimos siendo amigos. No me atrevo a volver a sacar el tema. Además, él tiene novia y todo.

—¿Y por qué lo dejaste?

—Dejé de desearlo sexualmente.

—¿Por qué?

—No sé. Era sentirlo cerca de mí, con ganas, y que me entraran ganas de salir corriendo. Te juro que, cuando se me acercaba, hasta me parecía escuchar de fondo el tema central de la película Tiburón.

—Qué triste.

—Sí.

—¿Pero dejaste de desearlo por algo?

—No. No lo sé.

—Yo creo que los matrimonios terminan porque alguien decepciona mucho al otro. Tanto, y tan profundamente, que es imposible seguir caminando juntos. Sin asco y pena. Es como una alta traición. Algo te hizo, descubriste o viste que te hizo dejar de querer caminar a su lado…

—Quizás... ¿y tú por qué te divorciaste?

Decido inventar una historia, mentir: primero, porque ella no ha sido sincera conmigo… algo pasó en su matrimonio que lo reventó: a ver si más adelante consigo que me lo cuente… segundo, es una mentira piadosa hacia mí mismo: estoy cansado de contar, chica a chica que me follo, la verdaderas razones: que me ponen triste: no me apetece contarlo una vez más. O quizás sólo quiero mentir porque soy escritor y mi cabeza me invita a fantasear, a reírme de la vida y de lo que realmente pasó.

—Es que si te lo cuento, no me vas a creer —empiezo.

—Joer. ¿Es algo muy duro?

—Muchísimo —contesto aún sin saber qué voy a inventar.

—Claro que te voy a creer.

—Ok. Pues allá va —le digo mirándole fijamente... aún no sé qué me voy a inventar.

—¿Por qué no me lo cuentas?

Surge la idea. Recuerdo un artículo que leí en un periódico, hace unos días.

—Me divorcié porque trató de convencerme de comernos a mi perra.

—¡Anda! ¡Tú me estás tomando el pelo!

—De verdad que se la quería comer. Ella nació en Yulin, una ciudad de China. Allí comen perros.

—¿Pero me lo estás diciendo en serio? ¿Te estás quedando conmigo? ¿Tu ex esposa era China?

—Sí. Desde que la conocí miraba a mi perra super raro. Al principio pensaba que quizás estaba celosa de ella. Un día va y me suelta que en Yulin no paraba de comer carne de perro, que le encantaba, que lo echa mogollón de menos. Cuando me contó eso, ya empezó a tirarme para atrás. Pero cuando empezó a darme la tabarra, día sí y día también, con el rollo de que nos la comiéramos...

—¿Y qué te decía?

—Me decía que mi perra ya estaba vieja y que era mejor que nos la comiéramos nosotros que los gusanos. Que ella la cocinaría super bien.

—¿Y cómo la conociste?

—¿A ella? En un restaurante chino —contesto.

—¿Era camarera?

—No. Estaba allí como cliente.

—¿Comiendo perro?

—Pues no sé... Ya sabes como son los restaurantes chinos.

Ella asiente con la cabeza. Se crea un largo silencio. Empieza a entrarme sueño. Son las 2 de la madrugada. Miro en el GPS de su teléfono que aún falta una hora y media para llegar a su casa. Se me cierran los ojos. Ella dice:

—Yo no podría tener una relación con alguien que come perros.

Ignoro su comentario. Sigo con los ojos cerrados.

—Oye, no te duermas —me ordena con mala leche.

Abro los ojos.

—Tengo mucho sueño —le explico.

—Pues no te duermas.

—Si me dejas dormir ahora, luego estaré más descansado en la cama y te lo haré mejor.

—Estoy tan cansada de conducir que el polvo lo vamos a tener que dejar para cuando nos despertemos.

He aprendido que, si a una tía que le gustas no le muestras demasiado interés sexual, como que te da igual follártela o no, se pican y ellas mismas terminan buscando el polvo que tú quieres. Así que le digo:

—A mí me da igual follar o no. Ya te dije en el bar que con hablar un rato contigo, me daba por satisfecho.

—¿En serio?

—Totalmente. Voy a cerrar los ojos y dormirme. Si no te gusta, puedes abrir la puerta del coche y tirarme de él en marcha.

Inmediatamente, el coche se llena de energía sexual. Siento la electricidad que sale de ella. Cinco minutos después me pide que me saque la polla.

—¿Me dejas vértela? —pregunta.

Me gusta el plan.

—Si me dejas tocarte las tetas, sí. No me gusta enseñar mi polla en reposo.

—¿Por qué?

—Porque es muy bonita cuando se me pone grande.

—Pero estoy conduciendo.

Le toco las tetas mientras conduce. Le gusta, se ríe, nerviosa. Le meto la mano por dentro del sujetador. Le toco el coño: meto mi mano por debajo de su falda, le aparto las bragas, está muy mojada.

—Cabrón... para —me dice.

Mi polla despierta. Se la enseño. Cuando me la ve, tiesa, no sé si le parece chica o fea. Es mi eterna duda. Sé que mi polla no es impresionante. Mide 17 cm. Sé que por ahí hay millones de pollas mucho más grandes que la mía. Si ha dado con mayoría de tíos mejor dotados, mi polla le parecerá una mierda y se reirá de mí y me mirará con desprecio. Me encantaría que todos los tíos con una polla más larga que la mía murieran. Decido descubrir si le gusto mucho o poco:

—Quiero que te la metas en la boca.

—¿En serio?

—Sí.

—Estoy conduciendo.

—Pues para. Ahí.

—¿Ysi nos ven?

—Es de noche. No hay nadie.

Paramos en un descampado. En cuanto se quita el cinturón, le como las tetas. Ella me la agarra, me masturba, se la mete en la boca, tras escupir sobre ella. Le aparto el cabello para ver qué preciosa es con mi polla en su boca:

—Eres preciosa... ¿Te la meto?

—No. Quiero chupártela.

Estoy a punto de correrme. Se lo digo. Sigue chupándomela. Se lo repito porque, algunas veces, las chicas están tan excitadas conmigo, que se quedan sordas. Me ha pasado varias veces: les aviso que me voy a correr dentro y siguen. Luego, cuando me corro, aseguran que no me habían escuchado. Por fortuna, ninguna se me he enfadado por correrme dentro. Sinceramente, creo que sí que me escuchan, pero están tan cachondas, que quieren que me corra dentro. Luego, recapacitan y sueltan la excusa de la sordera.

Me corro dentro de su boca. Lo acoge todo en su boca, espera a que termine de eyacular del todo, luego lo escupe, fuera del coche, por la ventanilla. Me pone triste:

—¿Por qué lo escupes? —le pregunto.

—Se dice que es de putillas, tragárselo.

—Pues eres la primera chica de mi vida que lo escupe y no se lo traga. Y yo jamás he estado con putillas.

—¿Todas se lo han tragado?

—Sí.

—¿Te molesta que yo no me lo haya tragado?

—La verdad es que lo he sentido como una falta de respeto.

—¿En serio?

—Sí. Como que me desprecias. Pero vamos, que por supuesto, es tu decisión.

Hablamos un rato. No sé por qué empezamos a hablar del “Un, dos, tres”. Ese programa de los 80. Lo guay de estar con gente de tu edad y nacionalidad es que puedes hablar en un idioma que otras edades y nacionalidades no entienden:

—¿Nos alabamos? –le pregunto.

—Nos alabavenimos —responde.

Arranca su Porsche. De pronto, su teléfono, que tiene el GPS  abierto, se cae hacia mis pies.

—¡Ay! ¡Cógelo! ¡Rápido! –grita muy, muy nerviosa.

