CAPÍTULO 2
“EL SR. TARAREADOR”

El Sr. Tarareador vive en una casa modesta, en el sur del centro de San Francisco. Elvis Presley pulsa, puntual, el timbre de la puerta de la casa. Son las nueve de la noche. El sol ya está muerto...

—“... hasta el día siguiente, en caso de que haya día siguiente” —piensa Elvis.

Elvis está ansioso por dejar su vida mediocre y convertirse en una estrella. La puerta se abre. Elvis ve por primera vez a la persona que le convertirá en el eterno “Rey del Rock”: el Sr. Tarareador. Le causa espanto. Su aspecto es como el de las personas que han sobrevivido a un terrorífico incendio, aunque sin el rastro de las cicatrices rojizas u oscuras que quedan en sus pieles. Parece como si ese hombre hubiera ardido durante mucho tiempo en un gran fuego de color... blanco. El Sr. Tarareador es un hombre muy alto. El color rojizo de sus labios ha desaparecido. Toda su cara está decolorada, su piel arrugada es de un color blanco anti natural. Tiene dos agujeros en lugar de ojos: los globos oculares del Sr. Tarareador no se ven, sin embargo, no es ciego. Su aspecto produce rechazo: es un deformado, un monstruo.

—“Haría muy bien en llevar puesta una máscara que le ocultara el rostro. Me va a costar mirarle a la cara sin que advierta horror y asco en mis ojos” —piensa Elvis.

—Así que usted es el señor Elvis Presley —saluda 14
el Sr. Tarareador.

—Sí, soy yo. Puede tutearme ¿Su nombre es...?

—Puede llamarme Sr. Tarareador. Es como todo el mundo me llama y así es como debes llamarme tú también. Gracias por traer la guitarra. Si me lo permites, te tararearé una canción con ella. Es una canción que no necesita casi acompañamiento. Con que la grabes en el estudio con una guitarra y unos pocos coros, será suficiente para que se convierta en un superéxito mundial. Si de verdad te gusta y te atreves a hacer lo que te voy a decir después, la canción será tuya. Sólo tuya.

—¿A qué se refiere?

Como única contestación el Sr. Tarareador hace un gesto que invita a pasar a Elvis Presley al interior del salón de su casa. Elvis entra y se fija en que todas las ventanas del salón están cerradas, todas las persianas bajadas y todas las cortinas, echadas. El salón de la casa del Sr. Tarareador está iluminado con cándidas luces que provienen de unas cuantas lámparas de mesa. El Sr. Tarareador se mueve por el salón como un viejo de 90 años; parece que es víctima de una salud delicada: se acomoda en el mismo sillón forrado de terciopelo que ha señalado a Elvis para que tome asiento. Aclara su garganta carraspeando, toma la guitarra de Elvis y, sin más preámbulos, comienza a cantar una mágica canción. Algunas partes de la canción parecen no tener letra aún (o el Sr. Tarareador no la recuerda) así que en esos momentos tararea un “ta,ta,ta”. La canción es bellísima. Un canto de amor estremecedor. Una canción que, sin duda, se convertirá en la banda sonora de millones de historias de amor. Al terminar de interpretarla, el Sr. Tarareador desvela a Elvis el título de la canción:

— “Love me tender”.

Elvis Presley grita emocionado:

—¡Qué gran canción! ¡Sí! ¡Será mi primer gran éxito mundial! ¡Qué gran canción! ¡ES FABULOSA! ¡ES ASOMBROSA! ¡ES LA PUTA HOSTIA! ¡CÁNTALA OTRA VEZ! ¡LA QUIERO APRENDER! ¡LA QUIERO ESTRENAR! ¡NECESITO GRABARLA YA! ¡ES JUSTO LO QUE NECESITO!

—¿Te gusta “Love me tender”? ¿De verdad?

—¡Claro!

—¿Tanto como para matar por ella? —pregunta el Sr. Tarareador.

