Un espectáculo maravilloso
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Noche.

Estoy en un coche con una chica. Venimos de follar. Su hermano, con síndrome de down, le llama por teléfono. La chica, que está conduciendo, pone “el manos libres”.

—Por favor, Rafa, no hables —me pide—. No quiero que mi hermano le diga luego a mi padre que estaba con un hombre.

—Ok.

Esa chica de 38 años y su padre, tienen una relación enfermiza. Escucho la voz del hermano, de 35 años: por lo que cuenta tiene novia desde hace meses, la conoció en un centro de discapacitados: su novia también tiene síndrome de down. Le suplica a la hermana que, un sábado o un domingo, vayan los dos a verla a su casa, se lo ha pedido a su padre, éste le ha dicho que no… por cómo habla el hermano noto que ruega con el corazón: está super enamorado de su novia, supernecesitado de su compañía. Sabe que no puede tener una vida independiente pero le gustaría ver, de vez en cuando, a su novia fuera del centro. Sin ella, el finde se le hace asfixiante. La chica con la que estoy dice que sí, que ya veremos, su hermano le dice que lleva meses esperando, que siempre le dice que sí pero que luego nunca lo lleva.

—Si quieres, vamos este finde —le digo a la chica cuando cuelga.

—¿En serio?

—Sí. Podemos ir a un restaurante o algo. Yo invito.

—¿En serio? ¿Por qué?

Me imagino a su hermano. En casa, encerrado, enamorado. Empatizo con él, me recuerda a cuando yo era un niño y dependía de mis mayores. Me hubiera encantado que alguno me hubiera llevado hasta donde vivía la chica del colegio a la que amaba con locura, como sólo sucede en la infancia. Ese amor inocente, verdadero, es el que creo haber percibido en la voz del hermano. O, me imagino adulto, ahora: sin poder ver a la chica a la que amo. Encerrado en una casa, encerrado en el cuerpo de un enamorado. Sin poder salir. Aunque la gente no lo sepa por el disfraz que llevo de escritor maldito y degenerado, realmente soy un caballero del amor. Mi misión en la vida es el amor. ¿Vino? ¿Drogas? ¿Dinero? ¿Para qué? ¡Adormecen los sentidos! ¡Yo sólo quiero amor! ¡Quiero sentirlo! ¡Flipo con el amor!

—Porque me encantaría verlos juntos —contesto.

La chica llama al padre. Le cuenta mis planes. Al padre no le caigo nada bien. Le dice que hago todo eso para metérsela, para utilizarla, que mira las cosas que escribo en mis libros, que qué educación le ha dado para que se fije en un mierda como yo. Río para mis adentros: además de que, a su hija, ya se la he metido (agradablemente para ambos) por todos los lados, qué sabrá el padre de mí. Si él supiera lo que sentía por su hija, quién soy, me pondría una alfombra de flores bajo mis pies que él mismo tejería sin descanso, día y noche. Pero cree que soy la misma mierda que el resto de los hombres. Cree saberlo bien porque él es un hombre y nunca supo cómo dejar de ser una mierda.

En el fin de semana siguiente, la pareja con síndrome de down, la chica y yo, almorzamos juntos en un bonito restaurante. El hermano de la chica, está radiante, guapísimo. Su novia lo mira con un amor infinito. Ella, por un problema que tiene en la mandíbula, no puede masticar bien la comida, así que se la aplasto con el tenedor hasta convertirla en papilla. Ambos son vírgenes. Ahí no hay ni sexo ni intereses económicos. Sólo amor. Por fin. Por fin lo vuelvo a ver. ¡Existe!

Antes del almuerzo, paseamos por el pueblo. Van de la mano. Me encanta verlos juntos. Me encanta cómo se miran. ¿Sabéis? A veces me enfado con el mundo y quiero dejar de vivir. Pienso que todo eso del amor romántico es una invención de Walt Disney para emocionarnos con sus películas. Para hacernos soñar con un ideal que no existe. Pero no. Si consigue emocionarnos el alma, si nos saca las lágrimas sin que nosotros podamos hacer nada por evitarlo, es porque sabemos que es real. Porque está dentro de nosotros, deseando salir. Sólo que, día tras día, hemos dejado que los subhumanos ganen la partida. Que maten el amor. Que lo sepulten bajo un montón de capas de mierda. Nos han convencido de que el dinero y el trabajo al que no nos gusta ir, es lo único por lo que vale la pena luchar. Que el amor es una ilusión. Que la única relación posible entre humanos es utilizarnos entre nosotros. No. No es así. El amor existe. Lo he vuelto a encontrar. Está ahí, delante de mí, paseando de la mano. Casi puedo tocarlo.

Brilla el sol.

Pero ellos brillan más.

Terminamos de almorzar, de dar otro paseo, llevamos a la novia del hermano de vuelta a su casa. Cuando la deja, cuando se cierra la puerta del hogar de su amor, tras despedimos de los padres de la muchacha, el hermano comienza a dar saltos de alegría: ha estado controlándose para comportarse como un caballero delante de su dama. Ahora es un niño. Está super feliz. Me abraza, sincero, me dice que nunca había hecho algo “así”, está tan feliz que se me escapan las lágrimas, de la emoción. Me da las gracias y yo se las doy a él.