Tan nerviosa que me pone super nervioso a mí. Agarro su teléfono, torpe, se me cae de las manos.

—¡No! ¡No! —gime asustada.

—¿Qué te pasa?

—¡Pon el GPS del teléfono, por favor!

Comienza a llorar. Encuentro el teléfono. Lo pongo en su sitio: la pantalla de Google se ha cerrado.

—¡No! ¡No! ¡No! —gime— ¡No! ¡Pon la pantalla!

Me mira muy decepcionada. Como si le hubiera fallado, traicionado. Sigue llorando. 

—¡Pon el GPS del teléfono, por favor! —grita, fuera de sí.

Lo consigo. No he tardado más de 30 segundos. Pero en estos 30 segundos he decidido que ya no quiero estar con ella ni un minuto más. Si se pone tan nerviosa, le angustia tanto una chorrada así... ¿Cómo será cuando nos tengamos que enfrentar juntos a un problema de verdad? Además: odio a las chicas que gritan.

Se crea un silencio incómodo. Ninguno de los dos lo rompe.

Al rato, nos detenemos en una gasolinera. Son las 3 de la mañana. Estamos ya en Bilbao. Es mi oportunidad. Ella sale a pagar al minimarket... cuando llega al interior, a la caja, yo también salgo del coche: corro: en dirección a la oscuridad de la noche.

En la oscuridad me envuelvo, me hago invisible, desaparezco. Ella llega al coche, me busca, grita mi nombre… la veo desde un lugar desde el que ella no me ve: espera un rato, habla con los empleados, me busca por los baños, por la sección de chocolate del minimarket… finalmente monta en su coche y se va: pienso que qué rara es la vida: yo huyo de una chica por la que otro se suicidaría.

Busco en Google un lugar en el que quedarme. Duermo en un hostal (40 euros).

A la mañana siguiente, regreso a Gijón en un Blablacar (35 euros).

Hago cálculos: la mamada me ha costado 75 euros.

—“Me lo tengo que montar mejor” —pienso.

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La chica tarta
SAN LORENZO GIJON.jpg

Camino por el paseo de la playa de San Lorenzo. Estoy con Anais, mi perra. Una mano toca la parte de atrás de mi espalda. Son una pareja de lectores. Me incomodo un poco. Es duro enfrentarme a la mirada de las personas que me conocieron cuando vivía en Paredes, un pueblo de Asturias, hace años, cuando estaba felizmente casado. A veces, me siento mala persona por haber dejado esa vida, por no haber seguido “aguantando”, como hace casi todo el mundo. Normalmente estoy seguro de haber hecho lo correcto... sin embargo, la duda, la tristeza y el dolor, siempre aparece cuando menos lo espero: es como un ladrón con navaja que te la clava en una esquina sin siquiera darte una oportunidad, sin siquiera amenazarte primero, no lo viste ni venir y te deja temblando en el suelo, desangrándote, mientras se larga con lo que, orgulloso, llevabas en la cartera: tu estabilidad mental. La pareja de lectores siguen juntos, no lo han dejado, me sonríen, felices:

—¡Te reconocimos por Anais! —me dicen—. ¡Has cambiado mucho!

—Más viejo, claro.

—Qué va. Más joven y flaco. Pareces un treintañero. ¿Cómo has adelgazado tanto?

Les contesto la verdad: cerrar la puta boca, hacerme vegano al 90% y pegarme una hora de deporte al día sí o sí.

Hablamos un rato más, me despido y seguimos caminando. Me encuentro con otro lector. También lo conocí en Asturias. También cuando yo estaba felizmente casado. También nos visitó en el hogar feliz que explotó. Esto es terrible: hoy recibo navajazo tras navajazo. Me dice lo mismo: que qué flaco y qué joven. 

—Cuando leí que te habías divorciado, no me lo creí. Os vi juntos. Y esa unión parecía que era perfecta y para siempre —dice.

Me entran ganas de llorar. Me aguanto. El lector me cuenta que ha tenido un hija hace dos años. Con la mujer con la que le conocí en su momento. Tampoco lo han dejado. En Asturias todo el mundo ha seguido adelante, a pesar de las dificultades. Está super feliz. Dice que cuando tuvo a su niña en brazos comprendió que eso era lo mejor de la vida. No para de enseñarme fotos y videos de su hija, en su móvil. Yo jamás tendré un hijo. Soy viejo y no me gustan las jovencitas: no me voy a dedicar a fecundarlas. Me gustan las cuarentonas.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —me pregunta.

—Emborracharme –contesto sin dudar.

…..

Estoy en un bar irlandés, escribiendo. He pedido un par de cervezas, un café con whisky o qué se yo qué tiene esto. El alcohol me ha subido con rapidez a la cabeza: no estoy acostumbrado a beber. Ya no sé ni lo que estoy escribiendo. Una chica va al baño, pasa por delante de mi mesa: me mira mal. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Me conoce por el blog? ¿Me ha mirado mal por algo que ha leído? A veces, la gente se enfada por lo que escribo en el blog: me condenan según lo que interpretan a raíz de sus experiencias pasadas, reflejando sus propias limitaciones mentales, miedos y carencias emocionales. ¿Qué culpa tengo yo de tratar de capturar vida en mis escritos? ¿O de pensar? ¿Acaso yo he inventado las mierdas de la vida? ¿O me ha mirado mal porque se me ha escapado mi mirada a sus tetas durante un microsegundo? Me apetece entrarle.

Es su culpa. 

Está buena, me gustan sus ojos, sus tetas. Cruje de lo buena que está.

Me encantaría abrazarla, charlar con ella en la cama hasta conocerla bien. Ir directamente a la cama, desnudos por completo, a conocernos. Nada de hablar primero en el bar o paseando. Eso es de maricones o propio de la E.G.B. Entonces, en la cama, agarrarla de pronto, en mitad de la conversación, meterme sus tetas dentro de mi boca, sujetarle el culo mientras se la meto. Que se ponga sobre mí. Que se mueva con ganas, tragando mi polla con su coño, hasta el fondo, como si tuviera una boca allí, mandando ella. Que me haga correrme tras escuchar, en mi oído, como gime, como se corre primero ella. Quiero sentir sus espasmos de placer sobre mi pubis. Mirarnos, asombrados, tras el orgasmo.

Los orgasmos, siempre me asombran. Siempre que me corro es como si fuera por primera vez.

Dormir y, al día siguiente, despertarnos juntos.

Ella, por fuera, es como una tarta. Quiero rellenarla, por dentro, con la mejor nata del mundo.

Mis huevos han empezado a batirla.

Quiero ir hasta su mesa y decirle que es una chica tarta. Que tengo nata fresca para ella. Quiero decirle guarradas. Estoy super salido.

No debo. Se asustará o llamará a la policía. 

Me mudé a Gijón por una historia de amor que al final me estalló en la cara. Por ahora, me estoy  quedando en casa de un lector. Hoy tengo ganas de follar. He decidido que no voy a masturbarme nunca más. De mis 45 años llevaré unos 32 años masturbándome. El resto de lo que me queda de vida me lo voy a pasar follando o nada. O me pongo sobre una tía que se abra de piernas, me reciba con gusto, que me abrace, me bese y quiera que me corra dentro de ella o nada de nada. Adiós a las pajas. Les he dicho adiós a las pajas para siempre. La última paja me la hice en Requena, Valencia. El día 2 de junio de 2019. RIP.

—Me gustaría hablar un rato contigo —le digo.

Todas sus amigas me miran. He ido hasta la mesa en la que todas están sentadas. Me llené de valor recordando lo que me aseguraron hoy mis lectores: soy joven y delgado.

