Agente secreto de la felicidad
 Mi compra en el super, esta tarde.

Mi compra en el super, esta tarde.

Desde que paso los días y las noches solo no paro de observar a la gente. Soy como un espía. Para combatir la soledad os miro, desde una esquina. Durante mucho tiempo. Vuestras pequeñas tristezas, alegrías me hacen compañía. Me conectan con el humano que quiero volver a ser.

Supermercado. Esta tarde. Hago una pequeña compra y me dirijo a las cajas de cobro. Tres están ocupadas. Una está libre pero la cajera que la suele ocupar, está amontonando cestas que algunos clientes han dejado de cualquier modo. Decido hacer llorar de felicidad a esa cajera. La he estado observando desde hace mucho tiempo sin que ella se de cuenta. Me acerco y le pregunto:

—¿Puedo pasar por su caja? ¿La va a abrir? No es por darle prisa. Estoy dispuesto a esperar lo que haga falta —digo muy serio.

La señora, de 50 años muy largos, gordita, cabello rizado, me mira, extrañada:

—Es que me gusta que me cobre usted las cosas —le explico—. Si me las cobra otra cajera no es lo mismo.

Me mira aún más extrañada:

—¿Por qué? —pregunta.

—Me gusta mucho su cara, es muy dulce. Su mirada tiene un brillo de ilusión que me encanta. Sonríe mucho, de forma sincera.Y veo que controla, que le importa que el supermercado esté bien. Está siempre mirando a su alrededor con inteligencia, arreglando cualquier cosa enseguida. Hace su trabajo con gusto. Pasa los productos por el lector como si se los fuera a llevar usted a su casa. A todo el mundo le mete los productos en la bolsa como si le estuviera haciendo la maleta a su hijo. Si vengo a este supermercado y no me cobra usted, salgo del super con una energía peor. Me encanta que usted me cobre.

La señora se puso a llorar de felicidad.

—Pensé que nadie se daba cuenta de eso —me dijo.

La compañera de la otra caja (una chica joven, embarazada de 3 meses), con una sonrisa de felicidad, observa las lágrimas de emoción de la cajera. Escuchó lo que dije. Está feliz por ella. Sabe que las palabras que digo no son hipócritas, sino ciertas. Lo sabía. Sabía que la quería. Las he estado observando.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
Los rompecadenas contra los locos.

Me resultó y me resulta muy duro empezar otra vida cuando la vida que dejé atrás la podía soportar gracias a mi fortaleza mental, cuando la vida de tanta gente casada era igual o incluso peor que la mía.

Estos cuatro meses (salvo cuando me han estado follando) he pasado mucho tiempo solo. Me ha servido, entre otras cosas, para distanciarme de la gente, incluso de mí mismo, ver mi propia vida desde lejos, como si yo fuera otra persona. He estado paseando por las calles, solo, observandoos mientras lloraba, pensando mucho. La conclusión que os ofrezco hoy no es nada del otro mundo ni me van a dar el Nobel del “Más listo del mundo”, no obstante... este es mi blog y publico lo que me da la gana.

He visto dos tipos de personas:

1.- La gente encadenada o los locos: es la gente que está encadenada a una vida que no les gusta. Hacen y se comportan como les enseñaron sus padres, la televisión o su grupo de amigos en el pueblo. Nunca rompieron las cadenas. Nunca se atrevieron a pensar qué es lo que les gustaría ser o cómo vivir: casados o solteros, sobre un árbol o en una cueva, trabajando o ganduleando. Muchos tienen un gran poder adquisitivo, coches preciosos pero ay sus miradas. Ay, sus vidas y sus acciones... qué pena: repletas de mentiras e hipocresías. Han desarrollado un cáncer que no les va a matar, pero sí que está matando su tiempo en la Tierra, su día a día. Se irán de la Tierra sin sentir el amor, la felicidad y la realización personal. Sólo habrán visto el envoltorio de todo eso. Esta gente suele presentar un lamentable aspecto físico o son un poco psicópatas en plan mal.

2.- Los rompecadenas o ilusos. No han tenido vidas perfectas. Han sufrido abortos, les han humillado, les han pegado codazos jugando al fútbol, las han violado, se han arruinado, les han destrozado la infancia, etc. Pero no se quedaron en esos momentos o milésimas de segundos de sus vidas, revolcándose en el “por qué a mí”. Se cagaron sobre los que le hicieron mal y siguieron su camino. Descubrieron, a base de golpes, que un trauma deja de ser un trauma cuando te pasa algo peor que empequeñece y ridiculiza el trauma anterior. Esta gente sigue sonriendo a pesar de todo. Las ves o los conoces y no puedes pensar, ni por un sólo segundo, que han pasado por todo eso. Brillan. Hay veces que están más apagados, que tienen mala cara. Pero una y otra vez renace su alegría, su paz, su confianza por los demás, su ilusión porque la magia exista o por pasar una tarde en la playa con ahora sí, el chico o la chica de su vida (que no, tampoco va a ser pero ellos lo desean tanto que se equivocan una y otra vez). Algunos son ricos, otros son pobres. Unos tienen hijos, otros no. No obstante, cada vez que les encadenan a algo, lo que sea, que les hace daño, rompen las cadenas, valientes y no temen empezar, solos, en el mismo basurero de siempre: el cementerio del planeta Tierra. Toman una pala, cavan: buscando entre tanta tumba alguien o algo que sea como ellos: que les devuelva la esperanza primero, luego la alegría y, por fin, la paz y el amor que buscaban. Cavan mientras los locos les gritan que están locos, que dejen de cavar.