—¿Qué...?

–Yo no soy el autor de esta canción. El autor de esta canción es un negro de diecisiete años llamado Reynoldo Doforno. Ayer le hizo por primera vez el amor a la chica de su vida y en estos mismos momentos está componiendo “Love me tender” con las palabras que ella le dijo antes de que se le entregara. Si le matas hoy, está canción se convertirá en un éxito tuyo. Si no, dentro de unos días, Reynoldo Doforno la cantará en una fiesta donde, por casualidad, habrá un amigo de un amigo de un cazatalentos de la discográfica “Tamla Records”. Reynoldo Doforno firmará un contrato con dicha compañía en las próximas semanas. Este pobre negro será un artista de un sólo éxito, jamás conseguirá componer otra canción con tanta calidad, pero obtendrá la inmortalidad en la historia de la música y una gran fortuna gracias a esta única canción: su canción, la que acabo de tararearte.

—No... me estás tomando el pelo.

—Te juro que no.

—¡Ja! Eres un artista loco que inventa estas 16
historias. Quieres reírte de mí, ¿verdad?. Lo que me cuentas es un disparate sin pies ni cabeza. Mira. Si eso fuera verdad podría registrar la canción ahora mismo o mañana por la mañana a primera hora y ya sería mía. Da igual que ese chaval que te has inventado firme un contrato con “Tamla Records” mañana por la noche o cuando sea. La canción será mía y solo mía si la registro primero.

—Por supuesto... no asesines a nadie si no quieres y simplemente registra la canción. Pero en la organización a la que pertenecí nos enseñaron a no dejar testigos ni cabos sueltos cuando cometemos actos delictivos. Dejar cabos sueltos trae problemas siempre. Este robo te podría traer consecuencias. Te aseguro que ese chaval negro, no es fruto de mi imaginación. Piensa en esto. Imagina por unos momentos que tú eres un escritor. Imagina que escribes un libro durante años, empleando mucho esfuerzo y paciencia. Lo terminas y comienzas a enviar copias de tu original a editoriales, esperando que alguna descubra el gran escritor que eres y te publique. No recibes ninguna respuesta. Meses después, lees en una revista literaria una reseña de un libro que está batiendo records de ventas. Es un libro que se titula igual que el tuyo. Incluso tiene la misma trama. Vas a una librería, lo compras y lo lees. Compruebas que es tu libro. Que lo han plagiado palabra por palabra. Da igual que lo hayas registrado. Hay un registro en la propiedad intelectual anterior al que tú hiciste: allí dice que el libro es de otra persona. Así que tú eres el impostor, el fraude: no el ladrón que te ha robado tu obra. Te han robado tu libro. Sólo tú lo sabes. Cuando te quejas, cuando lo dices en voz alta todo el mun17
do piensa que mientes. En sus miradas lees como piensan que eres un loco, un paranoico que quiere apropiarse del trabajo de otra persona. ¿Qué será de ti?. Seguirás viviendo en la miseria mientras otro tipo, el que te robó el libro, vive en un castillo follándose a un ejercito de putas y riéndose de ti. ¿Cómo te quedarías? ¿Qué harías?

—Supongo que me volvería loco.

—¿Y cómo reaccionan los locos?

—No lo sé. Los locos son impredecibles.

—Son un cabo suelto. Lo mejor es eliminar al autor de la canción ahora. Es negro y pobre. La policía no se preocupará ni investigará demasiado. Toma —dice el Sr. Tarareador extendiéndole un trozo de papel y un revólver— esta es su dirección. Ahora mismo está solo y continuará solo toda la noche: no tiene hermanos, su madre murió y su padre es un músico de blues que trabaja en un bar hasta que se hace de día. Tienes vía libre. Para un hombre fuerte como tú, ese esmirriado chico no será un oponente. Más aún si vas armado y le disparas por la espalda.

—¿Cómo sabes que ese chaval negro está componiendo “Love me tender” ahora mismo?