En ese momento, yo sólo tenía 300 euros en la cuenta.

Tras el almuerzo, 210. Y, por esos días, no tenía ni ahorros ni un sueldo cada mes.

Ese mes lo pasé fatal para comer y poder pagar el alquiler pero… ¿sabéis?

Una vez más lo conseguí.

No dejé que mi falta de dinero venciera al amor.

Disfruté del espectáculo maravilloso en primera fila. Lo olí, lo sentí.

Volví a presenciar el amor verdadero, volví a ver que era real… y si esa pareja lo había encontrado a pesar de tenerlo todo en contra… ¿por qué no yo?

Sólo tengo que aguantar, día tras día. Con todas mis fuerzas.

Valdrá la pena.

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Pedro María Aliseda Cerrato
Pedro y yo

Pedro y yo

Por el tema de mi divorcio, llevo un año y pico que no soy yo. Perdí mi característico optimismo y confianza a pruebas de bombas, las ganas de vivir… me avergüenza muchísimo reconocer que pasé un año tumbado en la cama, sin fuerzas para levantarme. Desgraciadamente soy un tipo muy sensible. Me gustaría cambiar eso. Trabajar, he trabajado muy poco. Mi trabajo depende de lo bien que tenga la cabeza: me es imposible crear, concentrarme, estando triste o pensando que para qué: que nada tiene sentido. Busqué, por primera vez en mi vida, trabajos mecánicos, de subhumano. No conseguí ninguno.

—¿Cómo vamos a darte un trabajo en una fábrica si sólo sabes escribir? —me dijeron en la empresa de trabajo temporal.

Y es así como se me fue acabando la pasta que tenía ahorrada. Cuando quise levantar cabeza, volver a escribir, volver a ser quien era, simplemente no pude. Seguía mal. Me da muchísima vergüenza reconocer públicamente que, mes a mes, he tenido que estar pidiendo de 200 a 300 euros a grandes amigos. Con mis libros (no saco uno nuevo desde hace dos años) gano unos 700-800 euros al mes (frente a los 2.500-3.000 que ganaba antes) . No ser independiente, no saberme valer por mí mismo tras tantos años consiguiéndolo, (y ayudando a alguien más), fue minando mi moral y mi espíritu, pensando que mi tiempo había pasado, dándome mucho asco. Cada día que pasaba sin escribir me sentía más y más mierda. Agarrotado, presionado (pasaba los días mirando mi cuenta bancaria, sin saber cómo resolver mis números). Cada día, estaba mas avergonzado de mí mismo, en peligro: con ganas de quitarme de en medio.

En esto apareció Peter. En la puerta de mi casa. Sin avisar. Me sorprendió muchísimo.

Peter es Pedro María Aliseda Cerrato. Es un empresario nacido hace 36 años en Bilbao. Casado, con un hijo. Lo conozco de hace años. Ayudó muchísimo a mi editorial cuando la fundé. Mi tercer libro: “Un bebé” lo financió él. Pagó casi 5.000 euros a los dibujantes que lo ilustraron. Luego, desapareció. Ahora, volvía a aparecer: en la puerta de mi casa:

—Estoy hasta los cojones de tus amiguitos del Facebook —me dijo—. Todos diciéndote “ánimo”, “te queremos”, etc. ¡Putos hipócritas! ¿No ven que de verdad estás mal? ¿No ven que de verdad necesitas ayuda? Creo que la hipocresía más grande es todas esas personas que te desean lo mejor, pero saben que estás en la mierda y no actúan. No sé, supongo que son como esas personas que ven a un perrito abandonado por la calle pasando hambre, y aún teniendo espacio en casa, solamente le sacan una foto y la comparten por las redes sociales.

Me subió a su cochazo. Me llevó a Madrid. Estuvimos 2 días de juerga. Cuidado. Juerga para Peter es comer hasta la extenuación en restaurantes de puta madre, ir al cine y charlar mucho.

—Yo estuve en la ruina en 2015 —me contó Peter—. Mi novia me engañó, mi contable me traicionó, mis mejores amigos se llevaron mi cartera de clientes. Perdí todo mi dinero. Estaba como tú. Perdí las ganas de vivir. La alegría. No me podía levantar de la cama. Un día, hasta me hice un corte en el brazo, para suicidarme. Por fortuna, me lo hice mal: no me desangré. Pero, mientras mi brazo chorreaba sangre, vi mi reflejo en el espejo… ¿y sabes qué pasó? Dejé que se apoderara de mi cuerpo una parte dura, perversa, fuerte, valiente… Mi versión cabrón. El Peter bueno, dulce, no podía con su vida. Así que le di las riendas a mi parte mala. Le llamo Cracke. Cracke me sacó de la ruina. En 9 meses, había ganado casi 900.000 euros. Ahora, soy millonario. Rafa: tú también tienes a un alter ego: Sigmundo. Deja que él te controle un tiempo. Que haga lo que tú ahora no tienes cojones de hacer y que necesitas.