—¿Por qué? —me pregunta, con cara chunga.

—Me apetecería conocerte.

—¿Estás salido?

—Sí. Mucho. Pero con hablar un rato contigo tengo para seguir viviendo.

—No. Gracias.

—Ok. Si cambias de opinión o quieres fumar un piti ahí fuera me avisas. Estaré en esa mesa, escribiendo sobre ti.

—¿Sobre mí?

—Sí.

Me voy. Las chicas miran como marcho. La barman, tras la barra, también, alerta por si las molesto más. No voy a volver a mirarlas. No soy ni un obsesivo ni un puto chalado. Abro un documento en blanco en mi iPad Pro, comienzo a teclear. Al rato, ella y una de sus amigas se acercan a mi mesa.

—¿Qué escribes? —me pregunta.

—Sólo me ha dado tiempo de escribir hasta aquí.

Giro mi tablet. Le ofrezco leer el texto que tú acabas de leer.

La chica tarta y su amiga lo leen.

—¿Chica tarta? —pregunta con una sonrisa.

—Sí.

Las dos ríen. El resto de sus amigas se aproximan a la mesa. También leen el texto que tú acabas de leer.

—¿Eres escritor?

—Sí. Bueno. Últimamente no estoy vendiendo ni una puta novela. Pero sé que es la calma que precede la tempestad. Siento que algo grande va a pasar pronto.

La chica tarta me mira.

—Te miré mal porque me miraste las tetas. No te cortaste nada.

—Es porque las tienes perfectas. 

—Eres un guarro.

—No. Si te encantaran los coches y vieras un cochazo por la calle tú tampoco podrías evitar míralo un segundo con ganas de subirte, que fuera tuyo. Además, han pasado más chicas por delante de mi mesa y sólo te he mirado a ti.

—¿De verdad que quieres dormir conmigo y hacerme todas esas cosas?

—Sí.

—Pues te vas a quedar con las ganas. Vivo en Bilbao. Salgo ahora. He venido a pasar unos días con mis amigas. Unos días que ya acabaron.

—¿Cómo vas hasta allí? —le pregunto—. ¿En tu coche?

—Sí.

—¿Me llevas?

—¿Vendrías?

—Si es a tu casa, por supuesto.

—¿Estás loco?

—Loco estaría si no me subiera a tu coche.

La chica me mira con sus preciosos ojos azules.

—Vale —accede—. Tú y yo lo vamos a pasar muy bien.

Me subo a su coche, nos vamos a Bilbao. Ella conduce a 120, pone buena música, disfruto de su sonrisa y charla, pienso que esta noche le he ganado la partida al Dios de los Días de Mierda. He sido yo el que lo ha esperado en una esquina, le ha clavado la navaja sin avisar y lo he dejado medio muerto: marchándome con el botín.

Poso mi mano sobre el muslo de la chica tarta.

La chica tarta recibe mi mano con placer, sonríe.

—“Todo está bien, Rafa” —pienso—. “Todo está bien”.

—“No” —me replico– “Todo va fatal”.

—“Que no. Que estás haciendo bien”.

—“Que no”.

—“Que sí”.

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¡Viviendo en Gijón!
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Como os conté en el post anterior, he dejado Requena (que para mí ha sido como vivir en un hospital en el que he estado restableciéndome) y me he marchado a Gijón. En principio, iba a irme a vivir con una chica pero al final, mejor no, y ahora vivo solo.

Hay dos tipos de personas: los que van a algún lado y los que no van a ninguno, afirman en una de mis canciones preferidas. Finalmente, me he dado cuenta, de que pertenezco al segundo grupo. No tengo “hogar”. Me veo el resto de mi vida vagando por España, con mis libros a cuestas. Por cosas que me pasaron en la infancia desprecié a mi familia y seguí mi camino solo. De adulto, todas mis relaciones amorosas han terminado: en cuanto he dejado de sentirme querido he tomado la puerta pues, la única razón por la que puedo soportar la vida de “casado” es por amor. Si no hay amor, prefiero estar solo. El amor, quizás sea una quimera, pero es lo único que me interesa. A la mierda el oro y la fama. El amor es mi droga, mi meta. Quizás ese sentimiento sea una ilusión, o algo que no perdura para siempre, pero prefiero vivir buscando esa ilusión, viviendo en la pasión, que conformarme con una vida mediocre y reprimida.

O quizás yo no merezca que me amen… Y ya me da igual. Lo he aceptado y me descojono del infierno. Aprovecho los momentos buenos y listo.

Gijón me flipa. Vivo cerca de la playa, que me recuerda (salvo por el frío del agua) a mis Las Canteras, de mi Gran Canaria natal. Cada día me la recorro un par de veces, con Anaïs.

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Ella se ha adaptado genial al cambio. Cuando alguien me dijo por Facebook que Gijón era una ciudad en la que los perros son muy bienvenidos, pensé que exageraba. No es así. Puedo entrar en casi todos los comercios con ella y la gente no para de sonreírla por la calle, pararme para preguntarme por ella. Aquí casi todo el mundo tiene un perro. Esto esta lleno de perros felices. Me paso el día con ella.

Más adelante, volveré al campo porque vivir en la naturaleza es la segunda cosa que más me flipa. Pero este año y quizás el próximo, Gijón centro, será mi base de operaciones. Asturias me da paz, la gente me cae genial, siento que encajo, el clima me maravilla y, en esta “tierrina”, siempre tengo ganas de escribir.

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Vuelvo el 1 de julio y me pongo al día con todas mis promesas.

Amigos:

Desde que me separé y luego me divorcié, no he sido yo. Lo sabéis bien. Como buen escritor, soy un tipo muy sensible y el fracaso de mi matrimonio, al que me entregué al completo, me pasó una factura anímica muy, muy grande. Me destrozó. En 7 años casado, publiqué 8 libros. En los dos últimos años, ni uno. Y eso que escribir es lo que más me gustaba hacer del mundo.

Algo se rompió dentro de mí. Escribir dejó de tener sentido.

He estado tratando de resurgir, de volver a ser yo… sin éxito. Lo he intentado hasta la desesperación. De todas las maneras que se me ocurrieron. Incluso volviendo a ser Sigmundo, como tanto me pedistéis. Probé, no me sentó nada bien. Comprendí que necesitaba ayuda urgente. Y me ayudasteis lo que pudistéis. Pero hasta que reapareció Peter en mi vida, no empecé a levantar cabeza de verdad. Él me dio seguridad y un cariño de amigo que me hizo ponerme de píe. Y ahora… ha aparecido ella. Julia.

Empezamos a hablar hace un mes y medio. La cosa fue creciendo más y más… hasta que no pude resistirme a tomar un avión e ir a conocerla en persona. Nunca olvidaré la primera vez que, cara a cara, la vi. Se bajó de su cochazo, un Audi inmenso, raspado por los lados. Llegó tarde al aeropuerto, por mi culpa (le dije mal la hora). Cuando se enteró de mi error, voló por la autopista. Al verme, esperándola en la parada del autobús, frenó en seco. Salió del coche y tuve la sensación de que, de pronto, yo formaba parte de una película de Tarantino o de una serie de detectives de los años 70, tipo Starsky y Hutch. Del coche, vi salir a una rubiaka vestida de negro, en botas. Menudas tetas, menudos ojazos azules, menuda melena. Un bajo funky, cañero, salía de su radio. Sólo le faltó sacar una Smith & Wesson Modelo 29 del bolso y dispararme en la frente, llamándome escoria.

Hubiera muerto feliz. Sonriéndole.

A los 5 minutos nos estábamos comiendo la boca dentro del coche, desesperados.

