Un rayo de esperanza

ezcritor

Estoy masturbándome en mi habitación, con la puerta cerrada. Tengo puesto un video porno: en él, una blanca y una negra complacen a un actor que, tengo la sensación, no está actuando. Justo cuando estoy a punto de eyacular, una horda de feminazis vestidas con uniformes antidisturbios entran en mi habitación, echan la puerta abajo:

—¡Déjela en paz! —me grita una feminazi— ¡Aléjese de ella!
—¿De quién? —pregunto—. ¡Si estoy solo!
—¡Ella! Su polla es femenina. La está violando, cosificando y acosando.
—¡No! ¡Es mía, mía! ¡Me pertenece!
—¡Machista! ¡Moro malo!

Me resisto a dejar de tocar mi polla. Las feminazis me muelen a palos hasta que me dejan sin conocimiento. Cuando despierto estoy atado, me encuentro en la mesa de operaciones de un quirófano:

—¿Qué ocurre? ¿Por qué estoy aquí? —pregunto—. ¿Tanto me han pegado?
—No. Usted no tiene ni media hostia. Estamos aquí porque vamos a liberar a su polla y a tirarla al mar, para que ella vuelva a ser libre.
—¿Libre? ¿Mi polla libre?
—Las pollas, en realidad son peces acuáticos y femeninos. Hemos descubierto que una vez separadas del cuerpo opresor del hombre y al entrar en contacto con el mar, nadan solas porque cobran vida propia.
—¡Eso es mentira! ¡Es imposible!
—Además. El 100% de los hombres a los que les hemos practicado la operación son luego más felices. Compruébelo usted mismo.

La enfermera me acerca un álbum en el que salen un montón de fotografías en las que salen hombres castrados, con los pantalones bajados, de vacaciones, sonrientes:

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Pienso.
—“Sí… efectivamente... esos hombres parecen felices… muy felices... incluso mucho más que yo...”
Recuerdo.
Mi gato. Mi gatito.
Desde que lo castramos está más feliz, más romántico, más cariñoso, más tranquilo.
A veces, lo envidio.
Yo soy esclavo de mi polla. Ella me atormenta día y noche:

—"Úsame, úsame" —me dice todo el rato.

Puede ser que, sin polla, yo sea una persona más feliz, más centrada. Una persona que rinda laboralmente más. Además… ¿qué opción tengo? Estoy atado a la mesa de operaciones. Y la ley está de su lado.

—Le operará —me comunica la enfermera— el cirujano Corqui.
Veo a Corqui. Es un retrasado mental.
—¿El cirujano es un subnormal? ¿Me va a operar un subnormal?
—No diga esa palabra. Está prohibida. Y no lo es. Sólo es un gilipollas. Es la política de igualdad. En todos los puestos de trabajo debe haber un gilipollas.
—Pero…
—¡No me sea retrógrado!
—¿Incluso en la NASA?
—¡Sobre todo en la NASA!

Corqui me opera perfectamente. Cuando despierto, estoy en un barco, en una silla de ruedas, atado. Una feminazi me enseña mi polla. La tiene en la mano:

—Es la ultima vez que la ve —me dice.
—Por favor… ¡No! ¡La quiero mucho!
—Si la hubiera querido, se hubiera casado con ella.

La tira al mar. Veo mi polla nadar, entra y sale del mar, saltando, como si fuera un puto delfín. Veo a mi polla por fin libre, feliz: reuniéndose con miles de pollas que están siendo liberadas desde la cubierta del barco, mientras sus secuestradores, sentados sobre sillas de ruedas tras la castración express, se despiden de ellas, con lágrimas en los ojos. Es entonces cuando me doy cuenta que, durante todo este tiempo, he sido un retrógrado, un violador de mi pene y un infeliz: que me estaba cerrando al progreso: que las feminazis han traído la paz y el amor a mi vida.

¡Gracias!

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