Por internet, se leen muchísimas cosas malas de Peter. La mayoría son un corta y pega de la misma persona: un tipo que está obsesionado con él porque dejó de pagar su dominio (a una de las empresas de Peter) y, como hacen todos los proveedores de dominios, su empresa lo vendió a un tercero. Culpa a Peter de eso y se ha dedicado a llenar internet de falsos testimonios contra él. O el caso de una empresa de telefonía que, Peter fundó, hizo que funcionara genial hasta que la vendió por un millón de euros. Los nuevos propietarios no hicieron su trabajo bien y las críticas, denuncias e insultos fueron a parar de nuevo al bueno de Peter.

Digo bueno de Peter porque, a parte de lo que ha hecho por mí (me ha llenado de ánimos, de cariño, de cuidados, me ha dado suficiente dinero para que pase 5 meses sin preocuparme de absolutamente de nada salvo de volver a escribir) le he visto cuidar de un montón de personas. Le he visto comprar prótesis (piernas) para gente que no se la puede permitir, extender cheques a la beneficiencia, pagar el alquiler o deudas a un montón de amigos y amigas que le llaman por teléfono, todo el rato.

—En internet sólo se habla de lo malo de mí —me cuenta Peter— pero de las cosas buenas que hago cada día, nadie habla. Incluso mis amigos: cuando echan la vista atrás, sólo recuerdan el día que les dejé de dar dinero. Nunca recuerdan todo lo que les ayudé mientras lo consideré necesario. La gente es desagradecida. Una mierda. Por eso, cada día que pasa, ayudo más y más a los animales y menos a las personas.

Y por eso he escrito este post.

No quiero ser un desagradecido de esos.

Gracias a Peter he vuelto a escribir y dentro de 15 días sale mi primer libro, uno infantil, tras dos años. Se lo he dedicado a su hijo.

Y tras ese libro, en julio, saldrá el segundo: “Doctor Mente”, por fin.

Ya estoy resurgiendo. GRACIAS A PETER.

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¡Divorciado!
En la notaría, esperando firmar los papeles del divorcio.

En la notaría, esperando firmar los papeles del divorcio.

Acabamos de firmar los papeles. Ya es oficial: estamos divorciados. Ha sido un acuerdo amistoso en el que ninguno le pide nada al otro. El acuerdo no llevaba ni al folio y medio. Por un momento se me pasó por la cabeza solicitar que me devolviera al gato (sigo soñando con él casi cada día) y mi equipo de edición y grabación (que está a mi nombre) para venderlo (ya sabéis que ando muy escaso de dinero) pero sé que ella lo sigue usando y, aunque seguro que puede comprarse otro sin problema porque no para de triunfar, preferí pasar página cuanto antes y no hacer un circo. Llevaba esperando firmar el divorcio desde octubre del año pasado. Mi cabeza lo necesitaba. Hoy por fin, paso página.

En la notaría sucedió algo gracioso: todo el mundo me miraba como queriendo leer mi cara. No encontraron nada. ¿Qué buscaban? ¿Tristeza? ¿Locura? ¿Angustia? Ellos sabían que estaban ante un momento especial de la vida de otra persona. Esperaban alguna reacción que les dijera cómo me sentía. Pero para mí, fue un trámite frío aunque necesario: todo había terminado hace mucho. El corazón me latió un poco deprisa al entrar en el despacho, se me pasó rápido. Estuve muy tranquilo y con una sonrisa paciente en la notaría. Como una planta. Creo que se sorprendieron y nos miraron con admiración por tener un divorcio tan amistoso y civilizado. Creo que no se lo creían.

Me había levantado de la cama feliz, cantando. No sé engañarme a mí mismo. Si me levanto feliz y contento es porque me sentía feliz y contento: sabía que hoy firmábamos, que había decidido lo correcto. No pelear, dejar pasar, olvidar. Ya me las arreglaré.

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Han sido 8 años junto a ella. Ha florecido, ha logrado su sueño, estoy orgullosísimo de ella y de haber sido parte de esa metaforfosis. Yo publique 8 novelas, logré cosas que no había logrado antes, me demostré lo que valgo, la fuerza que tengo y, los primeros años, ella me llenó de la energía que necesitaba. Es cierto que, tras dejarla, me ha costado un montón volverme a ponerme en marcha y que he sido bastante patético, caí en un pozo de tristeza, mi mundo se puso del revés. Tengo que volver a ponerme las pilas, renacer: me espera un montón de vida por delante, he de responder a los retos a no ser que prefiera vivir por siempre como un miserable y he de quererme más. Por supuesto que quiero volver a casarme. Valió la pena el sufrimiento y las decepciones finales. 8 años casado, 6 años maravillosos, 2 malos. Me salen las cuentas. Voy a seguir apostando por el amor porque es lo que soy. No disfruto siendo un golfo ni en el poliamor. Espero encontrar a mi compañera definitiva. Es maravilloso estar enamorado, vivir una rutina junto a alguien que amas, florecer juntos. He aprendido un montón de cosas, no volveré a caer en los mismos errores. Y si vuelvo a divorciarme pues… volveré a casarme.

Esta es la última vez que escribo sobre mi ex esposa. No, no escribiré ningún libro sobre ella a lo Sigmundo. Adiós, S, y GRACIAS. Te deseo todo el éxito, amor y salud del mundo. Si un día necesitas lo que sea, aquí me tienes.