Nunca les va mal: sólo cuando están encadenados.

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Rafael Fernández (Rey del Cosmos)
¿Vale la pena ser escritor?
 Este soy yo.

Este soy yo.

 Mis “negritos”.

Mis “negritos”.

Hoy estaba cocinando un caldero entero de “negritos”. No sé si conocéis esa legumbre: habas pero pequeñitas, de color negro. Me estaba haciendo un caldero entero no porque coma tanto, sino para no tener que cocinar durante 3 días seguidos. Cocinar es genial pero me quita mucho tiempo: quiero terminar de una vez mi novena novela. No quiero que 2018 pase en la historia de mi vida como el año en que no publiqué ninguna novela por el trauma de mi divorcio. Me he esforzado muchísimo en minimizar los daños de ese dolor en mi vida. Creo que lo he hecho bien (aunque he pasado por momentos muy patéticos) pues ni he caído en una depresión ni vivo en la calle ni estoy solo en la vida ni me he llenado de odio ni resentimiento ni he engordado. Estoy supersano y, los que me ven, dicen que estoy mejor que nunca y las que me ven, se enamoran de mí en el acto :D La verdad es que quizás, por lo que sufrí en la infancia, soy un tío muy, muy fuerte psicológicamente y puedo con todo. Me falta terminar “Doctor Mente” para darme un 9 a esta prueba que me ofreció la vida.

Lo que os iba a contar, hasta que comencé a desvariar y a echarme merecidas flores, es que mi plan para los siguientes días es escribir, escribir y escribir mientras como negritos con arroz cuando tenga hambre, tomo café y suena musiquita tranquila de fondo a la vez que, fuera, hace frío y llueve. En ese momento, cuando me visualicé metido en casa, sin salir, escribiendo, pensé:

—¿Vale la pena dejar de vivir para quedarse en casa escribiendo?

Justo en ese momento, El Rey del Cosmos, por medio de una lectora y un rayo cósmico ultraviolento, me mandó este mensaje por el Messenger:

cual de los dos.jpg

Es una bendita lectora de algún lugar de España con Metro. Hace unos días pilló “Prostituto de Extraterrestres” y “20 Polvos - Edición Especial”, por eso le pregunto. Como respuesta me mandó una foto del libro que decidió leer primero:

 La foto que me mandó la bendita lectora.

La foto que me mandó la bendita lectora.

Al ver la foto, se me saltaron las lágrimas de emoción. Esto de llorar de felicidad es algo que hago mucho, últimamente. De felicidad pura. El Rey del Cosmos sabe bien que una de las razones por las que antes me hice esa pregunta, “de si vale la pena escribir”, es porque mi anterior novela: “Prostituto de extraterrestres” no tuvo el éxito que yo creo merecía. Es cierto que fue la que más rápido se vendió... ¡en dos semanas 500 ejemplares! Lancé la segunda edición enseguida y vendí 150 ejemplares más, en un chasquido de dedos. Desde entonces, se sigue vendiendo pero a goteo: uno o dos ejemplares cada semana. Algunas semanas, uno al día… Me decepcioné. De verdad que creo que es mi mejor libro: una caricatura bestial a la España en la que vivimos. Si este libro lo hubiera escrito alguien famoso que publicara cada día en El País, estoy seguro que sería un superventas. Pero lo escribí yo, un escritor que se autopublica, underground, al que conocen muy pocas personas. Así que he de conformarme con un goteo de ventas y dar las gracias de corazón a la vida por poder comer negritos.

No obstante, el mensaje de la lectora me dio la respuesta de si vale o no ponerse a escribir:

1.-Si eres escritor de verdad no hay opción. Si tienes eso por dentro, es inevitable que te pongas a escribir. Puedes estar un tiempo sin escribir, llorando o festejando. Pero tarde o temprano lo que buscas es un lugar tranquilo, si puede ser que esté lloviendo fuera, para sentarte a escribir durante días. Da igual lo que tengas que sufrir, el precio que has de pagar o a quien tengas que matar para ponerte a escribir.

2.-El Rey del Cosmos puso en la Tierra a los escritores para entreteneros en el Metro tras salir de un curro. Para haceros olvidar, mediante la risa, la emoción o el drama, un problema cuando estáis en un hospital o en una mala época en la vida. Para poneros en la cabeza el valor necesario para empujaros a tener una vida mejor cuando no lo decidís vosotros solos: con una idea, con una historia, una frase que, de pronto, sólo vas a entender tú y que dará sentido a lo que necesitas hacer pero no te atreves.

En definitiva: tengo que pasar tres días comiendo negritos y escribiendo.

Punto.

Si no lo hago, estoy traicionándome y, El Rey del Cosmos, me enviará las 10 plagas de Egipto a mi cabeza. Por huevón. Por vago. Por traicionar el orden del Cosmos. Todos estamos en la Tierra para algo más que para masturbarnos e ir al Burguer King. O eso creo.

Rafael Fernández (Rey del Cosmos)