¿Sabéis? Creo que la solución a mis problemas no era cambiar, tratar de no volver a cometer mis mismos errores… no. La solución a mis problemas es no dejar de ser yo. Incluso, serlo aún más. Sin control. ¿Me gusta amar, cuidar, ayudar a brillar y darme al 100%? Pues voy a volver a hacer eso al 1.000%. El problema nunca pudo ser amar, entregarme, ser leal. El problema fue que lo he estado haciendo con personas que no estaban a la altura. Me he llenado de miedos y de fracasos que no eran ni mis fracasos ni mis miedos. Eran sus miedos y fracasos. Yo lo había hecho todo perfectamente bien. Mi mente decía que cambiara, que reprimiera mi corazón, que me volviera un hijo de puta frío, cobarde y vulgar: así podría sobrevivir en este mundo de subhumanos. Mi corazón, me pedía que lo dejara brillar, valiente.

Ha ganado mi corazón. Y ella tiene un corazón tan grande, o quizás más grande aún, que el mío.

Este martes, Anais y yo dejamos Requena, y nos vamos a vivir con Julia, a su casa, a Gijón, con su perra. Sí. Sólo hemos pasado dos noches juntos. Sólo dos noches. Sí, estamos seguros de que no nos equivocamos. Estamos locos de amor, somos valientes, adultos. Ahora somos una pareja de detectives muy duros.

¿Cómo la conocí?

Por el Facebook. Ella había leído mi blog. Me agregó una noche y, nada más ver su foto, dije en voz alta: “Esta es”. Nunca me había pasado algo así. Estaba seguro que era la persona que llevaba toda la vida esperando. Hasta vivía en Asturias (si eres fiel lector sabes que amo y me moría por volver a vivir en ese paraíso del que nunca quise irme). Me pareció un sueño hecho realidad.

¿Qué edad tiene?

Mi edad. Nacimos el mismo año (si eres fiel lector sabes que siempre deseé casarme con alguien de mi edad, no me atraen las jovencitas).

¿Cómo es ella por dentro?

Fantástica. Inteligente. Creativa. Fuerte. Cariñosa. Apasionada. Muy trabajadora. Valiente. Dulce. Sabe perfectamente lo que quiere.

¿Os vais a casar?

Sí. Dentro de 6 meses.

¿Estás loco?

No.

¿Y ella?

¡Tan loca como yo!

Os contaré más cosas dentro de un mes. Dadme este tiempo: tengo que ponerme al día con los dos libros que prometí publicar y que tengo casi a punto. ¡Se me cae la cara de la vergüenza! ¡Perdón! ¡Perdón! He estado inútil. Tengo que mudarme, asentarme. Encontrar mi equilibrio, mi sitio para escribir, de nuevo. Dadme este mes y, a la vuelta, os encontraréis en esta página al escritor de siempre: pero ultramejorado.

Os lo prometo.

P.D.-Cualquier duda, escribidme a mi email: ezcritor@gmail.com o chateadme por Facebook.

Deja un comentario si quieres.

Un espectáculo maravilloso
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Noche.

Estoy en un coche con una chica. Venimos de follar. Su hermano, con síndrome de down, le llama por teléfono. La chica, que está conduciendo, pone “el manos libres”.

—Por favor, Rafa, no hables —me pide—. No quiero que mi hermano le diga luego a mi padre que estaba con un hombre.

—Ok.

Esa chica de 38 años y su padre, tienen una relación enfermiza. Escucho la voz del hermano, de 35 años: por lo que cuenta tiene novia desde hace meses, la conoció en un centro de discapacitados: su novia también tiene síndrome de down. Le suplica a la hermana que, un sábado o un domingo, vayan los dos a verla a su casa, se lo ha pedido a su padre, éste le ha dicho que no… por cómo habla el hermano noto que ruega con el corazón: está super enamorado de su novia, supernecesitado de su compañía. Sabe que no puede tener una vida independiente pero le gustaría ver, de vez en cuando, a su novia fuera del centro. Sin ella, el finde se le hace asfixiante. La chica con la que estoy dice que sí, que ya veremos, su hermano le dice que lleva meses esperando, que siempre le dice que sí pero que luego nunca lo lleva.

—Si quieres, vamos este finde —le digo a la chica cuando cuelga.

—¿En serio?

—Sí. Podemos ir a un restaurante o algo. Yo invito.

—¿En serio? ¿Por qué?

Me imagino a su hermano. En casa, encerrado, enamorado. Empatizo con él, me recuerda a cuando yo era un niño y dependía de mis mayores. Me hubiera encantado que alguno me hubiera llevado hasta donde vivía la chica del colegio a la que amaba con locura, como sólo sucede en la infancia. Ese amor inocente, verdadero, es el que creo haber percibido en la voz del hermano. O, me imagino adulto, ahora: sin poder ver a la chica a la que amo. Encerrado en una casa, encerrado en el cuerpo de un enamorado. Sin poder salir. Aunque la gente no lo sepa por el disfraz que llevo de escritor maldito y degenerado, realmente soy un caballero del amor. Mi misión en la vida es el amor. ¿Vino? ¿Drogas? ¿Dinero? ¿Para qué? ¡Adormecen los sentidos! ¡Yo sólo quiero amor! ¡Quiero sentirlo! ¡Flipo con el amor!

—Porque me encantaría verlos juntos —contesto.

La chica llama al padre. Le cuenta mis planes. Al padre no le caigo nada bien. Le dice que hago todo eso para metérsela, para utilizarla, que mira las cosas que escribo en mis libros, que qué educación le ha dado para que se fije en un mierda como yo. Río para mis adentros: además de que, a su hija, ya se la he metido (agradablemente para ambos) por todos los lados, qué sabrá el padre de mí. Si él supiera lo que sentía por su hija, quién soy, me pondría una alfombra de flores bajo mis pies que él mismo tejería sin descanso, día y noche. Pero cree que soy la misma mierda que el resto de los hombres. Cree saberlo bien porque él es un hombre y nunca supo cómo dejar de ser una mierda.

En el fin de semana siguiente, la pareja con síndrome de down, la chica y yo, almorzamos juntos en un bonito restaurante. El hermano de la chica, está radiante, guapísimo. Su novia lo mira con un amor infinito. Ella, por un problema que tiene en la mandíbula, no puede masticar bien la comida, así que se la aplasto con el tenedor hasta convertirla en papilla. Ambos son vírgenes. Ahí no hay ni sexo ni intereses económicos. Sólo amor. Por fin. Por fin lo vuelvo a ver. ¡Existe!

Antes del almuerzo, paseamos por el pueblo. Van de la mano. Me encanta verlos juntos. Me encanta cómo se miran. ¿Sabéis? A veces me enfado con el mundo y quiero dejar de vivir. Pienso que todo eso del amor romántico es una invención de Walt Disney para emocionarnos con sus películas. Para hacernos soñar con un ideal que no existe. Pero no. Si consigue emocionarnos el alma, si nos saca las lágrimas sin que nosotros podamos hacer nada por evitarlo, es porque sabemos que es real. Porque está dentro de nosotros, deseando salir. Sólo que, día tras día, hemos dejado que los subhumanos ganen la partida. Que maten el amor. Que lo sepulten bajo un montón de capas de mierda. Nos han convencido de que el dinero y el trabajo al que no nos gusta ir, es lo único por lo que vale la pena luchar. Que el amor es una ilusión. Que la única relación posible entre humanos es utilizarnos entre nosotros. No. No es así. El amor existe. Lo he vuelto a encontrar. Está ahí, delante de mí, paseando de la mano. Casi puedo tocarlo.

Brilla el sol.

Pero ellos brillan más.