¿Y ahora? Este viernes es clave. Ha llegado a mi vida alguien excepcional que está dispuesto a sacarme de mi pozo de miseria. Ya lleva dos semanas apoyándome y haciéndome de coach, tras rogárselo yo (porque no tengo fuerzas para salir solo de mi pozo de tristeza, siento decepcionaros). Está funcionando. Si todo sale como lo previsto, este viernes sabré si me voy a vivir a Madrid y si es el fin de mi mala época económica, ya que me ha ofrecido un trabajo allí (un trabajo que me permite seguir escribiendo novelas las 24 horas del día). No quiero adelantar nada, porque muchas veces las puertas, cerrándose, me han roto la nariz justo cuando pensaba que estaba entrando en un lugar increíble. Pero todo apunta que, esta vez, El Rey del Cosmos se ha puesto de mi lado. Que está cansado de verme tirado en el suelo, que quiere que regrese a Madrid, donde viví tantos años y me fue tan bien. Y, en esta ocasión, el Rey del Cosmos no soy yo. Es…

…¡os lo contaré pronto!

…¡os lo contaré pronto!

Otra cita de Tinder
Yo. Si me véis por ahí, pedidme un autógrafo.

Yo. Si me véis por ahí, pedidme un autógrafo.

1

Me llega un superlike por Tinder. Miro quién me lo ha dado…¿Quizás es la mujer de mi vida?:

—Mujer

—42 años

—Rubia

—Polaca

—Buenas tetas

—Alta

—Su cara me recuerda a la de un avestruz. Pero no es fea. Aunque tampoco guapísima.

—Ojos azules.

—No parece una vieja (muchas mujeres de 42 aparentan 68).

Su descripción, en el perfil del Tinder, está en inglés. Le gusta la espiritualidad y los mantras. ALARMA. Todas las chicas que, he conocido últimamente, que dicen que les gusta la espiritualidad y los mantras o son unas vagas o es una pose en la que ellas les gusta estar porque se ven bonitas y atrayentes. Normalmente, cuanto más vaga, con más ansias de consumismo y cerrada de mente es la chica, más espiritual me dice que es. De hecho, ésta se descubre enseguida, en el chat:

—¿Cuánto mides? —me pregunta.

—1,81… ¿por qué?

—La altura es importante para mí.

—¿Pero no eres espiritual?

—La espiritualidad por un lado, lo material, por otro. ¿Trabajas?

—Sí.

Yo soy mucho más espiritual que todas las mujeres “espirituales” que he conocido últimamente. Y no lo pongo en mi perfil del Tinder. Jamás dejaría de salir con una chica porque fuera muy bajita, muy alta, o no tuviera trabajo. Estuviera gorda o no. Yo sólo busco una mujer que tenga sentido del humor y que no esté loca. Me he visto obligado a reducir muchísimo el número de mis requisitos. Aún así, lo tengo bastante crudo para encontrar a alguna. El 99,99 de las mujeres que he conocido en mi vida están locas. Rectifico. Muy locas. Y esto no es una afirmación machista. El 80%, me lo reconocen. El 19,99 no me lo reconocen pero hacen cosas raras como subirse a una silla y chillar sin razón, o están enganchadísimas a los porros y tienen paranoias o están en tratamiento psiquiátrico desde hace años o hablan en bucle todo el rato sobre lo mismo o se ponen a llorar o a reír de pronto. He estado un tiempo sin quedar con mujeres porque empezaron a darme miedo. Pero, qué diablos, es Semana Santa. Llevo dos meses (o quizás sólo un par de semanas) sin quedar con una mujer. Quizás Dios esté vigilando y me cuide. Me aburro mucho. Llevo un mes y medio (o quizás sólo un par de semanas) encerrado en mi casa. Comienzo a creer que el sexo es una leyenda mitológica o algo que sólo se hace mirando internet. Voy a aceptar la invitación de esta. Quizás sea la mujer de mi vida. Además, tiene el infrecuente detalle de invitarme a comer a donde yo quiera. En el Tinder suele ser alrevés. Hay muchas mujeres que se instalan el Tinder para comer gratis, todos los días, a expensas de los chicos que quieren quedar con ellas:

—Conozco un lugar en el barrio de Ruzafa que me encantó —le cuento—. Fui hace mucho y me sirvieron una hamburguesa vegana que ni la de carne de verdad en el VIPS. El lugar se llama “La más bonita”. ¿Te suena?

—No. Soy nueva en la ciudad. Llegué hace unos días. No hablo muy bien español.

—Podemos hablar en inglés si quieres.

—Vale.

Le mando la ubicación del local por Google. Quedamos a las 13:00, allí. La última vez que fui a ese local fue con una ex que estaba muy loca. Quiero dejar de asociar ese local con ella.

2

Me visto. Sé que no soy el tipo más guapo del mundo. Sé que mi cuerpo no es perfecto. Que me falta muscularlo, que tengo las tetas un poco caídas, etc. Pero aunque suene chulo: sé que soy lo suficientemente guapo, buena persona y magnético para que cualquier mujer quiera follarme una tarde en la que se sienta sola. Aunque sea por probar. Y si no tiene algo mejor a mano, por supuesto. Mis complejos e inseguridades de “casado” me han abandonado. Desde que me separé, un montón de mujeres abarrotan mi wassap. No estoy tratando de ser chulo. Cualquier hombre que se cuide y no sea idiota, cualquier mujer que se cuide (sea idiota o no), tiene el wassap repleto de personas que se la quieren follar. Estamos en un mundo con exceso de población, por Dios. No hay ningún mérito. Lo único que tienes que hacer para follar es no dar asco y quererte un poco tú mismo.