—Porque viajé en el tiempo.

Como respuesta a lo que acaba de escuchar, Elvis agarra el revólver: lo guarda dentro de la funda de su guitarra. También toma el papel con la dirección en la que encontrará el hogar de Reynoldo Doforno.

—Por favor. ¿Podrías cantarme otra vez la canción?

—Sí. Me encantará hacerlo.

El Sr. Tarareador vuelve a cantar y tararear la canción a la vez que toca la guitarra. Elvis presta toda su 18
atención. Después, se levanta del sofá, da la gracias y sale de la casa del Sr. Tarareador sin hacerle ninguna pregunta más sobre sobre Reynoldo Doforno o sobre los viajes en el tiempo.

—“Este hombre está loco. Quizá sea peligroso” —se dice Elvis.
Decide llamar, desde un teléfono público, al ejecutivo racista y hablarle sobre el crimen que el Sr. Tarareador le ha sugerido que cometa:

—¿No te dije que no contaras nada a nadie? —le reprende el ejecutivo tras escuchar el relato de Elvis.

—Usted me dijo que no le contara a nadie a donde iba ir y con quien me reuniría. He cumplido mi palabra. Tampoco hablaré nunca a nadie del Sr. Tarareador. Le estoy llamando para advertirle que este individuo con el que trabaja está loco. ¿O me va a decir que debo ir a la casa de un niño negro y dispararle en la cabeza por ser el autor de la gran canción que el Sr. Tarareador acaba de tararearme?

—Es tu elección aceptar su consejo o no. Tienes dos caminos. Ir a la oficina del registro de la propiedad para hacer esa canción tuya y olvidarte del verdadero creador o ir a asesinarle. A mí me da igual. Si el Sr. Tarareador te ha dado los datos de ese niño, es una cortesía por su parte. Lo ha hecho por ti: para que los cabos sueltos no te den problemas en el futuro. El Sr. Tarareador es un profesional, sabe de lo que habla. A mí lo único que me importa es ese “número uno”. Si no quieres esa canción, se la daremos a otro.

—¡No, por favor! Quiero grabar esa canción, por favor. Quiero que sea mía.

–Pues entonces no me molestes con temas que no 19
me importen y mantén la boca cerrada sobre lo que el Sr. Tarareador te cuente. Mañana por la tarde te he reservado el estudio de grabación. Los músicos ya están avisados.

El ejecutivo racista cuelga el teléfono. Elvis decide pasar toda la noche practicando “Love me tender”. Completa las partes de la letra que faltan y transcribe la canción en una partitura. Mañana por la mañana, nada más levantarse, irá a registrarla a la oficina de la propiedad intelectual. La tarde la pasará grabando la canción con los músicos de la discográfica. La primera vez que Elvis toque la canción, los músicos del estudio no podrán creer el superéxito que están escuchando:

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No va a ser la primera vez que Elvis elija el camino de la oficina del registro de la propiedad intelectual al camino del asesinato. Tampoco la única vez que salga de la casa del Sr. Tarareador tras escuchar grandes éxitos como: “Heartbreak Hotel” o “Don’t Be Cruel” además de con un papel con el nombre y la 20
dirección de las personas de color que, según el Sr. Tarareador, compusieron esas canciones. Al contrario de lo que el Sr. Tarareador le aconseja, Elvis jamás asesinará a ninguno de ellos. Ni siquiera decidirá investigar si esas personas realmente existen:

—Posiblemente sí que existen –ha razonado Elvis— Seguramente son negros que le caen mal o hijos de alguien con el que ha tenido problemas: él o el ejecutivo racista de la compañía. Querrán que les asesine para incriminarme y tenerme agarrado por los huevos: para que les pertenezca siempre. No voy a caer en esa trampa. No soy tan imbécil para creerme eso de que el Sr. Tarareador ha viajado en el tiempo. No voy a cometer asesinatos por sus canciones, por muy buenas que estas sean.

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