Terminamos de almorzar, de dar otro paseo, llevamos a la novia del hermano de vuelta a su casa. Cuando la deja, cuando se cierra la puerta del hogar de su amor, tras despedimos de los padres de la muchacha, el hermano comienza a dar saltos de alegría: ha estado controlándose para comportarse como un caballero delante de su dama. Ahora es un niño. Está super feliz. Me abraza, sincero, me dice que nunca había hecho algo “así”, está tan feliz que se me escapan las lágrimas, de la emoción. Me da las gracias y yo se las doy a él.

En ese momento, yo sólo tenía 300 euros en la cuenta.

Tras el almuerzo, 210. Y, por esos días, no tenía ni ahorros ni un sueldo cada mes.

Ese mes lo pasé fatal para comer y poder pagar el alquiler pero… ¿sabéis?

Una vez más lo conseguí.

No dejé que mi falta de dinero venciera al amor.

Disfruté del espectáculo maravilloso en primera fila. Lo olí, lo sentí.

Volví a presenciar el amor verdadero, volví a ver que era real… y si esa pareja lo había encontrado a pesar de tenerlo todo en contra… ¿por qué no yo?

Sólo tengo que aguantar, día tras día. Con todas mis fuerzas.

Valdrá la pena.

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¡Divorciado!
En la notaría, esperando firmar los papeles del divorcio.

En la notaría, esperando firmar los papeles del divorcio.

Acabamos de firmar los papeles. Ya es oficial: estamos divorciados. Ha sido un acuerdo amistoso en el que ninguno le pide nada al otro. El acuerdo no llevaba ni al folio y medio. Por un momento se me pasó por la cabeza solicitar que me devolviera al gato (sigo soñando con él casi cada día) y mi equipo de edición y grabación (que está a mi nombre) para venderlo (ya sabéis que ando muy escaso de dinero) pero sé que ella lo sigue usando y, aunque seguro que puede comprarse otro sin problema porque no para de triunfar, preferí pasar página cuanto antes y no hacer un circo. Llevaba esperando firmar el divorcio desde octubre del año pasado. Mi cabeza lo necesitaba. Hoy por fin, paso página.

En la notaría sucedió algo gracioso: todo el mundo me miraba como queriendo leer mi cara. No encontraron nada. ¿Qué buscaban? ¿Tristeza? ¿Locura? ¿Angustia? Ellos sabían que estaban ante un momento especial de la vida de otra persona. Esperaban alguna reacción que les dijera cómo me sentía. Pero para mí, fue un trámite frío aunque necesario: todo había terminado hace mucho. El corazón me latió un poco deprisa al entrar en el despacho, se me pasó rápido. Estuve muy tranquilo y con una sonrisa paciente en la notaría. Como una planta. Creo que se sorprendieron y nos miraron con admiración por tener un divorcio tan amistoso y civilizado. Creo que no se lo creían.

Me había levantado de la cama feliz, cantando. No sé engañarme a mí mismo. Si me levanto feliz y contento es porque me sentía feliz y contento: sabía que hoy firmábamos, que había decidido lo correcto. No pelear, dejar pasar, olvidar. Ya me las arreglaré.

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Han sido 8 años junto a ella. Ha florecido, ha logrado su sueño, estoy orgullosísimo de ella y de haber sido parte de esa metaforfosis. Yo publique 8 novelas, logré cosas que no había logrado antes, me demostré lo que valgo, la fuerza que tengo y, los primeros años, ella me llenó de la energía que necesitaba. Es cierto que, tras dejarla, me ha costado un montón volverme a ponerme en marcha y que he sido bastante patético, caí en un pozo de tristeza, mi mundo se puso del revés. Tengo que volver a ponerme las pilas, renacer: me espera un montón de vida por delante, he de responder a los retos a no ser que prefiera vivir por siempre como un miserable y he de quererme más. Por supuesto que quiero volver a casarme. Valió la pena el sufrimiento y las decepciones finales. 8 años casado, 6 años maravillosos, 2 malos. Me salen las cuentas. Voy a seguir apostando por el amor porque es lo que soy. No disfruto siendo un golfo ni en el poliamor. Espero encontrar a mi compañera definitiva. Es maravilloso estar enamorado, vivir una rutina junto a alguien que amas, florecer juntos. He aprendido un montón de cosas, no volveré a caer en los mismos errores. Y si vuelvo a divorciarme pues… volveré a casarme.

Esta es la última vez que escribo sobre mi ex esposa. No, no escribiré ningún libro sobre ella a lo Sigmundo. Adiós, S, y GRACIAS. Te deseo todo el éxito, amor y salud del mundo. Si un día necesitas lo que sea, aquí me tienes.

¿Y ahora? Este viernes es clave. Ha llegado a mi vida alguien excepcional que está dispuesto a sacarme de mi pozo de miseria. Ya lleva dos semanas apoyándome y haciéndome de coach, tras rogárselo yo (porque no tengo fuerzas para salir solo de mi pozo de tristeza, siento decepcionaros). Está funcionando. Si todo sale como lo previsto, este viernes sabré si me voy a vivir a Madrid y si es el fin de mi mala época económica, ya que me ha ofrecido un trabajo allí (un trabajo que me permite seguir escribiendo novelas las 24 horas del día). No quiero adelantar nada, porque muchas veces las puertas, cerrándose, me han roto la nariz justo cuando pensaba que estaba entrando en un lugar increíble. Pero todo apunta que, esta vez, El Rey del Cosmos se ha puesto de mi lado. Que está cansado de verme tirado en el suelo, que quiere que regrese a Madrid, donde viví tantos años y me fue tan bien. Y, en esta ocasión, el Rey del Cosmos no soy yo. Es…

…¡os lo contaré pronto!

…¡os lo contaré pronto!

Otra cita de Tinder
Yo. Si me véis por ahí, pedidme un autógrafo.

Yo. Si me véis por ahí, pedidme un autógrafo.

1

Me llega un superlike por Tinder. Miro quién me lo ha dado…¿Quizás es la mujer de mi vida?:

—Mujer

—42 años

—Rubia

—Polaca

—Buenas tetas

—Alta

—Su cara me recuerda a la de un avestruz. Pero no es fea. Aunque tampoco guapísima.

—Ojos azules.

—No parece una vieja (muchas mujeres de 42 aparentan 68).

Su descripción, en el perfil del Tinder, está en inglés. Le gusta la espiritualidad y los mantras. ALARMA. Todas las chicas que, he conocido últimamente, que dicen que les gusta la espiritualidad y los mantras o son unas vagas o es una pose en la que ellas les gusta estar porque se ven bonitas y atrayentes. Normalmente, cuanto más vaga, con más ansias de consumismo y cerrada de mente es la chica, más espiritual me dice que es. De hecho, ésta se descubre enseguida, en el chat:

—¿Cuánto mides? —me pregunta.

—1,81… ¿por qué?

—La altura es importante para mí.

—¿Pero no eres espiritual?

—La espiritualidad por un lado, lo material, por otro. ¿Trabajas?

—Sí.