3

Llego puntual. Ella, 8 minutos tarde. Como es extranjera, del Este, me da la mano en lugar de los dos besos típicos españoles. Me lo esperaba, actúo con naturalidad. Le extiendo la mano con educación y entramos en el local. Me fijo en ella. En persona no tiene tanta cara de avestruz como en la foto.

Nos sentamos. Comienza a hablarme en inglés. Me habla de su trabajo, de sus inquietudes. La verdad es que desde que abrió la boca, ha dejado de gustarme. Tengo 45 años de vida. Creo haber conocido a todas las mujeres y hombres del mundo. Creo que, como mucho, hay 4 ó 5 tipos de personas, con pocas variables. Todo el mundo parece haber sido creado en una fábrica, con pensamiento único-preinstalado. El tipo de persona que es ella, no me interesa. Plano. No es interesante. Habla con frases y pensamientos hechos que he escuchado mil veces. No tiene discurso propio. No me abre los ojos a nada. No es interesante. Prefiero a una mujer que diga gilipolleces sin sentido mientras babea que a una mujer de pensamiento preinstalado. Ha pasado toda la vida trabajando en una oficina hasta que la echaron. Ni siquiera se fue ella por su propio pie. Subhumana. Ahora estudia español aquí, en Valencia. Vive sola en un apartamento que ha alquilado por unos meses. Supongo que se cansó de buscar el amor en Polonia y ahora lo anda buscando por aquí.

—Pues si en Polonia no te quiso nadie, tampoco te va a querer nadie aquí —me entran ganas de decirle.

Porque se nota a la legua que está buscando un príncipe azul que le de sentido a toda la vida que ha desperdiciado. No puedo estar con una mujer que no sea rebelde, emprendedora, valiente, feroz. Desprecio a las pasivas. A las oficinistas. Me caen bien las mujeres antipáticas. Me habla de su país, Polonia:

—He dejado Polonia porque somos un pueblo guerrero y eso me agota mucho, mentalmente. Ahora estamos peleándonos nosotros mismos. Nos encanta pelear.

—Bueno, menos cuando Hitler fue a invadiros. Ahí os rendisteis enseguida.

Me mira mal. Me deprimo. Le he dicho eso porque ella me da igual. Está bien para un polvo, pero para nada más. Me he prometido a mí mismo que nunca voy a utilizar a una mujer. Si se la meto a alguna será porque quizás, puede ser, que tenga futuro el asunto. Si no, prefiero pasar. Se me carga la conciencia de mierdas si se la meto a alguna por sólo follar. Sin embargo… sé que me queda poco de “juventud”. Tengo 45 años. No sé hasta que edad mi polla se me pondrá tiesa. Pero digamos que mi super poder de “gustarle a cualquier mujer, que no tenga a nadie mejor, en una tarde solitaria” va a desaparecer en 3,2,1. Tendría que hincharme a follar el poco tiempo de atractivo físico que me quede. Pronto no le gustaré a ninguna mujer con dos dedos de frente. Seré un viejo del parque más y, revolotearán a mi alrededor, como mosquitos incordiantes, el recuerdo de todos los chochitos a los que dije que no. Hay algo dentro de mí que me impide follar con quien sé que no tengo futuro. Desgraciadamente.

A la polaca esta le van los antipáticos o está más necesitada de sexo que yo. Hace caso omiso a lo que he dicho, me sonríe y es entonces cuando el karma me castiga:

—Lo siento, hamburguesas veganas no hacemos—me dice el camarero.

—¿No?

Me pongo tan, tan triste que la polaca se echa a reír. Pregunto por qué no hay. El camarero dice que el cocinero que las hace, no está hoy. Miro fijamente al camarero. Con odio sincero. Llevo 8 meses deseando regresar a este sitio para comerme esa puta hamburguesa vegana. La vida es una puta mierda. Ni mujer de mi vida ni hamburguesa vegana. La polaca no para de reírse. Pienso que la situación no es tan graciosa, que se ríe por crueldad: lo llevará en los genes: los nazis que violaron y dejaron embarazada a su abuela son los mismos que luego llevaban a los judíos a las cámaras de gas. Pienso:

—Debería darle por el culo. Por venganza. Sé que si me lo curro esta tarde y le pido sexo me va a decir que sí. Debería de vengar a los judíos. Follármela por detrás diciéndole “sí, avestruz, venga”… en caso de que no conozca la palabra avestruz.

Pedimos unas fajitas de mierda.

—¿Sabes? —me dice—Tienes cara de ruso.

—Soy mitad canario, mitad asturiano.

—¿Y tus abuelos?

—Canarios, asturianos… y cubana. Mi abuela era cubana.

—¿Blanca?

—Como la leche. Y con los ojos rasgados. Mis ojos de “chino” los heredé de ella.

