Desenmascarando a Superman

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Superman llegó a casa y le pidió a Lois Lane que le hiciera una mamada. Cuando estaba a punto de correrse la levantó y —sin que los pies de Lois Lane volvieran a tocar el suelo— Superman se la folló a lo bestia, con su super polla. Lois Lane tuvo 23 orgasmos seguidos y, cuando Superman decidió sacarla para correrse sobre su cara, Lois Lane no dudó en buscar el semen con sus manos y metérselo en su boca. Estaba encantada con su supernovio. Era el mejor.

—Mientras me la chupabas —dijo Superman— escuché con mi super oído que una madre drogada empezaba a ahogar a sus bebés en la bañera. Pude salvarlos, pero me la estabas chupando tan bien… Luego escuché a un tren que iba a descarrilar, 157 muertos. Pero preferí follarte a 4 patas. Y ahora, mismo, preferí contarte todo esto en lugar de evitar 12 violaciones y 5 accidentes de trabajo mortales.

Lois Lane no supo qué decir. Se sentía culpable por todas esas muertes.

—Por ello —prosiguió a Superman— ahora pasaré toda la tarde y lo que me queda de noche salvando a gente por todo el planeta. Aunque no sean estadounidenses.

—¿Te llevas el iPhone para que pueda llamarte? —preguntó Lois.

—No puedo llevar el iPhone. Se me desintegraría cuando volara a supervelocidad. Volveré mañana. Recupérate de lo de hoy porque mañana te daré triple caña, nena.

Salió volando de la casa de Lois Lane y, mientras volaba, Superman pensó lo bien que se lo montaba. Los humanos eran tontos, su padre tenía razón. Ese planeta, Tierra, era perfecto para él. Salvaba a 5 ó 6 personas a la semana, eso le creaba una gran fama de superhéroe y baluarte de la justicia. Salvar a esas personas no le llevaba ni 20 minutos. Extrañamente, nadie se preguntaba nunca por qué no salvaba a más gente. Con salvar a 5 ó 6 subnormales a la semana parece que tenían suficiente, todo el mundo le alababa. Nadie se preguntaba nunca, por qué escuchaba sólo esas llamadas de ayuda y no los cientos de gritos de socorro que suceden a cada rato, por todo el mundo. El resto del día se lo pasaba follando con el millón de amantes que tenía repartidas por el mundo. A todas les decía lo mismo: que no podían hacer pública su relación sentimental por culpa de los supermalvados.

—Podrían tomarla contigo y matarte —les explicaba—. Tenemos que mantener lo nuestro en secreto.

Ahora, Superman se iba a supervelocidad a Italia. Allí le esperaba su novia italiana: una que tenía unas tetas de infarto. Tras ella, le tocaría el turno a su novia nigeriana: la que mejor la chupaba de todo el planeta. Y, después, a una filipina, luego a una española, una alemana, etc. Superman no deseaba tener hijos. Así que, después de follarse a sus novias, con su supervista, veía si alguno de sus espermatozoides había llegado al óvulo y, si era así, los eliminaba con sus rayos X sin que la chica pudiera advertirlo.

—Todo el mundo piensa que mi uniforme es el de un superhéroe—pensó con una sonrisa Superman— pero realmente es el de un superfollador.

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