Yo soy mucho más espiritual que todas las mujeres “espirituales” que he conocido últimamente. Y no lo pongo en mi perfil del Tinder. Jamás dejaría de salir con una chica porque fuera muy bajita, muy alta, o no tuviera trabajo. Estuviera gorda o no. Yo sólo busco una mujer que tenga sentido del humor y que no esté loca. Me he visto obligado a reducir muchísimo el número de mis requisitos. Aún así, lo tengo bastante crudo para encontrar a alguna. El 99,99 de las mujeres que he conocido en mi vida están locas. Rectifico. Muy locas. Y esto no es una afirmación machista. El 80%, me lo reconocen. El 19,99 no me lo reconocen pero hacen cosas raras como subirse a una silla y chillar sin razón, o están enganchadísimas a los porros y tienen paranoias o están en tratamiento psiquiátrico desde hace años o hablan en bucle todo el rato sobre lo mismo o se ponen a llorar o a reír de pronto. He estado un tiempo sin quedar con mujeres porque empezaron a darme miedo. Pero, qué diablos, es Semana Santa. Llevo dos meses (o quizás sólo un par de semanas) sin quedar con una mujer. Quizás Dios esté vigilando y me cuide. Me aburro mucho. Llevo un mes y medio (o quizás sólo un par de semanas) encerrado en mi casa. Comienzo a creer que el sexo es una leyenda mitológica o algo que sólo se hace mirando internet. Voy a aceptar la invitación de esta. Quizás sea la mujer de mi vida. Además, tiene el infrecuente detalle de invitarme a comer a donde yo quiera. En el Tinder suele ser alrevés. Hay muchas mujeres que se instalan el Tinder para comer gratis, todos los días, a expensas de los chicos que quieren quedar con ellas:

—Conozco un lugar en el barrio de Ruzafa que me encantó —le cuento—. Fui hace mucho y me sirvieron una hamburguesa vegana que ni la de carne de verdad en el VIPS. El lugar se llama “La más bonita”. ¿Te suena?

—No. Soy nueva en la ciudad. Llegué hace unos días. No hablo muy bien español.

—Podemos hablar en inglés si quieres.

—Vale.

Le mando la ubicación del local por Google. Quedamos a las 13:00, allí. La última vez que fui a ese local fue con una ex que estaba muy loca. Quiero dejar de asociar ese local con ella.

2

Me visto. Sé que no soy el tipo más guapo del mundo. Sé que mi cuerpo no es perfecto. Que me falta muscularlo, que tengo las tetas un poco caídas, etc. Pero aunque suene chulo: sé que soy lo suficientemente guapo, buena persona y magnético para que cualquier mujer quiera follarme una tarde en la que se sienta sola. Aunque sea por probar. Y si no tiene algo mejor a mano, por supuesto. Mis complejos e inseguridades de “casado” me han abandonado. Desde que me separé, un montón de mujeres abarrotan mi wassap. No estoy tratando de ser chulo. Cualquier hombre que se cuide y no sea idiota, cualquier mujer que se cuide (sea idiota o no), tiene el wassap repleto de personas que se la quieren follar. Estamos en un mundo con exceso de población, por Dios. No hay ningún mérito. Lo único que tienes que hacer para follar es no dar asco y quererte un poco tú mismo.

3

Llego puntual. Ella, 8 minutos tarde. Como es extranjera, del Este, me da la mano en lugar de los dos besos típicos españoles. Me lo esperaba, actúo con naturalidad. Le extiendo la mano con educación y entramos en el local. Me fijo en ella. En persona no tiene tanta cara de avestruz como en la foto.

Nos sentamos. Comienza a hablarme en inglés. Me habla de su trabajo, de sus inquietudes. La verdad es que desde que abrió la boca, ha dejado de gustarme. Tengo 45 años de vida. Creo haber conocido a todas las mujeres y hombres del mundo. Creo que, como mucho, hay 4 ó 5 tipos de personas, con pocas variables. Todo el mundo parece haber sido creado en una fábrica, con pensamiento único-preinstalado. El tipo de persona que es ella, no me interesa. Plano. No es interesante. Habla con frases y pensamientos hechos que he escuchado mil veces. No tiene discurso propio. No me abre los ojos a nada. No es interesante. Prefiero a una mujer que diga gilipolleces sin sentido mientras babea que a una mujer de pensamiento preinstalado. Ha pasado toda la vida trabajando en una oficina hasta que la echaron. Ni siquiera se fue ella por su propio pie. Subhumana. Ahora estudia español aquí, en Valencia. Vive sola en un apartamento que ha alquilado por unos meses. Supongo que se cansó de buscar el amor en Polonia y ahora lo anda buscando por aquí.

—Pues si en Polonia no te quiso nadie, tampoco te va a querer nadie aquí —me entran ganas de decirle.

Porque se nota a la legua que está buscando un príncipe azul que le de sentido a toda la vida que ha desperdiciado. No puedo estar con una mujer que no sea rebelde, emprendedora, valiente, feroz. Desprecio a las pasivas. A las oficinistas. Me caen bien las mujeres antipáticas. Me habla de su país, Polonia:

—He dejado Polonia porque somos un pueblo guerrero y eso me agota mucho, mentalmente. Ahora estamos peleándonos nosotros mismos. Nos encanta pelear.

—Bueno, menos cuando Hitler fue a invadiros. Ahí os rendisteis enseguida.

Me mira mal. Me deprimo. Le he dicho eso porque ella me da igual. Está bien para un polvo, pero para nada más. Me he prometido a mí mismo que nunca voy a utilizar a una mujer. Si se la meto a alguna será porque quizás, puede ser, que tenga futuro el asunto. Si no, prefiero pasar. Se me carga la conciencia de mierdas si se la meto a alguna por sólo follar. Sin embargo… sé que me queda poco de “juventud”. Tengo 45 años. No sé hasta que edad mi polla se me pondrá tiesa. Pero digamos que mi super poder de “gustarle a cualquier mujer, que no tenga a nadie mejor, en una tarde solitaria” va a desaparecer en 3,2,1. Tendría que hincharme a follar el poco tiempo de atractivo físico que me quede. Pronto no le gustaré a ninguna mujer con dos dedos de frente. Seré un viejo del parque más y, revolotearán a mi alrededor, como mosquitos incordiantes, el recuerdo de todos los chochitos a los que dije que no. Hay algo dentro de mí que me impide follar con quien sé que no tengo futuro. Desgraciadamente.

A la polaca esta le van los antipáticos o está más necesitada de sexo que yo. Hace caso omiso a lo que he dicho, me sonríe y es entonces cuando el karma me castiga:

—Lo siento, hamburguesas veganas no hacemos—me dice el camarero.

—¿No?

Me pongo tan, tan triste que la polaca se echa a reír. Pregunto por qué no hay. El camarero dice que el cocinero que las hace, no está hoy. Miro fijamente al camarero. Con odio sincero. Llevo 8 meses deseando regresar a este sitio para comerme esa puta hamburguesa vegana. La vida es una puta mierda. Ni mujer de mi vida ni hamburguesa vegana. La polaca no para de reírse. Pienso que la situación no es tan graciosa, que se ríe por crueldad: lo llevará en los genes: los nazis que violaron y dejaron embarazada a su abuela son los mismos que luego llevaban a los judíos a las cámaras de gas. Pienso:

—Debería darle por el culo. Por venganza. Sé que si me lo curro esta tarde y le pido sexo me va a decir que sí. Debería de vengar a los judíos. Follármela por detrás diciéndole “sí, avestruz, venga”… en caso de que no conozca la palabra avestruz.

Pedimos unas fajitas de mierda.

—¿Sabes? —me dice—Tienes cara de ruso.

—Soy mitad canario, mitad asturiano.

—¿Y tus abuelos?

—Canarios, asturianos… y cubana. Mi abuela era cubana.

—¿Blanca?

—Como la leche. Y con los ojos rasgados. Mis ojos de “chino” los heredé de ella.

—Por Cuba pasaron muchos rusos. A lo mejor, tienes algo de sangre rusa. Deberías de hacerte un test de esos de ADN que ofrecen por internet.

—Si, claro. Para que luego el gobierno tenga mi ADN y puedan acusarme de asesinato cuando ellos quieran.