—Por Cuba pasaron muchos rusos. A lo mejor, tienes algo de sangre rusa. Deberías de hacerte un test de esos de ADN que ofrecen por internet.

—Si, claro. Para que luego el gobierno tenga mi ADN y puedan acusarme de asesinato cuando ellos quieran.

Para colmo, este patético y enfermizo cartel podía leerse en el local. Parece que creen que el amor es algo muy parecido a pillarse un perro.

Para colmo, este patético y enfermizo cartel podía leerse en el local. Parece que creen que el amor es algo muy parecido a pillarse un perro.

4

Tras la comida corriente (que me podría haber hecho yo mismo en casa, tras pasar por la sección de congelados del Consum), damos un paseo por el museo de las Ciencias. Fuera, en la puerta del museo, a alguien le ha parecido buena idea poner como 60 carteles de mujeres científicas. No hay ningún científico hombre. Mi cita del Tinder queda asombrada cuando ve que solo hay fotos de mujeres:

—¿Sólo mujeres? —pregunta riendo— ¿Sólo hay mujeres científicas?

Le cuento que en España hay una gran ola de feminismo. Que están reivindicando el papel de la mujer en la historia, oculto durante tantos años.

—¿Pero es un museo feminista? —pregunta.

—No. No. Bueno. Ya no sé. Hace mucho que no entro.

Para que vea como está el percal, le cuento que hace unos días, unas profesoras feministas prohibieron el cuento popular de Caperucita Roja en un colegio de Catalunya. Ella no da crédito.

—Era mi cuento favorito, en mi infancia —me dice.

—Pues es un cuento machista —río—. Has tenido suerte de no haberte quedado traumatizada.

Caminando por el parque vemos a unos niños dentro de unas burbujas de plástico, recorriendo una especie de lago artificial. Los envidio. Allí dentro están a salvo del machismo, que emanamos todos los hombres por los ojos y por la boca, y de los cuentos tradicionales infantiles que los quieren atraer hacia la falocracia.

—“Algún día seré rico y tendré mi propio lago y mi propia burbuja de plástico” —planeo.

Caminamos. Hace calor. Nos tomamos una Coca-Cola en una terraza. En la tele, sale Pablo Iglesias: bajo un cartel de “UNIDAS PODEMOS”, su partido político.

Este es el político Pablo Iglesías, para quien me lea de fuera de España. Por aquí estamos en campaña electoral.

Este es el político Pablo Iglesías, para quien me lea de fuera de España. Por aquí estamos en campaña electoral.

—¿Unidas? —pregunta— ¿En español no se usa el masculino para hombre y mujer? ¿Es un partido sólo de mujeres presidido por un hombre?

Paso de complicarme la vida y que se ría más en mi cara de nuestra España actual. Yo no tengo la culpa de nada.

—Lo que ves es una mujer. ¿No te das cuenta que lleva el cabello largo?

—No es una mujer, Rafael. Tiene barba y bigote.

—Es una mujer. De verdad. Sólo que está enferma. Es un caso muy conocido en este país. Le cortaron los pechos unos islamistas que la violaron. Y la pobre es fea. Sale por la tele y la gente la vota por pena. De verdad.

Ella mira a Pablo Iglesias, muy confundida. Gracias a Dios, quitan la imagen enseguida y pasan a otra noticia.

—¿Mujer enferma? ¿De verdad?

—Sí. Mucho.

—Pobrecita.

Y, la verdad, creo que no le mentí del todo. El feminismo es supernecesario pero creo que lo están ridiculizando bastante y eso es una noticia terrible para sus loables fines. Es culpa de ese feminismo sin sentido y de esa izquierda ridícula que un partido político tan peligroso como VOX ha pillado tanta fuerza.

5

Damos un largo paseo por el Turia. Charlamos mucho, no reímos nada. Le digo que si me da la mano, que estoy triste, que no tengo familia ni amigos por aquí. Vivo en un pueblo, solo. Estoy muy triste, muy dolido. Que realmente llevo mucho tiempo sin contacto físico. Que no quiero follar, que si me da la mano no la voy a “atacar”. Sólo quiero caminar un rato de la mano con alguien. Imaginarme que no estoy tan solo.

—No —contesta— No te conozco.

—Ok.

Me cae fatal. Yo no le negaría a nadie, que estuviera triste, un abrazo o la mano. Ni mi compañía. Sinceramente, no podría. Paseamos 30 minutos más. Me aburro, ya ni siquiera me cae un poco bien. No sé que hago aquí. Bueno, sí. Pasar el rato con alguien. Pero me siento peor con ella, que estando solo. Cuando la miro me recuerda la ilusión que tuve al quedar con ella: que quizás iba a conocer a la mujer que amaría hasta el final de mis días. Desilusión.

—Bueno, yo creo que ya es hora de irme —le digo.

Ella se sorprende. No le ha gustado lo que ha escuchado.

—¿No quieres dormir en mi casa? —pregunta.

Me sorprende su propuesta. No la entiendo. No quiere darme la mano pero me invita a su casa. En la que vive sola. ¿Por qué no me dio la mano antes? ¿Quizás para hacerse la difícil? ¿Ahora que me voy está desesperada?

—No. La verdad que no —digo con crueldad—. Prefiero irme a dormir a mi casa.

