Así seremos en el siglo XXIII

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Siglo XXIII, España.

Me levanto. Le pregunto a mi esposa:

—¿Hoy qué me toca? Con o sin.

—Ayer me tocó a mí —me recuerda mi esposa— Así que hoy te toca a ti.

—Ah, es verdad.

De la neverita que hay sobre la repisa de nuestro dormitorio, saco mi pene. Mi esposa lo guardó allí, dentro de la bolsa correspondiente, ayer por la noche, tras quitárselo. El miembro nadó toda la noche entre geles conservadores.

Coloco la base de mi pene sobre el adaptador-vagina que tengo entre las piernas. Mi pene se adapta a él como una ventosa.

—Hoy seré hombre todo el día —me digo.

Pienso cómo eran las cosas antes de este siglo. No había igualdad. Un hombre o mujer era hombre o mujer toda la vida y tenía que lidiar con ello, sin ayuda del Estado. Ahora, gracias a la ley de "Igualdad real", las mujeres son hombres 3 días a la semana. Y los hombres, mujeres, otros 3. El día suelto es el mejor día de todos: el día sin miembro: ni vagina, ni pene. Ese día se rinde muchísimo en el trabajo, es el día que más libros se leén o más se reflexiona sobre filosofía y valores éticos-morales.

Los días en los que me toca ser mujer, me meto en la cabina transgenedora del cuarto de baño. Sólo apretando un botón, unos tubos entran por los conductos habilitados de mi cuerpo, y me inflan las glándulas mamarias hasta alcanzar una talla 95-100 de sujetador. Ese día me visto con la ropa de mi mujer.

Salgo de la cocina. Me encuentro con un desconocido utilizando nuestra tostadora. Acaba de hacerse un café:

—¿Quién es usted? —pregunto.

—Oh. Soy Moncho. Disculpe. El Estado me dio la llave de la puerta de vuestra casa y cuando entré, los vi durmiendo y no quise despertarlos. Soy un asesino en reinserción.

—¿Asesino?

—Bueno... y violador. Maté y violé a un niño. Pero eso fue hace 2 años ya, no crea. Ahora he cambiado. El Estado me ha enviado a esta casa tras evaluarme psicológicamente para que cuide de vuestro niñito durante un mes, mientras vosotros estáis fuera: trabajando. Dormiré con él también. En la misma cama.

En ese momento, sufro una descarga eléctrica que me tira al suelo. Me la mandó por wifi el Estado por pensar mal de aquel pobre individuo. Hace décadas se pensó que lo mejor para que el ser humano dejara de pensar cosas malas o escribir chistes políticamente incorrectos por las redes sociales, que molestarán a quien sea, era conectar nuestros cerebros, con un chip, que transmitía al Estado todo lo que vamos pensando. Cuando la máquina del Estado reconoce un pensamiento que va en contra de las nuevas leyes o puede dañar la sensibilidad de cualquier ser humano, recibimos, merecidamente, una gran descarga eléctrica.

—Oh, genial… —digo levantándome del suelo— Me parece genial. Bienvenido. Voy a despertar al niño.

—Oh, no se moleste —dice el violador y asesino— Voy yo.

Tras desayunar junto a mi esposa, mi hijo y el violador asesino, me metí en el transporte público no contaminante para pasar 2 horas y media hasta llegar a mi puesto de trabajo. Antes, en el siglo XXI, todos teníamos nuestro propio coche, pensábamos lo que queríamos (aunque cada vez más fuera complicado poder escribirlo en las redes sociales), nos comportábamos de forma natural con nuestro sexo  y, si alguien hacía algo a nuestro hijo, lo reventábamos a patadas y un tribunal hasta podía entenderlo.

Éramos unos bárbaros.

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