Para colmo, este patético y enfermizo cartel podía leerse en el local. Parece que creen que el amor es algo muy parecido a pillarse un perro.

Para colmo, este patético y enfermizo cartel podía leerse en el local. Parece que creen que el amor es algo muy parecido a pillarse un perro.

4

Tras la comida corriente (que me podría haber hecho yo mismo en casa, tras pasar por la sección de congelados del Consum), damos un paseo por el museo de las Ciencias. Fuera, en la puerta del museo, a alguien le ha parecido buena idea poner como 60 carteles de mujeres científicas. No hay ningún científico hombre. Mi cita del Tinder queda asombrada cuando ve que solo hay fotos de mujeres:

—¿Sólo mujeres? —pregunta riendo— ¿Sólo hay mujeres científicas?

Le cuento que en España hay una gran ola de feminismo. Que están reivindicando el papel de la mujer en la historia, oculto durante tantos años.

—¿Pero es un museo feminista? —pregunta.

—No. No. Bueno. Ya no sé. Hace mucho que no entro.

Para que vea como está el percal, le cuento que hace unos días, unas profesoras feministas prohibieron el cuento popular de Caperucita Roja en un colegio de Catalunya. Ella no da crédito.

—Era mi cuento favorito, en mi infancia —me dice.

—Pues es un cuento machista —río—. Has tenido suerte de no haberte quedado traumatizada.

Caminando por el parque vemos a unos niños dentro de unas burbujas de plástico, recorriendo una especie de lago artificial. Los envidio. Allí dentro están a salvo del machismo, que emanamos todos los hombres por los ojos y por la boca, y de los cuentos tradicionales infantiles que los quieren atraer hacia la falocracia.

—“Algún día seré rico y tendré mi propio lago y mi propia burbuja de plástico” —planeo.

Caminamos. Hace calor. Nos tomamos una Coca-Cola en una terraza. En la tele, sale Pablo Iglesias: bajo un cartel de “UNIDAS PODEMOS”, su partido político.

Este es el político Pablo Iglesías, para quien me lea de fuera de España. Por aquí estamos en campaña electoral.

Este es el político Pablo Iglesías, para quien me lea de fuera de España. Por aquí estamos en campaña electoral.

—¿Unidas? —pregunta— ¿En español no se usa el masculino para hombre y mujer? ¿Es un partido sólo de mujeres presidido por un hombre?

Paso de complicarme la vida y que se ría más en mi cara de nuestra España actual. Yo no tengo la culpa de nada.

—Lo que ves es una mujer. ¿No te das cuenta que lleva el cabello largo?

—No es una mujer, Rafael. Tiene barba y bigote.

—Es una mujer. De verdad. Sólo que está enferma. Es un caso muy conocido en este país. Le cortaron los pechos unos islamistas que la violaron. Y la pobre es fea. Sale por la tele y la gente la vota por pena. De verdad.

Ella mira a Pablo Iglesias, muy confundida. Gracias a Dios, quitan la imagen enseguida y pasan a otra noticia.

—¿Mujer enferma? ¿De verdad?

—Sí. Mucho.

—Pobrecita.

Y, la verdad, creo que no le mentí del todo. El feminismo es supernecesario pero creo que lo están ridiculizando bastante y eso es una noticia terrible para sus loables fines. Es culpa de ese feminismo sin sentido y de esa izquierda ridícula que un partido político tan peligroso como VOX ha pillado tanta fuerza.

5

Damos un largo paseo por el Turia. Charlamos mucho, no reímos nada. Le digo que si me da la mano, que estoy triste, que no tengo familia ni amigos por aquí. Vivo en un pueblo, solo. Estoy muy triste, muy dolido. Que realmente llevo mucho tiempo sin contacto físico. Que no quiero follar, que si me da la mano no la voy a “atacar”. Sólo quiero caminar un rato de la mano con alguien. Imaginarme que no estoy tan solo.

—No —contesta— No te conozco.

—Ok.

Me cae fatal. Yo no le negaría a nadie, que estuviera triste, un abrazo o la mano. Ni mi compañía. Sinceramente, no podría. Paseamos 30 minutos más. Me aburro, ya ni siquiera me cae un poco bien. No sé que hago aquí. Bueno, sí. Pasar el rato con alguien. Pero me siento peor con ella, que estando solo. Cuando la miro me recuerda la ilusión que tuve al quedar con ella: que quizás iba a conocer a la mujer que amaría hasta el final de mis días. Desilusión.

—Bueno, yo creo que ya es hora de irme —le digo.

Ella se sorprende. No le ha gustado lo que ha escuchado.

—¿No quieres dormir en mi casa? —pregunta.

Me sorprende su propuesta. No la entiendo. No quiere darme la mano pero me invita a su casa. En la que vive sola. ¿Por qué no me dio la mano antes? ¿Quizás para hacerse la difícil? ¿Ahora que me voy está desesperada?

—No. La verdad que no —digo con crueldad—. Prefiero irme a dormir a mi casa.

—¿Seguro? —me dice fría, mirando fijamente a mi boca.

El pico de la avestruz se lanza sobre mi boca. La esquivo.

—Espera… ¿Qué te pasa? Antes no quisiste darme la mano y ahora quieres besarme.

—Ahora te conozco.

Mentira. Entre mi petición de que me diera la mano y su intento de beso, sólo han pasado 30 minutos. Así que si no quiso darme la mano fue sólo por crueldad. Por un momento pienso en follármela, para vengarme. Pero, en mi mente, ya puedo leer los wassaps que me mandará al día siguiente, cuando no quiera volver a quedar con ella: “me utilizaste”, “cabrón”, “espero no me hayas dejado embarazada”, “eres un cerdo”. Todas esas mierdas que estoy cansado de leer. Tantas que se acuestan con cualquiera, una noche, y parece que realmente estaban firmando un contrato matrimonial unilateral que sólo ellas pueden romper.

Paso.

6

Camino sin rumbo por la ciudad. Veo una tienda de libros de segunda mano.

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Entro. Miro las montañas de libros, polvorientos.

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Me pongo aún más triste. Esos libros soy yo. Desubicados. Inútiles. Sin dueña. Con tanto amor que dar. Tengo tantas ganas de irme de Valencia.

7

Suena mi teléfono.

Es ella.

—Hola… ¿te caigo mal?

—No —miento.

—Entonces… ¿te importaría venir a mi casa? Yo también estoy muy sola, como tú. Aquí no conozco a nadie.

—Es que no sé si despues de esa noche, voy a querer volver a verte.

—¿Pero me deseas?

—Eso sí…

—Pues ven… me arriesgo…

—Mmm… de acuerdo, avestruz.

—¿Avestruz? ¿Qué es avestruz?

—Amor.

—Oh… qué precioso… ven.

Me da su dirección. Cuelgo. Tomo un taxi. Y me la follo con condón por el culo, llamándola avestruz mientras miles de judíos asesinados en campos de concentración me sonríen desde el Más Allá.

—Gracias por vengarnos, Rafael Fernández —me dicen— ¡Dale! ¡Dale a ese avestruz! ¡Tu bisabuelo ruso está orgulloso de ti!

Al día siguiente, tras desayunar con ella en un VIPS, me despido:

—No debiste llamarme avestruz —me dice—. Fue demasiado bonito y ahora estoy un poco avestruzada… avestruceada de ti… ¿Se dice así?

—Sí. Te avestruzo mucho. Es increíble.

Salgo del VIPS, me subo a un taxi, y hago esa mierda cruel y cobarde que hacemos todos, todas y todxs: la borro de mi Tinder, la bloqueo por mi wassap. Sé que, bloquear y borrar del Tinder, no es delito en la Tierra pero, sin duda, sí que lo es en el Cielo. Y el que esté libre de culpa que me tire la primera piedra (pero que me dé de lleno porque si me levanto, lo reviento).