—¿Seguro? —me dice fría, mirando fijamente a mi boca.

El pico de la avestruz se lanza sobre mi boca. La esquivo.

—Espera… ¿Qué te pasa? Antes no quisiste darme la mano y ahora quieres besarme.

—Ahora te conozco.

Mentira. Entre mi petición de que me diera la mano y su intento de beso, sólo han pasado 30 minutos. Así que si no quiso darme la mano fue sólo por crueldad. Por un momento pienso en follármela, para vengarme. Pero, en mi mente, ya puedo leer los wassaps que me mandará al día siguiente, cuando no quiera volver a quedar con ella: “me utilizaste”, “cabrón”, “espero no me hayas dejado embarazada”, “eres un cerdo”. Todas esas mierdas que estoy cansado de leer. Tantas que se acuestan con cualquiera, una noche, y parece que realmente estaban firmando un contrato matrimonial unilateral que sólo ellas pueden romper.

Paso.

6

Camino sin rumbo por la ciudad. Veo una tienda de libros de segunda mano.

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Entro. Miro las montañas de libros, polvorientos.

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Me pongo aún más triste. Esos libros soy yo. Desubicados. Inútiles. Sin dueña. Con tanto amor que dar. Tengo tantas ganas de irme de Valencia.

7

Suena mi teléfono.

Es ella.

—Hola… ¿te caigo mal?

—No —miento.

—Entonces… ¿te importaría venir a mi casa? Yo también estoy muy sola, como tú. Aquí no conozco a nadie.

—Es que no sé si despues de esa noche, voy a querer volver a verte.

—¿Pero me deseas?

—Eso sí…

—Pues ven… me arriesgo…

—Mmm… de acuerdo, avestruz.

—¿Avestruz? ¿Qué es avestruz?

—Amor.

—Oh… qué precioso… ven.

Me da su dirección. Cuelgo. Tomo un taxi. Y me la follo con condón por el culo, llamándola avestruz mientras miles de judíos asesinados en campos de concentración me sonríen desde el Más Allá.

—Gracias por vengarnos, Rafael Fernández —me dicen— ¡Dale! ¡Dale a ese avestruz! ¡Tu bisabuelo ruso está orgulloso de ti!

Al día siguiente, tras desayunar con ella en un VIPS, me despido:

—No debiste llamarme avestruz —me dice—. Fue demasiado bonito y ahora estoy un poco avestruzada… avestruceada de ti… ¿Se dice así?

—Sí. Te avestruzo mucho. Es increíble.

Salgo del VIPS, me subo a un taxi, y hago esa mierda cruel y cobarde que hacemos todos, todas y todxs: la borro de mi Tinder, la bloqueo por mi wassap. Sé que, bloquear y borrar del Tinder, no es delito en la Tierra pero, sin duda, sí que lo es en el Cielo. Y el que esté libre de culpa que me tire la primera piedra (pero que me dé de lleno porque si me levanto, lo reviento).

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El día que Dios se puso de nuestro lado
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1

Andaba por casa, creo que ordenando un armario. Allí fue la primera vez que escuché esa voz femenina, tan familiar aunque a la vez, desconocida por completo.

—“Hola. Sé que estás ahí. Ojalá me escuches. Ojalá llegues pronto a mi vida” —me dijo.

Me asusté. Estaba solo con mi perra frente a ese armario, en una habitación. Miré a mi perra: Anais, me devolvió la mirada, extrañada. No, por supuesto que ella no había sido quien me había hablado.

—“Por favor, ven a mi vida. Estoy harta de estar sin ti” —volvió a hablar la voz de mujer.

—¿Quién habla? —pregunté, asustado.

No contestó. Entendí que ella no me escuchaba.

Yo, sí.

Seguí escuchando su voz a lo largo de los días, mientras escribía este relato, sentado frente el ordenador, mientras abría un bote de café o me daba un baño caliente. La voz aparecía de pronto:

—“Estoy harta de estar con cualquiera. Te quiero a ti… ¿Existes?” —y luego callaba por horas o, incluso, días.

Me acostumbré.

Entendí que la voz pertenecía a una mujer que estaba sola. Una mujer que imploraba, que rezaba, que suplicaba por encontrar al amor de su vida. Pero yo no sabía quién era ella ni dónde estaba. ¿Y por qué tenía que escucharla yo? ¿Quizás la voz pertenecía a una vecina? Revisé las entradas de ventilación de mi casa. No. La voz no se colaba por allí. La voz la escuchaba junto a mi oído.

Posibles soluciones al enigma:

1.-Escucho una voz femenina porque finalmente, como predecían todos mis amigos, me he vuelto loco.

2.-La voz pertenece a un fantasma o a un diablo que vive en mi casa.

No.

No era ninguna de las dos cosas.

2

Ella, a cambio, sentía mis manos. Mi polla.

Cuando harto de mi soledad, y por necesidad, me masturbaba en la cama de mi habitación, ella sentía como yo se la introducía.

A distancia. Mientras ella estaba en el baño, leyendo, frente su ordenador, trabajando, o abriendo un bote de café.

Y se corría a gusto.

De pronto, sin avisar, ella notaba mi polla entrando y saliendo de su coño. Le gustaba. Cerraba los ojos. Alentaba su cuerpo, a veces masturbándose a la vez que yo se la metía, otras simplemente mirando al techo con una sonrisa hasta que el orgasmo le invadiera.

—“¿Quién es el que me toca así? —pensaba (y yo la escuchaba)—. Quizás el amor de mi vida. Pero no sé quién eres ni dónde estás… ¿O eres un fantasma, un demonio o me estoy volviendo loca, tal como predecían todas mis amigas?”

No.

No era ninguna de las dos cosas.

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3

Así fueron pasando los días. Estamos solos, somos desconocidos. Yo aquí. Ella, no lo sé. Pero, cada día, ella me habla y yo, cada día le hago el amor.


4

Nos empezamos a ver. Un día, mientras me daba un baño caliente, la vi en el reflejo del agua de mi bañera. Fue la imagen de su rostro, como impresa en el agua, duró unos pocos segundos. Otra vez la vi, desnuda, en la bañera, de cuerpo entero, con los ojos cerrados.

Ella también se estaba bañando.

Era bellísima.

Otro día, fue ella quien me vio a mí por vez primera durante unos pocos segundos: mi rostro apareció en el reflejo de la cucharilla de su desayuno, cuando la agarró para revolver el azúcar de su café. Aparecí mirándola fijamente, durante unos segundos.

Nos sonreímos.

Empezamos a saludarnos: cada mañana, durante el desayuno, y a la hora del baño.

Entendimos que Dios nos estaba enseñando. Se las estaba ingeniando. Nos estaba presentando de esa forma tan curiosa. Dios, nunca supe por qué motivo, había decidido saltarse las leyes del raciocinio y de la lógica.

Por nosotros.

5


Llegó el día. Encontré un sobre azul en el buzón de mi casa:

“Felicidades. Su poema “Mister gato” ha sido elegido. Usted ha ganado un viaje, con todos los gastos pagados, a Praga. Allí podrá asistir al famoso concierto de música clásica del Solsticio de Invierno. Atentamente, la dirección del concurso”

Sonreí.

Yo no he escrito un puto poema en mi vida.

Tengo dignidad.

Jamás he concursado en una competición de poemas.

Aquello era cosa de Dios.

Enseguida, sentí que a ella también le había llegado una invitación para el mismo concierto.

Que nos sentaríamos juntos.

Y así fue.

Cuando llegué, al concierto del Solsticio de Invierno, en Praga, allí, sentada en la butaca numerada, estaba la mujer que tantas veces había aparecido reflejada en el agua de mi bañera. Allí apareció el hombre que tantas veces vio reflejado en las cucharillas de sus desayunos.

—Mi hombre soñado —me dijo.

—Mi mujer soñada —le dije.

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6


Así fue como nos conocimos.

Llevamos 20 años juntos.

La verdad no se la podemos contar a nadie porque, nadie, absolutamente nadie, nos creería. Cuando nos preguntan, “cómo coño os conocistéis", siempre contamos la misma mentira:

—“Por Tinder”.


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Muchas gracias
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Hoy le he pedido ayuda a El Rey del Cosmos:

—Quiero volver a ser escritor. Ayúdame a volver a concentrarme.

Recuerdo por qué empecé a escribir. Deseaba que me quisieran. Escribí mi primer relato en 1996. Ganó un premio regional. La gente que me rodeaba empezó a mirarme de forma diferente. Me gustaba cómo me miraban. Una chica de mi instituto me hizo una mamada en el baño. Sólo por ganar el premio. Por ser especial. Esa fue mi primera mamada.

—Quizás, si me convierto en escritor encontraré a alguien que me quiera —me dije.

Me convertí en escritor. Conseguí muchas mamadas más. Hasta que me di cuenta que lo que yo perseguía de verdad era el amor.

En Asturias, en una bonita casa de campo, publiqué 8 novelas. Lo hice por amor. Para ayudar a mi compañera. Por luchar por una meta conjunta. Una meta que, finalmente, me di cuenta de que no existía. Que era una frase de mi cabeza. Nos enamoramos de los recuerdos, de las ilusiones, de las mentiras que nosotros mismos nos inventamos. Pero el amor no existe. Es una droga que termina desapareciendo del cuerpo. La gente sólo se ama a sí misma. Tienes que aceptar eso. Tengo que aceptarlo.

Y, ahora, no le encuentro sentido a mi vida. Ni a la escritura.

Sé que puedo escribir los libros más increíbles de la historia. Pero no creo que la humanidad los merezca ni me merezca.

Aún así, desde hace poco menos de dos meses, cada día he conseguido levantarme de la cama. Durante unas horas, he escrito. Unas pocas horas de luz en las que aún he tenido esperanzas de que mi plan, mi búsqueda, funcione. Tras casi 2 años sin fuerzas para publicar, por fin voy a volver a sacar un nuevo libro. Pequeñito. Infantil. Pero es un primer gran paso. (Además, el libro es fabuloso).

El día 15 de mayo me llega de la imprenta mi segunda novela infantil. La primera tras mi divorcio. Muchas gracias a las 35 personas que me ayudaron:

En el libro aparecerá esta página de agradecimientos, pero más bonita, de una forma especial.

En el libro aparecerá esta página de agradecimientos, pero más bonita, de una forma especial.