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El día que Dios se puso de nuestro lado
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1

Andaba por casa, creo que ordenando un armario. Allí fue la primera vez que escuché esa voz femenina, tan familiar aunque a la vez, desconocida por completo.

—“Hola. Sé que estás ahí. Ojalá me escuches. Ojalá llegues pronto a mi vida” —me dijo.

Me asusté. Estaba solo con mi perra frente a ese armario, en una habitación. Miré a mi perra: Anais, me devolvió la mirada, extrañada. No, por supuesto que ella no había sido quien me había hablado.

—“Por favor, ven a mi vida. Estoy harta de estar sin ti” —volvió a hablar la voz de mujer.

—¿Quién habla? —pregunté, asustado.

No contestó. Entendí que ella no me escuchaba.

Yo, sí.

Seguí escuchando su voz a lo largo de los días, mientras escribía este relato, sentado frente el ordenador, mientras abría un bote de café o me daba un baño caliente. La voz aparecía de pronto:

—“Estoy harta de estar con cualquiera. Te quiero a ti… ¿Existes?” —y luego callaba por horas o, incluso, días.

Me acostumbré.

Entendí que la voz pertenecía a una mujer que estaba sola. Una mujer que imploraba, que rezaba, que suplicaba por encontrar al amor de su vida. Pero yo no sabía quién era ella ni dónde estaba. ¿Y por qué tenía que escucharla yo? ¿Quizás la voz pertenecía a una vecina? Revisé las entradas de ventilación de mi casa. No. La voz no se colaba por allí. La voz la escuchaba junto a mi oído.

Posibles soluciones al enigma:

1.-Escucho una voz femenina porque finalmente, como predecían todos mis amigos, me he vuelto loco.

2.-La voz pertenece a un fantasma o a un diablo que vive en mi casa.

No.

No era ninguna de las dos cosas.

2

Ella, a cambio, sentía mis manos. Mi polla.

Cuando harto de mi soledad, y por necesidad, me masturbaba en la cama de mi habitación, ella sentía como yo se la introducía.

A distancia. Mientras ella estaba en el baño, leyendo, frente su ordenador, trabajando, o abriendo un bote de café.

Y se corría a gusto.

De pronto, sin avisar, ella notaba mi polla entrando y saliendo de su coño. Le gustaba. Cerraba los ojos. Alentaba su cuerpo, a veces masturbándose a la vez que yo se la metía, otras simplemente mirando al techo con una sonrisa hasta que el orgasmo le invadiera.

—“¿Quién es el que me toca así? —pensaba (y yo la escuchaba)—. Quizás el amor de mi vida. Pero no sé quién eres ni dónde estás… ¿O eres un fantasma, un demonio o me estoy volviendo loca, tal como predecían todas mis amigas?”

No.

No era ninguna de las dos cosas.

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3

Así fueron pasando los días. Estamos solos, somos desconocidos. Yo aquí. Ella, no lo sé. Pero, cada día, ella me habla y yo, cada día le hago el amor.


4

Nos empezamos a ver. Un día, mientras me daba un baño caliente, la vi en el reflejo del agua de mi bañera. Fue la imagen de su rostro, como impresa en el agua, duró unos pocos segundos. Otra vez la vi, desnuda, en la bañera, de cuerpo entero, con los ojos cerrados.

Ella también se estaba bañando.

Era bellísima.

Otro día, fue ella quien me vio a mí por vez primera durante unos pocos segundos: mi rostro apareció en el reflejo de la cucharilla de su desayuno, cuando la agarró para revolver el azúcar de su café. Aparecí mirándola fijamente, durante unos segundos.

Nos sonreímos.

Empezamos a saludarnos: cada mañana, durante el desayuno, y a la hora del baño.

Entendimos que Dios nos estaba enseñando. Se las estaba ingeniando. Nos estaba presentando de esa forma tan curiosa. Dios, nunca supe por qué motivo, había decidido saltarse las leyes del raciocinio y de la lógica.

Por nosotros.

5


Llegó el día. Encontré un sobre azul en el buzón de mi casa:

“Felicidades. Su poema “Mister gato” ha sido elegido. Usted ha ganado un viaje, con todos los gastos pagados, a Praga. Allí podrá asistir al famoso concierto de música clásica del Solsticio de Invierno. Atentamente, la dirección del concurso”

Sonreí.

Yo no he escrito un puto poema en mi vida.

Tengo dignidad.

Jamás he concursado en una competición de poemas.

Aquello era cosa de Dios.

Enseguida, sentí que a ella también le había llegado una invitación para el mismo concierto.

Que nos sentaríamos juntos.

Y así fue.

Cuando llegué, al concierto del Solsticio de Invierno, en Praga, allí, sentada en la butaca numerada, estaba la mujer que tantas veces había aparecido reflejada en el agua de mi bañera. Allí apareció el hombre que tantas veces vio reflejado en las cucharillas de sus desayunos.

—Mi hombre soñado —me dijo.

—Mi mujer soñada —le dije.

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6


Así fue como nos conocimos.

Llevamos 20 años juntos.

La verdad no se la podemos contar a nadie porque, nadie, absolutamente nadie, nos creería. Cuando nos preguntan, “cómo coño os conocistéis", siempre contamos la misma mentira:

—“Por Tinder”.


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Muchas gracias
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Hoy le he pedido ayuda a El Rey del Cosmos:

—Quiero volver a ser escritor. Ayúdame a volver a concentrarme.

Recuerdo por qué empecé a escribir. Deseaba que me quisieran. Escribí mi primer relato en 1996. Ganó un premio regional. La gente que me rodeaba empezó a mirarme de forma diferente. Me gustaba cómo me miraban. Una chica de mi instituto me hizo una mamada en el baño. Sólo por ganar el premio. Por ser especial. Esa fue mi primera mamada.

—Quizás, si me convierto en escritor encontraré a alguien que me quiera —me dije.

Me convertí en escritor. Conseguí muchas mamadas más. Hasta que me di cuenta que lo que yo perseguía de verdad era el amor.

En Asturias, en una bonita casa de campo, publiqué 8 novelas. Lo hice por amor. Para ayudar a mi compañera. Por luchar por una meta conjunta. Una meta que, finalmente, me di cuenta de que no existía. Que era una frase de mi cabeza. Nos enamoramos de los recuerdos, de las ilusiones, de las mentiras que nosotros mismos nos inventamos. Pero el amor no existe. Es una droga que termina desapareciendo del cuerpo. La gente sólo se ama a sí misma. Tienes que aceptar eso. Tengo que aceptarlo.

Y, ahora, no le encuentro sentido a mi vida. Ni a la escritura.

Sé que puedo escribir los libros más increíbles de la historia. Pero no creo que la humanidad los merezca ni me merezca.

Aún así, desde hace poco menos de dos meses, cada día he conseguido levantarme de la cama. Durante unas horas, he escrito. Unas pocas horas de luz en las que aún he tenido esperanzas de que mi plan, mi búsqueda, funcione. Tras casi 2 años sin fuerzas para publicar, por fin voy a volver a sacar un nuevo libro. Pequeñito. Infantil. Pero es un primer gran paso. (Además, el libro es fabuloso).

El día 15 de mayo me llega de la imprenta mi segunda novela infantil. La primera tras mi divorcio. Muchas gracias a las 35 personas que me ayudaron:

En el libro aparecerá esta página de agradecimientos, pero más bonita, de una forma especial.

En el libro aparecerá esta página de agradecimientos, pero más bonita, de una forma especial.